De Hadas y Zapatos de Cristal

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Summary

Fallé en mi examen de Hada Madrina. Sí, soy esa clase de desastre que convierte “confianza” en orejas de burro.  Ahora, para no convertirme en el chisme del siglo en la academia Benevolens, me metí en el Archivo Mágico (ilegal, lo sé) y terminé con un deseo que parecía fácil: ayudar a una chica a conseguir el vestido perfecto para el baile del príncipe. Suena sencillo, ¿verdad? Pues no. Porque resulta que el príncipe es demasiado encantador, la chica demasiado insoportable… y yo demasiado torpe para salir de esto sin perder mis alas, mi magia y, peor, mi corazón. Entre mariposas luminosas, un cuervo sarcástico y más metidas de pata mágicas de las que puedo contar, terminé enredada en una historia donde el amor es la magia más peligrosa de todas. ✨ Hadas, zapatos de cristal y un príncipe que no debería mirarme así. ✨ ¿Qué podría salir mal?

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1

Elira

Nunca había fallado tan espectacularmente en toda mi vida.

Bueno… había tenido muchos fracasos a lo largo de mi tiempo en la academia Benevolens como aprendiz de hada madrina. Demasiados, diría yo. Pero, a pesar de eso, siempre conseguí estar a la altura.

Hasta ahora.

—Elira Petalvine, reprobada —había dicho la maestra, Lady Mavara, tras supervisar mi examen de graduación.

Mi mundo se rompió en mil pedazos cuando me di cuenta de que fui la única de mi año que no consiguió el tan anhelado título por el cual había luchado tanto.

Todo por arruinar el deseo de esa niña.

Estaba sentada en el torreón de piedra, mirándome las manos como si fueran la imagen viva de mi fracaso. Había estado llorando durante media hora. Quizá más. Decir que estaba frustrada era poco.

¿Cómo podía ser tan torpe?

—Estás haciendo ese ruido de nuevo.

La voz chillona, que alternaba las palabras con esos graznidos que solo él podía producir, me hizo alzar la vista: Córax, mi familiar, se había posado encima de una farola mágica y me miraba con sus alas negras extendidas y expresión molesta.

—¿Qué ruido? —le pregunté, limpiándome las lágrimas con la manga del vestido.

—El de una ballena chillando con la cara llena de mocos.

Lo miré como si pudiera ser capaz de agarrarlo de un zarpazo y bajarlo de allí arriba.

—¡Eres imposible!

Córax soltó una carcajada, o lo que parecía serlo. Los sonidos que salían de él siempre me confundían.

—¿Te vas a quedar ahí como una perdedora en lugar de ocuparte de tu futuro como Hada Madrina?

Me agarré la tela del vestido con ambas manos. La textura de la seda era suave y delicada, como debería sentirse el uso de la magia perfecta canalizada a través de mi varita.

—¿Futuro? Ya no tengo futuro —resoplé—. ¡Le di a mi ahijada orejas de burro! ¿Quién confunde confianza con cornamenta? —bufé, me sentía realmente patética en ese momento—. Soy un desastre, Córax. No te mereces ser el familiar de alguien como yo.

El cuervo dobló la cabeza en un ángulo imposible para cualquier criatura con forma humana y luego se rascó la nuca con una pata.

—Y sí, me merezco algo mejor, la verdad.

Puse los ojos en blanco. Él no sería capaz de decirme algo lindo ni aunque su vida dependiera de ello.

—Pero bueno, no te vas a morir. No eres ni la primera ni la última hada en reprobar su examen —dijo con actitud despreocupada, como si el asunto no tuviera la menor gravedad para él—. Además, lo puedes intentar el próximo año.

Claro. El próximo año.

Podía intentarlo, sí. Pero eso implicaba repetir todo el último curso y, además, convertirme en el hazmerreír de todas las demás hadas que estudiaron conmigo.

No podía darme ese lujo. De por sí, ya todas se burlaban de mí por ser tan literal con los deseos. Decían que era estúpida, que no sabía leer entre líneas.

Y tenían razón. Lo peor de todo era eso.

—Estoy acabada.

Bajé la cabeza con resignación. Si no hubiese llevado puesto un vestido, la habría escondido entre mis piernas de la pura vergüenza que sentía.

Quería quedarme sola y dejar que la tierra me tragara, o que los duendecillos del bosque me usaran como abono para su huerto. Seguro así iba a serle más útil al mundo mágico que como hada madrina fracasada.

—Tal vez haya una forma de que no repruebes este año.

La voz de Córax me hizo levantar la cabeza tan solo para mirarlo fijamente, intrigada. Él se dio cuenta de que lo estaba escuchando atenta, así que siguió hablando.

—¿Conoces el registro de deseos mágicos?

Inmediatamente arqueé una ceja.

—¿Ese que custodian al final de la biblioteca bajo siete llaves elementales? —cuestioné—. Sí, lo conozco, ¿por?

Córax soltó un nuevo graznido, supuse que de emoción.

—Pues ese será tu pase para volverte un hada madrina oficial.

Ahora sí que se había vuelto loco. Seguramente ser el familiar de una tonta como yo le estaba afectando la cabeza al pobrecillo.

—¿Perdiste la razón? —dije con el ceño fruncido—. Sí sabes que ese libro está súper vigilado y que cualquiera que le ponga las manos encima será castigado, ¿no? Además, ¿cuál es exactamente tu idea?

El pequeño cuervo volvió a agitar sus alas. Sus plumas negras brillaban en colores iridiscentes cuando los rayos del sol las tocaban. Era un detalle de él que siempre me había fascinado.

—Es fácil, solamente tienes que cumplir un deseo simple para aprobar, ¿no? —Asentí con la cabeza—. Todos los deseos humanos están en el registro. Entramos, tomamos un deseo, lo cumples… y listo.

Así como él lo decía sonaba muy fácil, pero se estaba olvidando de algo crucial en este plan que ya olía a fracaso.

—¿Y las llaves elementales?

Escuché que se reía, con esa risa casi retorcida que solamente él podía producir a través de su garganta de ave.

—El otro día, mientras sobrevolaba la torre de cristal, me di cuenta de que hay una zona de la barrera que está rota. Eres enana, seguro puedes entrar sin problemas.

Abrí la boca sin elegancia alguna. Estaba sorprendida. Sabía que los ojos de mi familiar eran especiales, que podía ver a través de varios hechizos y encontrar puntos débiles. Pero nunca imaginé que habría una rotura en la barrera de la torre más protegida de la academia.

¿Tal vez esta era mi última oportunidad?

Ingresar a la torre no había sido problema. Todas las hadas pupilas tenían acceso ilimitado a la biblioteca de la academia Benevolens, incluso las fracasadas como yo.

—Si necesitas algo solo pídelo —me dijo la bibliotecaria, la señora Laeferie. Ella era un hada cronista, su especialidad era registrar las memorias del reino. Era bastante mayor, contaba con unos novecientos años—. Ah, y lamento que no pasaras tu examen, querida.

—Claro, gracias —respondí con un asentimiento y una sonrisa forzada. Me era casi imposible disimular que estaba a punto de cometer una travesura.

Por suerte, la señora Laeferie era medio sorda y también un poco ciega.

Las enormes puertas de la biblioteca mágica se abrieron ante mí. El interior era una enorme cámara abovedada con techo de cristal. Dentro de la barrera mágica de Benevolens siempre era de día, así que los rayos del sol brillaban por encima de los cristales y se colaban hacia el interior de la biblioteca, a través de los pasillos.

Era tan hermoso que podría pasar horas ahí simplemente mirando al cielo. Pero sabía que tenía una misión que cumplir.

Las escaleras que conducían hacia la torre de cristal estaban al final del pasillo principal. Sabía que sería sospechoso si caminaba directo hacia allá, pues yo no era la única hada en la biblioteca a esa hora, así que fingí que tomaba un libro y me ponía a leerlo.

Bueno, leí un poco. Se trataba sobre el antiguo conflicto entre el mundo fae y el mundo humano. Hace muchos siglos atrás, ambos convivían, pero después de “El gran desastre” las hadas y demás criaturas mágicas se aislaron, limitando su contacto con los humanos al mínimo. Solamente para cumplir los deseos que alimentaban el núcleo mágico de nuestro reino.

Era gracioso que, aunque nos separamos de los humanos, no podíamos existir sin ellos.

—Miren ahí, ¿no es la perdedora de Elira? —Escuché la voz de Sylvestra entre risas. Estaba acompañada de dos chicas más, todas uniformadas con sus vestidos llenos de brillo y sus alas transparentes tan grandes y hermosas como las de un hada veterana.

Esa hada me tenía entre ceja y ceja desde que —sin querer— le pinté las alas de color excremento cuando mi varita se salió de control. Todas se rieron de ella y en ese momento me la juró.

Ya ni porque me disculpé unas cinco veces dejaba de burlarse de mí apenas podía.

—Hola —dije con sarcasmo, bajando el libro—. Sylvestra, ¿qué te trae por aquí? Creí que estarías en la taberna de las varitas voladoras, celebrando tu triunfo.

Ella me sonrió, con esa sonrisa que yo sabía bien que decía “Soy mejor que tú y no hay nada que puedas hacer al respecto”.

—Ya ves, ahora he conseguido mi título oficial de Hada Madrina, estoy aquí para recibir mi primer deseo del Archivo Mágico.

Ay, por todas las faes, qué envidia.

—¡Qué bueno! —exclamé, como si realmente me importara—. Me alegro por ti, ¿ya te lo dieron?

Su sonrisa se borró y sus ojos se llenaron de soberbia.

—Por supuesto, a diferencia de otras hadas inútiles, yo soy muy eficiente y ya tengo a mi primera ahijada.

Las otras dos hadas se rieron en voz baja, como si susurraran. Me hacían sentir tan pequeña e inútil. Mis alas ni siquiera brillaban como las suyas, estaban apagadas, demostrando que no me había graduado.

—Me alegro —dije, esta vez, con tristeza.

Cuando por fin se fueron, miré hacia el final del pasillo. Las escaleras estaban ahí, justo frente a mí y no había nadie que las custodiara.

¿Y por qué lo harían? La barrera de los sellos elementales era una protección impenetrable.

O eso pensaban ellas.

Con cuidado de que nadie me viera, me escabullí hasta las escaleras, escondiendo el rostro entre las páginas del libro hasta que mis pies tocaron el primer escalón de cristal.

Dejé el libro a un lado y subí con cautela, hasta que la imagen de la biblioteca se perdió detrás de las paredes enroscadas que rodeaban las escaleras. Subí, subí y subí, hasta que por fin vi la gigantesca puerta cerrada frente a mí, con los sellos perfectamente ubicados por encima.

Alguien como yo jamás podría abrirlos. Las únicas que podían hacerlo eran la directora y las Hadas Madrinas veteranas.

Pero yo no necesitaba hacerlo.

—¡Ps, Elira, aquí!

Miré hacia la ventana y vi que Córax aterrizaba sobre el alfeizar, rascándose la nuca con su pata derecha.

—Shh, no grites —susurré, poniendo el dedo índice encima de mis labios—. ¿Ya viste por dónde está la grieta?

El cuervo asintió, agitando las alas. Se elevó unos centímetros y miró hacia el cielo.

—¿Has mejorado tu técnica de vuelo? —me preguntó.

Yo temblé como un conejito de algodón siendo acechado por el lobo malo.

—No mucho…

Córax gruñó, o eso creo.

—Siempre me haces cargar con tus irresponsabilidades —bramó. Yo arrugué el puente de la nariz—. Salta, te ayudaré a llegar.

—¿Y si me dejas caer? —cuestioné. No quería convertirme en puré de hada, esta torre era muy, muy alta.

—Vas a estar bien, soy más fuerte de lo que parezco.

La verdad es que no confiaba mucho en eso, pero tampoco me quedaban muchas opciones. Sin pensarlo demasiado, asentí con la cabeza, me paré sobre el alfeizar y salté.

Mis alas debiluchas apenas me podían sostener. Aunque podía volar, al no estar totalmente desarrolladas —por no haberme graduado—, no podían mantenerme en el aire como se debía.

Miré abajo y se me revolvió el estómago. ¡Estaba por vomitar todo el desayuno!

Pero entonces, de repente, mi cuerpo empezó a elevarse por el aire. Miré hacia arriba y vi cómo Córax me subía. Me había agarrado del vestido con sus patas y tenía las alas bien abiertas mientras las agitaba para no dejarme caer.

Ese cuervo estaba lleno de sorpresas.

—Por favor, Córax, no me vayas a soltar —rogué, con la voz temblorosa. Podía ver a las hadas que rondaban fuera de la torre, en el suelo. Lucían como hormigas, hasta podría aplastarlas con mi zapato.

—No chilles y cierra los ojos, esto va a ser movido —advirtió mi familiar. Voló más rápido, alzándome por los aires. Me tuve que cubrir la boca con las manos para no gritar del miedo.

Cuando Córax consiguió una buena altura, de la nada se lanzó en picada hacia abajo. Se me llenaron los ojos de lágrimas cuando sentí el viento golpeando contra mi cara y me tuve que morder el interior de las mejillas para no gritar.

—¡Aquí es! —dijo Córax, dejándome caer a través de —lo que yo creo— era un agujero en la parte más alta de la barrera en forma de domo que cubría toda la torre.

Por un momento creí que chocaría de frente contra la pared invisible, pero me di cuenta de que no sería así cuando me vi acercándome al techo. Mis alas se movieron con toda la fuerza que tenían para evitar que me estrellara, aunque lo único que conseguí fue caer de trasero, con muy poco estilo.

—¡Podrías haberme avisado antes de lanzarme! —exclamé, buscando al cuervo con la mirada. Lo vi aterrizar a mi lado y rascarse la cabeza con su pata, ese gesto lo hacía muy a menudo.

—Y lo hice, dije “Aquí es”.

—¡Eso no es un aviso!

Córax puso los ojos en blanco y se elevó nuevamente, agitando las alas.

—Deja de perder el tiempo, vamos a entrar.

Me levanté ofendida y por poco me resbalé, el techo de la torre no era plano, tenía una forma puntiaguda y ligeramente ovalada que hacía difícil mantenerse de pie. Me sacudí la suciedad del vestido y, con cuidado, me deslicé hasta la primera ventana.

No era una experta escalando y no tardé en caerme dentro cuando intenté bajar, pero me levanté rápido cuando mis ojos se toparon con la imagen majestuosa del registro.

Era un libro enorme, más grande que todos los que estaban en la biblioteca. Las tapas eran blancas como la nieve, pero tenía detalles dorados por todo el lomo, como enredaderas que formaban patrones intrincados por encima.

—Ahí está tu pase a la graduación. —Córax aterrizó a mi lado y levantó las alas como si fueran manos haciendo una pose de triunfo. Giró la cabeza hacia mí y graznó una vez—. ¿Por qué te quedas ahí parada como un gnomo de jardín? ¡Ve a abrirlo!

—No me grites, ya voy.

Caminé hacia el altar en donde el registro descansaba. Había restos mágicos a su alrededor: chispas de colores y pequeñas mariposas semitransparentes que revoloteaban como si se tratara de un campo de flores. Subí los tres escalones que me separaban del libro y, cuando lo toqué, toda la tapa se iluminó en color dorado.

Lo abrí sin ningún esfuerzo y el destello me cegó por un instante, fue como si hubiera vomitado la luz en mi cara.

Mi familiar se asentó encima del altar, justo arriba del registro, para poder mirarlo con mayor facilidad. Las letras bailaban sobre las hojas de colores arcoíris, sin formar ninguna frase coherente, al menos durante los primeros treinta segundos.

—¿Por qué no puedo leer nada? —pregunté exasperada, mirando a Córax—. ¿Será que no puedo verlo porque no estoy graduada?

Él negó.

—Nah, solo espera un poco. Hasta yo lo he leído antes.

Arqueé una ceja.

—¿No eres solo un familiar?

Pareció un poco nervioso con mi pregunta, pero no insistí en obtener una respuesta, porque las palabras por fin se formaron sobre la página.

Había un título: «Deseos sin atención». Abajo le acompañaba una corta descripción: «Estos son los deseos que aún no han sido tomados por un Hada Madrina. Por favor, busque el deseo que más se acomode a sus habilidades.»

—¿Qué clase de deseo debería elegir? —me pregunté confusa.

Los deseos se clasificaban en distintas dificultades y colores. Para cada nueva Hada Madrina solamente se asignaban deseos menores con clasificación verde, pues corrían menos riesgo de malinterpretarlo o arruinarlo. Y arruinar un deseo era una falta sumamente grave para Benevolens.

—Uno verde, evidentemente —respondió Córax.

Yo asentí con la cabeza, sin agregar nada más.

—A ver… —Comencé a leer los deseos que iban apareciendo. A medida que pasaba las páginas, había más y más. Algunos pedían cosas aburridas, como que sus calificaciones mejoraran, que su cabello se viera más bonito o que les sirvieran pronto su platillo favorito.

Había otros deseos más complicados, como curarse de una enfermedad leve, encontrar algún objeto perdido o tener más coraje para declararse al amor de su vida.

—Es mejor que no toque ninguno de esos —murmuré.

Pasé una nueva página y en ese momento vi el que me pareció el deseo más simple de todos, pero que, al mismo tiempo, no era tan aburrido como los demás.

«Deseo tener un hermoso vestido para asistir al baile»

—Es este —dije con una enorme sonrisa—. Este es el deseo que me asegurará mi título de Hada Madrina.

Cuando toqué el título del deseo con mi varita, las condiciones del mismo se desplegaron ante mí igual que un pergamino. La muchacha se llamaba Ashara, pertenecía a una familia noble venida a menos y tenía una malvada madrastra que había destrozado el vestido de su madre fallecida. También tenía dos hermanastras, una más mala que la otra.

—Es perfecto.

En la esquina inferior del deseo aparecía un pequeño círculo por sobre el cual debía pasar mi varita para adquirir el deseo. Me lo habían enseñado durante las clases, no era algo difícil de hacer. El deseo fue absorbido por mi varita mágica y se convirtió en una pequeña estrella que coronó la punta.

—Perfecto, ahora cierra esa cosa y vámonos. Vamos a buscar a tu ahijada.

Asentí a las palabras de Córax y cerré el registro. La luz que antes me había golpeado el rostro se esfumó y la habitación volvió a quedar en completo silencio, igual que cuando entramos.

Por fin tenía a mi primera ahijada. Ahora solo restaba cumplir su deseo y, algo en lo que realmente era buena era creando prendas mágicas.

Estaba segura de que obtendría mi título.