KutralShen

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Summary

El portón chirrió, y con ese sonido comenzó todo. Nadie lo notó al principio: el leve temblor en el aire, la sombra que no correspondía a ningún cuerpo, el susurro entre las hojas que sonó demasiado parecido a un nombre. Regresar a la casa del abuelo parecía un simple reencuentro familiar, hasta que la cámara de Dani grabó lo que ninguno vio. Desde entonces, cada noche, algo en la casa respira cuando ellos duermen. Y en la ventana del taller… alguien los observa.

Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1 Regreso a la casa del abuelo


El portón oxidado cede con un chirrido áspero que parece anunciar la llegada de todos.

Martín es el primero en cruzar, sujetando el metal frío con una mano y empujando con un leve esfuerzo.

El sol de la tarde se cuela entre las nubes bajas, bañando la entrada con una luz tibia que tiñe de dorado las pequeñas partículas de polvo en el aire.

Bajo sus pies, la grava cruje como si reconociera el peso de pasos familiares.

No importa cuánto cambien las ciudades, ni cuántos años pasen: este camino, desde el portón hasta la puerta de madera, siempre es el mismo.

La casa del abuelo Ramiro y la abuela Emma se alza al fondo, con su tejado inclinado y sus paredes de madera que guardan las marcas del tiempo.

Ya no están ellos para recibirlos en el umbral, pero la tradición de reunirse aquí sigue intacta.

No porque alguien lo haya ordenado, sino porque todos sienten que, si un año dejan de hacerlo, algo esencial se romperá.

El aire huele a tierra húmeda y madera vieja.

Esa mezcla, única de este lugar, les golpea la memoria en cuanto ponen un pie dentro del terreno.

Por un momento, parece que el abuelo podría salir del taller, con su delantal cubierto de aserrín, y la abuela asomarse desde la cocina, secándose las manos en el delantal de flores.

Pero es solo un eco.

Ahora son ellos, los nietos, quienes llenan de pasos y voces el silencio.

Los padres también han venido, pero no se juntan tanto.

No es por los fallecimientos: las distancias entre ellos se deben a rencillas viejas, desacuerdos que nunca se cerraron, heridas que el tiempo no ha terminado de curar.

A veces, el orgullo hace más ruido que el cariño.

Pero los primos lo saben: debajo de todo eso, se quieren.

Han crecido entendiendo que los adultos también tienen sus propias batallas internas, y que crecer significa aprender a vivir con cicatrices invisibles.

Dani es el primero en sacar su celular y comenzar a grabar.

Su estilo no es técnico ni planificado, pero tiene esa espontaneidad que captura lo que importa:

El pasillo largo que conecta la entrada con la sala.

La mesa del comedor, gastada en los bordes por años de comidas compartidas.

La repisa con tazas viejas, cada una con un diseño diferente.

Y, en un giro rápido de cámara, una cortina moviéndose aunque ninguna ventana esté abierta.

—¡Juanpi, no corras! —protesta Nicolás, entrando con la mochila al hombro.

El chico, que está por terminar la enseñanza media y sueña con manejar maquinaria pesada, no tiene paciencia para las carreras de su primo pequeño.

Pero Juanpi, con apenas unos años en la escuela básica, lo esquiva riendo y se lanza directo al patio trasero.

Mateo lo sigue con una linterna pequeña, proyectando figuras en la pared como si fueran marionetas de luz.

Martín, estudiante de periodismo, entra cargando dos bolsas llenas de provisiones.

Suspira y deja escapar una queja:

—¿Nadie va a ayudar o qué?

Agustín, que planea estudiar ingeniería civil, responde desde la cocina, revisando los estantes como si buscara tesoros ocultos:

—Tranquilo, que el verano recién empieza.

Poco a poco, la casa empieza a llenarse de movimiento.

Las voces se mezclan con el sonido de las puertas, el golpeteo de las mochilas contra el suelo, y el olor de los primeros tazones de café que alguien prepara.

En un rincón de la sala, sobre una repisa polvorienta, descansa un viejo dominó que ha estado ahí desde que eran niños.

Las fichas, amarillentas y desgastadas, todavía conservan un leve aroma a madera del taller del abuelo Ramiro.

No pasa mucho tiempo antes de que todos terminen sentados alrededor de la mesa, listos para jugar.

Dani deja el celular a un lado para participar, aunque lo mantiene cerca por si algo le parece digno de grabar.

Martín reparte las fichas con movimientos seguros.

Nicolás se reclina en su silla, como quien no se toma demasiado en serio la competencia.

Mateo y Juanpi discuten por quién empieza.

Agustín observa en silencio, como si ya estuviera calculando su victoria.

—¿Se acuerdan de los juguetes de madera que hacía el abuelo? —pregunta Martín mientras coloca su primera ficha.

Nicolás sonríe de lado.

—Todavía tengo el camión que me hizo. Las ruedas giran perfecto, aunque ya está medio despintado.

—Yo conservo la espada —dice Mateo, orgulloso—. Aunque mamá siempre me decía que no la usara para pelear.

Juanpi ríe.

—El mío era un caballo, pero se le rompió una pata.

—Porque lo llevabas hasta a la ducha —le recuerda Agustín, arrancando carcajadas a todos.

El juego continúa, acompañado de anécdotas y bromas.

Hasta que Dani, en medio de su turno, murmura:

—La abuela Emma… ¿se acuerdan cómo hacía la Tarta Helada?

El silencio se instala unos segundos.

Todos asienten con una sonrisa suave, como si el simple recuerdo pudiera traer de vuelta ese sabor.

Era más que un postre: capas de galleta, crema y helado que se derretían un poco al servir, pero que sabían a tardes tranquilas, al verano de su infancia.

Emma siempre decía que había para repetir, y nunca la vieron equivocarse.

Cuando la partida termina, Juanpi se escabulle al patio trasero.

Dani lo sigue con la cámara.

Los dos árboles altos siguen ahí, uno junto al otro, con las tallas que el abuelo Ramiro hizo en sus últimos meses de vida.

Cada rostro, cada símbolo, representa a uno de los primos.

El tiempo ha suavizado los bordes, pero no ha borrado el detalle.

Juanpi acaricia la figura que lo representa: un rostro sonriente y, sobre él, un círculo atravesado por líneas.

—Este soy yo —dice.

—Y este de al lado soy yo —responde Dani, señalando su propia talla.

La cámara se mueve, captando sin querer una sombra fugaz al otro lado de la cerca.

Dura menos de un segundo.

Nadie lo nota.

El resto de la tarde transcurre entre conversaciones, risas y planes vagos para los días siguientes.

La casa parece viva otra vez, aunque hay rincones donde el aire es más frío, como si se hubiera quedado atrapado ahí desde otra época.

En uno de esos rincones, junto al mueble de la sala, un pequeño montículo de arena se acumula sin razón.

Solo la cámara de Dani lo registra antes de que cambie de plano.

Al caer la noche, los primos se acomodan para ver una serie.

El viento mueve las ramas de los árboles tallados, y por un momento, da la impresión de que las figuras esculpidas sonríen un poco más.

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