Seis amigos una promesa

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Summary

Seis amigos una promesa hecha bajo un árbol a los 12 años "Donde vaya uno van todos".Ahora con 18 años y maletas llenas de sueños rotos y esperanzas nuevas,cruzan un océano para empezar desde cero en una ciudad que no los conoce...y que guarda más secretos de los que no se imaginan. Valeria firma cada esquina como si el mundo fuera su guión. Camila organiza su vida en calendarios que no pueden contener el caos en su corazón. Lucia escucha los silencios entre las palabras de los demás...y los suyos propios. Sofia cura heridas ajenas mientras las suyas sangran en silencio. Mateo construye robots que funcionan mejor que sus relaciones. Y Adrian busca magia en bibliotecas polvorientas...sin respuesta alguna.

Genre
Other
Author
Kelyn
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
3.0 1 review
Age Rating
18+

Capitulo 1:El último Aire de Casa.

El aeropuerto olía a café barato, desinfectante y promesas rotas.

Valeria se quedó parada junto a la puerta de embarque, con su mochila colgando de un hombro como si pesara más que sus maletas. No miraba el avión. Miraba **atrás**. Hacia la ventanilla donde su madre se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, sin querer que la viera.

—¡Valeria! —gritó Camila desde unos metros más adelante, con su maleta de cuatro ruedas perfectamente alineada—. ¡Vamos, que cierran la puerta!

—Ya voy —murmuró, pero no se movió.

Lucía se acercó en silencio, como siempre. No dijo nada. Solo le pasó una botella de agua y le ajustó la correa de la mochila que se le estaba cayendo.

—Gracias —dijo Valeria, sin mirarla.

—Sabes que puedes volver —dijo Lucía, bajito, casi un susurro.

Valeria soltó una risa seca.

—¿Con qué dinero? ¿Después de que mi papá hipotecó la casa para esto? No, Lu. No puedo volver. Tengo que *agradecer*.

Sofía llegó corriendo, con los ojos rojos y una bolsita de galletas en la mano.

—¡Toma! —dijo, metiéndosela en el bolsillo—. Por si el avión te da hambre… o ansiedad. O ambas.

—Gracias, Sof —sonrió Valeria, esta vez de verdad, aunque le temblaba la voz.

Mateo apareció con los auriculares colgando del cuello y una expresión de “esto es una pérdida de tiempo”.

—¿Otra vez con el drama de la despedida? —dijo, pero su tono era más suave de lo habitual—. Vamos a estar a un mensaje de distancia. Y si no, Adrián nos hará un cómic sobre cómo nos extraña.

—¡Oye! —protestó Adrián, ajustándose las gafas—. Eso sería invadir su privacidad emocional. Pero… sí, podría hacer un webtoon. Se llamaría *“Seúl en el Corazón”*.

—Horrible —dijo Camila, aunque se le escapó una sonrisa.

Se formaron en círculo, como siempre que algo importante pasaba. Desde los doce años, cuando hicieron su promesa bajo el viejo árbol del parque: *“Donde vaya uno, van todos”*.

Ahora, a los dieciocho, cumplían la parte más difícil.

—No podemos hacer el abrazo grupal —dijo Mateo—. Hay gente mirando.

—Que miren —dijo Sofía, y los abrazó a todos de golpe.

Fue torpe, desordenado, con maletas chocando y risas ahogadas. Pero fue real.

—Prométanme que no se van a perder —dijo Valeria, con la cara enterrada en el hombro de Lucía.

—Somos seis —dijo Camila—. Es imposible perdernos. Si uno se pierde, los otros cinco lo buscan.

—Y si los seis se pierden… —añadió Adrián—, al menos nos perdemos juntos.

Valeria se separó, se secó una lágrima rápida y fingió que tosía.

—Vale. Vámonos antes de que llore como Sofía.

—¡Oye! —gritó Sofía, dándole un empujón suave.

Pero mientras caminaban hacia la puerta de embarque, Valeria no dejó de mirar atrás. Una última vez.

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### ***

El vuelo fue largo. Muy largo.

Adrián dibujó a todos dormidos.

Sofía repartió pastillas para el mareo.

Mateo jugó videojuegos sin sonido.

Camila revisó su itinerario por séptima vez.

Lucía leyó un libro de psicología en silencio.

Y Valeria miró por la ventana, preguntándose si las nubes sabían que ella no quería irse.

Cuando aterrizaron en el **Aeropuerto Internacional de Incheon**, el mundo cambió de color.

—¡Wow! —exclamó Adrián, pegado al vidrio—. ¡Esto parece el futuro!

—Es solo un aeropuerto —dijo Camila, pero hasta ella parecía impresionada.

Las pantallas brillaban en hangul y en inglés. Robots pequeños guiaban a los pasajeros. El suelo relucía como espejo. Todo era ordenado, rápido, silencioso.

—¿Y ahora qué? —preguntó Sofía, agarrando fuerte su pasaporte.

—Pasamos migración, recogemos maletas, encontramos el autobús al centro —dijo Camila, como si lo hubiera ensayado mil veces.

—¿Y si no entendemos lo que dicen? —preguntó Valeria, con un nudo en la garganta.

—Usamos la app de traducción —dijo Mateo—. O señas. O lloramos. Tenemos opciones.

Pero en migración, todo fue más fácil de lo que imaginaban. Un oficial sonrió, les dijo “welcome” en inglés, y les selló los pasaportes sin problemas.

El verdadero caos llegó en la cinta de equipaje.

—¿Dónde está mi maleta? —preguntó Sofía, pálida—. ¡Tiene toda mi ropa de invierno!

—La mía tampoco —dijo Adrián—. ¿Y si se perdieron en Japón?

—Tranquilos —dijo Camila, aunque se le notaba la tensión en la mandíbula—. Llenamos el formulario. Es lo que dice el PDF.

Valeria se sentó en el suelo, abrazando su mochila como un escudo.

—¿Y si esto fue un error? —dijo, más para sí misma que para los demás.

Lucía se sentó a su lado.

—¿Qué parte?

—¡Toda! —Valeria gesticuló—. No hablamos coreano. No conocemos a nadie. No sabemos cómo funciona nada. ¿Y si no encajamos? ¿Y si… y si extraño tanto que me vuelvo loca?

—Entonces nos volvemos locos juntos —dijo Mateo, de pie frente a ellas, con los brazos cruzados—. Pero no hoy. Hoy solo tenemos que encontrar las maletas y no perdernos en el metro.

Justo entonces, la cinta se movió. Una maleta roja apareció. Luego una negra. Luego la de Lucía, con pegatinas de libros.

—¡Ahí está la mía! —gritó Sofía, corriendo.

Poco a poco, todas aparecieron. Incluso la de Valeria, con su calcomanía de un sol desgastado.

—Listos —dijo Camila, con alivio—. Siguiente paso: el autobús AREX al centro.

---

### ***

Seúl los recibió con una mezcla de asombro y abrumación.

Neones por todas partes.

Gente caminando rápido, sin mirar a los lados.

Música de K-pop saliendo de tiendas.

Olores a *tteokbokki*, café y lluvia reciente.

—Esto es… intenso —dijo Adrián, girando en círculo.

—Es hermoso —susurró Sofía.

—Es caótico —dijo Camila, revisando el mapa en su teléfono—. El hostel está en Hongdae. A veinte minutos en metro.

—¿Metro? —preguntó Valeria—. ¿Con esto? —señaló sus maletas.

—Sí —dijo Mateo—. Bienvenida a la vida adulta: arrastras tu vida en ruedas y rezas para que no se caiga.

Tomaron el metro. Fue un milagro que no se perdieran.

En Hongdae, el barrio universitario, todo era más humano. Cafés con gatos, murales coloridos, estudiantes riendo en grupos.

El hostel era pequeño, limpio, con literas y una cocina compartida.

—Este es nuestro hogar por un mes —dijo Camila, dejando su maleta en el suelo—. Hasta que encontremos apartamento.

—¿Un mes? —preguntó Valeria, con pánico—. ¿Vamos a vivir en un cuarto con seis camas?

—Cuatro —corrigió Lucía—. Dos habitaciones. Chicas y chicos.

—Peor —murmuró Valeria—. Sin escape.

Sofía le puso una mano en el hombro.

—Vamos a salir a caminar. A comer algo. A respirar este aire nuevo.

—No quiero respirar este aire —dijo Valeria—. Quiero el de casa. El que huele a pan y a tierra mojada.

Hubo un silencio incómodo.

Fue Mateo quien lo rompió.

—Entonces vamos a hacer que este aire huela a eso —dijo, encogiéndose de hombros—. Compramos pan. Regamos una planta. Hacemos lo que haga falta.

Valeria lo miró, sorprendida.

—¿Desde cuándo das discursos inspiradores?

—Desde que me diste miedo con esa cara de “me voy a tirar al río Han”.

Todos rieron. Incluso Valeria.

Salieron juntos. Caminaron sin rumbo por las calles de Hongdae. Probaron *hotteok* (panqueques dulces) de un puesto callejero. Se perdieron dos veces. Se ayudaron a pronunciar “gracias” en coreano (*gamsahamnida*).

Y en un parque pequeño, bajo un farol que parpadeaba, Valeria se detuvo.

—No sé si voy a estudiar Comunicación —dijo, de pronto.

Los demás se quedaron quietos.

—Está bien —dijo Lucía.

—No tienes que decidir hoy —añadió Sofía.

—O nunca —dijo Mateo—. Hay gente que cambia de carrera a los treinta. O a los cincuenta.

—Lo que importa —dijo Adrián, con suavidad— es que estés aquí. Con nosotros.

Valeria miró a sus cinco amigos. Sus hermanos del alma. Los únicos que sabían cómo era su risa cuando era niña, cómo lloraba cuando se rompía una rodilla, cómo soñaba con viajar… pero también con quedarse.

—Gracias —dijo—. Por no dejarme atrás.

—Nunca lo haríamos —dijo Camila—. Prometimos que donde va uno, van todos.

Y esa noche, en una ciudad que no era la suya, Valeria durmió por primera vez en semanas… sin soñar con irse.