I. Hilos cruzados
Cuando crucé la puerta del despacho, me envolvió una quietud casi irreal.
Todo estaba en su sitio, como si el tiempo no hubiera pasado por allí.
Y, sin embargo, ella…
Ella sí estaba.
De pie, de espaldas a la ventana, tan tangible como inalcanzable.
Lo que no sabía era que, desde ese instante, nada volvería a estar en su sitio.
Intenté mantener la calma, contener el pulso que se me desbocaba en el pecho.
Pero era inútil.
Cada intento por disimular lo que sentía era como tratar de detener una tormenta con las manos desnudas.
La emoción me ardía bajo la piel, reclamando salir, romperlo todo.
Había llegado hasta allí con precisión, con paciencia, con la certeza de que ese momento debía ocurrir.
Durante meses memoricé su rutina, sus gestos, sus silencios.
Su vida entera se convirtió en mi mapa, y yo la recorría una y otra vez…
como quien relee su libro favorito, buscando entre líneas un refugio,
un lugar donde, por fin, todo tenga sentido.
Ni con toda la imaginación del mundo podrías acercarte a lo que quiero hacerte sentir. Porque lo que deseo de ti no se sueña… se sobrevive.
Lo que sentía por ella no era de este mundo.
Era una conexión feroz, visceral, que me atravesaba como una promesa grabada antes siquiera de haber nacido.
Una obsesión intensa, sí, pero no una que buscara hacerle daño.
Al contrario, era una necesidad desesperada por protegerla, por hacerle comprender que, de algún modo inexplicable, había nacido para pertenecerme. Por siempre.
—Adelante, señor Turner. Puede sentarse ahí mismo, o si se marea y prefiere tumbarse, puede usar la camilla junto al botiquín. — Indicó ella con amabilidad.
—Gracias. Puede llamarme Max. — Respondí con una sonrisa apenas perceptible.
Ella me devolvió la sonrisa, casi por reflejo, y se apresuró a preparar el material para la extracción sanguínea. Movía las manos con precisión, como si conociera cada movimiento de memoria… aunque no tenía idea de con quién estaba tratando.
No era un paciente cualquiera. Acudía al centro con regularidad, cada dos o tres meses, siempre puntual, siempre correcto, como quien cumple con una responsabilidad más importante de lo que parece.
Donaba sangre con la serenidad de quien sabe el valor que lleva en las venas. Mi grupo sanguíneo era tan raro que muchos lo consideraban casi legendario: Rh nulo, también conocido como sangre dorada.
—Nora Harris, ¿verdad? — pregunté sin apartar la mirada de la suya.
Ella se detuvo un instante.
—¿Cómo sabe mi apellido, señor Turner? — preguntó, ligeramente desconcertada. No parecía alarmada; la pregunta brotó antes de que pudiera contenerla. Luego buscó lógica en la situación: tal vez lo había leído en alguna carpeta, o escuchado en una conversación. En un hospital, los nombres flotan por todas partes.
Yo lo sabía. También sabía que debía responder con cautela, sin mostrar más de lo necesario. No había dicho nada que pudiera comprometerme.
—Escuché a una de sus compañeras mencionar que, a partir de ahora, sería una tal Nora Harris quien se encargaría de mis extracciones — respondí, con voz serena.
—Al ver su nombre en la chapa de su bata, supuse que era usted.
Sonó convincente. Y, lo más importante, sonó lógico.
Nora sonrió suavemente y asintió, aunque no entendía del todo por qué sintió un escalofrío leve, como si mi forma de observarla deshiciera poco a poco sus certezas. Cargó la ficha del paciente mientras yo la observaba discretamente desde la camilla.
Nombre completo: Max Turner
Edad: 40 años
Grupo sanguíneo: Rh nulo
Condición: Donante regular
Observaciones: Compatible con muy pocos receptores. Prioridad médica en caso de urgencia.
Frunció levemente el ceño, impresionada.
—Rh nulo… —susurró casi para sí—. ¿Sabe cuántas personas en el mundo tienen este tipo de sangre?
—Pocas —respondí, con voz baja, casi arrastrada—. Lo suficiente como para que me llamen cada dos por tres… aunque no los culpo. Tener sangre dorada es poético e interesante.
Nora me miró con curiosidad.
—¿Poético?
—No cualquiera puede salvarme. Pero yo sí puedo salvar a unos cuantos. Algo poético, ¿no cree?
No supo qué contestar, pero sentí cómo una parte de ella se despertaba, intrigada. Mientras preparaba el material, la observaba sin disimulo.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Veinticinco? —Aventuré con una sonrisa leve, casi tímida.
Una suave risa escapó de sus labios alcanzándome como un roce inesperado.
—Veintisiete.
—Lo imaginé. Pero preferí no ser tan preciso. No quería parecer demasiado atrevido.
Nora se mordió el labio para no sonreír demasiado. Algo en su forma de hablar tenía una cadencia peligrosa, como si sus palabras caminaran por el filo de algo más profundo.
—Muy considerado por su parte —dijo mientras se giraba, aunque todavía podía sentir mis ojos sobre ella.
Se acercó con la jeringa lista. El ambiente en la sala era silencioso, pero no frío. Solo el zumbido tenue del fluorescente y el eco de su propia respiración mantenían anclada mi atención en ese instante.
—Bien, Max. Necesito que respire profundo… —dijo con tono suave—. Cierre el puño, no demasiado fuerte, solo con firmeza, y piense en algo que lo relaje.
La miré con una leve sonrisa ladeada.
—¿Algo que me relaje? —repetí, casi en un susurro.
Asintió mientras se colocaba a mi lado, sin perder la concentración.
—Sí. Un lugar, una imagen, algo que lo tranquilice. Ayuda a que la vena esté más definida y el brazo menos tenso.
Obedecí. Cerré el puño, inspiré hondo… y pensé.
Pero lo único que vino a mi mente fue su perfume, su cercanía, la curva de su cuello al inclinarse, esa manera de hablar que no sabía lo que provocaba.
Imposible relajarme contigo tan cerca.
Las agujas jamás me habían puesto nervioso. Ni una pizca. Pero ella… ella sí.
—¿Está bien así? —preguntó, sin levantar la mirada mientras palpaba mi brazo.
—Perfecto —dije, más ronco de lo habitual.
Nora no lo notó. O al menos fingió no notarlo. Pero yo sí sentí cómo cada célula de mi cuerpo se tensaba más con cada centímetro de cercanía.
Insertó la aguja con precisión. No parpadeé. Lo único que dolía era contenerme tanto.
La bolsa de sangre se iba llenando poco a poco, con ese color denso y oscuro que tanto intrigaba a quienes conocían su rareza. Nora vigilaba los niveles, los tiempos, la presión. Estaba atenta, como buena profesional, pero también había en ella una calidez auténtica.
—¿Se encuentra bien? —preguntó sin apartar la vista de la aguja; de vez en cuando buscaba mis ojos—. Si siente mareo, frío, cualquier cosa, me lo dice.
Negué despacio.
—Estoy bien. Es un procedimiento habitual para mí… pero agradezco el cuidado.
Ella asintió con una sonrisa breve y guardó silencio. Aproveché para observarla con atención: el ceño fruncido al leer los valores, los dedos firmes y delicados manipulando los instrumentos, la proximidad que se insinuaba en cada gesto. Un instante cargado de concentración y complicidad.
Cuando comenzó a vendarme el brazo, su mirada pasó a la etiqueta de la bolsa de sangre… y noté cómo mi respiración se aceleraba. Una taquipnea ligera, apenas perceptible, pero suficiente para revelar un cambio sutil en el ambiente.
—¿Seguro que se siente bien? Detecto un ligero jadeo en su respiración; tácito, apenas perceptible, pero puntual. Quizá sería buena idea tomarle la tensión. No pasa nada por admitir que la situación no está del todo controlada, señor Turner, ni siquiera para un hombre tan aparentemente predispuesto y entregado como usted.
Un ligero jadeo… Se sentía como un volcán a punto de entrar en erupción: un gigante dormido que acumulaba magma bajo presión; un arma tensada, vibrando antes del disparo; un rayo furioso, recogiendo carga, irremediablemente atraído por la gravedad terrestre.
Y yo, a pesar de esa furia contenida, debía quedarme quieto, controlar mi pulso, sostener la calma.
—Perfectamente, señorita Harris. Créame si le digo que tengo la situación bajo control.
Esta vez evité su mirada. Necesitaba explorar el terreno, sentir que era yo quien tenía el control. Sin embargo, si la observaba fijamente tan cerca, tal vez dejara de ser dueño de mis acciones. Nora me desarmaba por completo; ella tenía el poder y el control, y aún era demasiado pronto para hacerla entender algo que no estaba preparada para percibir. No podía dejar escapar la oportunidad de que me conociera por las buenas. Si la tensión iba a formar parte de nuestra historia —y, por supuesto, lo haría— debía ser fluida y deseada, a pesar de cualquier negativa.
—Siempre tienes una frase preparada, ¿eh?
—Solo contigo.
Ambos reímos, pero fue Nora quien lo hizo primero. Lo tomó como una broma, aunque mi intención fuera otra.
Ella me miró de reojo, intrigada.
—Me resulta curioso —susurró—. Apenas nos conocemos y ya parece que siempre sabes qué decir.
Era el momento de guiar la conversación sin que lo notara.
—Es porque… —empecé, midiendo cada palabra—, por tu forma de actuar, me recordaste mucho a alguien que conozco.
—¿A alguien que conoce usted? —preguntó, interesada.
Asentí con naturalidad.
—Sí… Ruby Smith. Es una mujer a la que doy clases de historia del arte y talleres de escritura y poesía. Tiene esa curiosidad y sensibilidad que captan los detalles que otros pasan por alto… algo que me recordó a ti.
Nora arqueó una ceja, sorprendida.
—¡Ruby Smith? —dijo con un dejo de incredulidad—. ¡No puede ser… yo también la conozco!
—¿De verdad? —sonreí con suavidad—. Qué pequeño es el mundo…
Su interés se despertó al instante. Comenzó a hacer preguntas sobre Ruby, cómo la conocía, qué talleres daba… y yo respondía con detalles cuidadosamente calculados, hablando de Ruby como su alumna, pero sin revelar nunca que todo estaba planeado, solo dejando entrever afinidad y coincidencias.
—Es curioso —dijo finalmente—, apenas nos conocemos y ya siento que compartimos cosas importantes.
—Sí —contesté, con voz baja y firme—, y lo fascinante es descubrirlas poco a poco.
—Bueno, eso sería todo por hoy —dijo Nora, guardando los utensilios con cuidado—. Nos vemos el mes que viene.
Max asintió, aunque sabía que no querría esperar tanto.
—Claro. —Su voz sonaba serena, pero había un hilo de expectativa que no podía ocultar.
Ella sonrió levemente, como quien ofrece algo que no está segura de cómo será recibido.
—Si le apetece… los viernes hacemos una pequeña reunión en el hospital, a modo de taller. Algunos pacientes que puedan bajar al hall disfrutan de relatos de escritores voluntarios… personas que escriben por cuenta propia y quieren compartirlo. No sé, igual tiene otras cosas previstas, o no le apetece… pero tal vez le guste.
Max la observó atentamente. Cada palabra estaba cargada de posibilidades.
—Suena muy interesante —dijo él, dejando que su interés real se percibiera solo a medias—.
Nora continuó, como si lo animara a entrar en un terreno más personal:
—Yo también escribo, y a veces visito a los pacientes que no pueden bajar al hall. Les llevo un momento distinto, un respiro, un instante en el que puedan olvidarse, aunque sea por un rato, de lo que los mantiene aquí. Ruby ha asistido un par de veces a estas reuniones.
Max apenas contuvo la emoción que le provocaba la mención de Ruby: era exactamente lo que había planeado desde el principio. Una puerta que se abría hacia algo más… hacia ella.
—Me encantaría asistir —dijo, con voz tranquila, pero en su interior cada palabra latía con intención—. Gracias por la invitación, Nora.
Ella asintió, sin saber que acababa de dar pie a algo mucho más grande de lo que imaginaba. Max se levantó de la camilla, y mientras recogía sus cosas, sus miradas se cruzaron varias veces. Cada instante estaba cargado de tensión, de promesas no dichas, de algo que aún no se podía nombrar.
Cuando salió del despacho, sabía que los viernes tendrían un nuevo significado. Allí leería su relato, dedicado a ella, con cada frase cuidadosamente escogida para tocarla sin revelar su secreto. La observaría, sentiría sus reacciones, y poco a poco… la haría sentir todo lo que él guardaba bajo la piel.
Era solo el comienzo.