Burnout y mi Clase de Yoga.

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Summary

Yaritzi, ingeniera en nanotecnología atrapada en un ciclo de estrés laboral y agotamiento emocional, busca escapar del burnout que consume su cuerpo y mente. Decidida a reconectar consigo misma, se inscribe en clases privadas de yoga con Iván, un instructor carismático y enigmático cuya presencia despierta algo inesperado en ella. Lo que comienza como una búsqueda de paz y equilibrio se transforma en una experiencia íntima y visceral, donde tensión, deseo y conexión se entrelazan. Entre posturas y respiraciones, el yoga se convierte en un terreno de exploración sensual, donde ambos descubrirán hasta dónde puede llegar el deseo humano cuando se mezcla con el agotamiento, la pasión y la entrega total.

Genre
Young Adult
Author
Ivan
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Burnout y mi Clase de Yoga


¿Has sentido que no puedes más? Hablando físicamente y mentalmente, hay situaciones que te abruman, quieres llorar pero simplemente no puedes o ni siquiera tienes tiempo de hacerlo. Eso te puede llevar a un episodio al borde del colapso. El Burnout es ese estado de agotamiento físico, mental y emocional que aparece cuando el estrés se vuelve crónico, sobre todo por trabajo o responsabilidades constantes. Es como si el cuerpo y la mente dijeran: “ya no puedo más”. ¿Qué lo causa? Podrían ser diferentes circunstancias en diferentes personas, pero puede ocasionarlo el exceso de trabajo o presión prolongada. La falta de descanso o límites. Incluso puedes sentir que lo que haces no tiene sentido o no es valorado. Estar siempre “en modo productividad”, sin espacio real para ti.

Incluso puedes sentir como si el deseo no estuviera en ti, difícilmente llegas a pensar en sexo o en cosas placenteras como antes lo hacías ¿Cómo se siente un Burnout? Cansancio constante, incluso durmiendo bien. ¡Maldición! Falta de motivación: lo que antes te gustaba ahora te da igual. Todo menos dejar de lado esas ganas de sentir excitación. Dificultad para concentrarte. ¡Necesito placer ya! Pero no, lo único que se siente es una iritabilidad, cinismo o sensación de vacío.

Yaritzi trabaja en un laboratorio, es ingeniera en nanotecnología, su trabajo la mantenía atrapada entre deadlines y una presión de su jefe, no dormía y ese trabajo soñado poco a poco empezó ser rutinario, a veces se sentía exprimida. Su cuerpo se contraía, de apenas 1.66 metros, es delgada pero firme, su disciplina en el gimnasio la hizo tener un abdomen plano y unas piernas demasiado fuertes, con pechos copa B que se mantenían erguidos, pezones perfectos y naturalmente erectos, y se endurecían con el menor roce, y su trasero hecho a mano, firme pero terso que provocaba miradas indiscretas.

Su piel morena clara relucía bajo cualquier luz, su cabello negro caía liso hasta un poco más debajo de sus hombros, y sus ojos cafés destellaban con una audacia que reflejaba su fuego interior. Yaritzi es perfecta, una mujer que sabía lo que quería, y en el sexo es una fuerza imparable. Cuando se calienta, no hay quién la detenga; amaba lo extremo, el sexo salvaje, y su trayectoria profesional la había llevado a explorar con gente de todo tipo, extranjeros, amigas y hombres donde ella se dejaba llevar por su deseo sin límites. Pero ahora, buscando algo más profundo, algo que conectara su cuerpo y mente de una manera intensa y provocadora, Yari decidió probar yoga.

Se inscribió a un curso que vio en TikTok, dos días en Ciudad de México, encontró a Iván, un instructor de yoga cuyas reseñas lo describían como “intenso” y “transformador”. Las fotos de su perfil mostraban a un hombre delgado, de 1.76 metros, de piel morena, cabello y ojos negros, con músculos esculpidos por años de práctica y una sonrisa magnética que despertó su curiosidad. Yaritzi, con ese instinto suyo para la aventura, reservó clases privadas en el estudio de Iván, un loft minimalista en el centro de la ciudad. El espacio era un refugio sereno: una tapete de yoga en el suelo, incienso quemándose en una esquina, música Percussive Dub & Spiritual Jazz, ventanales que dejaban entrar la luz cálida del atardecer, tiñendo el lugar de tonos naranjas y dorados.

El día de la primera clase, Yari llegó puntual a las 6 de la tarde. Vestía un top deportivo negro que abrazaba sus pechos firmes, dejando entrever sus pezones perfectos bajo la tela, y unos leggings color caqui cream que moldeaban su trasero firme, desde la espalda baja y marcando la linea entre sus nalgas, resaltando su redondez. Su cabello negro estaba recogido en una coleta alta, exponiendo su cuello, y sus ojos cafés brillaban con anticipación.

Iván abrió la puerta para darle la bienvenida con un saludo discreto, a distancia y con una sonrisa cálida que contrastaba con su presencia serena: una camisa blanca sin mangas, con brazos esculpidos y un torso que se adivinaba con un abdomen plano. Pero lo que captó la atención de Yaritzi de inmediato fueron sus shorts deportivos grises, tan ceñidos que marcaban sus piernas y muslos contornos definidos, que prometían algo extraordinario. Mientras lo seguía al interior, sus ojos se deslizaron hacia abajo, y un calor instantáneo le subió por el pecho. Intentó mantener la compostura, mordiéndose el labio inferior, pero su mente ya divagaba con pensamientos prohibidos. Así es Yari.

El estudio era un santuario: el tapete en el centro, el aroma del incienso flotando en el aire, los ventanales mostrando el cielo anaranjado de la ciudad. Iván comenzó a hablarle, dándole la bienvenida, explicando lo que trataba su clase y si alguna vez ella había hecho algo así antes. Yaritzi con plena sinceridad respondió:

— Voy seguido al gimnasio, pero quiero hacer algo diferente.

Mientras Iván con la mirada comprobaba la veracidad de sus palabras.

— ¡Se ve que eres de las que entrenas a morir!

Ambos se echaron a reír. Una risa coqueta y alegré.

— Esto será menos intenso pero te prometo que conectarás contigo misma, esta sesión no es para trabajar tu cuerpo, sino para darle descanso.

Yaritzi solo asentaba, hipnotizada por sus ojos negros.

— ¡Así que te quiero flojita y cooperando!

Ambos rieron juntos una vez más. Yaritzi se sintió coqueta.

Iván la recostó sobre el tapete.

— Iniciemos con una respiración guiada—, su voz serena resonando: “Inhala profundo, exhala lento, Yari, ¿te puedo decir así?”. Ella asentó y obedeció, pero su atención se desviaba cada vez que él se movía, los shorts marcando cada detalle de ese bulto que parecía crecer con el calor de la práctica. La clase avanzó con posturas como Marjaryasana–Bitilasana, Balasana y Adho Mukha Svanasana, pero la tensión en el aire se volvía densa, casi palpable. Entre miradas, fingiendo distracción por parte de ambos.

Durante la postura de la paloma, con las caderas abiertas y el torso inclinado hacia adelante, Iván se arrodilló frente a ella para corregir su alineación. Los shorts, ahora más ajustados por el movimiento, dejaban ver con claridad la silueta de su grosor. Yari tragó saliva, su respiración acelerándose, y se sentía nerviosa. Ella quería relajarse, pero se sentía más atraída por la manera en que Iván la veía, la guiaba, la cambiaba de postura e incluso no podía ignorar la idea de sentirse tocada cuando Iván ponía sus manos cálidas sobre su pecho. Y la idea de su tamaño la hizo sentir una mezcla de curiosidad y deseo que apenas podía contener.

Una vez más Iván le hablaba con una seguridad irresistible:

— “Relaja las caderas, déjate llevar”, pero sus ojos se encontraron con los de Yaritzi, y ella percibió un destello de algo más allá de la profesionalidad. “¿Todo bien, Yari?”, preguntó, su voz baja, casi íntima. Ella asintió, pero su mirada bajó de nuevo a los shorts, y esta vez no disimuló. Iván no se apartó; al contrario, se acercó más, sus manos ajustando sus muslos, arrimando sutilmente y sintiendo un roce que ardia, con un toque que se prolongó un segundo de más.

La clase continuó, pero cada corrección era una excusa para rozarla: sus dedos fuertes pero precisos se deslizaban por su espalda, sus caderas, o el borde de su trasero firme. Iván podía saborear la piel morena de Yaritzi.

En una postura de estiramiento profundo, él se colocó detrás de ella, y Yari sintió algo firme rozando su femur. Giró la cabeza, y sus miradas se cruzaron sin reservas. La pregunta de Iván fue directa: “¿Quieres seguir con yoga… o prefieres algo más, Yari?”.

Ella no respondió con palabras. Puso su cara pegada al suelo y se empinó hacia él, sus manos cayeron a sus costados. Con un movimiento lento pero decidido, Iván se acomodó en medio de ella. La reacción de Yari fue inmediata: un gemido bajo escapó de su boca, sus ojos cerrándose de deseo.

Iván comenzó a tocarla suave y lentamente, mientras ella sintió algo grueso, con venas marcadas que palpitaban bajo la ropa como si tuvieran vida propia. Era, sin duda, su pulsación más intensa que cualquier respiración guiada.

Iván comenzó a hablarle, con una tranquilidad desmesurada mientras su respiración se hacía notar:

Mis yemas te rozan,

como quien escribe en secreto

Tu piel morena —templada, viva—

responde en susurros,

en un lenguaje sin palabras,

hecho de pulsos y respiraciones.

Cada curva es un horizonte,

cada sombra, un refugio.

El aire se espesa cuando mis dedos viajan,

dibujando rutas sobre tu cintura,

allí donde la luz se detiene a mirar.

Hay un fuego que no quema,

solo despierta.

Late bajo la piel,

como si el deseo tuviera su propio corazón.

Y mientras te toco,

el mundo se disuelve —

solo queda el temblor,

la piel,

y el instante suspendido

en el borde del gemido.

Yaritzi se perdió en su voz y sus caricias, ni siquiera la estaban masturbando o penetrando, y ella solo estaba pensando:

Siento el pulso de tu calor subir por mi cuerpo,

una vibración suave, animal,

que se enreda con el aire perfumado de tu aliento.

Tu cuerpo brilla,

como si el sol se hubiera quedado atrapado en mi piel,

como si el deseo tuviera color ámbar.

Rozas mi espalda,

y el silencio se estira, se tensa,

hasta volverse un murmullo eléctrico.

Mis labios dibujan para ti un mapa líquido,

un territorio que se curva, se ofrece,

se abre en respiraciones entrecortadas.

Nada existe fuera de ese roce:

ni el tiempo, ni el nombre, ni el suelo.

Solo la piel —tu piel—,

y la danza leve, casi sagrada,

de mis piernas buscando la orilla

donde el placer se vuelve luz.

Iván sonrió, confiado. — «Vas a sentir cada centímetro, Yari. Prepárate, respira». Lo que siguió fue una explosión de deseo crudo, puro, salvaje, como a Yaritzi le gustaba. Iván bajó su legging con facilidad, sus manos decididas agarrando su cadera, la oprimió contra el suelo y el tapete del estudio, los ventanales reflejando sus siluetas. Los leggings de Yari cayeron al suelo en un movimiento rápido, dejando zona expuesta, ya húmeda de anticipación. Ella abrió sus piernas, entregó su cintura, sus pechos firmes presionados contra el suelo. Cuando Iván la penetró por primera vez, Yari soltó un grito que resonó en el loft. La sensación de su pene, grueso y venoso, llenándola por completo, era abrumadora, como si estuviera siendo abierta por primera vez. — ¡Me vas a partir! Es demasiado grande”, jadeó, sus uñas clavándose en la duela mientras sus pezones perfectos se endurecían contra la tela de su top pidiendo salir. Cada embestida era profunda, deliberada, y las venas de su miembro parecían pulsar contra sus paredes internas, intensificando cada roce. Iván marcaba un ritmo implacable, sus caderas chocando contra las de ella con una fuerza que la hacía jadear. — “Después de esto, vas a acabar sin fuerzas Yari”, gruñó, mordiendo su cuello. Ella respondió, “¡Sí, dámela toda! ¡Cógeme duro!”.

Cambiaron de posición, quitando el tapete de yoga en el centro del estudio. Iván la puso en cuatro, una versión pervertida del perro boca abajo, con un propósito muy distinto. Desde atrás, la tomó con una intensidad feroz, sus manos sujetando cintura y su abdomen chocaba violentamente con su culo mientras empujaba con una fuerza creciente. Yari sintió cómo cada centímetro de él la estiraba, las venas de su pene creando una fricción que la llevaba al borde del éxtasis. “¡Más fuerte, Iván! ¡Rómpeme!”, gritó, arqueando la espalda y empujando sus caderas contra él.

Él aceleró, su respiración pesada mezclándose con los gemidos de ella. Su cuerpo sudoroso, los músculos tensos, y el tamaño de su verga la hacían perderse en el momento. “La quiero toda”, jadeó Yari, recordando sus momentos más frenéticos, pero sabiendo que esto era diferente, más intenso. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el estudio, opacando la música Jazz y el aroma del incienso se volvió a una fragancia de sexo salvaje.

Yari, insaciable como siempre, tomó el control. Empujó a Iván suavemente para que se acostara sobre la duela y se subió encima de él, sus rodillas a ambos lados de sus caderas. Desde esta posición, podía sentir cada detalle de su miembro mientras lo montaba, controlando el ritmo. Las venas marcadas parecían latir bajo su piel, y ella se movía con una precisión que lo hacía gruñir de placer. “¡No mames. Qué grueso eres!”, gimió, sus pechos firmes rebotando, sus pezones perfectos endurecidos bajo el top que aún no se había quitado. Iván subió el top de un tirón, dejando sus pechos al descubierto, y pellizcó sus pezones con sus dedos, estirándolos.

“Quiero que rebotes encima de mi”, ordenó, sus manos en su trasero firme, ayudándola a subir y bajar más profundo. Ella aceleró, su cabello negro alborotado, sus ojos cafés cerrados en éxtasis. “¡Me estás volviendo loca!”, confesó, moviendo las caderas en círculos que la llevaban al límite. Yari tembló con cada embestida. La sensación de su pene, grueso y venoso, llenándola desde un ángulo nuevo, era casi demasiado. Iván no dejaba de gruñir conteniéndose y arañando la espalda de Yaritzi.

Él la besaba despacio, y a la vez mordía su cuello con brusquedad, mientras empujaba sin piedad. “Te gusta hasta el fondo, ¿verdad? Dime que te duele, dime que te encanta”, gruñó. Yari respondió casi sin fuerza y en éxtasis “¡Me encanta! Me está rompiendo… ¡no pares!”. El suelo parecía vibrar bajo ellos, el incienso olvidado mientras el estudio se convertía en un escenario de gemidos y respiraciones entrecortadas.

El clímax llegó como una tormenta. Yari arqueó la espalda, su cuerpo menudo temblando mientras un orgasmo la recorría, intensificado por las pulsaciones de Iván. Sus pechos firmes temblaban, sus pezones perfectos, duros y completamente ensalivados. «¡que rico!», gritó, su voz resonando.

Iván la siguió segundos después, un gruñido profundo escapando de su garganta mientras se vaciaba fuera de ella, ambos colapsando en el tapete de yoga, sudorosos y exhaustos. Permanecieron allí, enredados, mientras la música ambiental seguía sonando, un contraste irónico con la intensidad de lo que acababan de compartir. El aire olía a incienso y sexo, y la luz del atardecer pintaba sus cuerpos de dorado.

Cuando finalmente se separaron, Iván peino el fleco de Yaritzi para verla a la cara. Ella rio, todavía jadeando, su cabello negro desordenado. “Esta pasión, este deseo, este cansancio es el verdadero Burnout”. Se recostó tirando su cuerpo a lado de Iván, su piel morena brillando de sudor, y le guiñó un ojo.