ESCUELA MORTAL 1: JUEGOS MORTALES

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Summary

En la secundaria Mercedes Bello, un grupo de estudiantes se enfrenta a un misterioso y peligroso juego cuando, tras un extraño suceso, se despiertan en un lugar desconocido. Rodeados de figuras enmascaradas, deberán luchar por sobrevivir, enfrentando sus peores miedos mientras descubren las reglas de un evento mortal donde solo los más fuertes prevalecerán. Entre conflictos, alianzas y secretos, ¿quién logrará salir con vida?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

En la Ciudad Nagua, en la casa de Alexander a las 7:00 a.m., su mamá entra a su habitación y lo despierta gritando:

—¡Hora de levantarse!

Alexander se sobresalta, se sienta en la cama y entreabre los ojos. Su mamá sale de la habitación, y Alexander se levanta, va al baño a cepillarse los dientes y mientras lo hace, sus pensamientos empiezan a divagar.

¿Habrá gente nueva? ¿Seguirán estando esos chicos que me molestaban?

Deja de pensar y se va a bañar.

Sale del baño, se viste y va a la sala a desayunar antes de ir a la escuela.

—¿Estás nervioso por el primer día? — pregunta su mamá.

— Nah, ya he estado aquí antes — responde Alexander.

—Bueno, tal vez ya no estén las mismas personas y tengas que conocer gente nueva.

— Ojalá... — dice Alexander con las manos sudorosas.

—Bueno, vete ya a la escuela, se te va a hacer tarde — dice su mamá con el ceño fruncido.

— Adiós, mamá — dice Alexander, agarrando su mochila y saliendo de casa.

—Adiós, hijo.

En el camino a la escuela, Alexander camina un poco nervioso, ya que sabe que los abusadores podrían estar allí. Minutos después, llega a la escuela, se detiene en la entrada, suspira y entra.

Al entrar a su nuevo curso, su profesora, que estaba organizando unos libros, lo ve.

—¡Alexander, mi mejor estudiante! ¿Cómo estás, muchacho?

— Estoy bien, ¿y usted? ¿Qué tal sus vacaciones?

— Las pasé muy bien. Espero que tú también. Mmm... ¿Puedes llevarme estos libros a la biblioteca?

—Sí, claro.

—Muchas gracias.

Cargado de libros, Alexander baja las escaleras con paso nervioso. Sus ojos se posan en los casilleros, donde hay un grupo de estudiantes liderados por los intimidantes Oscar y Eduardo. Alexander los ve, baja la cabeza y trata de hacerse invisible. Oscar lo ve caminando y le dice a Eduardo:

—Mira quién volvió a estudiar este año.

—Vaya, parece que no tenía chicos a quienes molestar allá, jajaja.

Alexander se estremece y aprieta los libros contra su pecho, sintiendo cómo se le acelera el corazón. Un chico de cabello oscuro, con un abrigo rojo y negro, observa la escena desde su casillero. Sus ojos penetrantes se fijan en Alexander, notando su palidez y su mirada llena de miedo.

¿Qué le pasa a este chico? Parece que está a punto de desmayarse. ¿Qué le habrán hecho?

Alexander intenta pasar desapercibido, pero Oscar lo detiene y le quita un libro.

—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? Un libro de... ¡ciencia ficción! ¿Acaso quieres ser un superhéroe y salvarnos de tus aburridas historias?

Eduardo y los demás se ríen a carcajadas. Alexander intenta recuperar su libro, pero Oscar lo sostiene fuera de su alcance, burlándose.

—Oscar, por favor... es el primer día, no me molestes... —dice Alexander intentando quitarle el libro.

—¡Basta! No puedo permitir que sigan así. —dice el chico de rojo pensando

El chico de rojo se acerca al grupo con una expresión seria.

—chico de rojo: ¿no escuchaste que lo dejaras en paz?

Oscar se gira, sorprendido.

—¿Y tú quién eres para meterte? ¿Su novio? Ay, qué asco. ─ dice oscar

Alexander se sonroja y mira al chico de rojo.

—¿Y si lo fuera? ¿Algún problema? —responde Victor

Los demás estudiantes se sorprenden y murmuran entre ellos.

—Chico de rojo: devuelve el libro, por favor.

—¿Qué? ¿Vas a defender al maricón ese? —dice Oscar con una sonrisa amenazadora.

— Solo te pido que seas amable y se lo devuelvas — dice Victor , acercándose un paso.

Oscar empuja al chico de rojo al suelo.

—¡No le devolveré nada, y tú no eres nadie para decirme qué hacer! —dice Oscar muy enojado

Victor se levanta y mira a Oscar con seriedad.

—Ya acabaste con mi paciencia — dice, dándole un puñetazo en la cara a Oscar.

Oscar y Eduardo, muy enojados, intentan golpearlo, pero los demás estudiantes los separan.

—¡Ya basta!

Algunos estudiantes sujetan a Oscar y otros a Eduardo.

De repente, las puertas de la escuela se cerraron una por una rápidamente. Un aire extraño comenzó a expandirse por todos los pasillos y aulas. Una sensación de incomodidad recorrió el ambiente, como si el aire estuviera cargado de algo inquietante. Los estudiantes, sin comprender lo que ocurría, empezaron a desmayarse uno por uno, algunos cayendo de manera casi instantánea, otros en pequeños grupos.

Victor , por otro lado, permaneció serio, mirando a su alrededor, observando cómo todos sucumbían al extraño fenómeno. No parecía asustado, pero algo en su expresión reflejaba una creciente preocupación.

Sin apartar la vista del caos que se desataba, se acercó rápidamente a Alexander, empujándolo ligeramente hacia atrás, como si intentara protegerlo. Las luces comenzaron a parpadear, y la oscuridad se fue apoderando lentamente del lugar.

De repente, Victor cayó al suelo con un fuerte impacto, desmayado como los demás. Solo quedó Alexander, que miraba a su alrededor, completamente confundido.

—¿Qué está pasando? —preguntó Alexander, su voz temblorosa, mientras el miedo comenzaba a invadir su pecho.

Sus ojos empezaron a cerrarse lentamente; la pesadez se apoderaba de su cuerpo, y antes de que pudiera procesar completamente lo que estaba sucediendo, se desplomó al suelo y perdió el conocimiento.

En ese momento, figuras enmascaradas comenzaron a entrar por todos los pasillos, aulas, patios y baños. Su apariencia era inquietante: vestían completamente de negro, con trajes ajustados que parecían tácticos, reforzados con detalles en rojo sangre en las mangas y los bordes de sus botas. Sus guantes largos ocultaban por completo sus manos, y las botas militares resonaban con un eco pesado en los suelos vacíos.

Sus máscaras eran blancas, lisas y sin rasgos humanos, salvo por un diseño minimalista en negro: triángulos invertidos o líneas geométricas que parecían observar a quienes las miraban. Algunas máscaras tenían patrones de ojos vacíos, mientras que otras mostraban expresiones siniestras y distorsionadas.

Llevaban capas cortas negras que ondeaban ligeramente mientras se movían. En el pecho, todos portaban un símbolo idéntico: un círculo negro con un punto rojo en el centro, como un ojo que todo lo ve.

Se desplazaban con precisión militar, levantando a los estudiantes inconscientes sin pronunciar una sola palabra. Era un espectáculo perturbador. Las figuras llevaron a los estudiantes a un lugar amplio, iluminado por luces artificiales y frías, donde habían filas interminables de camas. Allí, comenzaron a despojarlos de cualquier objeto moderno: collares, ropa ajustada, zapatos deportivos.

A cada estudiante le colocaron un uniforme sencillo, como si fueran a la escuela: una camiseta polo azul cielo con su nombre bordado en un lado, pantalones azul oscuro, y zapatos negros. Era un contraste impactante con el lugar en el que se encontraban.

Horas después, Alexander despertó por el sonido de una alarma estridente.

Su cabeza estaba pesada, y el entorno a su alrededor era completamente diferente. Estaba acostado en una cama, rodeado de otros compañeros que también parecían haber despertado en el mismo lugar extraño. El aire era denso y frío, y los estudiantes se miraban entre sí, confundidos, algunos levantándose lentamente, otros mirando desconcertados a su alrededor.

Todo parecía tan ajeno, tan lejano a la escuela en la que minutos antes estaban. Nadie sabía cómo llegaron allí, ni quién los había traído. Solo quedaba una pregunta flotando en el aire: ¿qué iba a pasar ahora?

De repente, una pantalla gigante que hasta ese momento había permanecido apagada se iluminó. En ella, apareció una figura misteriosa, vestida con un traje negro y una máscara oscura que cubría su rostro. La figura permanecía inmóvil, sus ojos ocultos tras la máscara, pero su voz resonó fuerte y clara en el ambiente, cortando el silencio y llenando el aire de una tensión palpable.

La figura enmascarada permaneció inmóvil, observando a los estudiantes, cuyo temor comenzaba a crecer con cada palabra que salía de su boca. Después de un largo y tenso silencio, su voz resonó nuevamente en el aire frío y denso.

—Seguro se están preguntando por qué están aquí, qué los ha traído a este lugar —la figura había culminado, pero su tono jugar extraño. La figura había hablado con calma, pero su tono lleno de una gravedad palpable. —La respuesta es simple, aunque quizás no quieran aceptarla. Están aquí porque no han cumplido con las expectativas.

—¿Qué es esto? ¿El "Juego del Calamar"? —preguntó Oscar con sarcasmo, levantándose lentamente mientras miraba a su alrededor con una sonrisa burlona—. ¿A qué jugamos ahora? ¿Una especie de reality show? —añadió, cruzándose los brazos.

Un estudiante, con los ojos llenos de lágrimas, rompió el silencio:

—¡¿No te das cuenta de la gravedad de la situación?! —dijo con la voz quebrada, mirando directamente a Óscar—. Esto no es un juego. Algo horrible está pasando y tú sigues bromeando.

Oscar rodó los ojos, sin tomárselo en serio.

—Relájate, llorón. Seguro esto es una broma de algún profesor aburrido.

De pronto, una voz temblorosa rompió el bullicio.

—Do... ¿Dónde está mi amigo? A... Alexander... ¿Dónde estás? —preguntó Loren, abrazándose a sí misma, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo tembloroso. Miraba a su alrededor, buscando desesperada entre los rostros conocidos.

Alexander, que estaba cerca, levantó la vista al escuchar su nombre. Se abrió paso rápidamente entre los estudiantes, ignorando las miradas y los murmullos.

—¡Aquí estoy, Loren! ¡Aquí estoy! Tranquila... tranquila... —dijo mientras llegaba a su lado y la abrazaba con fuerza, tratando de calmarla—. Estoy aquí... no pasa nada.

Loren lo abrazó con fuerza, sollozando.

—¿Qué está pasando, Alex? Esto... esto no es normal... —dijo con la voz entrecortada.

Óscar, observando la escena con una sonrisa burlona, intervino.

—Ash, lo que faltaba. La llorona y el maricón abrazándose. Qué espectáculo tan patético.

Alexander se giró hacia Óscar, su rostro lleno de frustración.

—¿Es que no puedes quedarte callado ni un segundo? ¿No ves que todos estamos asustados? —replicó, apretando los puños, aunque intentaba mantener la calma para no empeorar la situación.

Eduardo se cruzó de brazos, arqueando una ceja.

—Oye tú, perdedora, quítate del medio. No nos interesa tu drama —dijo con desprecio, refiriéndose a Loren.

Alexander se giró, colocando un brazo protector frente a ella.

—No te atrevas a hablarle así.

Victor , que había estado observando en silencio desde que despertó, se acercó lentamente al grupo, con una expresión seria.

—Ya basta. Esto no es el momento para pelear entre nosotros —dijo, mirando directamente a Oscar y Eduardo—. Si seguimos así, no vamos a sobrevivir.

De repente, la figura enmascarada en la pantalla volvió a hablar, cortando cualquier murmullo que quedara entre los estudiantes. Su voz resonó fuerte y clara, aunque con un tono siniestro.

—Silencio. Ahora que han despertado, es momento de explicar las reglas. Están aquí porque han sido seleccionados para participar en un evento especial. Este no es un juego, como algunos de ustedes creen. Esto es una prueba, una oportunidad única para alcanzar la cima de la élite. Solo quien demuestre ser el mejor, el más fuerte y el más digno, podrá reclamar este honor.

Los estudiantes intercambiaron miradas de desconcierto. Algunos estaban aterrados, otros, como Óscar, parecían más curiosos que asustados.

—¿Y qué se supone que es esa “élite”? —preguntó Oscar con una sonrisa burlona, cruzándose de brazos.

La figura continuó, ignorándolo por completo.

—El premio final es algo que cambiará su vida para siempre. Sin embargo, no será fácil. Durante los próximos siete días, enfrentarán una serie de pruebas. Cada día, un juego. Cada juego pondrá a prueba sus habilidades, su ingenio y su determinación.

Una pausa incómoda se extendió, aumentando la tensión. Luego, la figura añadió:

—Pero recuerden: solo puede haber un ganador. El resto será eliminado.

Un murmullo de pánico recorrió a los estudiantes. "¿Eliminado?" ¿Qué significaba eso? La palabra pesaba en sus mentes como una amenaza silenciosa.

—¿Qué significa exactamente “eliminado”? —preguntó una chica de voz temblorosa desde el fondo.

La figura giró ligeramente la cabeza hacia la cámara, como si estuviera observando directamente a los estudiantes.

—Lo entenderán cuando llegue el momento. Ahora, deben desayunar. la primera prueba comenza después. Hay camas suficientes para todos.

Con esas últimas palabras, la pantalla se apagó abruptamente, dejando el lugar sumido en un incómodo silencio.

Con un aire de incertidumbre, los estudiantes comenzaron a moverse lentamente hacia las camas que estaban dispuestas en la habitación. Eran simples, pero suficientes para descansar. Algunos se quedaron paralizados, mirando la pantalla apagada, mientras otros, como Loren, se aferraban a alguien conocido para buscar consuelo.

Después del incómodo silencio, una voz resonó por toda la habitación.

Con un aire de incertidumbre, los estudiantes comenzaron a moverse lentamente hacia las camas que estaban dispuestas en la habitación. Eran simples, pero suficientes para descansar. Algunos se quedaron paralizados, mirando la pantalla apagada, mientras otros, como Loren, se aferraban a alguien conocido, buscando consuelo.

Victor , observando desde una esquina, permanecía en silencio, pero sus ojos analizaban detenidamente todo a su alrededor. Finalmente, se acercó a Alexander, quien aún ayudaba a Loren a calmarse.

—¿Quién es ella? —preguntó Victor con un tono neutro, señalando con la barbilla a Loren.

Alexander lo miró, algo sorprendido por la pregunta.

—Ella es Loren... mi amiga desde hace años. Siempre hemos estado juntos en todo... —respondió con una leve sonrisa, aunque su voz delataba el nerviosismo que lo invadía.

Victor asintió sin decir nada más. En lugar de eso, tomó una de las camas cercanas y se sentó, observando en silencio cómo los demás se acomodaban.

De repente, una voz anunció por los altavoces:

—Atención, estudiantes, por favor diríjanse al centro de la habitación en filas. El desayuno será servido en breve.

Con eso, los estudiantes comenzaron a levantarse, algunos en sollozos, otros murmurando en voz baja. Alexander, Victor y Loren también se dirigieron al centro de la habitación.

La puerta gigante se abrió automáticamente, revelando figuras enmascaradas que avanzaban con paso firme. Traían una mesa rectangular enorme, sobre la cual descansaban los desayunos: pan con una caja de leche azucarada. La simpleza del desayuno añadía un toque extraño a la situación.

Los estudiantes comenzaron a formar filas, recogiendo sus desayunos sin saber si había alguna otra intención detrás de este acto tan mundano en medio del caos.

Óscar, con una sonrisa burlona, recogió su desayuno de las manos de una figura enmascarada. Al verlo, hizo un gesto de desdén y chasqueó la lengua.

—Ja… ni aquí dejan de darnos leche y pan —comentó con ironía, antes de dirigirse a su cama, como si todo esto fuera un juego.

El bullicio era incesante mientras cada uno tomaba su desayuno. Algunos se sentaron en sus camas a comer, otros lo hicieron de pie. Algunos murmuraban entre sí sobre lo que estaba sucediendo, mientras otros se quejaban en voz baja sobre la calidad de la comida.

Alexander, Loren y Victor recogieron sus desayunos y se dirigieron a sus camas, con una tensión palpable entre ellos.

Cuando Alexander terminó de comer, aún sentía un vacío en su estómago, pero no dijo nada. Se quedó mirando al frente, saboreando la última migaja de su desayuno, como si intentar distraerse de lo que ocurría a su alrededor fuera suficiente para calmar su mente.

Victor , que estaba en la cama junto a la de Alexander, lo observó en silencio durante un momento, como si estuviera sopesando algo. Luego, extendió su mano hacia él, ofreciendo el pan que aún tenía en su mano.

—Ten. —dijo Victor .

—Eh… no, no gracias, ya no tengo hambre —respondió Alexander, tratando de sonar tranquilo, aunque su sonrisa traicionaba el agotamiento de una situación que no lograba entender del todo.

Victor no cedió. Su mirada se endureció un poco y, con tono firme, insistió:

—No mientas. Sé que todavía tienes hambre. Tómalo.

Alexander lo miró fijamente por un momento, atrapado entre su orgullo y el alivio que le ofrecía el pan. Finalmente, suspiró y aceptó el gesto, agradecido pero sin palabras.

—A… gracias —murmuró Alexander, tomando el pan. La simple acción de aceptarlo, de no estar solo en eso, le provocó una extraña sensación en el pecho, un calor inesperado en medio de tanto caos.

Victor asintió lentamente, sin mirarlo.

—Me llamo Víctor —dijo, mirando a Alexander con una calma inexplicable.

Alexander, mientras masticaba el pan, giró la cabeza y le dedicó una leve sonrisa.

—Eso ya lo sé, tu nombre está al lado de tu uniforme, jeje.

—Ah, cierto —respondió Víctor, mirando su nombre en la etiqueta.

—Por lo que veo, tú te llamas Alexander —comentó Víctor, observando la etiqueta del otro.

—Ujum —asintió Alexander, ya un poco más relajado.

Victor, que se había mantenido sereno hasta ahora, miró hacia adelante, pero había algo en su expresión que no pasó desapercibido: era la calma detrás de una máscara de confusión. Había algo más que simple amistad entre los dos, algo que comenzaba a gestarse, aunque ninguno de los dos sabía exactamente qué era aún. Pero lo sabían: no podían ignorarlo.

Una de las figuras enmascaradas se quedó mirando hacia donde Victor y Alexander, observando en silencio, casi como si estuviera midiendo cada uno de sus movimientos. Alexander, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda, giró hacia donde se encontraba la figura, como si algo en su interior le dijera que debía hacerlo. En el momento en que sus ojos se encontraron, la figura rápidamente giró hacia otro lado, su postura rígida y mecánica.

Victor frunció el ceño, la sensación de incomodidad invadió su pecho.

—¿Qué le pasa? —murmuró Victor en voz baja, como si estuviera más hablando consigo mismo que con Alexander. En su tono se reflejaba algo de inquietud. La pregunta flotaba en el aire, cargada de una tensión palpable.

Alexander, que había notado la reacción de victor, lo miró en silencio, pero no dijo nada. La figura que había observado al chico de rojo permaneció en el borde de su campo de visión, inmóvil, como si esperara a que alguien dijera o hiciera algo que activara una respuesta. La atmósfera a su alrededor se volvía cada vez más espesa, como si las sombras mismas estuvieran observando y evaluando a los estudiantes.

Victor se quedó mirando hacia la figura, aún frunciendo el ceño, su mente trabajando a toda velocidad, tratando de comprender lo que acababa de suceder. Algo no estaba bien. Algo más estaba ocurriendo bajo la superficie, algo que no entendía pero que lo inquietaba profundamente.

Por la tarde, en la casa de Alexander, su madre ya estaba vestida y lista para salir cuando el timbre de la puerta sonó. Bajó rápidamente y abrió la puerta.

—¡Oh, hola! ¿Cómo estás? —preguntó la madre de Alexander, sonriendo al ver a su amiga.

—Hola, yo bien. Me alisté para ir a la escuela de mi hijo, Víctor. Quiero ver cómo le va en sus clases. ¿Y tú? —respondió la madre de Víctor, con un tono tranquilo, aunque algo apresurada.

—¡Qué bien! Yo también, ¿me esperas un momento? Solo voy a buscar la cartera y las llaves —dijo la madre de Alexander mientras entraba nuevamente a la casa.

—¡Claro! —respondió la madre de Víctor, quedándose esperando en el umbral de la puerta.

La madre de Alexander salió rápidamente, cerrando la puerta con llave detrás de ella. Las dos amigas caminaron por la calle, charlando y disfrutando del momento, aunque la ligera brisa que acariciaba sus rostros parecía anticipar algo extraño. Al llegar a la escuela, un sentimiento inquietante comenzó a invadirlas. El portón estaba cerrado y no se veía ni un solo estudiante ni personal en los alrededores.

—Esto es raro... No está ni el portero. —murmuró la madre de Alexander, frunciendo el ceño al mirar la puerta cerrada.

—Algo no está bien... —respondió la madre de Víctor, su tono ahora más grave, con una creciente preocupación en su voz.

Ambas se miraron, alarmadas, y el silencio que rodeaba la escuela se hizo aún más incómodo. Ninguna de las dos se atrevió a tocar el portón.

—¿Y si saltamos el portón? —preguntó la madre de Víctor, con una mirada decidida, como si ya estuviera evaluando el riesgo.

—¿Crees que no nos verían? —respondió la madre de Alexander, mirando a su alrededor con cautela, claramente insegura sobre la idea.

—Tú, confía en mí. Ven —dijo la madre de Víctor, sonriendo con complicidad y levantando las manos, indicándole que debía poner un pie para que la ayudara a subir.

La madre de Alexander dudó por un momento, mirando el portón y su altura, pero, al ver la confianza en los ojos de su amiga, suspiró y decidió seguirle el juego.

—Está bien, vamos a hacerlo —dijo finalmente, poniendo un pie en las manos de la madre de Víctor.

Con un impulso, la madre de Víctor la levantó con fuerza, ayudándola a subir al portón de manera rápida y eficiente. Ambas mujeres, respirando agitadas, se miraron una vez arriba, listas para entrar sin ser vistas.

Cuando finalmente saltaron el portón y entraron en el pasillo de la escuela, el silencio era absoluto. Las luces estaban apagadas, y las aulas vacías se extendían ante ellas como una visión de abandono. El aire estaba frío y pesado, y todo parecía desierto, como si algo extraño hubiera sucedido repentinamente.

—Vamos —dijo la madre de Alexander, con una expresión tensa mientras avanzaba con cautela.

Recorrieron el pasillo rápidamente, dirigiéndose hacia la oficina de la directora, con la esperanza de encontrar alguna respuesta. Al llegar a la puerta, la madre de Alexander la abrió sin dudar, pero lo que vieron dentro las dejó paralizadas. La oficina estaba vacía, las sillas desordenadas y la mesa de la directora parecía haber sido abandonada en medio de una conversación. Nadie estaba allí.

—Directora… ¿por qué los estudiantes no están aquí? —murmuró la madre de Alexander, sin poder ocultar su creciente preocupación.

Ambas se quedaron en silencio por un momento, mirando alrededor. Las paredes de la oficina, usualmente llenas de papeles y fotos, ahora estaban desiertas. No había rastros de los alumnos ni de la directora. La atmósfera estaba cargada de una sensación extraña, como si todo lo que conocían hubiera desaparecido.

—¿Y si... fueron secuestrados? —preguntó, su voz apenas un susurro, pero llena de miedo.

Un silencio incómodo se instaló entre ellas. Nadie decía nada por unos segundos, solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas llenaba el aire. Finalmente, la madre de Víctor rompió el silencio.

—Dios mío… ¿cómo ocurrió todo esto? —preguntó entre sollozos, con lágrimas en los ojos mientras su mente trataba de procesar lo imposible.

Las dos se miraron, y sin decir más, salieron rápidamente de la escuela. Sus pasos resonaban en los pasillos vacíos, mientras una sensación de terror las envolvía.

De inmediato, la noticia se esparció como pólvora. En cuanto las madres de Alexander y Víctor salieron de la escuela, la escena se volvió viral. Las redes sociales comenzaron a llenarse de publicaciones que hablaban sobre la desaparición de los estudiantes de la escuela secundaria Mercedes Bello. Las imágenes de la escuela vacía y los testimonios de padres angustiados se compartieron rápidamente por todo el internet.

Titulares de noticias interrumpieron la programación normal, mostrando imágenes de la escuela y relatos desconcertantes de los testigos.

"Extraña desaparición en la secundaria Mercedes Bello: decenas de estudiantes desaparecen sin dejar rastro. Autoridades en estado de alerta."

Las cámaras de los noticieros mostraban entrevistas con padres desesperados, algunos llorando por la desaparición de sus hijos. Los comentarios en las redes sociales no tardaron en llegar, con personas compartiendo teorías sobre lo que había ocurrido.

"¿Secuestro masivo? Los estudiantes de Mercedes Bello simplemente desaparecieron."

"¿Quién está detrás de esto? Algo más grande se esconde."

En medio de todo el caos, las autoridades no tenían respuestas claras. La escuela había sido vaciada sin explicación alguna, y no había indicios de dónde podían estar los estudiantes. Las imágenes de la escuela mostraban un escenario casi surrealista, con pupitres vacíos y aulas desordenadas. Los estudiantes, como si hubieran desaparecido en el aire, habían dejado atrás solo preguntas sin respuesta.

¡Entendido! No mencionaré su nombre. Aquí está el texto corregido sin revelar su identidad:

De vuelta en la habitación donde estaban los estudiantes, algunos terminaban su desayuno en silencio, mientras otros seguían acostados, mirando al vacío. Unos cuantos estaban de pie, murmurando entre ellos con caras de preocupación.

—Queridos estudiantes, espero que hayan disfrutado su desayuno. Ahora, por favor, muévanse al centro de la habitación. El juego va a comenzar en breve —anunció una voz desde los altavoces.

—¿A esto le llaman desayuno? —bufó Oscar, empujando el plato con cara de asco—. Ni en la cárcel dan esta vaina.

Los estudiantes obedecieron con paso pesado, reuniéndose en el centro de la habitación. Un sonido metálico retumbó en el aire cuando la puerta gigante se deslizó hacia los lados. Del otro lado, figuras enmascaradas y armadas emergieron en formación, alineándose tras los estudiantes como sombras sin rostro.

Alexander tragó en seco. Sus manos estaban frías. Miró de reojo a Loren, que estaba pálida como un papel, con los ojos bien abiertos. Sin pensarlo mucho, le dio un pequeño apretón en el hombro.

—Va a salir todo bien —susurró, aunque ni él mismo estaba seguro.

Loren forzó una sonrisa temblorosa, pero su expresión seguía tensa.

Sin más opción, los estudiantes comenzaron a avanzar en silencio, algunos murmurando entre dientes, otros tragándose las palabras. Pasaron por un largo pasillo hasta que llegaron a un campo enorme. El aire aquí era distinto, más pesado.

Frente a ellos, a varios metros de distancia, se encontraba la línea de meta. Pero lo que realmente capturó su atención fue la figura que se alzaba al final del camino.

Una muñeca gigante los observaba con una expresión neutra, su piel clara contrastando con su camiseta naranja y sus medias largas y blancas. Sus enormes ojos oscuros parecían fijos en el vacío, pero daban la sensación de que en cualquier momento podrían moverse y ver directamente a cada uno de los estudiantes. Su cabello marrón estaba atado en dos coletas altas, dándole un aire infantil, pero su tamaño descomunal y su presencia inquietante hacían imposible ignorarla.

—Mieeeerquina… ¡qué cabezota tiene esa muñeca! —exclamó Oscar, rompiendo el silencio con una carcajada burlona.

—¿Y esta vaina? La muñeca del Juego del Calamar está más bonita que esta cosa —soltó Eduardo, mirando con burla.

Antes de que pudieran seguir hablando, el techo del campo comenzó a abrirse lentamente, separándose en dos.

La luz del sol entró de golpe, cegándolos por un momento. Algunas aves cruzaron el cielo despejado, y por un segundo, parecía una escena pacífica… pero nadie se sintió más tranquilo.

—Ah, es de día... —murmuró Alexander, sintiendo una extraña incomodidad en el pecho. No sabía si eso era mejor o peor.

Se hizo un silencio incómodo, hasta que una voz resonó por todo el campo:

—Bienvenidos al primer juego: "Mariposita linda es".

La voz hizo una pausa, como si disfrutara de la incertidumbre.

—¿En serio? ¿Juegos de niños? —murmuró una chica de cabello castaño y ojos café, que estaba cerca de Loren, Alexander y el chico del abrigo rojo. Su tono sonaba despreocupado, pero el leve temblor en su voz la delataba.

Alexander, aunque nervioso, no pudo evitar soltar una pequeña risa. Se giró un poco hacia el chico del abrigo rojo y lo miró con curiosidad.

Él tenía la vista fija en la muñeca, con una expresión seria, pero con ese brillo en los ojos que delataba su agudo instinto de supervivencia. Alexander notó que, a pesar de la tensión, sus labios se curvaron en una leve sonrisa, como si todo esto le pareciera absurdo.

—No parece tan divertido... —murmuró Alexander, intentando aliviar la tensión.

El chico del abrigo rojo desvió la mirada hacia él, como si estuviera evaluándolo. Luego sonrió un poco más, pero sin dejar de observar la muñeca.

—No te preocupes, lo más divertido será salir vivos —susurró con un tono ligero, pero con una chispa de emoción en los ojos.

Antes de que Alexander pudiera responder, la voz sonó de nuevo, más fuerte y fría:

—Este juego tiene un límite de cinco minutos. Durante ese tiempo, deberán cruzar la línea de meta antes de que el reloj llegue a cero.

Algunos estudiantes tragaron en seco.

—Solo podrán avanzar cuando la muñeca recite la frase: "Un, dos, tres, mariposita linda es".

Hubo un breve silencio antes de que la voz continuara, ahora con un tono más grave:

—Cuando la muñeca gire la cabeza hacia ustedes, deberán quedarse completamente inmóviles. Si detecta cualquier movimiento después de haber terminado la frase… serán eliminados.

Un escalofrío recorrió a los estudiantes. El aire se volvía más denso con cada palabra.

—Si el tiempo se agota y no han cruzado la meta… todos los jugadores restantes serán eliminados.

—Si intentan retroceder o salirse del área de juego… serán eliminados inmediatamente.

Los murmullos se apagaron. Nadie dijo nada, pero el pánico era visible en sus caras.

Oscar tragó saliva, y por primera vez, no tenía nada gracioso que decir

Dicho esto, que comience el juego anunció la voz, mientras la muñeca giraba lentamente hacia ellos.

Un, dos, tres, mariposita..... —dijo la muñeca con su voz metálica y monótona.

Los estudiantes comenzaron a moverse, pero algunos lo hacían lentamente, como si temieran que cualquier movimiento en falso los delatara. Sin embargo, uno de ellos comenzó a correr con fuerza.

¡Yo voy a llegar primero! — gritó el estudiante, empujando a los demás a su paso.

linda es —La muñeca, al terminar de pronunciar la frase, giró lentamente su cabeza hacia ellos.

En ese instante, todos se congelaron, inmóviles, temiendo ser detectados. El estudiante que había comenzado a correr más rápido notó el giro de la muñeca, frenó de inmediato, pero sus pies aún se movieron ligeramente.

—Estudiante Jhonatan, eliminado —anunció la voz con frialdad.

Jonatán, al escuchar el veredicto, se enfureció. Giró sobre sus talones y comenzó a correr hacia atrás, desesperado.

ino! ¡no quiero perder! — grito, corriendo a toda velocidad, pero de repente, una bala lo impactó en la cabeza, haciendo que cayera al suelo de inmediato. La sangre salpicó a una chica que estaba cerca.

Todos dieron un sobresalto al ver la escena. La chica, cubierta de sangre, se quedó paralizada por un instante. Se llevó las manos a la cara y, al ver que estaba sangrando, soltó un grito ahogado.

¡Ahhhhhh! — gritó la chica, aterrada.

La muñeca, sin mostrar ningún signo de emoción, la observó detenidamente.

Estudiante Darlenis, eliminada dijo la voz, como si nada hubiese sucedido.Darlenis, aterrada, comenzó a correr junto a otros estudiantes, pero pronto todos fueron alcanzados por las balas, uno a uno. En el caos, Loren observaba todo, llorando silenciosamente, pero se negó a moverse, paralizada por el miedo.

Un estudiante, en su desesperación por escapar, empujó a Alexander, haciéndolo caer al suelo.

¡Ay! exclamó Alexander, golpeando el suelo con fuerza.

El caos se desató. Los gritos de los estudiantes llenaron el aire mientras corrían hacia la puerta, buscando una salida. Algunos comenzaron a golpear la puerta, pero era en vano. No importaba qué hicieran, aquellos que intentaban moverse, ya fuera corriendo o buscando ayuda, eran alcanzados por las balas. Los gritos de terror se escuchaban por toda la sala.

¡Ayuda! gritó un grupo de estudiantes, mientras otro pedía con desesperación: —¡Por favor, déjenme salir! ¡No quiero jugar!

Pero fue inútil. Todos los que se movieron fueron eliminados, uno por uno. Las paredes empezaron a mancharse con la sangre de los caídos, mientras los estudiantes restantes, aterrados, se quedaban en silenció.

La cuenta regresiva continuó: 2:59.

Repetiré las reglas. — dijo la voz, como si no le importara lo que acababa de suceder.

La voz resonó nuevamente, cortando el caos que se había desatado en el campo.

—Deben cruzar la meta antes de que el tiempo se acabe. Sólo podrán avanzar cuando la muñeca diga: "Un, dos, tres, mariposita linda es."

Los estudiantes, aún temblando por el horror, prestaban atención.

— Cuando la muñeca gire la cabeza hacia ustedes, deben quedarse completamente inmóviles. Cualquier movimiento posterior resultará en eliminación.

Los murmullos cesaron de inmediato.

— Si el tiempo se agota y no han cruzado la meta, todos los jugadores restantes serán eliminados.

Otra pausa, y la voz continuó con firmeza:

— Si intentan retroceder o salirse del área del juego, serán eliminados inmediatamente.

La tensión en el aire se volvía insoportable mientras todos se quedaban en silencio, procesando las reglas.

— Dicho esto, que comience el juego —anunció la voz, resonando con frialdad.

La muñeca giró nuevamente la cabeza hacia el frente, inmóvil y ominosa.

— Un, dos... —comenzó a decir la muñeca, su voz resonando por todo el campo.

Los estudiantes caídos empezaron a levantarse lentamente, y los que estaban quietos comenzaron a correr o caminar, llenos de miedo. Alexander, todavía en el suelo, temblaba. La adrenalina no le dejaba moverse, estaba completamente paralizado por lo que acababa de presenciar. Giró la vista buscando a su mejor amiga, Loren. La encontró, completamente aplastada contra el suelo, negándose a levantarse. El miedo estaba claro en su rostro.

— Te... tengo miedo... —dijo Loren entre sollozos, mirando a Alexander con desesperación en los ojos.

El corazón de Alexander se hundió al verla, pero no podía hacer nada. Apretó los labios, sintiendo una impotencia insoportable.

— Tres, mariposita linda es —dijo la muñeca, girando la cabeza hacia los estudiantes. Todos se congelaron al instante, mirando fijamente a la figura, temiendo moverse.

Nadie se atrevió a hacer un solo movimiento.

La muñeca giró la cabeza nuevamente hacia adelante, lista para continuar.

— Un, dos, tres... —empezó de nuevo la muñeca.

Los estudiantes, ahora con más miedo que nunca, comenzaron a moverse apresuradamente. Algunos corrían, otros caminaban de manera cautelosa.

— ¡Tienes que seguir! —susurró Alexander, dirigiéndose a Loren, quien seguía tirada en el suelo, con las manos sobre la cabeza y los ojos cerrados, incapaz de reaccionar.

Víctor, con una expresión seria, comenzó a caminar hacia la meta, con pasos firmes y decididos. Se acercó a Alexander y, al ver que seguía paralizado, se agachó a su lado.

— Mariposita linda es —terminó de decir la muñeca, su voz aterradora impregnada en el aire.

— Oye, levántate ya. El tiempo se acaba —dijo Victor , mirando con preocupación la cuenta regresiva que estaba corriendo.

1:30... 1:49...1:48...

La muñeca, al detectar que nadie se movió, volvió a girar la cabeza hacia el frente.

— Un, dos... —comenzó a decir la muñeca, con su voz mecánica y fría.

Alexander asintió tímidamente, sintiendo el peso del miedo en su pecho. Con esfuerzo, se levantó y se acercó a Loren, levantándola suavemente para que pudiera caminar también. Ambos comenzaron a moverse rápidamente mientras la muñeca repetía la frase, su voz metálica cortando el aire con cada palabra.

—Tres, mariposita linda es —terminó de decir la muñeca, girando la cabeza hacia ellos. Algunos estudiantes ya habían llegado a la meta, pero otros aún no se atrevían a moverse.

—Estudiante Yoni y estudiante Teo, eliminados —anunció la voz, inquebrantable.

Dos disparos resonaron en el campo, y los cuerpos de los chicos cayeron al suelo con un golpe seco. El eco de los disparos aumentó la tensión en el aire, y los demás estudiantes se quedaron inmóviles, paralizados por el miedo.

—¿Por qué hacen esto? ...somos menores de edad... —susurró Loren a Alexander, sin girar la cabeza hacia él. Su voz estaba quebrada por el terror.

La pregunta de Loren se desvaneció en el vacío, y el eco de la cuenta regresiva llenó el espacio. Nadie tenía respuestas, nadie podía comprender cómo algo tan inhumano podía estar sucediendo. La sangre de los eliminados comenzaba a tiñir el suelo, pero el tiempo seguía avanzando, implacable.

"El reloj sigue corriendo... ¡el tiempo no espera a nadie!", pensó Alexander, sintiendo la presión de cada segundo que pasaba.

Miró el marcador digital. 1:00... 59... 58... Cada segundo que pasaba parecía aumentar el peso sobre sus hombros. El reloj ya no era solo un contador, sino una amenaza.

—No, Loren... tenemos que seguir —dijo Alexander, apretando con más fuerza la mano de su amiga. La miró, pero vio solo miedo en sus ojos. Sin embargo, sabía que no podían quedarse atrás. Tenían que ir más rápido.

A pesar del terror, ambos comenzaron a caminar hacia la meta, avanzando paso a paso. El silencio era denso, solo roto por el sonido de sus pasos y el inconfundible crujir metálico de la muñeca cuando giraba su cabeza.

En el horizonte, Victor avanzaba con paso firme, su mirada fija en la meta. Cuando se acercó a Alexander, le lanzó una mirada seria. No dijo nada, pero sus ojos transmitían lo que ambos sabían: si no corrían, serían los siguientes.

La muñeca volvió a girarse hacia ellos, su voz fría y calculadora.

—Un, dos... —empezó a decir.

—Vamos, Loren, tú puedes —dijo Alexander, corriendo hacia donde estaba Víctor. Se puso detrás de él, separándose de Loren. Aunque no quisiera, lo debía hacer.

Loren caminó un poco más cerca de Alexander, asintiendo nerviosa.

—Tres, mariposita linda es —terminó de decir la muñeca, girando la cabeza hacia los estudiantes.

Alexander, ahora detrás de Víctor, giró la cabeza hacia Loren.

—Si te pones detrás de los demás grandes, la muñeca no te verá si te mueves —dijo Alexander, señalando con la mano. —¿Lo ves?

De repente, la voz inquebrantable de la muñeca resonó nuevamente.

—Estudiante David, eliminado.

Un disparo resonó en el campo y el estudiante cayó al suelo, gritando con un dolor agudo. Loren apretó los ojos al escuchar el disparo, como si quisiera desaparecer de ese lugar.

La muñeca giró su cabeza nuevamente, pero esta vez la frase salió más rápido, con una intensidad aún mayor.

—Un, dos, tres... mariposita...

Todos los estudiantes comenzaron a moverse rápidamente, algunos alcanzando la meta y respirando con alivio. Alexander y Víctor cruzaron la línea de meta, Alexander sonriendo aliviado.

La muñeca terminó la cuenta.

—Mariposita linda es —dijo, girando la cabeza.

Ninguno de los estudiantes se movió, y la muñeca giró nuevamente hacia el frente.

—Un, dos, tres...

Alexander borró la sonrisa al ver que Loren aún estaba en el campo, cerca de la línea de meta, intentando llegar mientras los demás ya estaban a salvo. Miró el marcador digital: solo quedaban 18 segundos.

17... 16... 15...

Sin pensarlo, Alexander salió de la línea de meta para ayudar a su amiga, pero justo en ese momento, Loren resbaló y cayó al suelo con un golpe seco. Tropezó con el brazo de un eliminado.

—¿Pero qué haces? —preguntó Victor , mirando a Alexander con incredulidad.

La muñeca volvió a girarse, terminando la frase .

—Mariposita linda es...

Oscar, detrás de un estudiante, lo empujó para que cayera.

—¡Eso es trampa! —gritó el estudiante en el suelo.

—Estudiante Daniel, eliminado —anunció la voz, seguida de un disparo.

Otro estudiante cayó al suelo, y Oscar observó con una sonrisa burlona.

La muñeca giró de nuevo, su voz fría y metálica comenzando la cuenta de nuevo.

—Un, dos...

Alexander corrió hacia Loren, que seguía en el suelo, y la levantó rápidamente. Juntos, comenzaron a correr.

—Tres, mariposita linda es —terminó de decir la muñeca, girándose hacia los estudiantes.

Loren y Alexander estaban a punto de caer, pero antes de que la muñeca pudiera girar, una persona los sujetó del hombro. Era la chica de cabello castaño, asustada al igual que los demás, y ambos se quedaron ahí, inmóviles, respirando con dificultad.

—N—no se muevan —dijo la chica, con la voz temblorosa.

El marcador digital marcaba los últimos segundos.

5... 4... 3...

La muñeca volvió a girarse, diciendo la frase una vez más.

—Un, dos...

—¡Corran! —gritó Alexander, tomando las manos de Loren y la chica.

Victor observó a los tres correr, con el corazón acelerado.

Oscar y Eduardo también corrían, todos con los últimos segundos apremiando sobre ellos. Con un salto, cruzaron la línea de meta.

3... 2... 1...

Los chicos cayeron al suelo, exhaustos. El marcador digital terminó la cuenta, y los ceros rojos parpadearon antes de desaparecer.

Las balas resonaron por todo el campo, y aquellos que no llegaron a la meta cayeron al suelo.

Los que llegaron a la meta respiraron aliviados, algunos incluso saltaron de felicidad.

Loren, tirada en el suelo, lloró de alivio. Se levantó y abrazó a la chica de cabello castaño, agradeciéndole.

—¡Gracias! ¡Gracias! ¡Muchísimas gracias! —dijo Loren entre sollozos, abrazándola.

—No es nada —respondió la chica con una sonrisa tímida.

Alexander se quedó respirando en el suelo, aliviado, mientras observaba a los estudiantes murmurar entre sí.

Miró a Víctor, que estaba parado, observándolo.

—Bien hecho —dijo Victor , con una mirada seria, antes de girarse hacia la meta.

El campo se sumió en un pesado silencio, roto solo por los sollozos de algunos estudiantes que, exhaustos, se dejaban caer al suelo.

—Con esto ya me quedé traumatizada... —murmuró la chica, mirando a los demás estudiantes esparcidos por el campo, la mayoría tirados.

Nadie respondió, pero el aire estaba cargado de una angustia palpable. La chica giró hacia Loren, Alexander y Victor , quienes permanecían con la mirada perdida, absorbidos en el horror de lo que acababan de vivir. Loren, aún temblando, sostenía con fuerza el brazo de Alexander.

—Me llamo Elena. ¿Y ustedes? —preguntó la chica, intentando romper la tensión, mientras les dirigía una tímida sonrisa.

—Yo soy Alexander, pero algunos me llaman Alex —respondió Alexander, recuperando algo de calma.

—Yo, Loren —agregó ella, con la voz quebrada.

—Y yo, Víctor —dijo,manteniendo su actitud seria, aunque sus ojos reflejaban una profunda preocupación.

Elena asintió lentamente, un gesto que denotaba que estaba tratando de asimilar todo lo que había sucedido.

De repente, la puerta por donde habían entrado al juego se abrió con un crujido inquietante. Figuras enmascaradas comenzaron a entrar, levantando los ataúdes con solemnidad. Los ataúdes, de madera oscura y ornamentados con intrincados grabados, estaban cubiertos con una capa roja que parecía moverse con el viento que cruzaba el campo. Con cada paso que daban, los ataúdes resonaban en el suelo, amplificando el eco en el aire pesado.

Los estudiantes eliminados fueron levantados con un gesto impersonal, sus cuerpos aún fríos de la eliminación, y con cada uno de ellos que pasaba, el horror se asentaba más y más sobre el grupo.

De repente, el techo, que antes se había abierto en dos, comenzó a cerrarse lentamente, cubriendo de nuevo el espacio y apagando la luz que había iluminado el campo. Un murmullo nervioso recorrió a los estudiantes, quienes levantaron la vista, observando con creciente inquietud cómo el techo volvía a sellarse sobre ellos.

En ese instante, una pantalla que había permanecido apagada hasta ese momento se encendió bruscamente, revelando la figura enmascarada que observaba desde las sombras.

—Muchas felicidades a los sobrevivientes que lograron superar el primer juego —dijo la figura enmascarada con una voz fría y mecánica—. Permítanme ahora informarles sobre la cantidad de estudiantes que fueron eliminados.

La pantalla comenzó a listar nombres de forma rápida y sin piedad, un mar de letras que llenaba la pantalla. No importaba si los nombres eran de chicos o chicas, todos eran iguales en ese momento.

Los nombres de los eliminados fueron apareciendo uno tras otro en la pantalla, como un desfile macabro. La figura enmascarada continuó hablando, su voz fría y sin emociones, ajena al dolor palpable que impregnaba el aire.

—El primer juego ha concluido. Número inicial de estudiantes: 502. Estudiantes eliminados: 96. Estudiantes restantes: 406 —anunció, como si los números no significaran nada más allá de una simple estadística.

Esas palabras flotaron en el aire, resonando en las mentes de todos los presentes. Un escalofrío recorrió sus cuerpos al darse cuenta de lo que acababan de sobrevivir, y de lo que aún les esperaba en el futuro.

La pantalla se apagó de golpe, dejando a los estudiantes restantes sumidos en un pesado silencio, interrumpido solo por los sollozos y murmullos de los más afectados.

—Atención, estudiantes. El primer juego ha concluido. Por favor, diríjanse hacia la habitación. La comida estará disponible en unos minutos —anunció la misma voz, esta vez más distante, más mecánica.

Uno a uno, los estudiantes comenzaron a salir del campo, aún temblorosos y confundidos. Alexander, Víctor y Elena caminaron juntos, sin palabras, como si el simple hecho de estar allí, de seguir vivos, fuera ya una carga pesada de soportar.

El grupo avanzó por el pasillo en silencio, sus pasos resonando en el espacio vacío, hasta llegar a la habitación. La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido sordo, como si el mundo fuera a detenerse por un momento, dejando atrás el eco de lo sucedido.

—Espera... ¿No habían más camas? —dijo Loren, confundida, mirando alrededor.

—Sí, pero parece que cada vez que eliminan a alguien, quitan las camas y dejan solo las de los sobrevivientes —respondió Víctor, con su tono serio y algo tenso.

Lo que dijo Víctor hizo que un silencio incómodo se apoderara del grupo. La sensación de que la muerte estaba tan cerca, observándolos, se volvía cada vez más palpable.

—Sí, pero ya no pensemos en eso —dijo Alexander, tratando de tranquilizar a todos. —Vámonos hacia las camas, todo esto me dejó en shock.

Con esas palabras, el grupo comenzó a caminar hacia las camas. Los cuatro eligieron camas cercanas: Loren se acomodó arriba de la cama de Alexander, él se tumbó abajo; Elena subió a la cama de Víctor, y Víctor se quedó en la parte de abajo. Los cuatro se sentaron en el suelo, respirando profundamente mientras comenzaban a conversar, buscando una forma de desconectar un poco del horror que acababan de vivir.

La pantalla de la habitación volvió a encenderse, mostrando de nuevo la misma figura enmascarada.

—Espero que tengan suerte en el juego de mañana. Ahora, coman la cena que los guardias les traen —dijo la figura enmascarada, su voz tan fría como siempre.

—¿Qué? ¿Ya es de noche? —dijo Elena, mirando desconcertada hacia la ventana, intentando encontrar algún indicio de lo que estaba pasando.

Una estudiante, visiblemente nerviosa y buscando alguna forma de escapar, levantó la mano. Su voz temblorosa resonó en la sala:

—E—eh... disculpen... —comenzó, mirando la pantalla con desesperación—. Si la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en dejar de hacer esto... ¿nos dejarán salir de aquí?

Hubo un momento de silencio absoluto, un peso de tensión que llenó la habitación. Finalmente, la figura enmascarada respondió con la misma frialdad de siempre:

—No, estudiante Doribel. Esto no es el "Juego del Calamar."

La respuesta fue contundente, y aunque breve, cayó hondo en los corazones de los presentes. La atmósfera se volvió aún más opresiva, como si el aire mismo hubiera perdido su ligereza.

Víctor, que hasta ese momento había permanecido en silencio, observó la pantalla sin cambiar su expresión, pero en su interior, una ola de incomodidad lo invadió. Sin embargo, su voz, firme como siempre, rompió el silencio:

—Pues lo parece... —dijo, su tono era firme y controlado, pero su mente comenzaba a procesar lo que realmente estaba pasando.

 No era la primera vez que enfrentaba una situación peligrosa, pero la realidad de este juego lo estaba afectando más de lo que quería admitir. No podía dejar que los demás lo notaran, así que guardó sus pensamientos para sí mismo.

La figura enmascarada observó por un momento, como si evaluara las reacciones de los estudiantes. Luego, su voz resonó nuevamente, quebrando la tensión en el aire:

—Ahora, los dejo —dijo, y antes de que alguien pudiera replicar o preguntar algo más, la pantalla se apagó de golpe, dejando a todos sumidos en un silencio ensordecedor.

Con un retumbar mecánico, la puerta gigante volvió a abrirse, y las figuras enmascaradas entraron con una mesa blanca rectangular cargada de comida. La luz del pasillo iluminaba la escena con frialdad, mientras los estudiantes miraban, confundidos, hacia la mesa.

Uno a uno, comenzaron a caminar hacia el centro de la sala, recogiendo sus platos. Se volvió un proceso silencioso, casi mecánico, mientras cada uno tomaba lo que podía. Algunos se quedaron callados, como si nada pudiera aliviar la tensión; otros murmuraban, intercambiando miradas temerosas.

—¿Será realmente comida? —preguntó Loren, mirando desconfiada el plato de arroz y carne que había tomado. A su lado, Alexander lo observó con el mismo recelo.

—No tenemos otra opción, ¿no? —respondió Alexander, apretando los dientes. —Comeremos lo que haya, aunque no estemos seguros de qué hay en realidad.

—¿Qué esperaban? ¿Un banquete? —murmuró Víctor mientras masticaba con desgano—. Esto es mejor que nada.

—Es suficiente para mantenernos vivos. No necesitan más que eso —respondió Alexander, mirando su bandeja mientras comía sin entusiasmo.

En una esquina, Elena suspiró mientras miraba su plato. —Lo que sea que sea, espero que nos dé fuerzas para el siguiente juego... —su voz tembló, pero la mirada de determinación en sus ojos se mantenía firme.

Algunos estudiantes sentados en las camas empezaron a susurrar entre ellos.

—¿Qué creen que nos espera mañana? —preguntó un chico de cabello corto, mirando a su alrededor, buscando respuestas.

—No tengo idea... pero estoy seguro de que no será fácil —respondió otro, con un hilo de voz, como si temiera que la propia idea de lo que sucedería pudiera hacer que todo fuera aún más real.

El ambiente era pesado, cargado de una tensión palpable. Nadie estaba tranquilo, y la comida, aunque necesaria, no era suficiente para calmar los nervios. El eco de murmullos llenaba el aire, pero nada parecía aliviar la ansiedad que todos sentían.

Mientras tanto, Loren se acomodó en la cama, tomando un bocado de su comida, pero sin realmente disfrutarla. —No puedo creer que estemos aquí... ¿Qué pasa si no llegamos a mañana? —dijo, mirando a Alexander con una expresión de miedo.

Alexander, con los ojos fijos en su plato, no respondió de inmediato. Sabía lo que pensaba Loren, y en cierto modo, él también lo temía. Pero no podían permitirse dudar ahora.

—Tenemos que sobrevivir —respondió finalmente, levantando la vista para encontrarla. Sus ojos mostraban una determinación sombría. —No tenemos otra opción.

El grupo terminó de comer en silencio, el único sonido en la habitación era el crujir de los utensilios y el murmullo constante de los demás estudiantes, todos atrapados en el mismo ciclo de miedo, incertidumbre y supervivencia.

En otra esquina de la enorme habitación, Oscar y Eduardo terminaban de comer. Eduardo, todavía con hambre, miró el plato de su amigo y trató de arrebatarle un trozo de comida. Oscar reaccionó rápidamente, golpeándole la mano y dedicándole un gesto grosero antes de seguir comiendo con tranquilidad.

—Debiste compartir, hombre. Todavía tengo hambre —se quejó Eduardo, sobándose la barriga.

—¿Y tú crees que yo no? Esa basura que llaman comida no llena nada —respondió Óscar, lanzando una mirada a los demás estudiantes.

De pronto, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro. Señaló a un par de chicos que conversaban y reían cerca de sus camas.

—Mira a esos dos, parecen novios. ¿Les quitamos la comida? —sugirió, con tono burlón.

—Claro, mío —respondió Eduardo, levantándose con entusiasmo.

Ambos dejaron sus bandejas en la cama y caminaron hacia los chicos. Las risas se desvanecieron en cuanto notaron que Oscar y Eduardo se acercaban. La tensión en el aire era palpable.

—Ahí vienen… —susurró uno de los chicos, nervioso.

—Oye, tú, marica, dame tu comida —exigió Óscar, con tono amenazante.

—¡P—pero es mía! Todavía tengo hambre… —protestó el chico, sujetando su plato.

—No te pregunté —dijo Oscar con desprecio, arrebatándole la comida y comiéndola frente a él sin ningún reparo.

—Y tú, dame la tuya —añadió Eduardo, quitándole el plato al otro chico, quien apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—Mmm, está buenísima, ¿verdad? —comentó Oscar mientras masticaba ruidosamente, mirando al chico con burla.

Desde su cama, Elena observaba la escena con disgusto.

—Son unos verdaderos perros sin vergüenza —murmuró, fulminando a Oscar y Eduardo con la mirada.

—La verdad que sí… —añadió Víctor, frunciendo el ceño.

Óscar, ajeno a los comentarios, se giró hacia los chicos a quienes acababa de robarles la comida y lanzó una propuesta.

—Deberían unirse a nosotros. ¿Qué opinan? Ser parte de nuestro grupo tiene sus ventajas.

Uno de los chicos lo miró con asco, mientras su compañero trataba de captar su atención con gestos para que rechazara la oferta. Sin embargo, las palabras que salieron de su boca sorprendieron a todos.

—Está bien… aceptamos… —respondió, con voz temblorosa.

Su compañero cerró los ojos con frustración, apretando los labios.

—Muy bien, chiquito —dijo Óscar, satisfecho, dejando el plato vacío en las manos del chico antes de regresar a su cama junto con Eduardo.

—Perfecto… ahora, con hambre y metidos con ellos. Lo que uno hace por amor… —murmuró Miguel, mirando a su amigo con decepción.

—Pero, Miguel… entiéndeme. A mí me gus—

—¡Sí! Lo sé, Jhoan, lo sé… pero darle la comida, hombre, ¡reacciona! —interrumpió Miguel, exasperado.

Jhoan sonrió tímidamente, con una emoción difícil de ocultar.

—¡Voy a estar a su lado! ¡Por fin voy a estar a su lado! —exclamó, casi temblando de felicidad.

Desde su cama, Alexander observaba con el ceño fruncido.

—¿Está loco? ¿Por qué está feliz si lo estaban molestando y le robaron la comida? —susurró, incrédulo.

—Parece que le gusta —añadió Elena, sin apartar la vista.

—Este chisme está intenso… —murmuró Loren, con los ojos brillantes.

—Ustedes son unos chismosos, todos —comentó Víctor desde su cama, mientras terminaba de comer y miraba al grupo con una mezcla de fastidio y curiosidad—. Ellos son Jhoan y Miguel. Jhoan está enamorado de Oscar desde segundo de secundaria. Pobre chico… enamorado de ese idiota que solo juega con los sentimientos de las mujeres. Ojalá no se le ocurra confesárselo. Si lo hace, Oscar y Eduardo lo van a humillar aún más.

—¡¿Qué?! ¡¿Entonces tú lo sabes?! ¡¿Por qué no me lo dijiste?! —susurró Elena, girándose hacia Víctor, sorprendida. —Dios mío, si aquí permitieran los teléfonos, hace rato que lo capturaría todo y los subiría a TikTok.

#ChicoMasoquista #ChicoEnamoradoDelIdiota #ChicoEnamoradoDeSuBullying.

—¡Ay, no! ¡Eso sería viral! —dijo Loren, entusiasmado—. ¡Hasta yo lo seguiría, esos hashtags están demasiado duros!

—Esos dos son un desastre —dijo Alexander, poniendo cara de asco—. ¿Por qué siempre tenemos que enterarnos de todo lo que pasa con ellos?

—Bueno, si tanto te interesa el drama, mejor pásame tu teléfono y yo te ayudo a grabar el video —dijo Víctor, con tono irónico, mirando a Loren.

Loren, un poco avergonzada, se sonrojó y se cruzó de brazos.

—Tú eres un caso perdido, pero bueno… yo te cuido, mijo —dijo Miguel, mirando a Jhoan con una mezcla de frustración y resignación. Jhoan, completamente ajeno, seguía emocionado, como si estuviera en su propio mundo.

—¡Eso es lo que hago cuando estoy enamorado! —dijo Jhoan, sonriendo como si nada estuviera mal.

Miguel, mirando a su amigo con cara de derrota, suspiró.

—Tú sí que eres un caso perdido, Jhoan, pero bueno… no me voy a tirar por la ventana, te cuido. Aunque ya ni sé por qué lo hago.

—¡Mira, está tan cegado que no sabe ni lo que le están haciendo! Ya ni sabemos si es amor o una condena —comentó Loren, riéndose, mientras Alexander asentía con cara de incredulidad.

Mientras tanto, en otro lugar, una figura enmascarada observaba a los estudiantes a través de las cámaras de vigilancia. Se sentó en un mueble oscuro que estaba ubicado en una esquina de la habitación, quitándose lentamente la máscara. Al hacerlo, su cabello cayó sobre su rostro, revelando una expresión seria.

Una sombra enmascarada apareció detrás de ella.

—Ya son las 9 de la noche. Es hora de que duerman —dijo la figura enmascarada que se encontraba sentada en el mueble, con una voz grave y autoritaria.

—Sí, jefa —respondió la figura enmascarada con un tono de respeto, asintiendo antes de retirarse en silencio.

De vuelta en la habitación, los estudiantes, ya terminando de comer, comenzaban a hablar entre ellos. Algunos murmuraban en sus camas, mientras que otros preferían mantenerse de pie, dando vueltas por el cuarto. De repente, una voz mecánica resonó en toda la habitación, interrumpiendo la conversación.

—Atención, estudiantes. Ha llegado la hora de dormir. Por favor, diríjanse a sus camas. El juego comenzará mañana. Descansen.... mientras puedan. —anuncio la voz

Los estudiantes, sin protestar, comenzaron a dirigirse a sus camas. Las luces de la habitación se atenuaron, dejando el lugar sumido en una penumbra inquietante. La única luz provenía de una pequeña lámpara de emergencia sobre la puerta, proyectando sombras que parecían moverse y tomar vida propia.

Víctor, acostado en una de las camas cercanas a Alexander, soltó un suspiro y rompió el silencio.

—"Descansen mientras puedan". Qué simpática es esta voz, ¿no creen? Muy motivadora.

—Por favor, no empieces, Victor — murmuró Loren desde su cama, todavía abrazada a sus rodillas. Su voz sonaba frágil, como si estuviera a punto de romperse.

Alexander, que estaba en la litera junto a Loren, miró el techo con ojos llenos de preocupación.

—Mañana podría ser peor... pero pase lo que pase, no nos rendiremos, ¿verdad? dijo en un tono bajo, más para sí mismo que para los demás.

Elena, desde el otro extremo de la habitación, respondió con voz serena:

—Mientras estemos juntos, tendremos más posibilidades.

A pesar de las palabras de ánimo, el ambiente seguía siendo pesado. La tensión y el miedo parecían colarse entre las camas, envolviendo a cada uno de los estudiantes en un manto de terror.

Víctor miró hacia el lado, donde Alexander estaba acostado. Algo en la expresión de su amigo lo inquietaba: sus ojos abiertos de par en par, fijos en el techo, y una ligera tensión en su mandíbula.

—¿Qué pasa, Alex? —preguntó Víctor en voz baja, asegurándose de que Loren y los demás no pudieran escucharlo.

Alexander giró la cabeza hacia él, con una sonrisa cansada.

—Solo... no dejo de pensar en mi mamá. Debe estar volviéndose loca buscándome. Siempre ha sido sobreprotectora.

Víctor se apoyó en un codo, acercándose un poco más.

—Es normal que pienses en eso, pero... tienes que concentrarte en sobrevivir, Alex. Si alguien puede salir de aquí, eres tú.

Alexander soltó una risa suave, pero no había alegría en ella.

—¿Tú crees? Apenas pude llegar a la meta con loren. Sin Elena, probablemente no habría llegado aquí.

Víctor lo miró con una intensidad que Alexander no supo interpretar.

—No te subestimes. Tal vez no lo notes, pero tienes algo que los demás no tienen.

—¿Qué es? ¿Una dosis extra de ansiedad? —respondió Alexander con un intento de broma.

—Determinación. Incluso cuando estás aterrado, sigues adelante. Eso... eso es algo que admiro de ti.

Alexander lo miró, sorprendido. No era común que Víctor hablara así. Normalmente era el bromista, el que aligeraba el ambiente con sarcasmo y comentarios mordaces.

—Gracias, Víctor. No sé qué haría sin ti y Loren.

Víctor desvió la mirada, sintiendo un calor extraño en su pecho. No estaba seguro de qué lo incomodaba más: las palabras de Alexander o la forma en que lo miraba, con esos ojos llenos de confianza Los minutos pasaban, y la habitación seguía en silencio. Loren finalmente se quedó dormida, pero Alexander seguía despierto, girándose de un lado a otro. Víctor también parecía inquieto.

Finalmente, Víctor habló otra vez, esta vez con un tono más suave:

—¿Sabes? Siempre pensé que eras un desastre—dijo, tratando de sonar despreocupado, pero había una nota de sinceridad en su voz.

Alexander levantó una ceja, volteándose hacia él.

—Gracias por el cumplido.

—No, en serio. Pero... creo que me equivoqué. No eres tan desastre como pensaba.

Alexander sonrió, pero luego notó que Víctor no estaba bromeando. Había algo diferente en la forma en que lo miraba, algo que no podía descifrar del todo.

—¿Por qué me dices eso ahora?

Víctor dudó por un momento, su mirada fija en Alexander. Finalmente, suspiró y se dejó caer sobre la almohada.

—Olvídalo. Solo... trata de dormir, ¿sí?

—Mañana será Peor si seguimos sin descansar.

Alexander asintió, pero no pudo evitar sentir que había algo más detrás de las palabras de Víctor. Mientras cerraba los ojos, su mente no dejaba de repasar los eventos del día, pero una imagen seguía apareciendo: la mirada intensa de Víctor.

Víctor, por su parte, cerró los ojos, intentando ignorar la sensación extraña en su pecho. No entendía qué estaba pasando con él. Alexander siempre había sido su amigo, su compañero de bromas... pero ahora, en medio de este infierno, sentía algo más. Algo que lo aterraba tanto como el propio juego.

Mientras los estudiantes dormian, el mundo exterior estaba en completo caos. Padres desesperados abarrotaban las estaciones de policía, exigiendo respuestas sobre la desaparición de sus hijos.

—¡Exijo que encuentren a mi hijo! ¡Lleva desaparecido desde ayer! —gritaba una madre, con lágrimas corriendo por su rostro.

Las noticias no tardaron en cubrir la situación. Titulares como "Misteriosa desaparición masiva de estudiantes" y "La policía sigue sin pistas" inundaban los canales de televisión.

Los agentes de policía, aunque preocupados, parecían estar en un callejón sin salida. No había pruebas, no había testigos. Era como si los estudiantes se hubieran desvanecido en el aire.

—Esto no es normal... —murmuró uno de los detectives, mirando una pizarra llena de fotos y mapas.

Mientras tanto, en el lugar donde los estudiantes estaban atrapados, la figura enmascarada que los observaba desde las cámaras se levantó lentamente del mueble. Sin decir una palabra, dio una última mirada a la habitación antes de salir por la puerta.

—Buenas noches, estudiantes... —dijo en voz baja, casi como un susurro, sin que nadie pudiera oírlo.

La figura se detuvo frente a una gran pantalla que mostraba las imágenes de cada una de las habitaciones. Un botón fue presionado, y las cámaras se apagaron, sumiendo todo en oscuridad. Un extraño brillo recorrió los ojos de la figura mientras observaba los últimos movimientos de los estudiantes, dormidos, ajenos a lo que les esperaba.

Con un gesto decidido, la figura dio la espalda a la pantalla y caminó hacia la puerta, que se cerró con un sonido metálico. En ese momento, una pantalla de alta resolución se iluminó en la sala de control, mostrando un mensaje parpadeante: "Iniciar juego: Fase 1".

La cámara de vigilancia siguió grabando la habitación de los estudiantes, donde un silencio absoluto llenaba el aire. Los murmullos se habían apagado, y el destino de cada uno de ellos ya estaba sellado.

En la oscuridad, las luces de emergencia parpadearon una vez más, antes de apagarse completamente.

En la sala de las habitaciones de las figuras enmascaradas, la voz mecánica resonó por todo el lugar.

—Muy bien, trabajadores, han hecho un gran trabajo hoy. Por favor, diríjanse a sus habitaciones correspondientes. Mañana les espera otro día.

Las figuras enmascaradas comenzaron a entrar a sus habitaciones, cerrando las puertas detrás de ellas. Las luces de ese lugar se apagaron.

En una habitación más aislada, una figura enmascarada entró y, con un gesto cansado, se quitó la máscara. El rostro revelado mostraba una expresión de tristeza y preocupación. Sus manos temblorosas sacaron una foto del interior de su traje, una foto de un joven con una gran sonrisa. Era su hijo.

—Ay, hijo mío... —murmuró, su voz temblando—. Sé fuerte. No falles, por favor... Sé fuerte, Víctor.

El hombre guardó la foto nuevamente, con una última mirada melancólica hacia la imagen de su hijo, antes de apagarse la luz de la habitación.



Fin del capitulo 1


Continuará ...