Capítulo 1
No podía creer lo tonto que había sido al bajar la guardia, y ahora solo por eso, se encontraba en esa situación. No podía culpar a nadie más que a él mismo por su estupidez. Frente a él, sonriéndole, se encontraba Pablo, acompañado como siempre de sus 4 mejores amigos; Cristian, quien lo igualaba en maldad; Dareck, el más callado de todos; Marcelo y Roberto, quienes solo lo seguían por pura y mera diversión.
—¿Querías escapar de nosotros, pequeña mierda? —Exclamó burlonamente
Intentó responder, decirles que lo dejaran tranquilo, que se marcharan y lo dejaran en paz. Pero sus nervios estaban al límite; el miedo lo paralizaba, robándole las palabras antes de que pudieran salir. Los recuerdos de esa vez que los había enfrentado habían quedado grabados a cal y canto en su memoria. Ese día, debió de haber corrido con muchísima suerte como para no haber muerto debido a todos los golpes que había recibido.
Desgraciadamente, ese momento de distracción le costó caro, pues, Pablo a provechó para darle un fuerte golpe en el estómago, el cuál lo dejó sin aire y viendo pequeños destellos danzar frente a sus ojos. ¡Dios!, no quería desmayarse. Poco a poco cayó al suelo, debido a la inestabilidad de sus piernas y a lo mareado que se sentía por la falta de aire.
—Eso te pasa, por querer hacerte el listo con nosotros.
—¡Por favor, ya basta! —suplicó entre lágrimas, poniendo sus brazos al frente como escudo—, ¡no me golpeen!
—Ay, pobrecito —se burló. Con brusquedad lo tomó de su cabello haciendo que soltara un pequeño quejido de dolor—, de mi nadie se burla, pequeña mierda —volteo a ver a sus amigos, con una sonrisa en el rostro—. ¿Qué opinan ustedes muchachos, el retrete o una buena golpiza?
—A mí se me apetece golpearlo —exclamó Cristian—, hace como una semana que hemos estado usando el retrete en él, seguro y los moretones ya desaparecieron de su cuerpo, y habrá que volverlos a poner ahí —choco su puño contra su palma, para darle más énfasis a sus palabras.
—Tienes toda la razón —aprobó Pablo.
Al mismo tiempo que sus amigos soltaban exclamaciones de júbilo. El cuerpo de Amari tembló con miedo, sabía que le esperaba un momento lleno de mucho dolor.
—¡Por favor no! —suplico entre pequeños hipidos, tratando de hacer que cambiaran de opinión, aunque sabía que eso nunca iba a pasar, aun así, quiso creer que quizás este día cambiarían de opinión—, por favor.
Desgraciadamente sus palabras cayeron en oídos sordos, pues los golpes no se hicieron esperar.
La campana sonó, anunciando así el inicio de las clases.
—Atención jóvenes —pidió el maestro.
Amari quien ya se encontraba en el salón después de tan tremenda golpiza, dejo el libro que estaba leyendo para prestarle atención a su profesor, en su rostro se mostraban algunos hematomas que los golpes de sus compañeros habían dejado en su cuerpo. Por efímeros segundos el maestro poso su mirada en él, pudo notar como esta se oscurecía de tristeza, pero simplemente paso de él.
Y no lo culpaba, tenía una idea de lo que podría pasarle si intentaba hacer algo, no por nada algunos maestros habían perdido su empleo y con ello la posibilidad de seguir ejerciendo.
—Tomen asiento por favor —espero a que todos y cada uno de los estudiantes estuviera en sus respectivos lugares para seguir—, muy bien, llevamos una semana de haber iniciado el ciclo escolar nuevo, y espero que todos ya se hayan aclimatado, porque lo bueno comienza esta semana —amenazo—, pero... antes de eso, hoy se nos ha informado que tenemos un nuevo estudiante —dijo mirando hacia la puerta—, pasa por favor.
Todos los alumnos dirigieron su mirada hacia la misma dirección que la del maestro, una vez que el chico entro, los cuchicheos no se hicieron esperar, frases como:
—Esta guapo ¿no te parece? —expreso una compañera quien le hacia el comentario a su amiga, la cual solo sonrió de medio lado.
—Es enorme… —decían otros.
—¿Y ese prietito qué?
Se oyó decir a Pablo, Amari no pudo evitar voltear a verlo notando la sonrisa burlona que adornaba su rostro... después observo detenidamente a su nuevo compañero, una tímida ráfaga de aire se coló por la puerta, llevando consigo su olor, era un olor a bosque y lluvia, se permitió cerrar durante unos segundos sus ojos para disfrutar de tan delicioso aroma, nunca en su vida un olor lo había relajado tanto como ese, al momento de volver a abrirlos siguió analizándolo.
Su cabello era de un hermoso tono negro, su mirada penetrante, fácilmente podía calcularle 1 metro 85 cm, y para él, que, tan solo media 1.55 cm (lo que lo hacia víctima de muchas de las burlas por parte de sus compañeros) era intimidante, el joven se puso a un lado del maestro, sacándole más de 1 cabeza, su complexión era fuerte, y desprendía un aura de peligrosidad y seguridad en exceso.
—Silencio por favor —pidió—, su compañero se llama Gourav Ranses, y es 3 años mayor que ustedes.
—¡¿3 años?! —Exclamaron algunos y entre ellos, Pablo, el cual lo había dicho con un tono entre sorprendido y burlón.
Gourav siempre se había preguntado si todas las escuelas se ponían de acuerdo para que cada una tuviera a su imbécil personal, o si solo era su maldita mala suerte de toparse con ellos.
Le había prometido a su padre portarse bien mientras estaba fueras, pero… tal parecía que eso no iba a ser posible. Bueno, aguantaría todo lo que pudiera y trataría de evitar tener problemas. Ante el pensamiento tan absurdo no pudo evitar una sonrisa diminuta, ¿portarse bien?, si claro cómo no. Pensó con ironía.
De pronto, un olor extremadamente dulce capto su atención, si no se equivocaba era vainilla, disimuladamente busco al propietario de tan delicioso aroma, no tardó mucho en identificarlo, el chico era menudo, con pelo castaño, unos ojos grandes color miel, con pestañas largas, ese niño rayaba en lo femenino, también pudo notar algunos golpes en su rostro, y, por la forma en la que bajo la mirada ante su escrutinio, supuso que se trataba de una persona tímida.
Amari podía sentir su corazón latir a mil por hora con tan solo esa mirada que le dedico, nunca nadie lo había mirado con esa intensidad, llevo sus manos hasta su pecho pues tenía miedo de que su corazón se fuera a salir, o que los demás se percataran del sonido, ver a Gourav lo había hecho sentir raro, como si una corriente eléctrica atravesara su cuerpo… ¿qué le pasaba?
—¡Pablo! —amonesto el maestro, sacándolo de sus pensamientos y haciendo que prestara atención a lo que sucedía a su alrededor.
—No estoy haciendo nada maestro—, exclamo inocentemente —, solo me sorprendí ¿qué, a poco si de veras estas tan burro, como para a ver reprobado 3 años...? —cuestiono con burla.
Ante su comentario algunos compañeros no pudieron evitar reír, pero la risa solo les duro efímeros segundos, pues, sin que nadie lo previera, un borrador salió disparado estrellándose en medio del rostro de Pablo, con un sonido sordo. Pablo había estado tan distraído que ni si quiera lo vio venir y del impacto tan fuerte, callo hacia atrás sin ningún remedio.
El salón se quedó sumido en un profundo silencio.
Todos voltearon a ver a su nuevo compañero quién, se notaba imperturbable por lo que acababa de pasar, bastante relajado, como si él no hubiese sido el que acababa de golpear a uno de sus compañeros lanzado el borrador.
El silencio, sólo era roto por los quejidos de Pablo, todo mundo en ese instituto sabía que no se debían meter con él, si no querían tener problemas, pues al ser sobrino del director e hijo de un funcionario público, podía hacer prácticamente lo que quisiera, sin ninguna consecuencia de por medio, y lo peor era que lo había demostrado en varias ocasiones.
—¡Idiota, ¿qué putas te pasa?! —le grito Cristian, su mano derecha, quien no dudo en acercarse a su amigo para brindarle ayuda.
Cuando Pablo se levantó, sostuvo su nariz debido al derrame que tenía. Rápidamente sus amigos se pusieron a cada lado, por si necesitaba respaldo para poner al nuevo en su lugar.
—¡No sabes con quien putas te has metido Ranses! —exclamo lleno de rabia y escupiendo un poco de sangre que se le había metido a la boca.
—Con la reina del drama al parecer —rodo los ojos, indiferente.
Amari salió de su estupor al oír lo varonil que era su voz, los bellos de su cuerpo se erizaron y por algún motivo que aún no lograba comprender, pero que se le había hecho muy normal, su parte trasera se humedeció. Se sintió incomodo y avergonzado ante su reacción, por lo cual no pudo evitar sonrojarse.
Fue en ese momento que sus miradas volvieron a toparse, quien lo observaba minuciosamente, por algún motivo, Amari intuía que Gourav se había dado cuenta de su estado, lo cual era ridículo, porque nadie sabía de ello, aun así, no pudo evitar avergonzarse más de la cuenta y al no poderle sostener su mirada volteo hacia abajo, jugando nervioso con el dobladillo de su suéter.
—¡Basta chicos! —dijo el maestro poniéndose en frente de Gourav con las manos en alto para tratar de calmar la situación—, Pablo ve a enfermería para que te chequen.
—¡¿No le dirá nada?! —grito lleno de indignación.
—¡Pablo, ve a enfermería! —le exigió.
Este simplemente apretó los puños y salió, siendo seguido por Cristian.
Amari sabía que después de eso, Pablo le iba hacer la vida imposible al nuevo... aquellos que habían intentado enfrentarlo habían terminado expulsados o transferidos de escuela, pero, aun así, no pudo evitar sentir cierta satisfacción por lo que acababa de presenciar.
—¿Me va a mandar a dirección o me puedo ir a sentar? —cuestiono Gourav con calma, dirigiéndose al docente.
El maestro soltó un suspiro de cansancio y llevo una de sus manos hasta sus ojos para masajearlos, aun no eran ni las 10 de la mañana y ya se sentía cansado.
—Toma asiento donde gustes.
Sin decir más, Gourav se encamino a la primera fila donde precisamente se encontraba Amari, se detuvo unos segundos mirándolo intensamente ya que, por algún motivo, su olor se había vuelto mucho más espeso y rico, casi que podía saborearlo en su paladar, apretó los puños y se encamino a la parte trasera de la fila, nunca le había gustado sentarse en los primeros lugares, prefería estar atrás, y así, observar todo y a todos.
A la hora del recreo algunos de los alumnos se acercaron a él, dispuestos a entablar alguna especie de amistad, pero Gourav rápidamente les hizo ver que él no estaba interesado en nada de eso, así que hizo que la bolita de alumnos que se había formado a su alrededor, se disipara rápidamente. Aunque eso sí, no faltó quien se expresara mal de él, llamándolo “payaso” o “delicadito”, pero poca, o más bien dicho nula importancia les dio.
Se puso de pie, dirigiéndose hacia la ventana, ahí fue cuando, sentado bajo la sombra de un árbol, se encontraba aquel niño, comiendo y leyendo un libro ¿qué tenía de interesante un libro? los libros eran aburridos y luego, ni traían dibujitos, pero, al parecer, para el pequeño ratoncito de biblioteca eran muy interesantes, pues este se encontraba sonriendo como un idiota, noto como se detenía, agarraba el libro entre sus manos y pecho y movía los piecitos, que, debido a su baja estatura, no lograban tocar el suelo, ya que la banca en la que se encontraba sentado era demasiado alta para él, algo había pasado en ese libro que hizo que estuviera así de feliz.
Desgraciadamente nada duraba para siempre, pues esa felicidad que había sentido se esfumo una vez que Pablo se acercó a él con todos sus achichincles, tal parecía que ya había salido de la enfermería y que se encontraba meridianamente bien, que lastima, le hubiera encantado que se quedara ahí lo que restaba del día, pero bueno, no siempre se obtenía lo que uno quería, aunque no pudo evitar sentir satisfacción al ver que en su cara, traía un parche producto del golpe que le había dado, si hubiera aplicado un poco más de fuerza seguro lo hubiera mandado con sus antepasados.
Observo, como le arrebataba el libro al pequeño femboy, intuyo que no era la primera vez que sufría a manos de aquel imbécil, y tenía el presentimiento de que los moretones que adornaban su piel, eran gracias a las manos de todos ellos, pues no hizo absolutamente nada por defenderse ni por volver a recuperar el libro, sino que, se quedó ahí, de pie, con la cabeza gacha.
Eso lo hizo molestar ¿por qué putas se quedaba quieto? No pudo evitar apretar sus manos, convirtiéndolas en puños.
Era un imbécil por dejar que lo trataran así, si quería dejar de sufrir a manos de ellos, lo único que debía de hacer era ponerles un estate-quieto, el método dependía de él. Pero en lo personal él escogería el de la violencia, era mucho más divertido y le daba mucha más satisfacción.
Ahora comprendía porque que lo trataban como lo trataban, era demasiado fácil molestarlo, demasiado sumiso.