SOMBRAS

All Rights Reserved ©

Summary

¿Y si tus heridas provinieran de las personas menos esperadas… de aquellas que se suponía que debían protegerte? “Sombras” no es una historia de superación, sino una herida abierta, íntima y profundamente emocional. Shiara Limbert, de 25 años, huye de una familia que la ha marcado con cicatrices invisibles. En su camino, llega a una villa frente al mar, un lugar silencioso donde los días no sanan, pero duelen un poco menos. Allí conoce a Nathan Everstone, un hombre con sus propias sombras, que sin invadir, decide quedarse cerca. Entre silencios, recuerdos rotos y una calma engañosa, Shiara simplemente sobrevive. Pero las sombras no siempre se quedan en el pasado... Una novela sobre la depresión, el trauma, el amor como refugio… y la difícil búsqueda de luz cuando ya no se cree en ella.

Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO I - El susurro del océano

No sé en qué momento empecé a caminar. Solo siento el frío en los pies, la lluvia deslizándose por mi piel, el aire cortante llenándome los pulmones. Camino porque no tengo otra opción. Quedarme sería ahogarme en un lugar donde el oxígeno ya no existe.

Las calles desiertas de Rainheaven se extienden frente a mí, iluminadas apenas por las farolas parpadeantes. El agua forma charcos sobre el pavimento, y con cada paso, el lodo se adhiere a mis pies descalzos. Pero no me importa. Ni siquiera siento el suelo áspero bajo mi piel.

Cada paso me recuerda el peso que llevo sobre los hombros. La lluvia cae como un velo difuminando mis pensamientos oscuros. Por un momento, casi me engaño: tal vez me esté limpiando, llevándose todo lo que me atormenta. Pero no. No se va. No hay escape. Ni siquiera la tormenta se compadece de mí.

“No sirves para nada.”

La frase llega como un golpe, fría y cruel, haciéndome estremecer más que la lluvia que empapa mi ropa. Aprieto los puños. No quiero recordar. No quiero sentir. Solo quiero desaparecer.

Ya no puedo más.

¿Cuántas veces he dicho esta frase? ¿Cuántas veces la he susurrado en la oscuridad de mi habitación, con la almohada ahogando mis gritos?

La familia debería ser un refugio, un lugar seguro… pero la mía es mi perdición. ¿Por qué…? ¿Por qué, cuando todos buscan volver a casa, yo solo quiero escapar de la mía?

No quiero seguir escuchándolos, pero sus voces están en mi cabeza, en mi piel, en cada paso que doy sin rumbo. Estoy atrapada. Y, aun así, sigo caminando.

El murmullo del mar se mezcla con el eco de sus reproches. En algún momento, mis pies me llevan hasta allí, sin que yo lo note, guiados por algo más fuerte que mi consciencia. Levanto la vista y, a lo lejos, entre la neblina de la noche, el océano me llama. Las olas avanzan y retroceden como un susurro que me invita a seguir adelante.

Me detengo por un instante en la orilla, sintiendo cómo la arena húmeda se aferra a mi piel.

Siento una extraña conexión con el océano. Un impulso irrefrenable me empuja a adentrarme más. Tal vez, al sumergirme en sus profundidades, pueda encontrar un final a este sufrimiento que me consume.

Cierro los ojos y doy un paso adelante. El agua helada envuelve mis pies. Otro paso, y me abraza hasta las rodillas. No tiemblo. No me detengo. Me adentro cada vez más, dejando que las olas me rodeen, que me arrastren. No hay miedo, solo un susurro en mi mente que me dice que aquí, al fin, todo acabará.

Pero no tengo miedo…

De repente, siento una presión en mi brazo. Algo… alguien me jala con fuerza hacia atrás. La brisa silba en mis oídos mientras mi cuerpo es arrastrado fuera del agua. Mis pulmones arden al recuperar el aire que no sabía que había perdido.

Cuando levanto la vista, unos ojos color miel me atraviesan con una intensidad que me obliga a sostener la mirada. Sus labios se mueven, pero no logro entender qué dice. El sonido de las olas, la lluvia y mi propia confusión ahogan su voz. No es hasta que un dolor punzante en mi brazo, provocado por su agarre, me obliga a reaccionar.

—¿Qué estás haciendo? —grita el hombre, su voz rompiendo el silencio de la noche.

Me quedo perpleja. Durante un instante, siento que es un obstáculo, un impedimento entre mí y mi única vía de escape. Toda la angustia que me trajo hasta aquí se transforma en rabia. Explota sin control.

—¿Qué crees que haces? ¡Métete en tus asuntos!

Él no muestra ninguna reacción inmediata. Sus dedos aún se aferran a mi brazo con firmeza, como si temiera que fuera a correr de nuevo hacia el agua. Luego, sin soltarme, su mirada se desvía hacia la villa que se alza en la distancia.

—Haría eso con gusto, pero esta es una playa privada… mi playa. —Su tono es frío, indiferente—. Y ahí

—señala con la cabeza la casa iluminada en la lejanía— está mi hogar. Si quieres hacer algo así… ¿por qué aquí?

Sus palabras me golpean como una ráfaga de viento helado. Mi enojo se desmorona de inmediato, reemplazado por algo peor.

Vacío.

—Ni siquiera puedo terminar lo que empecé… —susurro sin darme cuenta.

Un pensamiento cruza mi mente como una puñalada: Capaz que ellos tenían razón… No sirvo para nada.

El aire se me atora en la garganta. Siento que me ahogo. Mi cuerpo tiembla y las lágrimas brotan sin control. Todo el peso acumulado en mi interior estalla en forma de sollozos que no puedo contener.

El mar, la lluvia, incluso la presencia del hombre se vuelven lejanos. Mi visión se nubla. La presión en mi pecho se vuelve insoportable.

Mis piernas ceden.

El hombre observa, sorprendido, cómo mi cuerpo se desploma en la arena. Por un instante, duda. Luego, con un suspiro frustrado, se inclina y me recoge en sus brazos. A través del entumecimiento de mi mente, siento el calor de su cuerpo contra el mío, en contraste con el frío de la tormenta.

—Maldita sea… —murmura, mientras se dirige hacia la villa.

Mis pensamientos se desvanecen en la oscuridad.