El Vengador de las Sombras del Mictlán

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Summary

En las nieblas perpetuas de Huasca de Ocampo, Víctor vive una existencia solitaria entre contenedores metálicos, códigos informáticos y rutinas vacías. Pero bajo esa fachada de normalidad se esconde un verdugo silencioso: un hombre que no mata por venganza, sino por equilibrio. Cuatro veces en dos años ha actuado. Cuatro veces ha borrado del mundo a quienes considera podredumbre humana: un carnicero abusador, una ladrona que explotaba a ancianos, un policía cómplice de violencia familiar... y ahora, un padre que profana la inocencia de su propia hija. Cada ejecución es un rito: preciso, simbólico, casi sagrado. La sangre no es caos, sino escritura. El silencio no es vacío, sino testigo. Y en medio de todo, una voz -¿interna o divina?- lo guía, lo juzga y lo transforma. Mientras camina por mercados, parques y ruinas coloniales, Víctor observa, analiza, archiva. No es un asesino. Es una herramienta. Un ahuizotl moderno al servicio de una justicia que el mundo olvidó. Pero tras la última ofrenda, algo cambia. En el umbral entre la vigilia y el sueño, entre el ático y el Mictlán, se encuentra con Mictlantecuhtli, dios azteca de los muertos, quien le entrega un cuchillo de obsidiana y sella un pacto ancestral. Ya no actúa solo. Ahora, cada corte es una oración. Cada gota, un paso hacia el inframundo. Y cada muerte... un acto de equilibrio.

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LA SANGRE QUE SUSURRA

El olor a cobre flotaba en el aire como un perfume maldito. Las paredes de la casa eran grises, no por pintura, sino por la falta de vida. En el ático, el cuerpo de un hombre colgaba de pies atados, cabeza abajo, goteando una última pequeña y roja gota que se perdía entre las baldosas agrietadas. No había señales de violencia en la entrada, ni gritos, ni huellas de forcejeo. Solo silencio... y equilibrio.

Víctor ya no estaba ahí.

El reloj marcaba las 6:30 a.m. cuando se encendió la cafetera automática. En su casa hecha de contenedores marítimos —una estructura metálica adaptada en medio de un conjunto habitacional boscoso de Huasca de Ocampo en Hidalgo— los días comenzaban siempre igual: café negro, sin azúcar, y dos rebanadas de pan tostado que nunca comía completas.

Afuera, el viento empujaba suavemente las ramas de los pinos, mientras una brizna de sol se colaba entre la niebla del amanecer. El clima en Huasca era casi siempre así: húmedo, frío, nublado... como si el cielo mismo también llevara luto.

Víctor vivía solo. La casa era compacta pero funcional, escondida entre árboles altos que crujían con cada ráfaga de viento. Le gustaba la lejanía, la calma. Nadie preguntaba nada por ahí. Nadie miraba dos veces.

Abrió su computadora portátil y revisó líneas de código que había escrito semanas atrás. Nada parecía interesarle realmente. Programaba por costumbre, por inercia. El trabajo remoto le permitía mantenerse oculto, Invisible. La empresa solo pedía entregas semanales, y él siempre cumplía, aunque los algoritmos que diseñaba últimamente parecían más laberintos que soluciones.

«Ellos no lo notan. Nadie lo nota. Pero yo sí.»

—Yo lo veo todo. Lo que está roto, lo que está infectado... —susurró. Su voz apenas se escuchaba, pero era clara, afilada.

En las noticias locales no aparecía nada. Nadie hablaba del hombre colgado. Pero Víctor ya había borrado cada rastro, cada cámara, cada posibilidad de conexión.

Era el cuarto en lo que iba de un periodo de dos años.

Un carnicero, una mujer que robaba de los bolsillos de los ancianos, un policía que encubría a su hermano golpeador y violador, y ahora, un hombre que nadie sabía, pero Víctor sí: abusaba de su hija de nueve años.

Víctor no se emocionaba al matar. No temblaba, no reía, no lloraba. Solo cumplía.

«No soy un asesino. Soy un balance. Una herramienta...»

A las 12:00 del día, salió a caminar. Siempre la misma ruta: del fraccionamiento al pequeño mercado, luego al parque húmedo donde las hojas muertas parecían alfombrar la tierra, y por último a una librería vieja donde nadie le preguntaba nada. Observaba a la gente con cuidado. No por odio, sino por análisis. Algunos rostros los archivaba. Otros, los ignoraba por completo. De vez en cuando, hablaba solo. Aunque para él, no era solo hablar: era consulta. Como si alguien estuviera ahí, escuchándolo, guiándolo.

El primer equilibrio ocurrió una madrugada lluviosa, hacía poco más de año y medio.El cielo lloraba sin pausa sobre el mercado central de Huasca, que de día era bullicioso, pero a esas horas no era más que una colección de estructuras metálicas dormidas bajo lonas desgastadas. Los perros callejeros eran los únicos testigos del silencio.

El local 23, el del carnicero, tenía una entrada trasera sin candado. La puerta chirrió suavemente al abrirse, como si el metal reconociera su presencia. Víctor entró con una calma ritual. El aire estaba impregnado con el hedor a sangre vieja, grasa, hueso cortado. En ese entorno, los rastros de muerte eran parte de lo cotidiano.

El hombre dormía en una silla desvencijada al fondo, cubierto con una chamarra grasosa. A su lado, una botella de aguardiente vacía.

Víctor lo observó durante un minuto entero. Ni un parpadeo. Solo escuchaba el golpeteo de la lluvia afuera y los latidos en su pecho que, por alguna razón, coincidían con los de alguien más.

Víctor tomó uno de los cuchillos del propio carnicero, largo y pesado, de filo impecable; cortaba por sí solo, con precisión quirúrgica.

—¿Cuántas veces? —preguntó en voz baja, como si el carnicero pudiera responder dormido—.¿Cuántas niñas? ¿Cuántas amenazas? ¿Cuántas veces hiciste que callaran?

El hombre gruñó entre sueños, sin despertarse.

—Ya es suficiente.

Con movimientos lentos, casi reverentes, Víctor le cubrió la boca con cinta industrial. Lo miró directo a los ojos cuando por fin despertó, confuso, con el aliento apestando a alcohol y miedo.

No gritó. Solo forcejeó. Pero las manos de Víctor ya lo tenían sujeto. No era la fuerza lo que lo dominaba, era la decisión.

Le hizo tres cortes: uno en el cuello, otro en el abdomen, y el último, profundo, entre las costillas.

No fue por crueldad. Fue simetría.

La sangre salpicó la pared de mosaicos, pintando sobre la fotografía amarillenta de su difunta esposa y un calendario con un cerdo caricaturizado.

Víctor lo observó mientras exhalaba por última vez.

—Yo ya hice mi parte.

Luego, con una calma casi ceremonial, con precisión casi quirúrgica, desmembró el cadáver y colocó casi todas las partes del cuerpo en diferentes puntos del baldío, donde los perros del barrio —hambrientos y salvajes— no tardaron en aparecer.

Mientras limpiaba la sangre con cloro y agua sucia del mismo local, comenzó a recitar en voz baja, como si fuera un rezo, o una canción olvidada:

—“Qué dulce es la muerte cuando huele a justicia,

cuando brota del pecho como flor maldita.

No hay pecado en quitar lo podrido,

ni crimen en limpiar la herida.

El amor no solo se da a los buenos...

también se le da al fin que los consume.”

Las gotas que caían sobre el piso se mezclaban con las últimas manchas rojizas.La escena quedó intacta, Silenciosa.

Como si ahí nunca hubiese estado nadie.

No huyó. Solo se marchó, dejando una parte de su cuerpo en el fondo del congelador, como una ofrenda improvisada.

Esa noche, la lluvia no cesó.Víctor soñó con un río de sangre custodiado por perros sin piel.

El agua de la regadera estaba tan fría que quemaba. Víctor cerro los ojos, dejando que las gotas le golpearan la nuca como pequeños cuchillos. No busca limpiar su cuerpo, sino acallar la estática que crepitaba detrás de sus ojos.

El vapor no llegó a formarse; el cuarto de baño seguía helado ,a pesar de los minutos bajo el chorro.

Té estas demorando—susurró la voz.

No provenía de ningún lugar. Ni de su cabeza, ni de las grietas en las paredes. Simplemente era, como el latido de su corazón o el temblor involuntario de sus dedos cuando se quedaba solo demasiado tiempo.

Víctor abrió los ojos.

En el espejo empuñado, alguien lo observaba.

No era su reflejo.

Era una silueta demasiado alta, con los hombros doblados hacia adelante, como si cargara el peso de una corona de obsidiana. Los ojos —si acaso eran ojos— eran dos pozos donde la luz se ahogaba sin siquiera luchar.

Parpadeó.

El espejo volvió a mostrar solo la niebla de su aliento. Sacudió la cabeza, como si pudiera desalojar de un golpe esa imagen que parecía pegada al reverso de su conciencia.

—Es hora de trabajar —murmuró, exhalando. Se envolvió en una toalla, camino hacia la cocina y se preparo un par de sándwiches fríos, casi sin sabor.

No tenia hambre, pero el cuerpo debía seguir con sus rituales para que la mente no se deshiciera. Masticaba como un autómata mientras la laptop cobraba vida.

La pantalla parpadeó.

El IDE de programación se abrió como de costumbre, pero algo estaba... mal.

Las líneas de código se movían de forma errática cuando parpadeaba, como si serpenteasen por su cuenta. Un parpadeo más largo y los bloques de texto parecían plegarse sobre sí mismos en espirales negras.

¿Glitch?

¿O los algoritmos también se pudren?

Escribió sin pensar, dejando que los dedos siguieran la cadencia de lo aprendido. Hasta que una línea lo obligó a detenerse:

javascript

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if (sangre == verdad) {

return infierno;

}

No la había escrito. O al menos, no recordaba haberlo hecho.La atribuyó al cansancio, como había hecho con tantas otras cosas.

Salió de casa un par de horas después.

El cielo de Huasca seguía tan bajo que parecía a punto de desplomarse. Las nubes tapaban al sol, pero las sombras —las de los árboles, los coches, los postes— parecían más largas, más delgadas. Como si alguien las hubiese estirado con pinzas invisibles.

Llegó al mercado. En la carnicería nueva, un hombre con delantal limpio le ofreció chorizo fresco.

—Recién molido, señor—dijo, con una sonrisa que no le alcanzaba los ojos.

Víctor acercó la nariz a la carne.Un aroma punzante: menta... o tal vez belladona. La misma que había usado con la mujer que robaba en los autos.

Negó con la cabeza.

—Dicen que al anterior lo mataron los perros—musitó el carnicero al despedirse—. Pero los perros no usan cuchillos.

Víctor no respondió. Siguió caminando, más allá del mercado, más allá del sendero habitual. Como si sus pies supieran algo que él no.

La ex-hacienda apareció entre la bruma como un recuerdo reprimido. Había sido majestuosa alguna vez, antes de que el tiempo la redujera a un esqueleto de piedra y silencio. La puerta principal, medio derrumbada, se abría como la boca de un cadáver ahogado.

Entró.

El aire olía a polvo, moho, y algo más profundo: humedad ancestral, como si las paredes guardaran ecos de llanto. En los restos de un mural, las figuras apenas se distinguían: manos extendidas, rostros sin ojos, dientes que mordían el vacío.

En una esquina, encontró un espejo roto. Su reflejo estaba fragmentado. No distorsionado, sino dividido, como si algo hubiese intentado arrancarlo de la realidad, parte por parte.

—Aquí también hubo equilibrio —murmuró, sin saber por qué.

Pero lo supo. Las piedras recordaban. Las paredes hablaban. Y contaban historias de hombres que azotaban con cinturones y promesas, de mujeres que desaparecían como humo en las noches más frías.

Un crujido lo hizo girar.

Solo fue un pájaro muerto, caído desde las vigas. Tenía las alas abiertas y las plumas negras brillaban, aún húmedas, como si acabara de revolcarse en sangre fresca.

Víctor salió. El aire lo recibió con una ráfaga que olía a tierra húmeda y hojarasca. Caminó sin rumbo, hasta que sus pasos lo llevaron al parque.

El parque, húmedo y silencioso, lo recibió con su habitual tapiz de hojas muertas, tierra mojada y bancos que parecían haber olvidado el calor humano. El viento cuchicheaba entre los árboles, arrastrando viejos murmullos, fragmentos de conversaciones extinguidas y risas de otros tiempos. Víctor caminó despacio, los zapatos crujían sobre el lodo seco, como si el bosque susurrara con cada paso.

Se sentó en una de las bancas de hierro forjado. Apoyó las manos en sus rodillas y dejó que la mente se disolviera entre los árboles.

—¿Qué haré de comer hoy? ¿Pasta? ¿O solo arroz otra vez? —Una pregunta tan banal como necesaria.Un ancla. Los rituales cotidianos eran sus escudos; lo protegían de hundirse demasiado en sus propios abismos. A veces, solo pensar en hervir agua lo mantenía cuerdo.

Entonces la vio.

Una figura femenina se sentó en una banca cercana, casi como un espectro. Pero no llegó sola. Ya había alguien ahí: un anciano encorvado, escondido bajo un sombrero gris, las manos temblorosas aferradas a un bastón. Ella lo saludó con una sonrisa leve, como si fuera una vecina amable que pasaba por ahí. Pero algo en su cuerpo la traicionaba. No era el saludo lo que la delataba. Era la forma en que miró, por una fracción de segundo, el bolso del anciano.

No el bolso. Su contenido.

Esa tensión sutil bajo la piel, ese impulso contenido disfrazado de ternura, le resultaba demasiado familiar.

—La mujer —susurró internamente—.

Fue ahí. En ese parque, entre árboles húmedos y aire viciado de musgo, donde comenzó el segundo equilibrio.

Ella no aparentaba más de cuarenta y tres años, aunque la vida le había cincelado cada línea del rostro. Su piel reseca, los surcos en las comisuras de los labios y la mirada endurecida hablaban de una existencia sin pausa ni redención. Vestía con sobriedad: ropa vieja, pero limpia, y una falsa dignidad que le colgaba como un abrigo prestado. Se movía con la gracia astuta de quien ha hecho del engaño una rutina.

No pedía. Robaba.

Se acercaba a los ancianos con simpatía manufacturada: les ayudaba a sentarse, les hablaba como si los conociera de la iglesia, del tianguis, de algún pasado nebuloso. Su voz era dulce, educada, reconfortante. Mientras distraía con una historia de nietos inventados o dolores reales, su mano ya buscaba. Mochilas, chaquetas, bolsos. Teléfonos, carteras, pastillas. Todo desaparecía sin dejar huella.

Víctor la observó durante semanas. Como un biólogo estudia una plaga. Nunca usó violencia. Nunca se apresuró. Siempre sonreía. Pero esa sonrisa... tenía la textura de una mueca de cadáver.

—Aprovecharse de quienes ya cargan la muerte en la espalda... eso no es robar. Es ser una sanguijuela —pensó. No fue un impulso. Nunca lo era. Él no mataba: equilibraba.

La vigiló. La siguió. La desnudó con la mirada de cazador. Cinco veces la acompañó desde las sombras hasta que supo su nombre, su rutina, su guarida: una pensión gris a las afueras del centro, habitada por otros carroñeros que compartían su vocación miserable.

Una tarde nublada, cuando el pueblo olía a tierra mojada y los árboles comenzaban a pudrirse en tonos rojizos, Víctor la esperó.

Estaba sola, tarareando una canción sin melodía, ajena a todo. El callejón de los talleres abandonados la tragó sin advertirle nada.

No hubo palabras. No hacían falta.

La aguja se deslizó en su cuello con la dulzura de un beso traidor. El sedante surtió efecto al instante. La sostuvo con ternura, como a una amiga ebria. Nadie miró. Nadie preguntó. Nadie la volvió a ver.

El sótano olía a tierra húmeda y a hierro dormido.

La mujer abrió los ojos. Víctor ya estaba inclinado sobre ella. Su rostro, iluminado por una vela solitaria, era todo menos humano.

—No grites —susurró, con una sonrisa hueca—. Solo quiero escucharte. Por primera vez... la verdad. Ella forcejeó. Las cuerdas gimieron, pero no cedieron. El pánico se impregnó en la habitación: olía a sudor agrio, perfume barato, y miedo diluido en alcohol.

—Bebe —le dijo, ofreciéndole una taza de porcelana agrietada. El vapor dulce del té envenenado llenó la estancia—. Es lo que les dabas a ellos, ¿no? Azúcar para disimular el veneno.

Tragó. Tosió. La belladona hizo su trabajo con elegancia letal. Primero los dedos, luego las piernas, finalmente el alma, se le fueron volviendo madera vieja.

Víctor la desató.

—Ahora habla —ordenó, sentándose en el suelo, como un niño ante una fábula—. ¿Cuántos murieron creyendo en tu sonrisa?

Ella balbuceó. Nombres, excusas, alguna oración rota. Pero cuando sus ojos buscaron la puerta, cuando su mirada se llenó de mentira...

Él lo olió. Como pasto recién cortado. Ella se arrastró, uñas contra el cemento, un animal herido buscando su último rincón. Víctor la alcanzó sin apuro. Le mostró su reflejo en un espejo rajado.

—¿Ves? Así te veían ellos, inútiles y engañados —.Levantó el cuchillo. El de carnicero, El mismo.

—Esta lengua tuya... tan ágil para mentir, tan torpe para pedir perdón —.El corte fue limpio, quirúrgico. La lengua cayó como un trozo de carne viva. La sangre brotó espesa, espumosa, como una confesión tardía. La mujer quiso gritar, pero solo escapó un borboteo animal.

La sentó de nuevo. Tomó sus muñecas —ya pálidas, ya frías— y abrió dos surcos profundos, paralelos y definitivos.

—La plata es para el barquero —murmuró, colocando una moneda en su boca entreabierta—. Aunque dudo que te lleve al mismo infierno. Tú ya vivías en uno.

La sangre fluyó en un río negro que se internó en el círculo.

Antes de irse, dejó caer un fósforo encendido sobre un trapo empapado en queroseno. Las llamas subieron como garras. Doradas. Furiosas. Redentoras.

Víctor caminó sin prisa, sin mirar atrás.

Sus labios recitaron en voz baja:

—“El mundo es un jardín podrido,

Y yo, el jardinero que arranca la maleza.

Cada grito es una semilla menos,

Cada incendio... un nuevo amanecer.”

El calor le rozó la nuca. Como la mano de un viejo amigo. Esa madrugada, Víctor volvió a soñar.

Un río rojo y espeso se extendía frente a él. No era agua. Era sangre coagulada, latiendo bajo una luna sin luz. A lo lejos, los perros —xoloitzcuintles descarnados, con músculos expuestos y fauces negras— lo miraban en silencio. No ladraban. Gemían, como si hubieran esperado siglos solo para verlo llegar.

La tarde se había marchado a través de los árboles, arrastrando consigo retazos de risas lejanas y el rumbo persistente de algo indefinido, un eco de su niñez fracturada. La sombra del columpio aún oscilaba, vacía, cuando Víctor apartó la vista y regresó a la monotonía gris de su apartamento en Huasca. El eco de aquel parque —la promesa de la infancia adulterada— seguía palpitando en sus sienes, como una advertencia velada.

El día a día de Víctor se transcurre jadeante, desesperadamente ordinario; paseos lentos por calles húmedas, donde los relojes parecen detenerse y las casas se erizan bajo un silencio hostil. A veces, juega videojuegos con la compulsión de alguien que huye de si mismo —el crujido del control y la estática azul de la pantalla sustituyen a la voz interior que cada noche, sin falta, le lleva a desmenuzar recuerdos.

En el supermercado, repite los mismos movimientos —café barato, pan duro, leche— pero contempla a los demás como maniquíes: sus gestos sincronizados, sus sonrisas calcadas, De vez en cuando, se detiene frente a alguna vitrina empañada y observa su propio reflejo. No se reconoce. El reloj digital del teléfono emite un pitido, pero, colapsado por la paranoia, no sabe si avanza o retrocede en el tiempo.

Por la noche, la voz crece. Al principio susurra bajo la puerta del baño, luego se instala entre la cama sin tender, entre la mugre y los envases vacíos. Los sonidos de la casa se distorsionan: el goteo del fregadero se convierte en un tambor fúnebre. Víctor duerme poco, y cuando lo hace, sueña con palabras cifradas y sombras autónomas.

Se despertó sin sobresalto, como si algo invisible lo hubiese jalado con delicadeza desde las entrañas del sueño. La habitación seguía sumida en penumbra, apenas delineada por la luna filtrándose entre los árboles. En su rostro aún ardía el calor de un sueño que no recordaba, pero cuyo peso permanecía. El zumbido persistente del silencio nocturno fue cortado por un destello rojo... luego azul... luego rojo otra vez.

Se levantó con lentitud. Caminó descalzo hasta la ventana. Desde su casa, entre los árboles, distinguió las luces parpadeantes que cortaban la niebla como cuchillas de color. Un auto volteado, cristales dispersos sobre el asfalto mojado, cuerpos moviéndose como sombras. El aire traía un olor: ozono, sangre, humedad, como si la noche sudara antiguos crímenes.

—Ya ha comenzado otra vez...

Entonces, llegó la imagen como una estocada de vidrio: el rostro de ese hombre.

—El oficial.

Similar al mismo que ahora, en esa madrugada lejana, volvía a escupirle desde la memoria.

Fue una tarde cualquiera. El noticiero local balbuceaba sobre casos impunes y negligencias. Nada que no fuera habitual... hasta que lo vio. Un encuadre mal enfocado, un reportero que ni siquiera sabía pronunciar “feminicidio”. Pero el rostro. El maldito rostro junto al micrófono...

—¡Tú!—¡Yo te vi, maldito!

Había sido trasladado. De la ciudad a Huasca. Un “alejamiento discreto” tras el escándalo. Una mudanza de castigo. Su hermano había violado y asesinado a una mujer. Él, el oficial, lo encubrió todo. Y ahora caminaba entre pinos, como si la tierra nunca hubiera sido manchada por su complicidad.

Víctor esperó. Lo estudió. Lo siguió.

Una noche, lo vio salir tambaleándose de la cantina. Botella en mano, rumbo al viejo módulo policial abandonado. Víctor, encapuchado, guantes en las manos, el arma envuelta en tela negra. El metal palpitaba. Era un latido ajeno... o propio.

El corazón golpeaba con furia:

Thump... Thump... Thump...

La respiración se volvía eco, lejana, como si él mismo estuviera bajo el agua.

El suelo crujía; no era pasto—ni tierra—sino fragmentos, cristales que cortaban el aire y la idea de avance.

La silueta se tambaleó, luego se detuvo; orinó contra el tronco.

—¿Ya decidiste, niño?

Una voz emergió, oscura; roca vieja raspando el aire.

—No hay regreso. No hay luz; solo juicio.

—¿Quién...?

El silencio respondió—aunque no del todo—con un susurro enredado en las ramas, como plegaria torcida.

—El equilibrio no es justicia; es deuda pagada.

El arma temblaba en sus manos; el sudor le helaba la frente, empapaba la espalda. No era miedo; era esa fiebre clara que dejan los sueños febriles.

—¿Lo harás tú o lo haré yo?

La voz volvió, tan próxima que rozó la piel de la nuca.

El oficial se volvió. Allí estaba.

Manos alzadas; el borracho, perplejo.

—¿Qué carajo—?

BANG.

Un golpe fue; y limpio, frontal, irremediable. Las rodillas tocaron el suelo primero—como si intentara rezar al vacío—luego su peso colapsó hacia delante.

El charco crecía, despacio, infiltrándose en la tierra y manchando las raíces con un rojo que parecía respirar.

Víctor lo tomó por las muñecas, le ató pies y manos. Lo arrastró entre los árboles. Más allá, en el corazón del bosque, lo esperaba un fragmento ruinoso de una vieja ex-hacienda. Recostó el cuerpo contra el tronco. Le tapó la boca.

—Es hora de pagar —murmuró, dándole unos toques en la mejilla, sonriendo apenas—. Porque les resulta fácil mentir... por otros que no valen la pena.

—¿Para eso estás aquí?.

Víctor se quedó quieto. Asintió, como si respondiera a una sentencia dictada.

Buscó una rama. Larga. Recta. Del tamaño de un hombre. La comenzó a afilar con su cuchillo, mientras el oficial, aún aturdido, empezaba a recobrar la conciencia. Los ojos del uniformado se abrieron, borrosos. Quiso hablar, quiso soltarse y nada.

Lo miró, y lo vio. A Víctor De pie, frente a él, sacando punta a una rama con un cuchillo enorme.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?!

—Este tipo tiene que soltarme... o enfrentará las consecuencias —gruñó, aún en su delirio de poder, sin comprender que la autoridad ya no servía allí. Que nadie vendría.

Se escuchan los gritos ahogados del oficial, cada momento que pasa empieza a preocuparse por lo que ve que realiza Víctor, lo empieza a consumir la desesperación de no poder soltarse.

Víctor terminó su lanza improvisada. Limpió un área del suelo. Lo más plana posible entre el terreno irregular.

Mientras que para Víctor este actor es como un poema. Y entonces, cantó.

Una estrofa.

Acorde a la Sinfonía No. 9 de Beethoven que sonaba en sus auriculares.

—“De ritmo solemne y creciente:Se alza el coro de los que mienten,se pudre la justicia bajo el sol;la muerte, vestida de blanco,sonríe entre las ruinasde mi voz.

Oh, que retumben las campanas,que el equilibrio sangrientocuente mis pasos;que caiga la venda,que hable la herida,y la mentira se ahogueen su propio reflejo.”

El oficial enmudeció. Aquello no era un hombre. Era un juicio con piernas.

Víctor se acercó. Burlón. Inmutable.

—Es hora de comenzar con el acto.

—No hay nada más satisfactorio que eliminar el mal.

Lo arrastró hacia un arnés improvisado con sogas. El oficial forcejeó. Recibió un golpe en las costillas que le robó el aliento. Víctor lo amarró, lo elevó hasta dejarlo de rodillas, colgado con firmeza.

Entonces, se arrodilló frente a él. Metió las manos en su chamarra, sacó unos audífonos. Se los colocó al oficial. Tocó su frente con la suya. Sintió su pánico.

Al despegar su frente toma al oficial de su camisa para arrancársela y dejar descubierto su pecho, para después sacar su cuchillo y al ritmo de la musica de Beethoven comenzó a trazar lineas de izquierda a derecha, de derecha a izquierda ensangrentando el cuerpo del oficial, para dejar un mensaje.

La sangre bajaba como tinta de una pluma antigua.

Víctor escribió en la pared, con dedos manchados:

“------------------------”

—Ya vamos a terminar, solo me queda liberarte.

Al oficial se le escapa una exhalación de alivio. Víctor se acerca a la soga donde estaba sujeta a una antorcha de metal de la ex-hacienda, solo para empezar a subir al oficial poco a poco, el oficial forcejeaba pero no contaba con que Víctor lo sujetaría de otra cuerda tensa para que no se moviera mucho, en seguida coloca bajo del oficial la lanza que hizo con la rama y su cuchillo.

En seguida enciende la antorcha que sostenía la soga, y Víctor solo se queda a esperar a que se revienta la soga y disfrute del acto que sucederá.

Solo se escucha un ultimo sonido del oficial.

Víctor se arrodilló frente al cadáver, observándolo fijamente. La neblina se arremolinaba como serpientes a su alrededor. Respiraba con dificultad. Su pulso era un tambor sin ritmo.

Y entonces... lo escuchó.

Una voz que no era voz, que parecía arrastrarse desde la tierra misma, entre huesos olvidados.

—¿Era este el juicio correcto?

—¿Fuiste tú quien lo ejecutó, o fui yo con tus manos?

—Paciente no distingue culpa.

—¿Esto es real...?

Pero el frío, el frío que dejó, quedó prendido en sus huesos.

De nuevo en su cama.

El sudor pegado a su cuerpo como lodo. Las luces rojas y azules ya no estaban, ni el ruido, ni el accidente, solo la noche y el eco de esa última mirada.

Pasaron varios días sin sobresaltos. Víctor se entregó a sus rutinas mecánicas: café por la mañana, revisar las noticias, trabajar unas horas en la computadora y salir a caminar cuando el clima lo permitía. Apenas pensaba en lo ocurrido... o al menos, eso quería creer.

Hasta que la voz regresó.

Mientras observaba la lluvia desde la ventana, volvió a oírla. No fue un grito ni un susurro, sino una certeza:

—Ya es hora...—susurró con un tono casi familiar, suave, pero pesado como piedra, como si emergiera desde un templo enterrado bajo siglos de tierra.

Entonces, como un eco inevitable, recordó el último rostro que se desvaneció en la penumbra y el camino que lo llevó hasta aquella casa olvidada. Cerró los ojos y, sin quererlo, revivió el instante en que había respondido a ese llamado: la noche en que la lluvia y el silencio se volvieron cómplices.

La lluvia golpeaba la ventana con furia, como si el cielo mismo quisiera purificar el mundo antes del sacrificio. Víctor avanzó sigiloso por un sendero embarrado hasta la casa olvidada en las afueras del pueblo. El aire estaba saturado de humedad y un aroma metálico, tenue pero persistente, como si el Tlalocan —el reino de la lluvia— se hubiera mezclado con el Mictlán.

El hombre estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta, con una cerveza tibia en la mano, mirando sin ver. En la habitación contigua, la niña dormía profundamente, envuelta en una frazada, respirando con la calma de quien todavía no conoce el significado verdadero de la oscuridad. Pero Víctor lo conocía... y sabía que ese hombre era un portador de ella.

No sintió odio ni compasión. Solo el deber sagrado que la voz le había enseñado. Sus pasos eran lentos, midiendo el peso de cada uno como si estuviera caminando sobre el tetl (piedra de sacrificio) invisible que la noche había puesto bajo sus pies. El olor de humedad se mezclaba con un rastro agrio de sudor y cerveza.

Esperó bajo la lluvia, observando cómo el hombre exhalaba sin sospechar que cada aliento podía ser el último. El agua helada le corría por la nuca, como si Tlaloc mismo lo estuviera preparando para el acto. Cada gota era un segundo más cerca del equilibrio.

En un movimiento rápido, la mano izquierda de Víctor atrapó el cuello del hombre. Los ojos del otro se abrieron, vidriosos, atrapados por una fuerza que no comprendían. Víctor lo arrastró hacia adentro con una destreza casi ceremonial, cuidando de que la niña siguiera durmiendo y que ninguna vibración perturbara la ofrenda.

En el ático, el aire era espeso, cargado del olor a madera húmeda y polvo, un santuario improvisado. Víctor encendió una lámpara colgante; su luz oscilante proyectó sombras que parecían figuras danzantes de antiguos sacerdotes. Colgó al hombre por los tobillos con cuerda áspera, tal como había visto en códices: cabeza abajo, para que el flujo vital descendiera sin obstáculos hacia la tierra.

Fue entonces cuando comenzó a escucharlo.

Primero, un golpe grave y constante: pum... pum... pum... El huehuetl. Lo sentía en el pecho, como si cada latido se sincronizara con el tambor.

Luego, un golpeteo hueco y más agudo: toc... toc... toc..., el teponaztli, marcando un patrón que parecía arrastrarlo hacia un trance.

Entre ambos, un eco profundo y largo, como un rugido marino: el caracol atecocolli llamando a las puertas del Mictlán.

Víctor no sabía si eran sonidos reales o si resonaban dentro de su cabeza, pero cada vez eran más claros, más presentes, como si sacerdotes invisibles estuvieran rodeándolo.

Sobre una mesa cubierta por un paño negro descansaban sus herramientas, alineadas como cuchillos rituales en el templo mayor. Eligió uno: hoja larga, filo impecable, frío como la piedra volcánica.

—El equilibrio se paga con sangre... y la sangre abre el camino al Mictlán—dictó la voz, profunda, reverberando dentro de su cráneo.

Víctor colocó una mano sobre el pecho del hombre y trazó una línea precisa. La piel cedió con un suspiro húmedo. Un hilo tibio comenzó a descender, primero tímido, luego constante, gota tras gota, golpeando el balde colocado justo debajo. El sonido era hipnótico, como si se mezclara con el compás del huehuetl.

El olor a cobre se volvió más denso. El hombre jadeaba, colgando, sintiendo cómo la sangre le abandonaba. Víctor, con cada corte, murmuraba palabras en náhuatl que la voz le enseñaba en el instante: Tlazohcamati, Mictlantecuhtli... Tlazohcamati. Gracias, señor del inframundo.

La última incisión fue en la garganta. Un chorro cálido golpeó con fuerza el fondo del balde, salpicando en un patrón que para Víctor no era caos, sino escritura sagrada. El cuerpo tembló un par de veces antes de quedar inerte, meciéndose levemente como un pendón ceremonial después de una danza.

Y entonces, en el silencio posterior, creyó escuchar cánticos antiguos: voces graves entonando frases que hablaban del viaje del alma a través del inframundo.

Un último golpe del huehuetl... y nada más.

Víctor permaneció inmóvil, respirando el aroma metálico que llenaba el lugar, sintiendo cómo la voz se alejaba satisfecha. En su mente, no había crimen... había ofrenda.

El olor a cobre flotaba como incienso maldito. Las paredes del ático, grises por la falta de vida, observaban en silencio. El cuerpo seguía colgando, drenando una última y pequeña gota roja que se perdió en la madera húmeda.

Silencio. Solo silencio... y equilibrio.

Mientras el último suspiro escapaba del cuerpo, el mundo pareció inclinarse hacia un abismo invisible. Las sombras del ático comenzaron a estirarse, como si intentaran abrazarlo. El golpeteo de la lluvia contra el techo se apagó hasta convertirse en un silencio absoluto, y el olor a cobre se transformó en algo más denso, casi mineral, como si la tierra misma exhalara desde lo profundo.

Víctor parpadeó, pero ya no estaba en el ático.

Bajo sus pies se extendía un suelo de obsidiana pulida que reflejaba un cielo sin estrellas. A su alrededor, columnas formadas de huesos humanos se alzaban como guardianes, y entre ellas, antorchas de fuego negro crepitaban sin luz, proyectando sombras imposibles. El aire era pesado, húmedo, cargado de un murmullo antiguo que parecía vibrar dentro de sus costillas.

Del horizonte oscuro emergió una figura colosal. Cada paso que daba resonaba como un tambor huehuetl a lo lejos, sincronizado con el corazón de Víctor. Su cuerpo estaba cubierto por placas de obsidiana y jade, incrustadas entre costillas expuestas y vértebras talladas con símbolos mexicas. Una calavera, coronada por un penacho hecho de plumas negras y cuchillas de pedernal, lo observaba con ojos vacíos donde la luz se extinguía.

—Bienvenido, ahuizotl...—dijo, y su voz no fue un sonido, sino un temblor que atravesó el suelo y ascendió por las piernas de Víctor—.Guardián del equilibrio. Has respondido a mi llamado.

Víctor sintió que sus rodillas querían doblarse, pero la figura lo mantenía erguido con una presencia que no era física, sino absoluta.

—Eres mi extensión en este mundo corrupto—continuó Mictlantecuhtli—.El verdugo que arranca la hierba podrida para que la tierra respire.

A los pies de Víctor, un río espeso comenzó a formarse. No era agua, sino sangre, caliente, que fluía desde la nada. De sus orillas emergieron Xoloitzcuintles —perros sin piel—, con ojos de fuego, que lo rodearon sin hostilidad, como si reconocieran a un nuevo amo. El calor de sus cuerpos chocaba con el frío sobrenatural del lugar.

—No temas...—retumbó la voz—.El equilibrio siempre exige ofrenda.Tú, ahuizotl, no darás un paso sin que yo lo sepa.

Víctor intentó hablar, pero las palabras no salieron. Sentía que parte de él, la parte que dudaba, se estaba desprendiendo como piel muerta. Lo que quedaba era puro propósito.

Mictlantecuhtli extendió una mano enorme, hecha de huesos finamente tallados. En su palma reposaba un cuchillo de obsidiana, cuya hoja parecía contener reflejos de todas las muertes pasadas y futuras.

—Tómalo —ordenó—. Con él, no solo cortarás carne, sino el hilo que une a un alma con el mundo de los vivos.

Cuando Víctor lo sujetó, un calor abrasador le recorrió el brazo hasta el corazón. El sonido del huehuetl volvió, más fuerte, acompañado por cánticos graves en náhuatl que hablaban de caminos, pruebas y juicios.

En ese instante, lo comprendió:

No era un sueño. No era alucinación.

Era un pacto.

Y al cerrar los ojos, se encontró de nuevo en el ático, con el cuchillo aún en la mano y el cuerpo colgando frente a él. La lluvia golpeaba el techo, como si nada hubiera pasado... pero Víctor sabía que ahora tenía un dios detrás de su sombra.