Perditus Sanguis - El infierno de los inocentes

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Summary

Kal es el príncipe del infierno, pero hay un problema: no quiere matar. Su madre, la reina Lilith, le ordenó ejecutar a un sinner que suplicó por su vida, Kal se rebeló. Su hermano menor Diener, leal y obediente a Lilith, mató al sinner frente a los ojos de su hermano mayor. Años después, Kal deberá descubrir la verdad sobre su origen, la desaparición de su niñera y el precio de ser bondadoso en el lugar donde la bondad es la peor de las debilidades.

Genre
Fantasy
Author
solar
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Circulo 001

Aquella noche se había convertido en una pesadilla para la niñera del pequeño príncipe. El pequeño solo tenía cinco años y se negaba a dormir. La reina había ordenado que se acostara hace una hora, pero el menor seguía brincando en su cama sin parar.

La niñera, una hermosa imp de nombre Vera, tenía el cabello castaño, la piel roja y algunas marcas de quemadura. Intentaba calmar al niño moreno, pero no tuvo éxito.

—¡Pero no estoy cansado! —decía Kal con total energía, saltando en la cama. Ni siquiera tenía puesto el camisón.

—Joven Kal —advirtió Vera—. Si no duerme temprano, su madre se molestará. Y creo que hablo por los dos cuando digo que no quiere ver a su madre molesta.

El menor dejó de saltar y se acostó. La imp tenía razón. No quería ver a su madre molesta. Sería horrible y aterrador. Incluso más aterrador que este infierno.

—Dormiré —aceptó—, pero quiero un cuento.

Cruzó los brazos e hizo un pequeño puchero.

Vera suspiró, resignada.

—De acuerdo. Pero deberá ponerse usted mismo el camisón.

Kal asintió y corrió hacia el armario. Se cambió lo más rápido que pudo, aunque lo hizo mal: se lo puso al revés.

—¡Quiero un cuento nuevo! —exigió—. Ya me aburrí de todos los que están aquí. Tanto así que ya me los sé de memoria.

Vera lo cargó y lo llevó a la cama. Lo tapó con las frazadas de seda fina, luego tomó una silla de madera totalmente adornada con siluetas de fuego y ángeles. Se sentó.

—Tengo una linda historia —dijo con una sonrisa tierna—. Puedes creer si es de verdad o pensar que es un mito. ¿Te interesa, pequeño?

El menor asintió, lleno de curiosidad. Sostuvo las frazadas con fuerza, emocionado por escuchar algo nuevo.

Vera se aclaró la garganta.

Hace cinco años, el círculo del orgullo —el más fuerte y próspero— era gobernado por un magnífico rey. Algunos dicen que era el rey más hermoso que jamás existió. Su cabello dorado y ondulado parecía el de los ángeles. Un serafín, para ser más precisa. Su nombre era Lucifer. El primer omega del infierno. El más hermoso.

—¿¡El tío Lucifer!? —Kal se sorprendió.

Exactamente. Tu tío. Continuamos. Lucifer era un grandioso rey. Logró lo imposible: repartió cada reino entre sus hermanos, los pecados capitales. También consiguió tener un pacto con los Ars Goetia: él les daría total libertad para enseñar a los humanos, siempre y cuando no ataquen su reino. Les prometió a los arcángeles que no se llevaría las almas del limbo y el purgatorio al infierno, y que ningún demonio saldría al territorio humano. Si eso pasaba, él mismo se encargaría del castigo. En aquel tiempo, Lucifer acababa de dar a luz a su primogénito. —Vera se acomodó mejor el cabello.

Kal sonrió. Casi no escuchaba historias de su tío. Llegó a pensar que eran inventadas y que nunca existió. Así le decía su madre.

—¿Quién fue el alfa de Lucifer? Los omegas siempre tienen un alfa a su lado para poder engendrar. —el menor se rascó la cabeza.

Su nombre era Muerte, el jinete más peligroso. Nadie sabe cómo lo lograron, pero pudieron tener un hijo juntos. —sonrió.

Kal rió, pues no sabía exactamente cómo los adultos lograban tener un hijo. En su mente solo se juntaban y armaban al bebé en la arena.

La expresión de Vera cambió a una de pena.

Sin embargo, todo cambió un día... alguien atacó el reino de Lucifer. Fue un momento de violencia y crueldad. Se inició una guerra. Lucifer y Muerte pelearon juntos para proteger este lugar y a sus habitantes, pero no salió bien... Lucifer murió en ese combate. Muerte quedó devastado al ver a su amado muerto. Él, siendo la muerte, no pudo detener ese suceso...

Kal se puso triste.

—¿Y qué pasó con su hijo?

Vera se tocó el pecho.

Nadie sabe qué pasó. Nunca encontraron su cuerpo. Muerte, completamente sumido en la depresión, se llevó el cuerpo de Lucifer. Nadie sabe dónde lo enterró. Después de eso jamás volvió, y su puesto como la parca quedó completamente a cargo del arcángel Azrael.

Kal tenía una mirada triste y melancólica, pues, si bien nunca conoció a su tío, le daba pena que pasara por eso y que su hijo hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

Vera vio la expresión del niño y cambió el ambiente.

—Pero todo se alegró cuando tu madre, Lilith, tomó el trono y el orden volvió a este reino. Ella hace un gran trabajo como la soberana del círculo del orgullo. —soltó una risita para aliviar el momento—. Y usted, jovencito, como el hijo mayor, deberá tomar el trono algún día.

Kal miró con confusión. Nunca estuvo en sus planes ser el rey. Era demasiado para él. Además, no sabe si tiene material de rey. Kal sonrió dulcemente.

—Prometo ser un gran rey tal como lo fue Lucifer. —afirmó.

—Eso es bueno. —comenzó a levantarse, se sacudió el vestido—. Los futuros reyes deben dormir para mañana aprender algo nuevo.

Vera se acercó a la lámpara que estaba en la mesita de noche cerca de la ventana. Luego la sopló.

—Buenas noches, príncipe Kal. —abrió la puerta para salir, luego la cerró.

Kal se levantó de su cama y se dirigió hacia la ventana. Se apoyó, cruzó los brazos y se acomodó mejor. Miró directamente la luna roja. La noche estaba muy iluminada.

—Algún día seré como el tío. Traeré el orden a este reino tal cual lo hizo él. —hizo una promesa con total afirmación.

Diez años después

Las botas de metal de Kal resonaron en el pasillo de piedra negra. Caminaba sin prisa, aunque su mirada transmitía cansancio. O quizás aburrimiento. En el infierno, a veces era difícil distinguirlos.

No tenía ganas de ir a donde sea que iba.

—Querido hermano —dijo una voz tranquila y relajante detrás de él.

Kal volteó. Su expresión cambió un poco, mostrando una leve sonrisa.

—Diener, no te había visto esta mañana. Creí que ya estabas en el campo de entrenamiento con Balkae y los soldados novatos.

Diener se quitó el casco. Su larga melena blanca cayó con suavidad, teniendo solo una franja negra en una parte cerca de su frente. Su piel también era igual de blanquecina que todo su largo cabello.

Kal lo miró fijamente y se sorprendió al ver a su hermano a los ojos.

—¡Wow! No sabía que tus ojos habían cambiado de color. Recuerdo que antes los tenías azules y ahora son grises.

Diener se sonrojó un poco; sin embargo, lo ocultó rápidamente.

—Kal, llevamos separados desde hace... —intentó recordar— unos cinco o seis años. Está claro que mi apariencia no sería la misma. Cosas de demonios —soltó una risa pícara.

Kal se dio una palmada en la frente.

—Eso es verdad, hermanito. Yo cambié un poco. Hace cinco años tenía mi cabello un poco más claro —suspiró.

—Yo lo veo exactamente igual —admitió Diener, sin emoción.

Kal se ofendió, se puso una mano en el pecho e hizo una expresión exagerada.

—¡Peroooo..! ¡Mira bien mi cabello! Antes estaba castaño oscuro y ahora está negro azabache y más largo —se jaló los mechones y se los restregó a Diener.

—Bueno, tienes un pequeño cambio... Tu cabello está más largo y más desaliñado —intentó aguantar su risa.

Kal hizo un pequeño gruñido. Se dio cuenta de que cayó en las sutiles bromas de su hermano menor.

Diener soltó un suave suspiro y se acomodó el cabello con suavidad.

—Mejor dejemos de lado esos juegos infantiles, querido hermano. ¿Exactamente hacia dónde ibas? —posó su mirada en la armadura de Kal.

Kal infló sus mejillas, pero debía decirlo.

—Iba de camino para encontrarme con madre... en el campo de batalla —se apoyó en la pared sin ganas—. Quiere que luche a muerte con un sinner. En mi opinión, no deseo matar a nadie. Sé perfectamente que ganaré esa batalla, pero no me satisface la idea de matar a alguien.

Diener se acercó demasiado a Kal, luego tocó la frente del moreno.

—¿Qué haces? —preguntó Kal, confundido.

—Nada. Quería comprobar si tenías la temperatura alta. Veo que estás normal. Ningún demonio debe sentir lástima por algún asqueroso sinner, obtuvieron lo que se merecían por pecar en vida —contestó con frialdad, y se alejó de su hermano.

Kal se enderezó.

—Ya lo sé, pero... —no tenía palabras para describir lo que sentía en ese momento—. No lo sé. ¿Qué harías tú?

—Seguir las órdenes de madre, cumplir con los deberes reales, matar a mi primer sinner, obedecer y seguir las leyes de este reino, pensar en el futuro y lo más importante... esperar a que la naturaleza diga si eres alfa u omega. La vida te premiará si eres un alfa, pero si eres omega te arruinaste.

Kal levantó una ceja.

—Si quieres mi opinión —miró fijamente al menor—, yo creo que no hay nada de malo con ser omega. Después de todo, nuestro tío era uno, y fue el mejor.

—Kal, eso fue hace tiempo. Además, ¿olvidas cómo murió? Murió por eso mismo. No logró pelear bien en su última batalla. Fue su casta la que lo llevó a la tumba.

Kal se acercó a Diener y posó una de sus manos en el hombro de su hermano.

—No fue por eso y lo sabes bien. Fue porque recién había dado a luz. Lo agarraron desprevenido cuando protegía a su cachorro.

Diener se quedó callado.

—Como sea —Diener se apartó un poco—. Debes ir con madre, o ella te colgará por llegar un minuto tarde.

Kal soltó una risa, pero Diener no.

—Verdad, olvidaba eso. ¿Me podrías acompañar?

Diener rodó los ojos.

—Kal, Kal, Kal... Soy tu hermano menor y quieres que te acompañe solo porque te da miedo ir con madre —mostró una leve sonrisa.

Kal le dio un manotazo amigable.

—En parte sí, aunque hubiese preferido que lo digas de una forma más... ¿cómo decirlo? —se rascó la cabeza— ¿Más amistosa?

Diener suspiró resignado y tomó el brazo de Kal. Se lo llevaría del brazo.

—Vamos —ordenó Diener.

Ambos caminaron hacia su destino: ir con Lilith.

—Oye, ¿qué ocurrió con Vera? —preguntó Diener.

—No lo sé. Solo recuerdo que un día ella simplemente se fue, como si el infierno se la hubiera tragado o incinerado —respondió Kal, un poco melancólico—. Fue después de que me contó ese cuento acerca del tío.

—De seguro la descubrieron robando, no me sorprende. Los imps son conocidos por ser unos muertos de hambre, aunque prefiero su presencia antes que la de un sinner. No es la mejor opción. Estaría comparando basura con estiércol —Diener soltó una risa.

Kal no le veía lo gracioso. Se alejó del toque de Diener.

—No creo. Ella siempre fue amable y considerada con muchos del palacio. Siempre me decía: “pequeño”, “hermoso”, y me leía cuentos.

—Ahí tienes la respuesta. Eso mismo la llevó a su miseria. Ser demasiado buena para este lugar -respondió con frialdad.

—Mejor cambiemos de tema, Diener. No quiero ponerme de malas —afirmó con molestia.

Diener se quedó callado. No quería que su hermano se molestara con él.

—Como quieras. Yo solo me preocupo por tu bienestar —gruñó.

Finalmente llegaron a su destino. En el campo estaban los soldados, los generales y los guardias reales, esperando la llegada del príncipe Kal.

Kal suspiró con pesadez.

Diener lo miró y tocó su hombro con delicadeza.

—Solo debes matarlo con rapidez, confundirlo o, si lo deseas, puedes jugar con él. Yo lo hacía.

Kal lo ignoró.

Lilith, la reina del Círculo del Orgullo, estaba junto a Balkae. Ella permanecía en su trono de piedra. No era el más brillante, pero era lo suficientemente cómodo. Kal no podía ver bien su rostro porque los demonios la tapaban, aunque fuera sin querer.

Balkae era el veterano más viejo, pero eso no significaba que fuera débil o estuviera cansado. Todo lo contrario. Era bastante rudo y agresivo en batalla.

Muchos decían que había logrado matar cien enemigos del Círculo de la Lujuria con solo una espada oxidada y, encima, con un brazo herido.

Un soldado se percató de la presencia de Kal. Tomó un cuerno y sopló para que sus compañeros le prestaran atención, incluyendo a la reina.

—¡El príncipe Kal hizo acto de presencia! —gritó con fuerza.

Los soldados se pusieron en forma y guardaron silencio. Los generales prepararon las armas y los guardianes solo estaban detrás de la reina. Ahora sí, Lilith se veía con más claridad.

Lilith miraba fijamente a su hijo mayor. Sus ojos verdes y oscuros no pestañearon ni por un segundo. Tenía la mirada pegada hacia Kal. Su cabello rojo se movía al compás del viento. Su vestido negro la hacía ver más elegante, y ese escote pronunciado, en parte, la hacía ver como una mujer sexy.

Kal estaba un poco nervioso. Diener lo notó y le dijo entre dientes:

—Solo ve —susurró Diener a Kal—. Será peor si demoras.

Kal se armó de valor y fue hacia Lilith.

Mientras caminaba, podía escuchar lo que los hombres decían:

“Su alteza”

“Señoría”

“Majestad”

“Excelencia”

No le gustaba que le dijeran eso. Prefería solo el término “príncipe” o simplemente “Kal”. Eso de: “señoría” era muy serio y lo hacía sentirse viejo.

Finalmente, estuvo cerca de la reina.

Kal se arrodilló.

—Hijo mío —habló la reina—, finalmente haces acto de presencia. Detesto a los impuntuales.

—Tengo un dolor de cabeza —respondió. Mintió en el proceso.

—¿Dolor de cabeza? —ella levantó una ceja—. Eso es un problema mínimo, no representa ningún riesgo en una pelea. ¿No es así, Balkae? —su mirada se dirigió hacia el demonio grande.

—Para nada —respondió con seriedad.

Lilith se vio complacida con esa respuesta.

—De acuerdo, Kal —sonrió—. Podrás combatir y demostrar que eres un príncipe.

Se aclaró la garganta.

—¡Traigan al sinner! —ordenó a los guardias.

Ellos obedecieron de inmediato.

Dos guardias trajeron al prisionero. Un sinner de estatura mediana, rasgos diferentes a los de un demonio común, que compartían una única cualidad: cuernos y deformidad.

Los presentes lo trataban con indiferencia y se podía ver su burla.

Balkae se acercó a Kal con una espada y se la entregó. Kal la tomó.

—Espero que no dejes mal tu reputación —le susurró.

Los guardias empujaron sin delicadeza al sinner hasta hacerlo caer a los pies de Kal.

—¡Pelea a muerte! —gritó un soldado con entusiasmo.

Kal se puso en guardia, listo para pelear. El sinner tenía un arma pequeña a su disposición.

Kal le dio la ventaja al sinner para que lo atacara primero. Este lo entendió y fue directo hacia Kal, atacó como pudo, como sus extremidades le permitían.

Kal esquivó fácilmente cada ataque. Kal lograba moverse con mucha agilidad, puso en práctica lo aprendido con Balkae.

Kal, con un solo movimiento veloz, logró desarmar al sinner. Este se desesperó y buscó algo con que atacar. Kal vio cómo ese sinner estaba muy asustado y con preocupación. ¿Era por su vida? ¿Prefería vivir aquí antes que morir para siempre?

Kal no entendió, pero alzó su arma.

—¡Piedad! —suplicó el sinner, y se arrodilló.

Kal se sorprendió y dejó caer su espada.

Los presentes se sorprendieron. Diener lo miró y se mordió los labios. Sabía que Kal estaba a punto de hacer algo tonto que lo haría quedar en ridículo.

Lilith estaba apretando con fuerza su muslo derecho. Su hijo estaba por hacer algo tonto. Lo conocía muy bien.

—¡Tengo hijos pequeños en el cielo! ¡Vine aquí por error...! —el sinner comenzó a llorar—. Estaba destinado a ir al limbo, pero me mandaron aquí por error.

Kal no supo qué decir, no supo si creerle o tratarlo de mentiroso.

—¡Le juro que digo la verdad!

Los guardias comenzaron a criticar al príncipe sobre por qué no mataba a ese sinner. Para ellos solo era una rata más, ni siquiera había nacido en el infierno como para merecer algo de consideración. Era un humano pecador.

—¿Lo perdonará? —cuestionó un guardia a Balkae.

—Sería una vergüenza —respondió Balkae.

Kal escuchó cada palabra. No le importó. Su decisión ya estaba tomada.

—Si lo que dices es verdad, entonces te dejaré en libertad. Puede que me equivoque, pero veo algo de sinceridad en tu mirada. —Kal le ofreció su mano.

El sinner se la correspondió. Kal lo levantó.

Un soldado se empezó a burlar, seguido de otro y otro... Las risas no se calmaron.

—¡El príncipe es un idiota! —gritó uno entre risas.

—¡Un cobarde!

—¡Niñito!

Un sonido de una flecha sonó, seguido del impacto en la carne. Luego otro y el último.

Silencio absoluto.

Los tres tipos que se burlaron de Kal estaban muertos. ¿El culpable?

Diener le había quitado las flechas a un soldado y las usó para matar a esos tipos. Nadie se burlaba de su hermano mayor. No dijo ni una palabra. Se posicionó al costado de su madre.

Kal miró a Diener. Diener no mostró arrepentimiento, solo una leve sonrisa de satisfacción por lo que había hecho.

Lilith finalmente se levantó de su trono. Dejó de apretar su muslo, aunque después de eso su mano estaba manchada de su propia sangre.

—Kal... —su tono sonaba muy serio—. Quiero que mates a ese sinner. ¡Ahora! —ordenó.

Kal se plantó frente a ella.

—¡No! Ya tomé mi decisión.

Lilith lo miró con furia. Se arregló mejor el cabello.

—Espero haber escuchado mal, porque creo que dijiste “no”.

—Eso mismo dije, madre.

Lilith estaba sacando sus garras. Pero miró la mirada de su hijo. Estaba hablando en serio y con valentía.

Ella se calmó.

—Muy bien... —suspiró—. Diener, encárgate de esa rata.

Dio su última orden y se fue.

—¡No! —gritó Kal.

Estaba a punto de ir a proteger al sinner. Balkae hizo un gesto con sus dedos para que los guardias lo detuvieran. Lo sostuvieron fuertemente de ambos brazos y le cubrieron la boca con una mano.

Diener obedeció de inmediato y disparó una flecha con total precisión directo hacia la garganta del sinner.

El sinner cayó muerto.

—Arrojen los cadáveres a la basura —ordenó el peliblanco— y suelten a mi hermano.

Terminó de decir eso y se fue. Miró brevemente a Kal, pero no hizo nada y siguió su camino.

Los guardias obedecieron a Diener. Kal cayó al suelo de rodillas y se acercó al cadáver. Lo tocó brevemente. Sintió algo, algo le dijo que ese sinner sí había dicho la verdad.