Chapter 1
Madison Russell.
El silencio siempre es bueno cuando se trata de tener la mente en paz.
Lo es para mí.
Pero no hoy.
En el rincón del hospital, está una mujer que llora la muerte de su hija. Un silencio interrumpido por un dolor inimaginable.
Cierro los ojos un momento.
Se me eriza la piel.
Mis pasos van y vienen. Intento despejar mi mente del grito desgarrador. Mi madre hace lo mismo, lo intenta. La crudeza del momento nos tiene a ambas hechas nervios.
Y frente a nosotras. Hazael y Enoc.
—¿Familiares de Erick O´Brien?
Mamá se tensa, pero al mismo tiempo se relaja. Su rostro pierde dureza.
Sin decir nada se mueve hacia la enfermera. Enoc se pone de pie y Hazael solo se queda quieto.
La enfermera le dice algo. Ella se lleva una mano al pecho. Sus hombros bajan. Y luego sin mirar atrás entra a la habitación donde su esposo está.
No me atrevo a mover un solo musculo. Mis ojos se quedan puestos en la puerta. Me tiembla el corazón. Me vibra la piel de miedo. Llevo dos noches sin poder dormir. Mi habitación se está volviendo un caos.
Me recargo en la pared con la mano en el cuello. Me duele.
Mi vida ya no se siente como antes. Es como si el infarto de Erick marcara una línea donde lo bonito se quedó atrás. Vivo en piloto automático, entre mi negocio, la tragedia y maldito silencio de todos ellos.
¿Qué fue lo que pasó?
De la nada recibo una llamada y la tragedia empezó. Erick en el hospital. Grave.
La mujer del fondo ahora es consolada por alguien más. El llanto es el mismo. Y no lo soporto. Se siente como adelantar a una pérdida que aún no llega. Y eso me enoja.
Me alejo de todo. De la pobre mujer. De Enoc. De Hazael.
Camino por el pasillo blanco. Lúgubre a su estilo.
El llanto se hace menos y el aroma de la cafetería me aprieta el corazón. El contraste es absurdo con el olor a desinfectante que llevo respirando dos días. Dios. Es un respiro que me urgía.
Ordeno un chocolate frio y me siento en una de las mesas. Las personas murmullan, es casi silencioso, pero está ahí. Un cosquilleo leve en el oído. Algo diferente.
Huelo el chocolate. Se me hace agua la boca y cuando bebo…no está tan bueno.
—¿Puedo sentarme? —Enoc. Su voz es tan tranquila.
Levanto la mirada.
—Si. Adelante—señalo la silla.
La calma en sus movimiento es tan relajante a veces. En otras ocasiones es como ver a un perezoso andar.
—Te vez cansada—dice. Aprieto el vaso frio.
Lo observo bien por primera vez en dos días. Tiene ojeras marcadas. La piel seca. El cabello hecho un nido de aves. Y su ropa da la impresión de que se puso lo primero que encontró. No se ve mejor que yo, pero si tiene el atuendo perfecto de alguien que duerme en el hospital.
Bajo la mirada y sonrío.
—Tu igual—suelta una risa nasal.
—Todos estamos preocupados.
Enoc, hijo mayor de mi padrastro. Un hombre de treinta y seis años con el que tuve sexo. O al menos eso creo. Es reservado. Jamás lo he visto perder la paciencia. Es la calma total de los O´Brien.
Para mí mala suerte no recuerdo nada de esa noche. Solo la cena navideña. El alcohol. Las risas y luego cuando abro los ojos estoy en mi habitación. Con la luz del sol pegándome en la maldita cara. Lo peor fue cuando quise ponerme de pie.
El dolor me atravesó la espalda baja, de izquierda a derecha. Estaba desnuda. Había una mancha de sangre en mi colchón. Y la ausencia de alguien.
Y solo había dos tipos en la maldita fiesta. Hazael con su novia y Enoc en solitario. Si llegó alguien más, no lo supe. No lo recuerdo.
El alcohol y yo, no nos llevamos muy bien.
Muevo el vaso. El líquido se menea.
—¿Tú sabes qué pasó? —mi voz suena baja. Aburrida.
—No—responde rápido. Lo miró.
¿Enoc el perezoso respondiendo rápido? No. Miente.
—¿Quieres verlo? —mi pregunta es estúpida. Solo quiero romper el silencio.
—Mucho.
Mueve su hombros rígidos. Los músculos los tiene tensos. Se nota. Se siente. Su dedo es insistente en picotear la mesa. El sonido es molesto. Y su pie no deja de sacudirse. La ansiedad se lo devora. Y juro que siento lo mismo.
Es horrible no tener el control.
Y peor cuando creía que todo estaba en orden. Que tu hogar estaba lleno de paz y estabilidad. Y de la nada Erick cae fulminado por un infarto y de milagro lo logra.
Me muerdo el labio.
No quiero perder a Erick. Es mi segundo papá. Me adoptó como una hija más. Fue y es un apoyo emocional y parte importante en mi vida.
Estoy asustada.
Enoc mira a la derecha y lo sigo.
Mi madre y Hazael se nos unen en la mesa.
Mamá se ve menos tensa. El ceño fruncido se fue y con él las pequeñas arrugas de su entrecejo. Ya no tiene los hombros arriba. Camina con cierta paz momentánea.
Se sientan ambos.
—Está fuera de peligro—dice con tanto alivio que los tres nos relajamos al instante—. Erick se quedará. En observación.
—¿Estás segura, Amanda? —pregunta Hazael—. ¿Todo está bien?
Mamá asiente. Nos mira a los tres.
—Si.
—¿Qué sigue ahora? —pregunto. Mi voz tiembla apenas. Estoy aliviada por ahora.
—Vayan a casa. Descansen.
Ninguno de los tres dice algo.
Ella continua.
—Hazael, Enoc, les pido que se hagan cargo de la administración de los restaurantes de su padre—pide amable.
Ambos asienten. Saben que tienen que entrar en el juego. Nadie más podría con eso más que ellos. Conocen los negocios de pies a cabeza.
Yo sonrío por amabilidad. Por esa calma momentánea que nos está rodeando. Como si todo se volviera a colocar en su lugar.
—Y tú querida. Quiero pedirte algo especial—me toma la mano sobre la mesa.
Ella sabe que puede pedirme lo que sea.
—Dímelo.
—Quédate en casa—mi mano se tensa—. Evita salir.
—¿Qué? —susurro. Creo que escuché mal—. ¿Es una broma?
Niega.
—Quisiera que sí. Pero no lo es…
Alejo mi mano con una lentitud que quema. No entiendo nada, pero tendrá que decírmelo, porque no pienso dejar todo de lado solo para quedarme en casa.
Se me agita la respiración.
El vaso con chocolate quedó de lado desde hace rato. Los murmullos de las conversaciones llena el silencio incomodo en la mesa. La máquina de expreso, el aroma. Nada. Nada sirve para desviar mi atención.
Me echo hacia atrás.
—No entiendo.
Se frota la frente. Siempre hace eso cuando sabe que soltara una bomba sobre mi cabeza.
—Roger, contrato seguridad para la casa y exclusivamente para ti—lo dice con ligereza.
—¿Por qué? No lo necesito. Estoy bien.
No entiendo nada. ¿Por qué solo no me dice la verdad?
¿Seguridad?
¿Para qué?
—Vas a explicármelo, ¿no? Porque no estoy de acuerdo con esto. Tengo un negocio que atender, mamá. Lo sabes.
Los O´Brien no dicen nada, pero tampoco fingen sorpresa. Algo saben. Lo que sea que esté pasando. Lo saben.
—No. No puedo quedarme en casa—no es negociable y lo dejo saber.
—Si puedes evitar salir, es mucho mejor—dice—, pero entiendo que no quieras. El negocio es importante, entonces un guardaespaldas.
—¿Por qué? —insisto.
Me tiembla la ceja. El parpado.
—Solo debes saber que no importa lo que pase. Tu seguridad es todo para nosotros. Tu padre y los chicos ya se han encargado de eso.
—Entiendo. Pero dime la razón, mamá.
—Es mejor que no lo sepas—dice como punto final.
Me rio. Sin gracia. Cansado de los rodeos. Niego.
Es absurdo. Demasiado ridículo que quiera imponerme un guardaespaldas sin decirme la razón. No tengo que aceptarlo, pero todos han confabulado en mi contra.
El silencio se espesa entre nosotros. Es incomodo. Molesto. Y ellos tres solo se miran como rogando que yo acepte esto sin rechistar.
Me queda claro que son cómplices.
—Madison…
—Enoc…No—mi madre lo detiene. Le apoya la mano, con uñas barnizada sobre el brazo.
Mamá sabe que estoy molesta. Y ellos también.
Me apoyo en la mesa y me levanto.
—No me molesta el hecho de que tenga que traer detrás de mí a un tipo desconocido—suena peor de lo que imaginé. Me tiemblan las manos. Lo odio—. Lo que me molesta es que no me digan las razones.
—Trato de protegerte—la reto con la mirada.
—Si, claro—me doy media vuelta, pero antes me giro—. Papá me lo dirá.
Me alejo de la mesa con el rostro más tenso que el cuerpo. El aroma del desinfectante me irrita la nariz de golpe. Las luces blanca me caen encima. El frio del edificio me eriza la piel.
Pero nada va a detenerme ahora.
Quiero saber lo que pasa. Qué relación tiene esto con lo que pasó con Erick, y con el hecho de que Hanson Russell visitó la casa y habló con ellos momentos antes de que todo se fuera a la mierda. Seguro tiene relación. Seguro todo esto es peor de lo que imagino.
El miedo de la posibilidad me cruza por el pecho. La ansiedad en el estómago es real.
Hanson no es un don nadie. Es un criminal buscado por la policía por asesinar a una mujer e intentar lastimar a otra.
Es un tipo horrible.
Cruzo el ultimo pasillo y la puerta está frente a mí. Las personas entran y salen. La sala de espera está llena. Los médicos nombran apellidos.
Y yo me quedo paralizada al ver la salida. Esa tonta idea de que Hanson tiene algo que ver con todo me tensa.
Me muerdo el labio y me decido a salir.
El aire caliente hace un contraste brutal con el frío del hospital. Doy dos pasos, y un hombre se mueve frente a mí.
La calma de sus pasos resuena más que todo el ruido del exterior. Su porte oscuro me atrapó al punto de detenerme. Sus ojos, son de un azul tan profundo, juro verlos oscurecer cuando se fijan en mí.
Trago saliva.
Es alto. Dios.
Tan alto que tengo que mirar hacia arriba. Los músculos se le aprietan en la ropa.
Parpadea una vez.
—Madison Russell—su voz es ronca. Arrastra mi nombre con pereza.
No pregunta. Sabe quién soy.
Se me congela la respiración.
No sé quién diablo es. Ni de que alcantarilla salió, pero no le voy a dar el gusto de intimidarme. No me importa si viene por órdenes de Hanson o de cualquier idiota que se cree con poder.
Si no siente mi miedo, no vale. ¿No?
Le hago un gesto de asco. De fastidio.
—No—digo seca.
Avanzo con una valentía falsa que se va a desmoronar al primer signo de peligro.
Mi estupidez alcanza el nivel perfecto.
Paso por su lado, solo para que sienta que no me intimida.
Al segundo su mano se levanta con un sonido seco de la fricción de su chaqueta. Me atrapa. Sus dedos son grandes y gruesos. Su mano se cierra en mi brazo escuálido y pequeño.
El corazón me late. Grita peligro. Me tenso tanto que me duele la espalda.
Él ni se inmuta. La ventaja es estúpida y descarada.
—No sabes mentir—dice mirando hacia abajo. Buscando mis ojos.
Su calma me desespera.
—Suéltame—le sostengo la mirada.
—¿Estás haciendo un berrinche? —pregunta.
¿Es estúpido?
No dejo de verlo. No bajo la mirada. Si va a matarme que lo haga de una vez. ¿Me va a estrangular? ¿Me romperá el brazo?
—No es un berrinche. Solo no me gusta que me toquen los extraño—escupo con desdén.
Veo un destello de sonrisa. Pequeña. Un gesto divertido que apenas le cruza los labios.
—Mi nombre es Alexander Hayes—se inclina un poco—. Soy tu guardaespaldas—susurra con una sensualidad que ofende.
No lo admito, pero mi cuerpo se relaja. La adrenalina me sigue sacudiendo el pecho. Me doy cuenta que me sudan las manos. Que asco.
Cuando mamá dijo que papá se encargaría, no mintió. El viejo fue rápido. No me dio tiempo de procesarlo.
Me sigue molestando que se me oculte la verdad.
Escucho pasos apresurados detrás. Pisadas fuertes.
Alexander se endereza y me suelta.
—¡Madison! —Hazael.
El calor de Alexander se queda pegada a mi brazo. La sensación de sus dedos aun es caliente y más firme de lo que debería.
—Él es Alexander y…
—Ya me lo dijo—me giro—. Pero no creo que…
—¿No valoras tu vida? —su voz pasa como un gruñido animal.
Me giro completo hacia él. Y de nuevo nos retamos con la mirada.
—¿Disculpa? —intento sonreír, pero no me sale fingir amabilidad cuando no la siento.
—Te disculpo.
—¿Qué? —doy un paso hacia él.
Luego veo su maldito tamaño y mejor retrocedo otra vez.
—Alex, ella no lo sabe—dice Hazael.
Claro que no. ¿Qué mierda voy a saber si él y todos callan? Es ridículo.
—Debería—me sigue mirando—. Aquel que ignora el peligro, usualmente comete todo tipo de estupideces y se pone en el blanco constantemente.
Se me frunce todo lo que no debería. No quiero pensar que insinuó que soy estúpida. Y aun así lo pienso.
La postura de Hazael es no decir la verdad incluso en este momento. La tensión entre Alexander y Hazael está casi reventándose. Las miradas son claras. No decir nada. Sin mover un solo musculo sé que el guardaespaldas cede ante mi hermanastro.
Finalmente, esos ojos azules bajan a los míos. Con un sutil movimiento de cabeza, me ordena que camine.
Subo las cejas y se me abre la boca. Me indigna que me dé una orden así. ¿No sabe que soy su cliente? ¿Qué puedo llamar a sus superiores y echarlo tan rápido como llegó?
—La llevaré a casa—no me dice a mi—. Roger la espera. Vamos.
Otra orden.
Hazael solo asiente con cara de cachorro asustado. Acepta. Casi me grita con los ojos.
Otro gesto de fastidio y camino.
Ya tenía la idea de ir a casa en primer lugar. Así qué pensándolo bien, no me está ordenando nada.
Mi vestido se hondea con el aire caliente. Los risos se me pegan a la cara. Siento sus pasos grandes. Firmes. Viene detrás de mí. Su mirada se me clava en la espalda.
Meto la mano en el bolsillo y saco las llaves de mi auto.
—Yo conduzco—me giro—. Lo haré a partir de ahora.
Extiende la mano. Tiene esa voz de mando que es desagradable. Hasta ahora todo suena a la orden de un maldito general. Como si yo fuera su peón o su esclava.
¿No puede decir por favor?
¿No tiene modales?
Ni siquiera me molesto por hace ese juego de miradas. Ni retarlo. Parece que el señor Hayes ya sabe muy bien como jugar, y es un experto. Oscuro y letal experto.
Le entrego las llaves sin mirarlo.
Bajo la guardia.
Por ahora.
Cuando llego a casa, lo primero que veo es el caos desatado en cada área verde. Dentro y fuera de la casa.
Bajo del auto con una calma que desconozco en mí. No entiendo nada, pero la tensión de algo peligrosa se respira en el aire. Es nauseabundo. Asusta.
—¿Qué es todo esto? —pregunto una vez que Alexander está a mí lado.
Colocan más cámaras de seguridad. Hay hombres esparcidos en lo que creo puntos estratégicos. Dios. Están armados.
—Nadie hará un movimiento sin que yo lo sepa—dice con calma.
Eso no me tranquiliza. ¿Cómo se supone que no deba temer con esto pasando?
Es un atropello bien elaborado. Me siento emboscada. Mi casa ya no es mi casa. Es una maldita fortaleza.
Y mamá dejó claro que todo esto es por mí. No fue tan directo pero la presencia de Alexander lo refuerza.
—Gracias por traerla, Alexander—escucho a papá.
Tardo segundos para mirarlo. Mi atención está en todos los movimientos.
Y en el hecho de que mi vida no será igual. No sé hasta cuándo.
—Papá—mi voz en un hilo.
Roger Russell no espera que yo diga nada más. Toma mi mano y me abraza. Los brazos de papá siempre son un consuelo. Me llena de una energía que a veces olvido que necesito pero que siempre está ahí para recargarme.
Huelo su perfume eterno, ese que jamás ha dejado de usar desde que tengo seis años.
—Tú vas a decírmelo. ¿Verdad? —digo contra su pecho. Ahogada por el perfume y su calor.
No me responde rápido. Eso me tensa. No quiero más secretos, más palabras a medias.
Me separo un poco y lo miro fijamente. Sus ojos son los míos.
—¿Recuerdas nuestra promesa? —sonríe.
Lo dijo cuando se divorció de mamá. Lo prometió todo el tiempo mientras yo lloraba cuando se marchaba.
No secretos. Siempre la verdad.
—La recuerdo. Pero ya estoy viejo —finge esa fea voz de anciano. Se toca la espalda como si de verdad le costara estar de pie—. Ya se me olvida todo y…
—¡Papá! —se ríe.
El viejo solo está jugando.
No se puede hablar enserio con él.
Miro sobre mi hombro. Alexander sigue ahí como una estatua. No se mueve. Solo observa. Silencioso. Parece peligroso.
—Ven, princesa.
Entramos a la casa. El aroma familiar de todos los días no es suficiente para bajar la tensión de mi cuerpo. La preocupación me hace un nudo en el estómago. Es horrible.
Él se sienta. Yo no puedo. Estoy de pie con Alexander detrás de mí. Empiezo a creer que si es un pero guardián.
—Hanson estuvo aquí, lo sabes. ¿No? —asiento. Trago el nudo—. No vino exactamente a saludar. Mi primo no tiene límites y lo dejó claro.
—¿Qué quieres decir? —di un paso. Y me temblaron las piernas.
—Que ofreció dinero por ti.
Sonrío nerviosa.
Lo entiendo. Mierda. Entiendo lo que papá quiere decir.
—Quiso comprarte—lo suelta. De esa forma tan cruda de decir la verdad cuando se lo propone.
El miedo real descendió sobre mi como una sombras oscura y pesada. Escuché un maldito zumbido en los oídos. Y por un segundo la visión falló.
Hanson no era un simple hombre aturdido por las vida. Está loco. Es un psicópata que asesinó a la mamá de Tamara. Fue horrible. La quemó viva.
Doy otro paso al frente.
Papá está serio. Nada normal en él.
—¿Qué quiere de mí? —mi voz apenas sale.
—No fue claro—sus ojos se desvían ligeramente hacia Alexander—. No es nada bueno, princesa. Por esa razón, Alexander y toda esta seguridad está aquí. Para protegerte.
Me abrazo a mí misma.
Papá no lo piensa y me abraza.
Me muerdo el labio. Los ojos se me llenan, pero no lloro. No quiero. Ni aunque sienta el miedo cortarme el pecho.
—No te preocupes—quiero pegarle—. No llegará a ti. Lo prometo.
Niego.
Estoy llena de miedo.
De impotencia.
Porque Hanson con su sola presencia llenó mi vida de caos. Es un plaga que donde sea que toca lo contamina. Destroza las vidas de aquellos que tiene la desgracia de cruzarse con él.
¿Por qué la policía no lo ha atrapado?
—¿Y Leo no está en peligro?
Papá me mira con una ligera sonrisa. Miente. Está preocupado.
—No lo creo. Nadie sabe dónde está.
Ese maldito. Tengo dos años que no se de él. Solo desaparece y llama cuando nos recuerda.
El móvil de papá suena. Me da un beso en la frente y sale de la casa a responder la llamada. Lo sigo con la vista hasta que la puerta se cierra detrás de él.
Me quedo con su imagen. Si Hanson ya mató una vez. ¿Qué asegura que no lo haga de nuevo?
La presión en el pecho me sigue ahogando. No fue como cuando era niña, que con el abrazo de papá todos los problemas desaparecían. El dolor de estómago se iba. El enredo de mi cabello mejoraba.
Exhalo.
Alexander no se mueve. Es un muro denso e inamovible. Las manos las tiene hechas puños. Conteniendo algo. Está tenso también.
—¿Qué quiere de mí? —le hago la pregunta a él.
—Imagínalo.
Cruza los brazo sobre su pecho.
No quiere que imagine eso. Si desato esa cuerda de mi cabeza jamás va a parar.
Él ni se inmuta por mi miedo. No le molesta mi desesperación. No tiene empatía. Ni siquiera para decirme un poco más que mi padre.
—No quiero imaginarlo—digo molesta—. Quiero que me lo digas.
—No estoy autorizado.
Pongo los ojos en blanco.
—Que hermosa justificación de mierda. No soy una niña.
Inclina el rostro y sonríe. Una sonrisa de medio lado. Oscura.
Baja los brazos y da un paso, yo retrocedo dos.
—Lo veo. No eres una niña —la sonrisa le muere en los labios.
Sus ojos me escanean de arriba abajo, pero lejos de sentirme acosada. Siento que me ve el alma. Que me conoce
—Ya que deseas ser tratada como una niña te haré un par de preguntas—da otro paso—¿Tienes novio? ¿Amante? ¿Alguna mierda que te busque para tener algo contigo? —frunzo el ceño. Pero él no se calla—. Quiero nombres. Todo tipo de detalles del sujeto.
Me quedo muda por segundos. Tiene una actitud muy segura que me aniquila cualquier respuesta.
—No, no hay nadie, pero…
Apenas logro decir y da otro paso. Mierda. Es tan gigante. Tengo que mirar hacia arriba.
—Y no lo habrá hasta que te saquemos de esto. ¿Quedó claro? —negué—. No puedes salir con nadie. Cualquier persona desconocida puede ser socio del enemigo. Mi manera de trabajar es la siguiente: tú, eres mía. No caminarás un solo paso sin que yo lo sepa. No harás nada sin mi permiso. ¿Ahora si quedó claro?
Me irrita.
El tipo cree que tiene demasiado derecho sobre mí. Es cierto que estoy en peligro y tengo miedo. Pero se excede en sus funciones y quiere controlarme.
Y nadie me ha controlado en mi vida.
Doy un paso. No le tengo miedo.
—No vas a controlarme. Ese no es tu trabajo.
Clavo mis ojos en los suyos. Son hermosos, azules. Toda su aura es peligro.
Curva una ceja. Apenas se ve una mueca de diversión. Cruza los brazos. Dios. Se ve más ancho.
—Si lo haré. Déjame te explico, Melanie—abro la boca, pero levanta la mano—. Puedes llegar a detestarme. Y la verdad no me importa. Lo único seguro es que interpondré mi vida sobre la tuya si es necesario.
Busqué una falla en sus palabras. En su postura o en ese rostro perfecto, pero no hay nada. No hay duda. No alardea. Es una certeza que deja claro con todo su cuerpo.
Paso saliva afectada levemente. Es intenso. Demasiado.
No juega y no creo que yo deba hacerlo tampoco.
—Eres muy seguro Alexander—ahora yo me cruzo de brazos—. Pero no puedes interponer tu reglas. Tu debes protegerme donde yo me mueva. No tienes derecho sobre mí y tampoco lo voy a ceder.
Hace un gesto de alguien que ya escuchó suficiente. Alguien que ya dijo todo, pero aun así tiene que esforzarse y no quiere, pero tampoco tiene de otra.
Su mano va a su bolsillo trasero. Me muestra un papel que desenrolla.
Da un paso y otro. Mi espalda choca contra la pared y su sombra me traga por completo.
Mi corazón golpea fuerte. El aire se atora en mi pecho como si algo estuviera ahí apretando.
—¿Ves esto? Es un contrato, Melanie—mierda—. Aquí dice que tus derechos son míos. Así que sí, yo tengo el control de tu vida.
Agarro aire contra la opresión de mi pecho. Me trago su perfume. El aroma me revienta la nariz como el mejor afrodisiaco del maldito mundo. ¿Cómo alguien puede oler tan bien?
Intento clavar las uñas contra la pared.
No me puede estar pasando esto. Me siento agitada. Tengo calor.
Y mis malditas mejillas son como un traición que me apuñala por la espada. Son mis enemigas número uno.
Es ofensivo como pretende controlarme. Mi opinión no cuenta. Me frustra.
Guarda el documento en el bolsillo.
—No tienes opciones. Soy yo, Melanie—dice con voz grave.
—No soy tu prisionera. No me trates como tal.
—Eres un objetivo—se acerca y baja hasta que su rostro queda frente al mío—. Y mi deber es protegerte. Y lo haré.
Su presencia plantada delante como un jodido roble. Un muro que no logro cruzar. Sus ojos azules son una sentencia de control y autoridad.
—Haré de mi vida como mejor me parezca…—sonríe ladino.
—Lo dudo—sus ojos brillan con advertencia—. Porque si pones un pie fuera sin mi autorización, te traeré de vuelva a la fuerza. Y créeme que no te gustará la forma en que lo haga.
Lo miro con incredulidad. Es un maldito dictador. ¿Qué confianza tiene para hablarme así?
—Esto es ridículo—murmuro.
Aparto la mirada. No me rindo, pero no quiero pelear más.
—No voy a ceder tu vida a nadie—advierte con esa intensidad que me causa escalofríos.
Da un paso hacia atrás. Se aleja. Se siente como recuperar el control. Doy una bocanada de aire muy disimulado. No respiraba o ¿sí? Ya no lo se. Me perturba. Siento que estuve debajo del agua más de lo que podía resistir.
—Necesito que más tarde me muestres tu habitación—pide como si ya hubiera ganado.
Lo miro confundida. No tiene sentido lo que pide.
—Protocolo, Melanie.
—Me llamo, Madison—digo con la mandíbula tensa. Harta.
—Lo se.
Nos quedamos mirándonos. Me analiza con tanta profundidad.
No había conocido a nadie así. No a un elemento de seguridad con esa aura tan densa. Con ese autocontrol y autoridad desfasada de la realidad.
Alguien aparece y lo llama.
Alexander se gira y se marcha.
Sus pasos con lentos.
Es como ver a una pantera buscando a quien casar.