1 Sebastian Villalaz
Llegar a un colegio nuevo es como caer en una fiesta a la que nadie te invitó: todos ya se conocen, ya tienen sus grupitos, y vos estás ahí paradote con cara de “¿y ahora qué hago, quién me adopta?”.
Soy Sebastián Villalaz, vengo desde Panamá, y aunque mi mamá me dijo que “no esperara gran cosa”, yo ya traía la idea fija de hacer un millón amigos. Y bueno… no habían pasado ni diez minutos cuando alguien se me acercó.
—¡Ey, vos sos el nuevo, verdad? —me dice un tipo con una sonrisa de esas que parecen permanentes.
—Depende, ¿nuevo en qué? —le respondí serio.
—En el colegio. —y se echó a reír.
—Ahhh, en eso sí… en meterme en problemas ya tengo experiencia.
Se rió, me reí, y así de rápido conocí a Jose Esteban. Fue como mi primer amigo en troya.
—Vení, te voy a presentar a mis chakalitos —me dijo, jalándome hacia donde estaban dos más.
—Villalaz, ellos son Oscar y Miguelangel. Y Oscar, Miguelangel, él es Villalaz, el nuevo. Viene desde Panamá. —anunció Jose, emocionado como si me estuviera vendiendo.
Oscar me saludó rápido, esta bien. Pero cuando me crucé con los ojos de Miguelangel… sentí ese cosquilleo raro en el pecho que no te esperás el primer día de clases.
—¿Qué tal? —me dijo él, con una sonrisa que parecía muy tranquila y una voz grave queme erizaba la piel.
—Bien… sobreviviendo a que todos me miren como si fuera retrasado. —contesté.
Él soltó una risita breve, como escondida. Y yo pensé: ok, aquí pasa algo.
—¿Y qué tal te parece el colegio hasta ahora? —preguntó Oscar.
—Todavía no sé qué es más grande: el colegio o la lista de tareas que ya me advirtieron que dejan.
—JAJAJA, de eso no te escapás. —José se dobló de la risa.
—Pero tranquilo, uno se acostumbra. —Miguelangel me miró fijo cuando dijo eso.
Yo, que nunca me sé quedar callado, le tiré:
—Pues si vos me vas a dar clases particulares, mejor me tiro de un puente.
Lo solté sin pensar. Oscar y José hicieron un “uuuuuuh” de burla. Yo traté de hacerme el loco, mientras Miguelangel solo se rascaba la nuca con una sonrisa medio nerviosa.
—Ya vieron, primer día y este man ya tira factos. Ídolo. —bromeó Oscar.
—Qué te digo… Panamá exporta café, molas… y encanto, mi amor.
Los tres se rieron como si hubiera contado el mejor chiste. Miguelangel también, pero su mirada se quedó un poco más en mí de lo normal.
El recreo se nos fue platicando de todo: música, comida, lo feo que es madrugar. Pero la verdad es que, sin darnos cuenta, yo hablaba más con Miguelangel que con los otros dos. Como si lo demás fuera ruido de fondo. Todo se sentía fácil, como si nos conociéramos de antes.
Cuando sonó el timbre, Miguelangel me dijo:
—Mirá, después de clases vamos a juntarnos en la casa de Oscar. ¿Te apuntás?
—Obvio, no vine a hasta Guatemala a aburrirme.
Él sonrió. Y no sé si solo fue mi imaginación, pero me dio la sensación de que me estaba viendo diferente. No como al “nuevo del salón”, sino como a alguien… especial.
Ese fue mi primer día. Y aunque intenté hacerme el indiferente, la verdad es que regresé a clases con una sonrisa que no se me borró en toda la tarde.