El problema del príncipe

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Una meretriz llega al palacio. Su reputación la precede y viene con un solo encargo: salvar al príncipe que, hastiado de lujos y perversiones, ha enterrado su virilidad.

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El problema del príncipe

La prostituta camina imponente entre los pasillos del palacio; detrás de ella, un séquito de varios hombres de múltiples contexturas la acompañan, todos sumisos a su voluntad. La dama viste un conjunto de telas rosas transparentes que envuelven su cuerpo al completo acabando en un velo que cubre su cabello, se puede apreciar debajo de la seda un juego de ropa interior provocativo; una sola pieza de cinturones une su sostén con sus bragas. Todo ello decorado de pequeñas gemas que brillan y chocan entre ellas, produciendo un tintineo provocativo. Detrás, los hombres visten ropas varias, la mayoría bastante descuidadas.

Cuando llega a una de las habitaciones principales, la guardia real la recibe y abre la imponente puerta. Por fin puede confirmar que todo está tal como había pedido, en el centro de una gran habitación vacía se encontraba el príncipe, con ambos brazos atados al respaldo de una silla, completamente inmovilizado y desnudo; su objetivo, exactamente lo que ordenó.

—Por fin te apersonas meretriz —reclamó el amarrado—, no sé quién te crees para hacerme esperar tanto —su actitud era altanera y déspota, una genuina molestia solo propia de la realeza enquistada en sangre.

—No eres tú el que contrata mis servicios —replicó la mujer sin miedo alguno—, los tiempos los manejo yo; resultaba necesario hacerte esperar —redobló su apuesta, a la vez que se movía a un lado para dejar entrar a su séquito.

Más de una decena de hombres entraron a la habitación y se colocaron ordenadamente en torno a las paredes del sitio. Sin cortarse, empezaron a despojarse de sus vestimentas. La líder, entretanto, se acercó al noble con una expresión burlona; llevaba décadas dedicadas a la satisfacción de los hombres, al punto de ganarse renombre por su efectividad, pero el caso que hoy la empleaba era especialmente patético: El rey fue un pésimo padre y no había sido capaz de educar correctamente a su hijo. No era extraño tampoco en la élite, no obstante, es grave ser incapaz de excitarse con tan solo veinte años. Era lógico, a su padre le preocupaba su descendencia, y un hijo tan roto que no podía ni siquiera despertar su herramienta; sería totalmente incapaz de engendrar herederos.

—¿Y Furcia? ¿Cuál será tu receta mágica? —seguía prepotente con los reclamos, dejando clara su incredulidad—. Te advierto que, desde ya muy joven, he probado mujeres de todas las naciones y edades, todas las formas y colores, todos los tamaños y figuras. Difícil veo que una barata como tú pueda ofrecerme algo nuevo.

—Sí, me hablaron de tus aventuras; así como de tu falta de límites —reconoció ella, consciente de que estaba en posición de alardear de su bagaje sexual, incluso sabía que estaba quedándose corto—. Tu padre nunca aprendió a controlarte, por eso me contrataron —declaró confiada, mientras bajaba hacia la entrepierna del aristócrata.

Frente a ella podía ver el miembro flácido del hijo único, se hallaba recostado de manera lamentable sobre el asiento sin ninguna vida o fuerza. Normalmente, el trabajo de levantar la hombría de sus clientes era la parte más sencilla, sobre todo con su envidiable belleza, pero tenía claro que esta sería una de las complejidades del encargo. Aun retirando la piel sobre el glande y masajeando cortésmente el miembro, no había ninguna respuesta. Podía escuchar como él se reía con sorna; sin embargo, ella no iba a renunciar por tan poco; se apoyó sobre las rodillas del mustio y acercó los labios a su oído, presionando su considerable pecho contra él.

—¿Qué quieres hacerme? Puedes pedir lo que quieras —intentó una aproximación directa.

—Jajaja —ahora sí partió la risa del vástago, le parecía un pedido ridículo—, ¿te crees que yo no tuve oportunidades de hacer lo que quisiera? Hace rato ya he satisfecho el peculiar deseo de someter a basura como tú con algunas monedas de oro; de las primeras cosas que busqué, en realidad. No creas que puedes ofrecerme nada nuevo ¡Cerda! —escupió a la susodicha—. He penetrado cuanto agujero he querido, incluso creados por mí. He ultrajado cuerpos de todas las formas posibles y con eso apenas inicia el recuento de mis aventuras.

—Pero, hoy en día no puedes penetrar nada con eso —devolvió la cortesana, que ganaba distancia.

—Sí, porque me he aburrido, de tanto jugar hasta hartarme —promulgó orgulloso—, no sé cómo has hecho para engañar a papá con tu renombre; pero una puta pobre como tú jamás sería capaz de superar los placeres de la nobleza.

—Supongo que estás en lo correcto —lo contentó, pero todavía tenía muchas cartas en su baraja. Volvió a su entrepierna—, parece que este agujero también penetraste —señaló, levantando el miembro flácido, al notar la pequeña boca de la uretra dilatada.

El príncipe esbozó una expresión burlona mientras la meretriz hurgaba con su uña en el diminuto canal peneano, le sorprendió cuánto era capaz de dilatarse hasta el punto de absorber parcialmente la punta de su dedo. Probó tirando de los vellos que tenía en sus testículos, pero tampoco notó reacción alguna; categóricamente, había quemado todo tipo de sensaciones sobre su cuerpo. Intentó chupetear el miembro, que como gelatina escapaba y se removía dentro de su boca, tampoco consiguió nada. Finalmente, chasqueó sus dedos y a su alrededor, los hombres desnudos empezaron a satisfacerse a sí mismos.

—Je ¿Te piensas que en mis años de locura no he probado la carne de otros hombres también? —se jactó el noble, aunque a ella no le sorprendió; para el punto en el que se encontraba, era normal que hubiera consumado con todo tipo de cuerpos.

—No son para ti —le dejó claro—, es para que me divierta yo.

—Entonces buscas excitarme mediante observar el placer ajeno, no mentiré que fue uno de mis mayores vicios en su momento; pero lo lamento, después de haber comprado la voluntad de tantos para forzarlos a procrear, de haber visto a escondidas tantas relaciones obtusas, de haber pagado a tantos padres para que conciban con su descendencia y sucesivamente; nada me puede sorprender ya —todo el vigor que había perdido su sexo, se encontraba acumulado en su orgullo.

—Ja, intentas adelantarte a mí, pero te encuentras tan equivocado —lo provocó, con solo estos minutos se había hecho una idea muy clara de qué tipo de persona era—. Pero aun con toda esa experiencia detrás, no puedes ni siquiera darme algo en condiciones para agasajar.

Uno de los hombres del fondo, alto y corpulento, se acercó agitado a la prostituta, desesperado, apretando su turgente tronco. Ella, al notar que se encontraba a punto de acabar, no tuvo reparos en ignorar al presuntuoso futuro heredero con tal de girar su cuello y recibir el miembro del seguidor en su húmeda y habilidosa boca.

—¡Amor! ¡No puedo más! —profirió el súbdito en medio de un duro esfuerzo por contener su carga.

El pene se hundió en el resbaladizo y placentero interior, la lengua de la ramera recorrió hasta el rincón más diminuto e inaccesible con experta técnica. Llevando más allá del límite al ya a punto de estallar macho, que mordía sus labios y miraba al cielo en un vano intento de contenerse, mientras que los gemidos ahogados escapaban de su boca dejando clara su perdición. A la vez, la capaz artífice apretó las blandas intimidades del príncipe, sin importarle lastimarlas.

—Debes ser demasiado inocente para creer que no probé en mi vasta experiencia con máquinas de tortura —continuaba, indiferente al daño—, al final eres igual a todas las otras mercancías baratas de los burdeles. Tu reputación no es más que…

—¡Aaahhh! —el gemido del otro hombre cortó la vanidad del príncipe—, no puedo… más… —la sonora respiración dejaba patente el pronto fin.

El inevitable clímax del corpulento había llegado, arqueó la espalda y agarró la cabeza de su perdición, manteniéndola bien cerca de su pelvis. Quedó con los ojos en blanco, por completo estático y perdido mirando al cielo mientras hincaba levemente las rodillas, solo le preocupaba proveer hasta la última gota del albo y espeso fluido a las fauces de su amada. Mientras, la astuta zorra apretó más fuerte la desvigorizada intimidad casi a modo de castigo, retorciéndola y estirándola en lo que llenaban del caliente líquido su boca.

Tras acabar de depositar, el corpulento separó la cabeza de su intimidad. Retirando su miembro, ahora lustrada por el excelente trabajo, que ya empezaba a perder fuerza. Casi como un acto reflejo acarició la cabeza de ella, que ahora jugaba con el pecaminoso fluido en la boca. Dejó en paz el miembro del ilustre, que seguía enano y débil. Cuando el corpulento se retiró, volvió hacia la entrepierna del encargo que le ocupaba.

Ahora con más delicadeza, tomó el aquejado instrumento con sus dos manos como pinzas y retrajo nuevamente la piel. Apretando el glande expuesto, desde el eje del frenillo, logró ensancharlo y abrir el delicado par de labios que cuidaban su interior. Sacando su lengua hacia afuera dejó caer un fino hilo acuoso de la mezcla entre simiente y saliva que guardaba entre sus labios. Formando una sensual y fina cascada del íntimo producto, permitiéndole ingresar en la dilatada uretra de su objetivo.

—Seguro una ramera como tú piensa que yo jamás… —empezó otra vez, para ser interrumpido.

—Igual habla demasiado, su majestad —la mujer se había acercado a su faz en un instante—. Lo único que sé es que funcionó —sonrió, a la vez apretando el tronco del miembro que se había inflado, ganando grosor, pero seguía blando—. ¿Por qué mejor no deja a la puta barata hacer su trabajo? —festejó cínica cada palabra sobre el acomodado príncipe, hablándole bien cerca del rostro para que sienta el carnal aliento del genital de su sirviente; aquel que lo había hecho despertar.

—Querida, yo también te deseo —suplicó un viejo escuálido que se había acercado por el otro lado.

No hubo vacilación en ella al recoger en su húmedo interior al sexo del anciano; entre tanto se aproximó un joven de muy buena musculatura que se apresuró a ponerse detrás de ella. Le consultó si podía, refregando su vulgaridad sobre el velo que cubría sus cabellos, ella accedió retirándolo para su disfrute; con el camino despejado, el fibroso recogió parte de la melena y empezó a penetrarla perdido en el goce. Aun así, pese a la suma de estímulos, para la prostituta había solo uno que era importante, aquel por el cual le habían contratado, los genitales de su cliente. Todavía sin recuperar el rigor, empezó a masturbarlo aprovechando su aumento de tamaño.

El príncipe no podía entenderlo, hacía varios años que su miembro impotente no despertaba. Había probado de todo para devolverle la vida, desde las drogas más excéntricas que le podía fabricar los brujos ambulantes, hasta las experiencias más extremas. Cómo podía ser que una simple furcia, que se limitaba a jugar con el extracto febril de la virilidad de sus sirvientes y ensuciarlo con ello fuera suficiente para generar una mínima reacción. No era capaz de entenderlo, más cuando él ya había experimentado ese tipo de torcidos placeres. Había obligado a su guardia a ordeñarse para tragar ese licor mientras se acostaba con sus esclavas. En su momento forzó a extraer las primeras leches de hombre de varios como si fueran animales para saciar su curiosidad por la diferencia de sabor, e incluso, en su búsqueda de remedios al problema que lo atañía, se había bañado en tinas rellenas hasta arriba del producto espeso y grumoso.

Sin embargo, eso tampoco le generaba nada, era uno más de los lujos que se podía permitir. En lo que se perdía en sus pensamientos, el anciano había llenado nuevamente la boca de la meretriz y esta se disponía a volver a verterlo sobre el miembro cuando, el musculoso de detrás también eyaculó, disparando su producción hacia el príncipe, derramándola sobre el estómago real. La prostituta no tardó en pasar a buscarlo con su lengua, dejando impoluta la zona y volviendo arriba del miembro. Mezcló en su interior los fluidos de ambos sementales para luego verterlo sobre el pene. Recubriéndolo de un blanquecino y burbujeante lubricante natural, que iba a distribuir y masajear con su experta mano. Luego miró al maniatado, con una sonrisa traviesa; eso que antaño no le habría producido absolutamente nada, ahora consiguió que empezara a recuperar la firmeza.

—No tiene sentido… —alcanzó a cuestionar.

Cuando tres hombres más, todos de diferentes contexturas y perfiles, se aproximaron urgidos del calor de la dama. El más urgido era un joven que se puso en medio de la pareja, él podía ver de cerca cómo su pene pulsaba fruto de acercarse al final; ella estaba más lejos y por debajo del proveedor, así que no le quedó otra que abrir la boca para recibir el líquido como si se tratara de un vulgar balde. Se notaba que el inexperto intentó apuntar, pero fue un fracaso; su jovial arrojo era desmedido, chorros y chorros del blanquecino fueron disparados, solo la mitad acabó en su boca. El resto impactó contra su barbilla, luego recorrió su cara para derramarse y caer sobre la intimidad del hijo de alta cuna. Igual, sin importar la puntería, iban a acabar en el mismo lugar.

Así gradualmente fueron acercándose más y más. En un punto estaban rodeados de hombres desnudos, un coro de diferentes ruidos de rozamiento de piel y esporádicos gemidos que volvía pesado el ambiente. Gradualmente, se iban acercando para depositar en el cáliz su aporte vital, mientras su destinataria amablemente los recibía; mientras los hombres chorreaban lo mejor que podían dentro de ese recipiente natural, a veces enchastrando el suelo o el cuerpo del sometido, ella observaba fijamente, con sus ojos azabaches bien abiertos, a su principal objetivo. Una mirada fija y punzante, una capaz de arrancar el alma del cuerpo; aun en todo este baile de éxtasis, parecía solo concentrada en su verdadero motivo, su deber profesional.

Ahora el miembro se encontraba cubierto en un menjunje lechoso, con grumos y burbujas. A la vez que turgente y lleno de vitalidad, inflamado y duro, tanto que se le marcaban las venas en torno a su tronco. Brillaba por los fluidos que lo humedecían y lubricaban, era muy joven la última vez que vio a su hombría con aquella vitalidad. Le costaba creerlo, pero su puta, por el contrario, recién empezaba con el juego, formó en su rostro una sonrisa ingenua, mordiendo con los dientes superiores su labio inferior, contenta de poder estrujarlo en condiciones. Puso sus dos manos en su tronco y empezó a ejecutar subidas y bajadas con giros.

—Ahora, te voy a sacar todo —anunció, provocadora, mientras largas gotas de deposiciones de sus acompañantes se bamboleaban desde su mentón.

Frenética empezó a masturbarlo con ambas manos, profiriendo profesionales movimientos circulares con el objetivo de alcanzar la máxima satisfacción de la carne. A su alrededor se agrupaban todos sus sirvientes, que tras haber evacuado, observaban atentos el espectáculo. La alta lubricación permitía a sus ágiles manos moverse con soltura ante el expuesto príncipe; mientras un murmullo perverso revelaba el chapoteo que surgía de la fricción con la vulgar sustancia. Sobre las bellas telas que la cubrían, así como sobre el cuerpo desnudo de él, habían restos de fluido desperdiciado; ya seco, formaba una fina capa brillante dejando patente su presencia.

Apasionada aumentó la velocidad, ahora jugando más con sus manos, bajando intercaladamente con cada una por el tronco, exprimiéndolo al doble de velocidad. Más y más rápido. Con cada movimiento el menjunje producía chasquidos incluso más húmedos y pegajosos, un squish que parecía tener textura propia, indistinguible de cualquier otra mezcla. Y a mayor velocidad, mayor eco hacía en su mente. Pensaba que había llegado al límite, pero el expertís de la zorra le llevaba vidas de ventaja, continuó aumentando hasta que…

—¡Agh! —se le atragantó, sin embargo, no alcanzó a terminar; Ella había retirado sus manos.

—¿Qué pasa príncipe? —sonrió burlona, apenas palpando con la yema de sus dedos el miembro—, parece que la puta barata te ganó —disfrutó cada palabra.

—Tú… —le faltaba el aliento— ¿Por qué?

—¿Le gusta la lechita que producen mis amores? —se mofó sarcástica—, no lo culpo, es de la mejor calidad.

Había llegado al límite, estaba a punto de revivir su sexualidad como antaño, y en ese preciso instante, todo le fue robado por la prostituta que le debía ayudar. Se sentía extraño, su pene seguía duro, pero estaba agotado. Ya debería haber eyaculado, pero no lo dejaban. Al notar que empezaba a relajarse, la meretriz comenzó a masturbarlo otra vez, salvo que esta vez desde el principio a la alta velocidad que lo había dejado antes. Todo volvía a empezar, su corazón volvía a latir rápido, su miembro volvía a ahogarse en placer y la sucia melodía retumbaba en la habitación, dejando clara la inigualable velocidad y habilidad de la artesana de su placer.

Un batir incesante y libidinoso, que le recordaba constantemente la pecaminosa amalgama que le había restituido la vitalidad. Todavía no entendía bien por qué, había algo en toda esta situación que lo había despertado nuevamente. Un experimentado turista sexual, que se había transformado en algo tan sensible y manejable como un inocente virgen. Lo tenía comiendo de su mano, aun con todos esos hombres desnudos mirándolo y con la asquerosa mezcla corrompiendo el ambiente. No, realmente eso solo mejoraba la situación. Ver cómo la prostituta miraba atentamente a su miembro con impúdico deseo; mientras escuchaba ese rumor espeso, masticable y glutinoso; cubierto por esa densa capa de crema opulenta y pesada; rodeado por el aroma de un festín prohibido. Y aun así solo podía traducir en los ojos de su compañera un hambre voraz, sin dudas insaciable.

— Mmm… —otra vez había llegado hasta el límite, otra vez su agasajadora se había dejado a medias el trabajo, otra vez la amarga sensación de estar a punto de liberarlo todo y fracasar.

—Jejeje —la prostituta se retiró mientras se burlaba de la situación del príncipe—, es tan rica la lechita de mis amores —expresó llevándose a la boca la punta de sus dedos, no se iba a arriesgar a toquetear al aristócrata cuando estaba tan cerca del clímax, pero poco aguantó hasta que empezó a relamer sus manos olvidando el decoro; desesperada por el adictivo ungüento.

—Aaaa… —el príncipe estaba completamente abatido, aunque su cuerpo moría por soltar su carga reprimida, mientras su compañera tuviera el control poco podía hacer.

—Príncipe, si quiere acabar, solo tiene que pedirlo —señaló la tirana, atacando directamente al ego—. Yo estaré encantada de probar esta prestigiosa leche real.

—¿Podrías? —solo pudo decir, mientras recuperaba el aliento.

—No es así como se piden las cosas —le recriminó—, pobre hombrecillo —aun así, empezó a masajear su glande con la yema de sus dedos—. Tendrás que soportar una vez más para volver a intentarlo, una pena, quería probar tu sabor —empezó nuevamente a masturbarlo, sin mediar negociaciones.

El tiempo ya había conseguido que el lubricante natural se secara, pero ella mantenía la misma velocidad, provocando sensaciones más dolorosas sobre la piel. El príncipe pensaba que iba a explotar en cualquier momento, cada movimiento de muñeca era una oportunidad más para saltar al vacío, pero sabía bien que antes de que pudiera, lo cortarían nuevamente. Condenado a un ciclo de perpetua anticipación.

—Por… —suplicó— Por favor, déjame…

—Jeje, te ves tan lindo así —le señaló ignorando los ruegos y aumentando todavía más la velocidad, a una que no había alcanzado hasta ahora—. ¿Qué necesitas príncipe?

—Quiero alcanzar el clímax, por favor, déjame —rogó, abandonando todo orgullo, pero notó que su compañera parecía insatisfecha con el pedido—. Por favor princesa, puedes sacarme la lechita —para este punto no había ningún tipo de honor o nobleza, era uno más de sus sirvientes.

—Claro que sí señorito —sin embargo, la respuesta fue sorprendentemente positiva—. No te preocupes, ya te saco toda.

Dejó de recorrer el pene al completo, para limitarse a hacer veloces y apretados trayectos desde la punta hasta la coronilla. Mientras el príncipe solo deseaba dejar ir todo su líbido en la descarga, era incapaz de negar la electrizante sensación del sobreestimulo aplicado tan específicamente en sus áreas más sensibles. Resultaba imposible que una simple masturbación le estuviera llevando tan cerca del cielo, pero gran parte de ese mérito se lo llevaba la experimentada trabajadora sexual.

—Gracias —había entrado en modo automático, apenas era capaz de pensar correctamente.

—No, gracias a ti, tengo mucha curiosidad por cómo sabe tu lechita —señaló la puta que miraba directamente hacia el miembro con un hambre voraz, casi ignorando al noble que lo portaba—. Seguro no es mejor que la de mis amados, pero, algo tiene que tener de especial —aumentó aun más el ritmo.

—Yo… ehhh… aaghh… —no pudo evitar dejar escapar sus gemidos, estaba a punto y la meretriz había articulado un acelerón final, compenetrándose con su ritmo, acercándose al rojo e inflamado glande a resoplar por encima generando un contraste extremadamente placentero.

Tres disparos blancos surcaron los aires; la potencia y cantidad fue mucho mayor a la que experimentó el príncipe en su vasta vida. Los restos de semen terminaron repartidos sobre el cuerpo de su creador. La prostituta no pudo disimular su felicidad y se mordió los labios, sin esperar recorrió el cuerpo con su lengua recogiendo el valioso material, luego se acercó provocativa al rostro del noble. Allí abrió la boca para mostrar el cúmulo de untuoso y cálido, un manjar vivo de brillo nacrado; tembloroso y salino. Acercaron sus bocas, pero cuando estaban por fundirse en un beso, ella cerró la suya; tragando en sus narices el resultado de este arduo proceso.

—No te lo mereces —se burló en un susurro.

Meses después, en otro reino, la prostituta camina imponente entre los pasillos del palacio, detrás de ella un séquito de varios hombres de múltiples contexturas la acompañan, todos sumisos a su voluntad. Frente a ella, completamente alarmada, una señora mayor que se presenta como la ama de llaves le advierte del peligro.

—Es aterrador, de verdad mujer, vuelve por donde has venido —hay terror en su mirada—, nuestro conde es insaciable. No vale la pena. Es imposible cambiarlo.

—Es algo que escuché, como mínimo, más de diez veces —se burló la meretriz, acostumbrada a situaciones como esta—, confía en mi reputación.

—¡De verdad! Pensamos que sus peculiares gustos iban a menguar si le entregábamos a las jóvenes del pueblo —refutó indignada—, pero solo empeoraron. Y esas chicas no tuvieron lo necesario para aguantarlo y sobrevivir —se lamentó—. ¡Es peligroso en serio!

—No lo dudo, pero confío en mi aprendiz —notó extrañeza en su interlocutor—. Sí, no deberías preocuparte tanto por mí, yo no voy a entrar a ese matadero —para luego mirar al conjunto de hombres que la acompañaban.

En el centro de estos, una joven vestida en su totalidad de telas violetas transparentes. Tenía el pecho plano cubriendo sus pezones con un cinturón, los hombros anchos y una contextura esquelética. Llevaba una falda larga azul llena de pequeñas gemas que brillaban y chocaban entre ellas, con un corte dejando a la vista la pierna derecha, permitiendo entrever entre sus piernas una pequeña jaula de castidad dorada para controlar sus partes íntimas. Antaño era el príncipe, pero hoy tan solo vivía con el objetivo de algún día ser tan bueno como su maestra.

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