EL SEÑOR DE RAJAFÍSKHA LIBRO 1

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Summary

LA LEYENDA DE AZARETH: EL SEÑOR DE RAJAFÍSKHA "El Imperio no se rige por leyes, sino por deudas; y en la oscuridad, las deudas se pagan con sangre." Bajo el cielo color cobalto de la capital de Maramkra, el sol no brilla para todos por igual. Mientras el Emperador se sienta en un trono de oro marchito, el verdadero pulso del reino late en las sombras de la Mansión Del. Allí habita Muhad Lies Del, el Señor de Rajafískha, un hombre que no necesita coronas para dominar a los reyes. Para el mundo, es el soberano de los mares y el dueño de las monedas; para sus enemigos, es la araña en el centro de una red de acero y secretos. Pero el poder de la seda es frágil si no se protege con el filo de una daga. Zar, la heredera de la Casa Del, es una visión de fuego y veneno. Con su cabello rojizo como la sangre en el agua y sus ojos verde jade intensos como el Khayal más puro, ha sido marcada por el destino para ser algo más que una noble. Bajo la fría mirada de las Cinco Doncellas —espectros de belleza y muerte que sirven a su padre—, Zar debe aprender que la piedad es un lujo que la Casa de la Serpiente no puede permitirse. Desde los tejados donde el viento susurra secretos de traición, hasta los campos de batalla bañados en energía arcana, ella es moldeada para ser el arma definitiva. Sin embargo, las otras Grandes Casas están despertando. Los señores del acero, los maestros de la alquimia y los guardianes de los abismos conspiran para romper las cadenas de oro que los atan a Lies Del. Una guerra silenciosa se avecina, una donde no habrá ejércitos marchando, sino sombras degollando a otras sombras en el silencio de la noche. En un mundo donde la magia es un suspiro y la traición es una forma de arte, Zar deberá decidir si está lista para heredar un imperio construido sobre cadáveres o si su propia sangre será el precio final por el trono de su padre. Prepárate para entrar en Rajafískha: donde el oro compra el silencio y el acero dicta la verdad.

Genre
Fantasy
Author
Ariel LB
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1



CAPÍTULO 1

FLOR SALVAJE

Año 113 de la era imperial. Capital de Maramkra

El viento del mar traía consigo el olor salobre de la costa, mezclado con el humo de las antorchas que palpitaban en las calles. Desde lo alto de los tejados, Zar contemplaba el reino como un mapa desplegado ante sus ojos: las avenidas principales iluminadas, los arrabales hundidos en penumbra y, más allá, la línea plateada del océano que respiraba bajo la luna menguante, afilada como el colmillo de un lobo hambriento.

Apenas una sombra entre las luces, Zar se deslizaba con la agilidad de un espectro. Sus pasos eran silenciosos, su respiración contenida y su mirada estaba fija en el objetivo: un hombre de porte elegante que avanzaba con paso seguro hacia los arrabales. Dos guardias lo escoltaban, atentos, con la mano siempre cerca de la empuñadura de sus espadas. Pero ninguno de ellos miraba hacia arriba; ninguno sospechaba que, sobre sus cabezas, la cazadora ya había marcado a su presa.

Las calles hervían de vida: mercaderes que cerraban sus puestos, borrachos que cantaban en las tabernas y mendigos que se arrastraban entre las sombras. Zar los observaba desde la altura, invisible como un dios menor que decide el destino de los hombres. La ciudad era su tablero, y cada tejado, cada sombra y cada rincón oscuro era una pieza que movía a voluntad. Entonces, se detuvo un instante. Con calma ritual, sacó de su cinturón la máscara blanca marcada con la flor de azahar. La sostuvo frente a su rostro como si fuera un espejo de su destino y, con voz baja y firme, pronunció el mantra del gremio:

—¡La muerte es nuestra sombra! ¡Nuestra sombra es nuestra guía! ¡En la oscuridad encontramos la luz! ¡Y en la muerte encontramos la vida!

El eco de sus palabras se perdió entre los tejados como un juramento sellado bajo la luna menguante. Zar se colocó la máscara y, en ese instante, dejó de ser mujer para convertirse en espectro.

De un salto se dejó caer hacia un callejón largo y oscuro, un pasaje que terminaba en una sola puerta custodiada por hombres corpulentos envueltos en traje. Desde la distancia, vio cómo su presa, con unas cuantas palabras, se abría paso ante los guardias y desaparecía tras la puerta. Zar sabía que no debía regresar sin su trofeo.

Con paso firme y decidido, la joven se encaminó hacia los guardias. Pero antes de ser detectada, una sombra cayó a su lado tan rápido que parecía surgir de la nada. Lucía un elegante vestido de encaje corto con cuello cerrado; un liguero a medio muslo acompañaba su impecable uniforme, y sus trenzas recogidas realzaban el brillo de su cabello azul. Sus ojos, de hipnótica heterocromía uno rojo carmesí y el otro azul plateado, parecían custodiar secretos antiguos. Una ligera daga descansaba en su muslo, oculta pero lista, como si la rutina del servicio escondiera un trasfondo de peligro y poder.

Con un gesto elegante, la recién llegada dijo:

—Señorita Zar, Muhad Lies Del me mandó a supervisar. No interferiré en su trabajo, solo seré espectadora.

Zar respondió con un dejo de molestia bajo la máscara:

—Padre siempre se preocupa... No se da cuenta de que ya estoy creciendo.

Zadai inclinó la cabeza con respeto.

—Como dije, solo tengo órdenes de supervisar, nada más —reiteró la Primera Doncella—. No se preocupe, seré su sombra. Solo le advierto: el hombre que intenta matar está resguardado por dos asesinos a sueldo. Son peligrosos, fugitivos en distintos reinos.

Zar la miró fijamente tras la máscara y replicó con ironía:

—Tu voz ya comienza a sonar como la de una madre preocupada, Zadai.

Ella sonrió con calma, sus ojos brillando con un afecto contenido.

—Es natural, señorita Zar. Yo la tuve en mis brazos cuando era apenas una bebé. Pero no nos preocupemos por sentimientos ahora. Solo digo que, si deja la cabeza de esos dos criminales en las puertas del Imperio, podría obtener una buena ganancia adicional.

Zadai siguió el paso de Zar, siempre unos metros por detrás, admirando la lúgubre elegancia de su silueta bajo la luz de la luna. Analizaba su caminar, la firmeza de su postura, y una sonrisa se apoderó de su rostro al confirmar que la niña que alguna vez protegió se había desvanecido para dar paso a una guerrera.

Con un gesto calculado, Zar extrajo de su cintura un cuchillo largo y, del bolso que colgaba a su costado, sacó una segunda arma: un cuchillo cilíndrico de punta afilada. La luz de las antorchas iluminaba tenuemente a los guardias del callejón, quienes, al verlas aparecer, quedaron paralizados ante la visión de dos mujeres enmascaradas que ocultaban sus rostros tras símbolos de muerte.

Uno de ellos rompió el silencio con voz áspera:

—Este lugar está prohibido. No se permite gente sin invitación.

Zar no se detuvo. Siguió de frente, revelando su figura ante la luz temblorosa de la llama. Su voz, firme y cortante, resonó como una sentencia:

—Tengo que pasar. Ya sea que me dejes seguir mi camino sin derramar sangre... o que pase sobre ti. Escoge antes de que decida eliminarte.

Su mirada tras la máscara era un veneno silencioso que se deslizó hacia los guardias. Ellos, confiados en su fuerza, soltaron una risa burlona. Pero antes de que pudieran articular palabra alguna, Zar ya había actuado: el cuchillo largo se hundió entre el brazo y la costilla del primero, atravesando hasta su corazón. Con un giro ágil, se situó a la espalda del compañero; su otra mano se movió con velocidad fulminante y el cuchillo cilíndrico perforó el cráneo del segundo guardia con precisión letal.

En segundos, ambos cuerpos cayeron pesados al suelo, apagando la risa en un silencio mortal. Zar no se detuvo a mirar atrás; se abrió paso por el pasillo estrecho que se extendía más allá de la puerta, un corredor húmedo y sombrío que descendía hacia los sótanos. Las antorchas chisporroteaban en las paredes, proyectando sombras que parecían danzar alrededor de ella. Zadai, aún detrás, observaba con respeto y un dejo de orgullo: la niña que había protegido ahora caminaba como un espectro, como la verdadera heredera de la muerte.

Al terminar de bajar, Zar y Zadai se encontraron con un espectáculo dantesco: jaulas alineadas en los sótanos donde luchadores se debatían a muerte para generar ganancias a sus amos. Los gritos de dolor se mezclaban con el rugido de la multitud, y cada golpe era celebrado como un festín de sangre.

Ellas siguieron de frente, abriéndose paso entre la muchedumbre. Hombres de alcurnia y figuras de altos puestos políticos apostaban y bebían con mujeres en sus piernas. El olor a humo era denso, casi asfixiante, y la sangre, presente en cada rincón, era un brochazo de brutalidad que satisfacía los egos de los poderosos.

Fue entonces cuando Zar detectó a su presa: un hombre delgado y alto, vestido con un traje hecho a la medida y adornado con joyas. Bebía tranquilo, disfrutando del lugar como si la violencia fuera un espectáculo privado para su deleite. De pronto, un señor corsario pagado por el Imperio se sentó a su costado. Zar y Zadai lo reconocieron de inmediato: Sander Crik, el pirata que solía hacer negocios con Muhad Lies Del.

Zadai murmuró con desprecio, sin apartar los ojos de la escena:

—Ese sucio pirata... ¿qué estará tramando?

Zar respondió con voz firme, manteniendo la vista fija en el objetivo:

—Sea lo que sea, padre debe saberlo.

—Lo dejaré vivir hasta que Muhad Lies Del decida qué hacer con él —sentenció Zadai.

Zar observó su entorno con atención, visualizó su ruta de escape y trazó su plan de acción. El hombre, aunque parecía indefenso, contaba con dos asesinos cuidando su espalda; debía ser rápida y silenciosa. Con voz baja, apenas audible, pronunció las palabras de invocación:

Ios Siptolá, Eos Nectasí.

El aire vibró. Un aura verde electrificante comenzó a brotar de su cuerpo, recorriendo sus venas como fuego líquido. La energía se condensó en su mano y el Khayal se manifestó: no era un arma forjada, sino una extensión de su voluntad, un fragmento de poder cinético comprimido que respondía solo a ella.

Zar levantó su mano y, sin dudarlo, liberó su primer disparo. La descarga de energía atravesó el aire con un estruendo que sacudió la sala. Al impactar en la cabeza de su blanco, abrió un agujero brutal; la fuerza del disparo siguió de largo, perforando madera y piedra como si nada pudiera detenerlo.

El caos estalló de inmediato: gritos, carreras, mesas volcadas y copas quebradas. La multitud que segundos antes celebraba la brutalidad de las jaulas, ahora se debatía entre el miedo y la confusión.

Zar, con la advertencia de Zadai aún resonando en su mente sobre la recompensa, analizó la situación con frialdad. Los asesinos estaban demasiado bien resguardados y los guardias del lugar comenzarían a llegar en cuestión de segundos. Intentar obtener sus cabezas ahora sería un suicidio; ella no estaba allí para morir, sino para cumplir su misión. Dio media vuelta y se fundió en las sombras, dejando que el caos fuera su único rastro.