Capítulo 1 EL REENCUENTRO
El semestre apenas comenzaba en la universidad. Los pasillos estaban llenos de rostros nuevos, risas y el bullicio típico de los primeros días de clase. Alicia, profesora de pedagogía, aprovechaba unos minutos libres en la cafetería cuando una joven que entraba le llamó la atención. Su rostro le resultaba extrañamente familiar.
La chica se acercó a la cafetería, habló unos segundos con la chica que atendía y le entregó un sobre de manila. Luego se marchó por el mismo pasillo por el que salía Alicia. Sin embargo, a los pocos minutos la chica regresó distraída, y en ese descuido tropezó con ella.
Los papeles cayeron al piso, y ambas se agacharon al mismo tiempo para recogerlos.
—Disculpa, disculpa… no fue mi intención —repitió la chica con nerviosismo.
Alicia la miró detenidamente, tratando de ubicar ese rostro en su memoria. —¡Te conozco! —dijo.
La joven levantó la vista, sorprendida, y sonrió. —Sí, profe, fui su alumna en la secundaria, en el colegio San Cristóbal. Usted dictaba Ética y Valores, ¡cierto! ¿o me equivoco?
—Estás en lo cierto —respondió Alicia con una sonrisa amable—. Tengo muy presente tu rostro, pero no logro recordar tu nombre.
La chica extendió su mano. —Soy Lorena. Mucho gusto, profesora.
—El gusto es mío, Lorena. —Alicia estrechó su mano—. Cuéntame, ¿Cómo estás? ¿Qué haces por aquí?
—Muy bien, gracias a Dios. Hoy empiezo clases aquí. ¿Y usted? ¿Está dando clases o estudiando?
—Dando clases —respondió Alicia—. Llevo cinco años trabajando en esta universidad. ¿Qué carrera estás iniciando?
—El técnico en la primera infancia.
—¿En serio? —exclamó Alicia con sorpresa—. ¿Y te asignaron el salón 208?
—Sí, justo eso.
—Entonces tenemos algo más en común —dijo con tono serio pero amable—. Soy tu profesora de pedagogía. Vamos, que se nos está haciendo tarde.
Caminaron juntas hasta el salón, en silencio, evitando cruzar miradas.
Al llegar al salón Alicia abrió la puerta y, con una seña, le indicó que pasara primero. Luego saludó al grupo con su tono habitual de autoridad: —Buenas tardes.
Mientras los estudiantes firmaban la asistencia, se presentó: —Soy la instructora del área de pedagogía. Mi nombre es Alicia y estoy aquí para enseñarles, pero también para aprender de ustedes.
La clase transcurrió entre presentaciones para conocer más el grupo y ejercicios de integración. Al final de la clase Alicia se acercó a Lorena. —¿Podrías esperarme un momento?
—Claro, profe —respondió ella con una sonrisa.
Cuando el aula quedó vacía, Alicia le propuso con naturalidad: —¿Tienes tiempo para tomar algo? Puede ser un café, una gaseosa… o, si prefieres, una cerveza.
—Me encantaría —contestó Lorena alegremente—, pero no puedo quedarme mucho rato.
—No te preocupes, será rápido.
Caminaron hasta un establecimiento cercano a la universidad. —¿Qué vas a tomar? —preguntó Alicia. —Un refresco está bien. —Perfecto, entonces dos refrescos. —Pidió ambos y se sentaron frente a frente.
—Bueno, cuéntame de ti —dijo Alicia, apoyando el mentón en la mano—. ¿Qué ha sido de tu vida?
Lorena suspiró antes de responder. —Trabajo en un jardín infantil, pero me pidieron que estudiara. Observaron en mi que me apasiona trabajar con niños, Me dieron media beca y por eso entre a estudiar.
—Qué bien. ¿Y tu familia?
—Bien, gracias a Dios. Vivo sola desde hace dos años. Pago arriendo en un aparta estudió, pero ahora con el estudio se me está haciendo pesado, por eso estoy buscando algo más pequeño y económico. De hecho, hoy a las ocho voy a ver un cuarto —dijo mirando el reloj.
—¿Y por qué no te vas a vivir con tu mamá y tu hermana?
—No, profe, ya no podría. Ellas están organizadas y no quiero incomodar. Además, me acostumbré a vivir sola.
Alicia asintió con una sonrisa comprensiva. —Te entiendo. A veces la independencia se vuelve parte de uno.
—Sí, exactamente. Pero cuénteme usted, profe. ¿Por qué dejó de trabajar en el colegio?
—Me aburrí. Llegó una directora nueva, autoritaria y grosera. Despidió a varios profesores sin justificación. Yo no soporté ese ambiente y renuncié junto a otros dos colegas.
—Qué lástima, profe. Pero ahora la veo tranquila, ¿Cómo se siente enseñando en la universidad?
—Bien. Ya llevo cinco años aquí. Creo que me jubilaré en este lugar.
Lorena miró el reloj otra vez. —Profe, mil gracias por la invitación, pero tengo que irme.
—Tranquila. ¿Quieres que te acerque a algún sitio?
—No, gracias. Ya con la invitación fue más que suficiente. Espero aquí el transporte.
—Está bien, Lorena. Me dio gusto verte. Nos vemos mañana en la universidad.
Se despidieron con un abrazo y un beso en la mejilla.
Al día siguiente, Lorena asistió a clase con la profesora de Emprendimiento. Se realiza una actividad de presentación y luego una introducción del contenido de los temas a trabajar.
Durante el receso, salió a la cafetería a comer un sándwich. A los pocos minutos, Alicia apareció con un café en la mano.
—¿Te importa si me siento contigo? —preguntó.
—Claro que no, profe. —Lorena se levantó para darle un abrazo y un beso en la mejilla—. ¿Cómo está?
—Bien, gracias. Cuéntame, ¿Cómo te fue anoche con la cita que tenías para ver el cuarto?
—Mal —contestó con un gesto de preocupación—. Era costoso y lleno de restricciones.
—Qué mal.
—Sí. ¿Y usted, profe, cómo estuvo su noche?
—Tranquila. Y justamente pensando en eso… quiero hacerte una propuesta. Vivo sola en una casa grande, con varios cuartos libres. Si quieres, puedo arrendar uno.
Lorena la miró sorprendida. —¿De verdad? Me da un poco de pena, profe.
—¿Pena por qué? Solo quiero ayudarte. Piénsalo con calma. Te dejo mi número por si te decides.
—Gracias, profesora. Pero hoy voy a ver otro cuarto que me recomendaron.
—Perfecto. Mi oferta sigue en pie —dijo Alicia mientras se levantaba—. Ya se me acabó el receso. Nos vemos luego.
Lorena se quedó observándola mientras salía. Sentía una mezcla de alegría y confusión.
Lorena regresa a clases; la profesora de emprendimiento anuncia que en este día harían una mesa redonda.
—El tema será “Observar a los niños y niñas con intención” —dijo mientras miraba al grupo—. Quiero que cada una comparta su punto de vista según su experiencia o conocimiento.
Uno a uno, los estudiantes comenzaron a participar. Cuando llegó el turno de Lorena, habló con una seguridad que captó la atención de todos. Su experiencia trabajando con niños le permitía ir más allá de la teoría; sus palabras reflejaban empatía y comprensión.
La profesora la escuchaba con genuino interés, asintiendo varias veces. —Excelente, Lorena —dijo al final—. Has hecho aportes muy valiosos.
Al terminar la clase, Erica, una de sus compañeras, se acercó sonriendo.
—Te felicito, Lorena. Me encantó todo lo que dijiste. Se nota que sabes del tema.
—Gracias, Erica —respondió ella con una sonrisa amable—. Todo eso lo he aprendido en el tiempo que he trabajado con niños y niñas. Es una experiencia muy bonita.
Caminaron juntas hacia la salida conversando animadamente. Al llegar a la puerta principal, Erica se despidió con un gesto y siguió su camino. En ese momento, un auto se detuvo frente a Lorena. Era Alicia, su profesora.
—la llamó bajando la ventana—. ¿Quieres que te acerque a algún lado?
Lorena se acercó un poco, agradecida pero dudosa. —No, profesora, mil gracias. El lugar adonde voy no es conveniente que usted vaya.
Alicia frunció el ceño con curiosidad. —¿Por qué lo dices? —Me han comentado que es un poco peligroso… aunque no lo conozco bien —respondió Lorena con cierta timidez.
Alicia sonrió. —Entonces vamos y lo conocemos juntas.
Lorena negó con la cabeza, algo apenada. —No, profesora, de verdad, mil gracias. No quiero abusar de su confianza, mucho menos incomodarla.
—Está bien, no insisto más —respondió Alicia con una sonrisa suave—. Cuídate, ¿sí? Que te vaya bien.
—Gracias, profesora. Hasta luego.
Alicia arrancó el auto y se alejó lentamente, mientras Lorena la observaba irse con una mezcla de gratitud.
Al día siguiente en su apartamento, Lorena tomaba café mientras revisaba anuncios de arriendo en Internet. Tocaron la puerta: era su amiga Gabriela.
—¿Cómo vas con la búsqueda? —preguntó ella al entrar.
Lorena suspiró. —Mal. No encuentro nada que se ajuste a mi bolsillo.
Gabriela la miró unos segundos antes de hablar. —¿Y por qué no aceptas la propuesta de tu profesora?
—¿Vivir en casa de una profe que, además, me da clases? ¡Ni loca!
Gabriela rio. —Tendrías ventaja, te ayudaría con las tareas.
—Hablas en broma, estoy es serio. Solo tengo trece días para salir de aquí.
—Está bien. Mañana, cuando salgas de clase, paso por ti. Te ayudo a buscar.
Lorena sonrió agradecida. —Gracias, amiga.
Al día siguiente, a la salida de la universidad, Lorena esperaba a Gabriela cuando Alicia se acercó en su auto. —Hola, Lorena. ¿Quieres que te acerque a algún lugar?
—Hola, profe. No, gracias, estoy esperando a alguien.
—Está bien. Cuídate, nos vemos mañana.
Justo entonces llegó Gabriela en su motocicleta.
Al finalizar la tarde, en un pequeño bar, ambas amigas Lorena y Gabriela compartían una cerveza. —¿Y bien? ¿Algún cuarto te gustó? —preguntó Gabriela.
Lorena suspiró y bajó la mirada.
—Ninguno —respondió con gesto de preocupación.
Mira —replicó Gabriela, apoyando el codo sobre la mesa—, yo creo que el que más se acerca a lo que buscas es el tercero que vimos. Es amplio, económico y, además, estarías sola la mayor parte del tiempo.
Hizo una pausa antes de añadir, en tono práctico: —Aunque, siendo sincera, no vas a poder llevar todas tus cosas. Si quieres, puedo guardar algunas en mi casa… o podrías llevarlas a la de tu mamá.
Lorena negó despacio. —La verdad, no quiero incomodarte ni a ti ni a mi mamá.
Gabriela sonrió, como si ya esperara esa respuesta. —Lo que pasa es que te acostumbraste a vivir con espacio, por eso ninguno te convenció.
Tras un breve silencio, la miró con picardía. —Mira, te tengo una propuesta. Es sobre la profesora Alicia.
Lorena soltó una risa nerviosa. —Ay, no empieces, Gabi…
—¡Te hablo en serio! —insistió Gabriela—. Acepta su propuesta. Podrías irte a vivir con ella por un par de meses, mientras te estabilizas económicamente o encuentras un lugar que te guste. Si vive en una casa y en ese barrio que mencionaste, seguro es amplia, y podrías llevar todas tus cosas sin problema. Además, no creo que te cobre mucho. ¿Qué piensas?
Lorena quedó pensativa por un momento. —Pues… sí, suena como una buena idea. Hablaré con ella, si la propuesta sigue en pie. Mil gracias, Gabi.
—Para eso son las amigas —respondió Gabriela con una sonrisa cálida mientras se levantaba—. Vamos, te llevo hasta tu apartamento.
Esa misma noche, en otro lugar de la ciudad, Alicia estaba en un bar con una amiga.
—Te noto pensativa —dijo la amiga, removiendo su copa.
—No, nada. Todo bien.
—Alicia, te conozco. ¿Qué pasa?
Alicia sonrió. —Nada importante. Solo que me reencontré con una exalumna de cuando daba clases en el colegio.
—¿Y eso te tiene tan distraída?
—No exactamente. Lo que pasa es que le ofrecí vivir en mi casa.
—¿Qué? ¿A una alumna? ¿Estás loca? Dime a ti como se te ocurre invitar a vivir contigo a una desconocida.
—No es una desconocida, la conozco de hace años. Además, trabaja con niños desde hace cinco años. Se ve responsable y buena persona.
—Aun así, no sabes cómo es ahora. Las apariencias engañan.
—Puede ser, pero me inspiró confianza. No sé por qué, pero sentí que debía ayudarla.
—me contó que está trabajando con niños desde hace 5 años !imagínate¡ y que en el lugar donde está trabajando le dieron media beca, lo demás le toca costearlo a ella, y por eso tiene que salir de donde está viviendo y buscar algo más económico porque le queda muy pesado hay fue donde le hice la propuesta a demás una persona que trabaje con niños hace 5 años puede ser mala...
—Tú sabrás, pero yo no lo haría, cara vemos corazones no sabemos.
Alicia dejó escapar una pequeña risa, tratando de restarle dramatismo al comentario. —No es una desconocida, ya te dije. Le di clases en el colegio y ahora también será mi alumna en la universidad. Además, lo poco que he hablado con ella me basta para saber que no es mala persona. No sentí que fuera una extraña. Deberías conocerla, te caería bien.
—Gracias, pero no está en mis planes —respondió la amiga con un tono seco, dejando claro que no pensaba cambiar de opinión.
Alicia sonrió con paciencia y no insistió más.
Esa noche, antes de dormir, Alicia recibió un mensaje en el celular. Era de Lorena.
Hola, profesora. Disculpe la hora. Soy Lorena.
Alicia sonrió al leerlo.
Hola, Lorena. ¿Cómo estás?
Bien, gracias. Quería saber si todavía sigue en pie la propuesta del cuarto.
Claro que sí. Ven mañana, te invito a almorzar y de paso conoces la casa.
Perfecto, profe. Mil gracias. Feliz noche.
Alicia guardó el teléfono sobre la mesa de noche. Antes de dormir, le pidió a doña Martha, la señora que le ayudaba en casa, que mañana a primera hora organizara uno de los cuartos.
Al día siguiente, una nueva historia estaba a punto de comenzar.