Único
Namkook fue la opción ganadora de la encuesta así que aquí estamos..
pronto haré más encuentas ya que me ayudan mucho a decidir sobre quién escribir 💕.
Como mencioné anteriormente algunas de las escenas +18 son experiencias propias (no todas), así que está vez esta historia está inspirada en una situación ficticia con toques de realidad, advierto que todo aquí es consentido. Aquí entre nos ya cambie de pareja talvez tenga material nuevo de escritura, mis parejas han sabido que escribo aquí por si acaso.
Junkook es una estudiante destacada en muchos aspectos, la mayor parte de sus compañeros son híbridos de distintas especies y aunque al principio de ambas especies no compartían territorios ahora lo hacen, viven en relativa paz desde hace generaciones.
En las escuelas y preparatorias les enseñan inclusión entre especies.
Jungkook es humana completamente al igual que sus padres, la mayoría de sus compañeros son híbridos de aves, mamíferos, reptiles, etc.
Es una estudiante excelente siempre ayudando a sus compañeros a estudiar y cuando necesiten algo ella siempre está dispuesta a ayudar.
El maestro Han les ha dejado de tarea investigar sobre la dinastía de su preferencia, Jungkook anota en su cuaderno las indicaciones, tiene una semana para entregar el trabajo, aunque ya está en último año no ha dejado sus responsabilidades de lado, al contrario, quiere graduarse con las mejores calificaciones y entrar a una buena universidad.
Kim Namjoon híbrido de gato Maine Coon, es un enorme híbrido con pelaje oscuro es muy gentil muy majestuoso.
Namjoon es el bibliotecario de la ciudad, todos lo conocen por lo amable que es, siempre atiende con una sonrisa que muestra sus hermosos hoyuelos, Jungkook lo conoce desde siempre ya que ama hacer sus tareas en la biblioteca, es como su segundo hogar donde se siente más segura.
El enorme gato conoce a Jungkook desde que aprendió a leer se le ha hecho una jovencita muy educada y culta, lo que siempre le ha llamado la atención es la forma en la que siempre se sonroja cuando llega, Namjoon no es tonto puede oler las hormonas en Jungkook desde que ella entró a la pubertad, ella emana un olor dulce que le gusta a Namjoon.
Jungkook siempre que llega a la biblioteca le lleva galletas caseras que ella mismo hace, tiene un enamoramiento con Namjoon, que sabe que está mal porque es mayor de edad pero aún así espera que el gato le haga caso algún día.
Hoy Jungkook llegó temprano a la biblioteca, no tendrá clases pero quiere hacer su proyecto de Historia así que decide ir de nuevo.
Namjoon estaba desempacando una caja llena de libros que llegaron y debe ponerlos en las estanterías, la campanilla suena y Namjoon se voltea, no necesita verla con su olfato la identificó desde hace un par de calles antes de que ella entre.
-Buenos días Hyung, vine a ver unos libros de historia y le traje estas galletas que yo hice- dijo Jungkook entregándole una pequeña bolsa de papel.
-Eso es muy amable de tu parte Kookie, sabes que eres bienvenida, los libros de historia están dónde siempre.- señaló Namjoon el rincón.
El olfato de Namjoon se puso más agudo que de costumbre, los pelos de su cuello y espalda se erizaron al oler cuando Jungkook se acercó, está en su período, el olor para Namjoon es exquisito.
Namjoon se alejó despacio intentanto esconder su erección, debe comportarse enfrente de ella, no quería parecer un pervertido.
Jungkook se sentó en una de las mesas apartadas con unos libros y su cuaderno de apuntes para escribir tranquila en silencio.
Las horas pasan en silencio, Namjoon está tratando de comportarse pero el olor lo está volviendo loco, tanto que ya se ha clavado las uñas en los muslos varias veces para no lanzarse encima de la joven por suerte entran más personas y se quedan en la biblioteca.
Ya han pasado un par de horas desde que llegó Jungkook.
El aire en la biblioteca se había espesado, cargado con un silencio que era cualquier cosa menos tranquilo. Para Jungkook, era la concentración de quien está absorta en su trabajo. Para Namjoon, era una tensión palpable, un hilo elástico que se estiraba cada vez más, a punto de romperse.
El dulce y penetrante aroma que emanaba de Jungkook ya no era solo un susurro en el aire; para los sentidos felinos de Namjoon, era una sinfonía completa.
Cada pequeño movimiento que ella hacía, el leve crujido del papel al pasar la hoja, el suspiro casi inaudito de concentración, enviaba una nueva ola de esa fragancia directamente a su sistema, nublando su razón y avivando un fuego primal en sus entrañas.
Desde detrás del mostrador, sus ojos ámbar, con las pupilas finas como rendijas a pesar de la tenue luz, no se despegaban de ella. La observaba inclinada sobre los libros, su cabello cayendo suavemente sobre el rostro, la delicada curva de su nuca. Su cola, gruesa y tupida, se movía con inquietud de un lado a otro detrás de él, un metrónomo de su agitación interna.
Había tenido que refugiarse entre las estanterías altas dos veces ya, fingiendo reorganizar libros, solo para frotar su rostro con angustia contra la madera, imprimiendo su propio olor, marcando, en un acto desesperado e instintivo para contrarrestar el hechizo que ella ejercía sobre él. Sus muslos, ocultos por el pantalón, llevaban las pequeñas y dolorosas marcas de sus propias uñas, recordatorios autocausados para mantener el control.
Jungkook, por su parte, sentía una calidez diferente a la del sol que se filtraba por las ventanas. Era una sensación de ser observada, pero no de una manera que la hiciera sentir incómoda. Al contrario, cada vez que alzaba la vista disimuladamente y captaba la mirada furtiva de Namjoon, un rubor subía a sus mejillas.
Ella lo atribuía a su enamoramiento secreto, sin saber que era el faro que guía al navío directamente hacia los acantilados.
Finalmente, decidió acercarse. Necesitaba un libro de la estantería más alta, justo detrás del mostrador.
—Hyung, ¿podrías ayudarme? —su voz sonó más suave de lo habitual, un hilo de seda en la quietud de la biblioteca.
Namjoon contuvo la respiración. Asintió, incapaz de confiar en su voz, y se acercó. Al pasar a su lado, el olor lo golpeó con la fuerza de un martillo. Cerró los ojos por un segundo, contando hasta tres en su mente.
Ella señaló el libro. Él alzó los brazos, y su cuerpo grande y cálido quedó a solo centímetros de su espalda. Jungkook pudo sentir el calor que irradiaba, como un horno reconfortante. Namjoon, por su parte, podía casi saborear el aroma de su champú mezclado con ese perfume único y embriagador que era solo de ella en su estado actual. Su mano, al tomar el libro, rozó involuntariamente su hombro.
Fue una chispa. Un contacto mínimo, pero suficiente.
Jungkook giró la cabeza para mirarlo, sus grandes ojos oscuros encontrándose con los suyos, dorados y llenos de una batalla interna. La distancia entre sus rostros era mínima. Podía sentir su aliento cálido.
—Gracias —susurró ella, y su voz tembló ligeramente.
Namjoon no respondió. Su instinto le gritaba que se alejara, que era lo correcto, lo profesional. Pero otro impulso, más antiguo y poderoso, ganó. En un acto de una valentía temeraria, o de una locura absoluta, inclinó su cabeza y frotó suavemente su mejilla contra la de ella.
Fue un gesto puramente felino. Un gesto de afecto, de marcaje, de posesión.
El mundo se detuvo para Jungkook. La piel de Namjoon era increíblemente suave, y el contacto, íntimo y abrumadoradoramente tierno, le hizo contener la respiración. Un pequeño y avergonzado sonido escapó de sus labios.
El sonido rompió el hechizo de Namjoon. Él se separó de un salto, como si la hubiera electrocutado. Sus orejas, usualmente erguidas, se aplanaron contra su cabeza en señal de alarma y culpa. Su cola se erizó por completo.
—Jungkook-ah… Lo siento. Eso… eso fue inapropiado —tartamudeó, su voz ronca, casi un gruñido. Su rostro estaba pálido bajo el pelaje, sus hoyuelos habían desaparecido, reemplazados por una mueca de pánico.
Pero antes de que Jungkook pudiera procesar lo sucedido o responder, la campana de la entrada sonó. Un grupo de estudiantes híbridos, ruidosos y distraídos, irrumpió en la biblioteca, rompiendo la burbuja de tensión que los envolvía.
Namjoon aprovechó la distracción para retroceder varios pasos, poniendo el mostrador como una barrera física entre ellos.
—El libro —dijo Jungkook, recuperando algo el aliento y señalando el volumen que Namjoon aún apretaba con fuerza contra su pecho.
Él lo extendió como si le quemara, evitando mirarla a los ojos.
—Tómalo. Yo… tengo que revisar el inventario en el almacén —mintió, y giró sobre sus talones, desapareciendo entre las sombras de la trastienda con una velocidad felina inusual, dejando a Jungkook sola, con el corazón galopándole en el pecho, el calor del roce de su mejilla aún ardiendo en su piel, y la confusión nublando su mente más que cualquier libro de historia.
La tensión no se había disipado. Solo se había transformado en una promesa tácita, en un secreto compartido que ahora colgaba entre ellos, tan pesado y tangible como los libros polvorientos que los rodeaban.
El año había pasado con una mezcla de dulce agonía y estudio febril para Jungkook. Había logrado su objetivo: se graduó con honores y fue aceptada en la prestigiosa Universidad de Seúl para estudiar Literatura. Pero un objetivo aún más significativo había llegado con el simple paso del tiempo: ahora tenía 19 años. Había alcanzado la mayoría de edad en Corea.
Ese día, un cálido atardecer de viernes, se vistió con especial cuidado. No era la estudiante con uniforme que Namjoon recordaba; llevaba un vestido sencillo pero elegante que acentuaba su figura, ahora más madura. Su corazón latía con una mezcla de nerviosismo y una determinación feroz. Ya no era la niña que se sonrojaba desde lejos. Era una mujer, y hoy iba a dejar eso claro.
Al entrar en la biblioteca, la familiar campanilla sonó, pero su sonrisa de bienvenida se congeló en sus labios. Namjoon estaba allí, detrás del mostrador, pero no estaba solo.
Una mujer alta y esbelta, con el pelo plateado y unas elegantes orejas de gato siberiano que se movían con gracia, estaba apoyada en el mostrador, riendo con una carcajada que a Jungkook le pareció falsa y estridente. Lo peor era que Namjoon también sonreía, sus hoyuelos a la vista, escuchando atentamente lo que la híbrida decía.
Un fuego verde y punzante estalló en el pecho de Jungkook. La escena era íntima, demasiado cómoda. ¿Acaso todas sus visitas, sus galletas y sus miradas furtivas habían sido en vano?
Caminó hacia el mostrador con pasos firmes, el taconeo de sus zapatos marcando un ritmo decidido sobre el suelo de madera. La mirada que lanzó a la mujer híbrida fue gélida antes de dirigirse a Namjoon.
—Buenas tardes, Namjoon-ssi —dijo, usando deliberadamente el tratamiento formal en lugar del cercano "hyung". Su voz era clara, sin rastro de la timidez de antaño.
Namjoon se volvió hacia ella, y su expresión se suavizó instantáneamente. Sus ojos se abrieron ligeramente, captando su nueva apariencia. "Mayor de edad", parecían decir sus pupilas ligeramente dilatadas.
El olor de Jungkook, ahora maduro y plenamente consciente de su poder, lo golpeó, pero esta vez no había vergüenza adolescente, era una fragancia segura y deliberada.
—Jungkook-ah… Kookie, ¡feliz cumpleaños! —logró decir, su voz un poco más ronca de lo normal.
La híbrida de siberiano, llamada Yuna, alzó una ceja con curiosidad, su cola moviéndose con aire de superioridad.
—¿No me presentas a tu… amiguita, Namjoon-ah?
Jungkook no le dio oportunidad a Namjoon de responder. Clavó sus ojos en Yuna con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Jeon Jungkook. Y no soy una "amiguita". Soy la asistente de investigación personal de Namjoon —mintió sin pestañear, inventando el título en el acto
—Lamento interrumpir, pero tenemos asuntos pendientes muy importantes que atender. De hecho, Namjoon-ssi, necesito hablar con usted. Ahora. En privado —
Su tono no dejaba lugar a dudas; era una orden.
La sorpresa fue evidente en el rostro de ambos. Yuna parecía ofendida, pero Namjoon… Namjoon la miraba con una mezcla de asombro y algo más, algo oscuro y apreciativo.
El aroma a celos que emanaba de Jungkook era picante, intenso, y para su naturaleza felina, era un desafío directo, una afirmación de territorio. Y le gustaba.
—Claro, Jungkook-ah —asintió él, recuperando la compostura. Se volvió hacia Yuna
—Yuna, fue un gusto verte. Hablamos luego del donativo de libros.
Yuna frunció el ceño, pero con un resoplido elegante, recogió su bolso y se marchó, no sin antes lanzarle a Jungkook una mirada cargada de advertencia.
En cuanto la puerta se cerró, el aire en la biblioteca volvió a electrizarse. Namjoon se apoyó contra el mostrador, cruzando los brazos. Una sonrisa juguetona asomó en sus labios.
—Asistente de investigación personal, ¿eh? —preguntó, su cola moviéndose con curiosidad lenta detrás de él
—No recuerdo haber contratado a una.
Jungkook se acercó, plantándose frente a él, sin ceder un ápice de terreno. El vestido que llevaba parecía suddenly demasiado ajustado, el aire demasiado caliente.
—Considera esto mi solicitud —replicó, su voz bajando a un susurro desafiante
—Con beneficios.
Namjoon dejó escapar un gruñido suave, un sonido puramente felino que vibró en el aire entre ellos. Su mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo, con una intensidad que hizo arder la piel de Jungkook.
—¿Y cuáles serían esos beneficios, exactamente? —preguntó, inclinándose hacia adelante hasta que su aliento caliente rozó su frente.
Jungkook alzó la barbilla, mirándolo directamente a los ojos. Toda su inseguridad se había evaporado, reemplazada por la certeza de lo que quería.
—El beneficio principal —susurró, cerrando la mínima distancia entre ellos y apoyando las manos en el mostrador a cada lado de su cuerpo, atrapándolo
—Es que ya no tienes que clavarte las uñas en los muslos para no mirarme. Ni para no tocarme.
La confesión, tan directa, tan audaz, le arrancó un sonido ronco y sorprendido a Namjoon. Sus orejas se irguieron por completo y sus pupilas se dilataron hasta casi cubrir el ámbar de sus iris. El control que tanto le había costado mantener durante años se resquebrajó ante la feroz determinación de la mujer que tenía frente a él.
—Jungkook… —gruñó, una advertencia y una súplica a la vez.
—No —ella negó con la cabeza, su sonrisa era triunfal y vulnerable a la vez
—Ya no soy la niña que te trae galletas, Namjoon. Hoy cumplo 19 años. Y estoy harta de esperar a que el majestuoso bibliotecario híbrido se decida a hacer algo respecto a este… olor dulce que tanto le gusta.
Al mencionar eso, al poner sobre la mesa el secreto que ambos habían sabido durante tanto tiempo, Namjoon se rindió. Con un movimiento fluido y felino, sus brazos rodearon su cintura, levantándola del suelo y sentándola sobre el mostrador de un modo que hizo que varios papeles volaran. Ahora él estaba entre sus piernas, sus cuerpos pegados, la nariz de Namjoon enterrada en la curva de su cuello, inhalando profundamente.
—Dulce no —murmuró contra su piel, haciendo que un escalofrío le recorriera la espalda
—Picante. A celos. A mujer. Y me vuelve loco.
Esta vez, no hubo campanilla que los interrumpiera, ni estudiantes ruidosos, ni sentido del deber. Solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el suave ronroneo que empezó a vibrar en el pecho de Namjoon, un sonido de posesión y rendición total, mientras por fin, después de tantos años de tensión acumulada, sus labios encontraron los de ella en un beso.
El beso fue una revelación. No fue tierno ni exploratorio, sino una consumación de años de deseo reprimido. Los labios de Namjoon eran más suaves de lo que Jungkook había imaginado, pero la demanda detrás de ellos era feroz. Un gruñido profundo, que era más vibración que sonido, resonó desde su pecho y se transmitió directamente al suyo, haciendo temblar todo su cuerpo. Sus grandes manos, que antes solo sostenían libros con delicadeza, ahora la sujetaban con una fuerza posesiva, una que prometía no soltarla nunca.
Jungkook respondió con igual intensidad, enredando los dedos en su suave cabello oscuro, tirando de él para profundizar el beso. El mundo exterior
—las estanterías polvorientas, el tenue crepúsculo filtrándose por las ventanas altas, el leve olor a papel antiguo— se desvaneció hasta quedar en nada. Solo existía el sabor de Namjoon, a café y a algo salvaje y esencialmente él, y la abrumadora sensación de su cuerpo grande y cálido contra el suyo.
—No aquí —logró jadear Namjoon al romper el beso, su voz era una ronca caricia.
Sus pupilas estaban completamente dilatadas, dos pozos negros de puro deseo.
—No… no en el mostrador.
Sin darle tiempo a responder, la levantó en sus brazos con una facilidad pasmosa. Jungkook enlazó sus piernas alrededor de su cintura instintivamente, enterrando su rostro en el cuello de él, inhalando su aroma a limpio, a sol y a esa esencia musk única de su pelaje. Namjoon caminó con ella, rápido y silencioso como el depredador que era en el fondo, hacia la parte trasera de la biblioteca, hacia la pequeña y privada trastienda que siempre estaba cerrada.
La habitación era un caos organizado. Pilas de libros por catalogar, cajas de cartón, una mesa de trabajo llena de papeles y un viejo y cómodo sofá de cuero desgastado en un rincón. Namjoon la bajó suavemente hasta que sus pies tocaron el suelo, pero no la soltó. Con un brazo aún alrededor de su cintura, con la otra mano cerró la puerta con un golpe seco, aislando el mundo. El sonido del pestillo al cerrarse resonó como un disparo en el silencio cargado.
—¿Estás segura, Kookie? —preguntó, su aliento caliente en su oído. Su cuerpo temblaba ligeramente, una batalla final entre la caballerosidad y la necesidad
—Es tu primera vez… No quiero…
—Cállate —lo interrumpió ella, su voz temblorosa pero firme. Sus dedos encontraron el borde de su suéter y se deslizaron por debajo, buscando la piel caliente de su espalda
—He estado segura de ti desde que tenía quince años, Namjoon. Ya no me hagas esperar más.
Esa fue la última chispa que necesitó la pólvora. Un rugido gutural escapó de los labios de Namjoon. Sus manos se movieron con una urgencia felina, desabrochando botones, deslizando cremalleras. La ropa de Jungkook —el vestido que había elegido con tanto cuidado— cayó al suelo formando un pequeño charco de tela alrededor de sus pies.
Luego fue su camisa, revelando un torso amplio y fuerte, cubierto por un suave vello oscuro que se estrechaba en una línea seductora que desaparecía en el borde de sus pantalones.
La admiración en los ojos de Jungkook fue sincera y desinhibida. —Eres tan hermoso —susurró, trazando con la yema de los dedos los músculos definidos de su abdomen.
Namjoon la miró, completamente desnuda ahora bajo la tenue luz de la lámpara de escritorio, y contuvo la respiración. Su piel parecía brillar, su cuerpo joven y esbelto era una ofrenda que le quitaba el aliento. Pero era el aroma, ahora concentrado y sin barreras, lo que lo llevaba al borde del delirio. Un aroma dulce y especiado, a mujer y a excitación, que activaba cada uno de sus instintos más primarios.
—Tú… tú eres la definición de belleza —logró decir, su voz áspera por la emoción.
La tumbó sobre el sofá de cuero, que cedió bajo su peso con un crujido. Su cuerpo era una montaña de calor y fuerza sobre ella, y Jungkook nunca se había sentido más segura. Las caricias iniciales fueron una exploración táctil frenética.
Las manos de Namjoon, grandes y con callosidades leves, recorrieron cada centímetro de su piel como si estuviera memorizando un texto sagrado. Recorrió la curva de su cintura, la suavidad de sus muslos, la firmeza de sus pechos. Su boca seguía el mismo camino, sembrando una estela de fuego con besos y lametones.
Pero la bestia bajo la superficie ansiaba más. Un instinto más profundo tomó el control. Namjoon enterró su rostro en la curva sensual donde el cuello de Jungkook se encontraba con el hombro, y olfateó profundamente, con una intensidad que era casi violenta en su intimidad. Un gruñido de pura aprobación vibró en su pecho.
—Aquí —murmuró, su voz distorsionada contra su piel—. Tu esencia es más fuerte aquí.
Sus labios se cerraron sobre ese punto, no con la intención de un beso, sino de una marca. No mordió con fuerza, pero la presión de sus dientes, la caricia áspera de su lengua, fue suficiente para hacer que Jungkook arqueara la espalda y gritara, no de dolor, sino de una placer tan intenso que rayaba en lo doloroso.
Era una posesión, un acto de marcar territorio tan inherente a su naturaleza felina que resultaba abrumadoramente erótico.
—Namjoon… —suplicó, sus manos aferrándose a sus anchos hombros, sus uñas clavándose levemente en su piel a través de la fina capa de pelaje.
Él comprendió la petición en su voz. Sus manos se abrieron camino entre sus muslos, separándolos con una suave firmeza. Sus dedos, increíblemente diestros, encontraron su centro con una precisión que le hizo contener la respiración.
La tocó, al principio con una curiosidad reverente, sintiendo cómo ya estaba húmeda y temblorosa para él. Luego, con movimientos más decididos, comenzó a trazar círculos lentos y firmes sobre su clítoris, observando cómo su rostro se contorsionaba en una mueca de éxtasis.
—Tan sensible —murmuró él, observándola con ojos oscuros y llenos de asombro
—Tan perfecta para mí.
La estimulación fue demasiado intensa, demasiado rápida. Jungkook, virgen y sobreestimulada por la cascada de sensaciones nuevas, no pudo aguantar. Un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios, y su cuerpo se tensó como un arco antes de estallar en un orgasmo repentino y cataclísmico que la hizo gritar su nombre, con ondas de placer sacudiendo cada fibra de su ser.
Namjoon la observó llegar al clímax con una expresión de profunda satisfacción. Pero la necesidad en su propio cuerpo era una demanda urgente. Sus caderas se movían involuntariamente, frotando la evidente y considerable erección que tensaba su pantalón contra su muslo.
—¿Estás lista para mí, Kookie? —preguntó, su voz era un ronroneo grave y prometedor
—Te dolerá… solo un poco. Lo prometo.
Ella, todavía jadeando y con el cuerpo palpitante por los ecos del orgasmo, asintió con la cabeza, sus ojos brillando con lágrimas de emoción y entrega total.
—Por favor. Te quiero, Namjoon. Siempre te he querido.
Esas palabras fueron el permiso final que necesitaba. Con manos que temblaban levemente, se liberó de sus pantalones y ropa interior. Su miembro, erecto y grueso, se reveló a la luz tenue. Jungkook lo miró con una mezcla de anhelo y un poco de aprensión, pero no había miedo en sus ojos, solo confianza absoluta en él.
Namjoon se posicionó entre sus piernas, guiándose hacia su entrada. Sus ojos no se apartaban de los de ella.
—Mírame —le ordenó suavemente
—Solo a mí.
Y entonces, con un empuje lento pero implacable, la penetró.
Un grito ahogado escapó de los labios de Jungkook cuando el delgado himen se rompió. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, pero no apartó la mirada de los ojos ámbar de Namjoon. Él se detuvo, permitiéndole acostumbrarse a la sensación de estar llenándola, a la invasión que, rápidamente, comenzaba a transformarse en algo más.
—Está bien —susurró él, inclinándose para besar away la lágrima
—Ya pasó. Ahora… ahora solo queda el placer.
Comenzó a moverse. Al principio con embestidas lentas y profundas, midiendo sus reacciones. Pero pronto, el animal dentro de él, excitado por el olor de su sangre virgen mezclado con su esencia única, por los sonidos que ella hacía, por la sensación de su interior ajustándose a su forma, comenzó a exigir más. El ritmo se volvió más rápido, más salvaje. El sofá crujió en protesta con cada embestida.
El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los jadeos de Jungkook y los ronroneos y gruñidos cada vez más profundos de Namjoon. Sus garras, que siempre mantenía retraídas, surgieron instintivamente, desgarrando levemente el cuero del sofá a los lados de la cabeza de Jungkook, enmarcándola. Era un gesto de posesión extrema, de perder el control, y a Jungkook le encantó.
—Más fuerte —suplicó, enredando las piernas alrededor de su cintura para atraerlo más profundamente
—No te contengas, hyung. Quiero sentir todo tu poder.
Esa invitación fue su perdición. Namjoon perdió todo vestigio de restricción. Sus embestidas se volvieron frenéticas, bestiales. Cada movimiento parecía llegar a un lugar más profundo dentro de ella, rozando un punto que hacía que sus ojos se volvieran blancos. El placer se acumuló de nuevo, más grande, más abrasador que la primera vez. Jungkook gritaba, arañando su espalda, aferrándose a él como si fuera su única ancla en un mar de sensaciones.
—!Namjoon! —gritó, y su voz se quebró en un sollozo de éxtasis puro.
El sonido de su nombre en sus labios, combinado con la sensación de sus músculos internos contrayéndose alrededor de él de manera espasmódica, empujó a Namjoon al borde. Con un rugido que era tan felino como humano, se hundió hasta el fondo y se dejó ir, vertiendo su semilla caliente en lo más profundo de su vientre en poderosas y largas sacudidas.
Namjoon dejó crecer su nudo dentro de Jungkook lo que provocó que ella se aferre más a él.
El silencio que siguió solo fue roto por su respiración jadeante y entrecortada. Namjoon, agotado, se desplomó sobre ella, pero inmediatamente se apoyó en los codos para no aplastarla. Su cuerpo todavía vibraba con un ronroneo profundo y constante, un sonido de satisfacción absoluta y paz.
Bajó la cabeza y, con una ternura que contrastaba brutalmente con la ferocidad de su unión, comenzó a lamer suavemente la pequeña marca que había dejado en su cuello. Un gesto de disculpa, de cuidado, de amor.
Jungkook, con el cuerpo débil y la mente nublada, sonrió beatíficamente. Sus dedos acariciaron la línea de su mandíbula.
—Valió la pena la espera —susurró, su voz ronca por los gritos.
Namjoon sonrió, sus hoyuelos apareciendo por fin, no por cortesía, sino por genuina y profunda felicidad.
—Esto solo es el prólogo, Kookie —prometió, sus ojos brillando con una luz posesiva y amorosa—. La biblioteca tiene muchas secciones por explorar. Y yo tengo toda una vida para enseñártelas.
le hacemos segunda parte?....