El Árbol Hueco
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1: LO RECUERDO TODO

FABRIZIO
Aquella mañana me fui de casa antes de hora. Sin desayunar. Caminé hasta el trabajo con un peso extraño oprimiéndome el pecho. Atendí a mi primera consulta sin prestarle demasiada atención. La mujer debió notar mi dispersión porque, en un momento, me preguntó si me encontraba bien. Ella continuó hablando, pero mi atención se deslizaba desde la taza humeante que se enfriaba intacta entre mis manos hacia la ventana que daba a la calle y me empujaba a abandonar el lugar. El café se agitó en la taza cuando la dejé con demasiada fuerza sobre el posavasos: un anillo marrón, como un eclipse, quedó marcado en la madera al derramarse. Inventé una excusa, me retiré de la Fundación y cancelé el resto de las citas de aquel día.
Necesitaba regresar a casa.
Me sentí un poco tonto al ver que allí todo parecía normal, que no había motivo aparente para estar tan preocupado. Inconforme, telefoneé a la cuidadora de mi padre y a mi hermana, tratando de encontrar la razón de semejante angustia.
Nada.
El mundo parecía continuar su curso, igual al día previo. Debería haberme tranquilizado, pero me resultó imposible. Quedaba apenas una persona capaz de causar tal desasosiego.
Solo por la tarde reuní el coraje que necesitaba para hacer lo que llevaba horas evitando. Me senté frente a la computadora y tecleé su nombre en el buscador.
«Davo».
Cuatro míseras letras.
Ninguna otra palabra ha significado tanto.
Mis ojos incrédulos leyeron los primeros resultados. Quedé inmóvil, petrificado, incapaz de reaccionar ante los titulares que se desplegaban en la pantalla. Comenzaron a temblarme las manos. Ni siquiera conseguía mover el ratón para acceder al desarrollo de las trágicas noticias. Quería levantarme y fingir que no había leído nada. No podía. Me urgía saber, comprobar que se trataba apenas de una parva de mentiras y exageraciones. Con la respiración entrecortada y el corazón acelerado, logré hacer clic en el primer portal. Las lágrimas se agolparon tras mis párpados al descubrir que la prensa amarillista se regodeaba con conjeturas infundadas y habladurías banales.
«¿Es que no ven que se trata de un ser humano del que están escribiendo?»
De pronto, sentí unas ganas irrefrenables de llorar, de gritar, de derrumbarme. Mi cuerpo temblaba.
¿Cómo iba a sobrellevar que la persona que tanto amé se había dado por vencida, ya no quería luchar, no deseaba seguir viviendo?
¿Cómo iba a mirarme al espejo sabiendo que no estaba a su lado para apoyarlo, para sostenerlo?
«¿Cuántas veces habrá pedido ayuda y el circo que lo rodea decidió ignorarlo?»
Me desmoroné sobre el escritorio. Escondido en la privacidad que me otorgaba aquel cuarto, lloré como el niño que pierde a su mejor amigo, a su cómplice en mil aventuras, a aquel con quien se han tejido una infinidad de sueños nunca concretados.
Lloré por todas las veces que fingí haber seguido adelante, por lo que habíamos sido y por lo que no nos permitieron llegar a ser.
Incontables noches desperté con su nombre apretado entre mis labios, cargando culpa y amargura, mirando hacia un costado, temiendo que quien dormía junto a mí, de algún modo, pudiera descubrir lo que soñaba. Era consciente, sin embargo, de que lo que me desvelaba —mi secreto mejor guardado— era mi mayor tesoro: el pasado convertido en un cofre inviolable, guardado bajo siete llaves. Allí podía esconder la parte de mí que solo un puñado de personas conocía y que, creía, jamás nadie más llegaría a descubrir.
No hubo semana, desde mi regreso a San Justo, en que no condujera mis pasos hacia alguno de los lugares donde habíamos estado juntos. Me obligaba a jugar con los recuerdos, desovillándolos y volviéndolos a ovillar de tantas maneras que ya no sabía si los hechos habían sucedido tal como se me presentaban o si eran el resultado de las fantasías que había ido cimentando en mi memoria por la necesidad de mantenerlo conmigo.
Tantas veces, mientras caminaba por la avenida Illia rumbo al trabajo, un colectivo frenaba a mi lado y, en la publicidad lateral, descubría aquella misma sonrisa perfecta estampada en algún anuncio —de bebidas energéticas, de un banco, de un destino vacacional—. Nunca me acostumbré a sus apariciones repentinas. Me quedaba observándolo y, entonces, el chofer cerraba las puertas y el vehículo se alejaba, dejando un olor acre a diésel y un remolino de papeles sobre la vereda. En ese instante su ausencia volvía a ahogarme como un nudo artero, dificultándome la respiración.
Lo cierto es que nunca dejé de sentir su falta, a pesar de su omnipresencia, que también me resultó inevitable: su rostro se me aparecía casi cada vez que encendía el televisor o abría una revista, y su voz, tan familiar y única, nunca dejaba de sonar en la radio. Sin quererlo, su imagen y su nombre —un nombre que yo había inventado sin saber que un día lo pronunciaría el mundo— se fueron transformando en una suerte de alter ego al que recurría en silencio cuando me encontraba perdido. Más de una vez, parado frente al espejo antes de enfrentar algo que me superaba, le pregunté qué haría él en mi lugar. Nunca me contestó, claro. Pero yo ya sabía la respuesta.
«¿Quién mejor que él —pensaba—, que fue el que más y mejor me ha conocido?»
Porque únicamente él me ha visto tal cual soy; solo él ha recorrido cada detalle de mí; ha sido testigo de esas aristas culposas que tanto he intentado disimular, entonces y después, cuando ya no estaba y fueron llegando nuevos integrantes a mi vida. Con él no había secretos.
Aunque también, en cierto modo, el tiempo y la distancia lo han mantenido por encima de todo.
Tal como lo vi desde un principio, desde aquella primera vez que el destino nos puso frente a frente.
Mil veces me pregunté qué hubiera sucedido si nos volvíamos a encontrar.
Sin embargo, quería creer que elegía no buscarlo. La verdad es que nunca encontré fuerzas suficientes para hacerlo. Pero la cobardía no había empezado ahí. Con el tiempo entendí que, mucho antes, había priorizado no defraudar a quienes me querían, en vez de respetarme a mí mismo.
Y así, sin advertirlo, fui vaciándome; mis entrañas se pudrieron en silencio. Me convertí en una sombra lastimera de lo que pude haber sido. Terminé como el árbol que, a distancia, parece fuerte y vigoroso, pero que, debajo de la corteza, esconde un hueco agónico que lo va carcomiendo. A la vista de todos, va muriendo de pie. Nadie lo nota hasta el día en que llega un ventarrón inesperado que termina por derribarlo.
Seguí con mi vida —tuve que hacerlo—. El árbol siguió de pie, cambiando de follaje, pero cargando un vacío cada vez mayor.
Aquella tarde, ante las noticias, me golpeó la misma desesperación que la última vez que nos vimos, una madrugada nefasta. De pronto, mi cabeza se llenó de sonidos y sensaciones que me han perseguido durante casi tres décadas: el golpe seco de un cenicero de cristal estrellándose contra la mesa del comedor, los reproches, los portazos de aquel auto resonando como un disparo en la madrugada, el perfume áspero de un aftershave ajeno, la tela de mi camisa rasgándose cuando intentó asirse de mí, sus gritos desgarrados lacerándome por dentro, la penumbra rota por los faros del viejo Renault Fuego clavados en nuestros rostros, el chirrido de los neumáticos alejándose y el eco de mi propio llanto, inconsolable, desnudo de futuro.
Pasados los cuarenta años, advertí que había perdido los últimos veintiséis reprochándome un hecho que, cuando aún desconocía de qué se trataba la vida, no supe cómo manejar. Y, aun así, sentado frente a aquel viejo escritorio, no me creía capaz de dejarlo ir. Su pérdida, ahora, resultaría irreversible. Es que, a pesar de todo, el solo hecho de que existiera lo mantenía en mi vida; alimentaba la esperanza soslayada de un reencuentro.
Necesitaba saber que nada era tan grave como lo sugerían los portales.
Inventé mil escenarios en los que todo era un malentendido.
Me maldije por no tener manera de contactarlo, por no haberlo intentado durante tantos años.
¿Por qué no había conseguido reunir el valor antes?
¿Por qué me paralizaba siempre el mismo miedo?
«¿Y si no me recuerda?»
«¿Y si me odia porque cree que lo he olvidado?»
La impotencia me carcomía.
«Tiene que recuperarse… Tiene que recuperarse».
No concebía otra opción.
Sabía que, si lo peor llegaba a suceder, no sería capaz de continuar. El espejismo sobre el que había edificado el resto de mi vida se desvanecería como un castillo de naipes.
No estaba preparado para otra pérdida.
Quería poder hacer algo; no obstante, parecía demasiado tarde para arrepentimientos.
De repente, la habitación pareció empequeñecerse. Noté el silencio de la casa, el peso de mi respiración, el tic-tac de un reloj que hacía mucho que no escuchaba.
Entonces sonó el teléfono de línea, ese al que ya nadie llamaba. Tres timbrazos secos hicieron vibrar el aire.