En la Noche
Era de noche, todo estaba oscuro, ni una luz, ni cerca, ni lejos. Solo se veía el contorno de los árboles que se movían con el aire y el resto del paisaje con diferentes tonalidades de negro que dibujaban las siluetas de lo que parecían dos hombres de pie, uno frente al otro. El aire acercaba el sonido de sus voces por todo el lugar, rompiendo el absoluto e inquietante silencio que reinaba en ese momento.
—Repíteme por qué hemos aparecido aquí.
—Hemos quedado aquí con uno de ellos, tiene una información muy importante —dijo despacio y casi en un susurro la silueta del hombre más alto—. Y habla más bajo.
—Si tan importante es —continuó el bajito—, ¿por qué no ha venido directamente a la casa? No entiendo porqué has elegido este lugar, no me da buena espina todo esto.
¡Crack! Un golpe seco se oyó en la distancia.
—Silencio —dijo el alto.
Todo se volvió a quedar tranquilo; el aire soplaba ahora con más fuerza, golpeando en sus pieles, provocándoles un frío casi doloroso y agitándoles sus melenas.
—Cuántas veces te tengo que decir que hables más bajo o mejor, no hables —a pesar de ser un susurro, se percibía la fuerza, como un grito seco—. He elegido este lugar porque él no es de los nuestros, no me fío de él. Así podremos escapar más rápido si algo saliera mal.
—¿Mal? ¿Qué podría salir mal? —pronunció una voz fría y muy grave, como si fuera la de un perro que puede hablar.
La silueta del hombre más alto dio un grito ahogado; solo de pensar qué había podido oír, tenía que mantenerse quieto y no dar señales de lo nervioso que estaba.
El más bajito se puso al lado de su compañero y supo lo que tenía que hacer: “¡Maestro, empiece a hablar ya!” se lo dijo mentalmente, y este, como si lo hubiera oído, comenzó a mover los labios.
—Llegas tarde.
Ahora hablaba alto y claro, para que no tuviera dudas de que no temía nada, aunque no fuera cierto.
—No corren buenos momentos, amigo, no ha sido fácil llegar aquí. He de admitir que es un buen lugar.
—Dame la información, tengo prisa —respondió el alto sin expresar ningún sentimiento en su rostro.
—Te daré la información, pero a cambio yo quiero algo vuestro.
—No acordamos nada de eso.
—Entonces, amigo, no puedo darte lo que pides.
Las tres siluetas se percibían como árboles, rígidos. Todo continuaba oscuro como si no hubiera pasado ni un minuto; apenas se distinguían los rostros.
—Está bien, ¿qué quieres? —concedió el más alto.
—Me gustaría entrar en vuestro bando.
Muy serio y pensativo, respondió el alto:
—Espero que entiendas que no puedo contestarte ahora mismo, pues lo que pides es complicado y llevaría su tiempo, pero si la información es buena y útil facilitaría un poco las cosas.
—Está bien, os diré lo que sé.