Perdido y Encontrado
El sol se alzaba cubierto por un manto gris, que oscurecía todo el muelle y sus edificios. Aquella fábrica, era el último edificio de la calle, se encontraba más apartado del resto y era el único que estaba abandonado. Tenía aquellos ventanales rotos y partes del tejado arrancadas por el viento.
Había una puerta pequeña a la izquierda de las enormes portadas, que se encontraba abierta, chirriando por el leve movimiento que el viento producía en las juntas oxidadas por la humedad y el tiempo.
Fuera hacía frío y el mal temporal picaba el mar, golpeando fuertemente las olas contra los barcos y pesqueros que se encontraban amarrados. Como una aparición, el sonido de un suave e insinuante rugido que iba reduciendo la intensidad y el roce de una goma gruesa con la arena y las piedrecitas del asfalto, avanzaba muy lentamente hasta que se detuvo justo frente a la puerta.
Un vehículo negro con los cristales tintados había aparcado, dando la única señal de vida en aquel lugar, a parte de las ratas que deambulaban libremente por doquier.
Del coche salieron dos personas, un hombre aparentemente intrigante por su aspecto serio y oscuro y la otra persona era un chico más joven, con unas expresiones más inquietas e inseguras. Ambos se dirigieron hacia el interior, el hombre pasó primero golpeando la puerta de una patada, sacó su linterna de un bolsillo e hizo un barrido de aquella enorme sala llena de vigas y columnas de metal. Todo estaba demasiado oscuro, salvo por las zonas más cercanas a las ventanas que tenían los cristales rotos.
El chico pasó detrás, acababa de ponerse una mochila, se acercó en silencio al hombre. Andaban lentamente, asegurándose de cada paso, el chico miraba continuamente hacia atrás, observando como se alejaban de la luz de la calle, vislumbrando una parte del coche aparcado a través del hueco de la puerta. Cuando llegaron al centro de esa sala, el hombre vio que había un enorme agujero en el suelo y se detuvo para iluminarlo. El chico se puso a su lado y asomó la cabeza para ver el fondo que se encontraba a una altura de unas dos plantas, sin embrago, había una zona de bajada que la formaban unos escombros al otro lado del agujero. El hombre empezó a rodear el agujero sin perderlo de vista, pretendía bajar por la rampa tan empinada. El muchacho iba siguiendo sus pasos cuando se escurrió y cayó a la oscuridad.
El ruido de los escombros que cayeron rompieron el silencio con un golpe seco al chocar contra el fondo de aquel agujero, extendiéndose el sonido como el viento por todas partes. El hombre corrió y se arrodilló asomándose, el chico estaba agarrado con fuerza a tubo partido que sobresalía. El hombre le extendió una mano y agachándose todo lo que podía para cogerlo. Comenzó a tirar con fuerza, necesitó ayudarse con las dos manos, soltando la linterna alumbrando hacia abajo. Lo sujetó por el pantalón y con un último tirón lo sacó finalmente del agujero. El chico cayó sobre el hombre y quedaron los dos tendidos en el suelo. El hombre le preguntó que tal se encontraba mientras le observaba; vio que se había hecho un pequeño corte en el muslo, pero a pesar de todo el chico se encontraba bien.
Todo había vuelto a la calma y estaban de nuevo en silencio, pero de pronto, un sonido silbante rozó la oreja del chico, pasando de largo y chocando en una de las columnas de metal, provocando un eco en la sala. Se trataba de un objeto que se había clavado. El hombre cogió sobresaltado la linterna y apuntó al lugar, viendo que aquel objeto era una punta de acero. Sin pensar, rápidamente llevó la luz al agujero, abajo había una persona con la piel muy pálida. Se cruzaron las miradas y aquella persona echó a correr, el hombre le dijo al chico que permaneciera allí, cogió carrerilla y corrió hacia el agujero, cuando llegó al borde saltó estirándose todo lo que pudo. Cayó en los escombros que formaban la rampa y descendió lo más deprisa que le permitieron sus piernas. Una vez abajo, el hombre vio que se encontraba ante una pasarela bastante ancha y excesivamente oscura, parecía un agujero negro. Avanzó y a lo lejos oyó unos pasos pisando unos charcos, había mucha agua allí abajo, que aparecía a través del techo y las paredes. El hombre sacó un arma y sin parar de correr, enganchó la linterna a un lado, introduciéndose en aquel túnel.
Mientras, el chico, sin saber que hacer, decidió no moverse de allí, como le había dicho. Así que se recostó en una columna, quitándose la mochila y poniéndose a rebuscar en ella. Sacó un pañuelo y lo extendió, dentro había un objeto que sujetó con la mano, parecía una piedra, pero brillaba una luz azul en su interior haciendo unos movimientos ondulantes. Fijó su mirada en ella y vio que la luz estaba cogiendo mucha fuerza, brillando intensamente con un azul mucho más vivo y dejando de moverse. El chico parecía estar totalmente hipnotizado, pues nunca había visto aquel comportamiento en el objeto, a pesar de todo el tiempo que la había tenido en su poder. De pronto una mano lo agarró sacándolo del ensimismamiento y el chico se encontró colgando frente a un joven de mirada penetrante.