Chapter 1
Antes que leas... ¿Has sentido que tu corazón te grita y suplica algo, pero... de alguna manera sabes que es peligroso? Si no lo entiendes te lo explicare con un pequeño ejemplo
Imagen a un adulto, en situación de pobreza, este no encuentra trabajo y ya esta empieza a tener hambre, un día llega un narcotraficante y le pide que... mande a dormir a un enemigo suyo, por así decirlo, el adulto no quiere hacerlo, no es la manera de que quiere dinero, pero el tiene hambre y su esposa esta enferma así que sin otra opción acepta.
¿Ahora lo entiendes? Este hombre tiene valores, principios, pero va en contra de estos, por que aunque quiere demostrarle a todos que es un buen hombre, el mira a su pobre esposa enferma y a sus hijos muriendo de hambre, sabe que si no actúa ellos morirán, el se pregunta que es peor ¿Ser un asesino y tener bien a su esposa o decirle que no al narco y que este lo mate y deje peor a su pobre familia?
Mi historia no es diferente a este ejemplo... Pero existe una pequeña diferencia, el hombre nunca disfruto del sufrimiento de quienes lastimo, en cambio yo, si lo hice al principio y eso fue lo que me hizo perderlo todo, perder mi felicidad, perder mi dinero, perder a mis amigo, perder a mi familia, perderlo a el...
Pero para entender como perdí lo que mas amaba y como me perdí a mi misma vamos desde el comienzo
Hace 2 años
Entre por la puerta de mi instituto, kings and queens institute, el mejor instituto para formar a los futuros reyes y reinas de las distintas dinastías, camine hasta mi mejor amiga, Eliza Reynold, hija de la dinastía Reynold, del reino de Valora
—Eliza, que gusto volverte a ver.—Le sonreí mientras metía mis útiles a mi casillero.—.
—Lo mismo digo Meredith.—Ella miro sobre mi hombro y sonrió.—Creo que tu paraíso se acabo.—.
Me volteé y mi sonrisa se borro al ver a Alexander caminar hacia nosotras, Alexander y yo nunca nos habíamos llevado bien, la razón era que nuestras dinastías eran enemigas y aunque muy en el fondo no entendía que tenia que ver una cosa con otra, yo era muy orgullosa para admitirlo, el era peor que yo.
Se acerco a mi y me sonrió con burla
—Vaya, miren quien es, Meredith Cullen, yo creí que tenias dignidad para no acercarte o al menos cambiarte de colegio.—Se rio con burla, lo fulmine con la mirada y supire.—.
—De echo... Para tu información Alexander Mulligan, si tengo dignidad, ya que la dignidad es algo que no se pierde al menos que seas un idiota y la cagues seguido, así que si no sabias, todos tenemos dignidad.—Lo mire de arriba abajo y sonreí con arrogancia.—Oh bueno...—Lo mire a los ojos y le puse una mano en el hombro.—Creo que no todos.—.
El me miro con rabia y quito mi mano de su hombro y al sonar la campana entramos a clases, al finalizar la clase como todos años asignaban las habitaciones y a los roomies, le agarre la mano a Eliza con felicidad hasta que...
—Meredith Cullen y... Alexander Mulligan.—.
Mi sonrisa se borro de nuevo, esto tiene que ser una broma... Malditos director que hizo la asignación mixta... Intente protestar al igual que Alexander, pero no me dejaron, solo suspiramos y lo aceptamos, claro que nos mandábamos miradas de odio y nos hacíamos bromas, el me rompía mi maquillaje y libros, yo le quemaba su ropa, dos semanas después estábamos peleando de costumbre
—Eres un idiota.—Le dije con enojo.—.
—Wow, eres Cristóbal colon.—.
Los de la academia solo nos veían y algunos ni siquiera ponían atención, creo que ya se acostumbraron a vernos así
Una semana luego
Caminaba por los largos pasillos de la academia, en un momento sentí muchas miradas de mi cuando entre a la biblioteca, se me hizo raro, también murmuros, vi a Eliza a lo lejos, me acerque a ella, pero esta me ignoro con vergüenza, era muy raro todo, me pellizque, pero no era un sueño, un chico se me acerco y con un tono de preocupación y vergüenza me hablo
—¿Eres Meredith Cullen?.—.
—Si ¿Sabes que es lo que esta pasando?.—.
—Todos ¿Tu no lo sabes?.—Pregunto con un tono de lastima—.
—¿Tengo cara de que lo se?.—.
—Tienes razón, perdón, bueno mira.—Me mostro su celular y mis ojos se abrieron, era un video mío con Alexander en una cama.—En ese momento mis ojos se nublaron de lagrimas de ira.—.
Me dirigí hacia nuestra habitación, al entrar lo encontré acostado con su celular en la mano y lo agarre de la camisa y lo acerque a mi con ira y le grite a la cara
—¡¿Enserio me odias tanto para arruinar mi dignidad y reputación que tanto he cuidado?!.—.
—¡¿De que hablas loca?!.—.
—¡¿Admítelo, tu subiste ese video editado de ti y mi en una cama?!.—.
—¡¿Que?! ¡¿Que estas diciendo!? ¡Si te odio, con todo mi alma, pero no soy tan maldito para hacer algo así, ni siquiera se de que video estas hablando loca?!.—.
—¡No me mientas, Alexander!.—Grité, sintiendo cómo la rabia me quemaba la garganta.—¡Todo el maldito instituto lo vio! ¡Mi teléfono no deja de sonar!.—.
Él me miró con los ojos muy abiertos, confundido, o al menos fingiendo estarlo
—Meredith, escúchame… yo no hice nada —dijo, intentando soltarse de mi agarre—. ¡Suéltame, me estás lastimando!.—.
Lo empujé con fuerza, y su celular cayó al suelo, rebotando contra la madera. Por un segundo, ambos lo miramos. La pantalla seguía encendida. Una notificación parpadeó: ''Nuevo mensaje del grupo Salon 3B'' Era nuestro salón.
Me agaché antes que él pudiera alcanzarlo, lo tomé y abrí el chat. Lo que vi me heló la sangre. Había varios mensajes, todos riéndose. Una foto mía llorando en la puerta del aula, y el video —ese video falso— reenviado una y otra vez. Pero el remitente original… no era Alexander.—.
Era Eliza.
—No...—Susurré, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con una punzada de traición.—No puede ser ella…—.
Alexander me observaba desde la cama, con una mezcla de miedo y sorpresa
—¿Eliza? ¿Tu amiga Eliza?.—Preguntó, con voz baja.—.
—Ex amiga —Murmuré, cerrando el teléfono con fuerza.—Ella… ella tenía acceso a mis cosas y sabia como arruinarme la vida.—.
Hubo un silencio espeso entre nosotros. Solo se escuchaba mi respiración entrecortada y el zumbido lejano de los mensajes que seguían llegando
—Meredith… —Dijo Alexander, levantándose despacio.—Si eso es cierto, tenemos que hacer algo, no puedes dejar que sigan compartiendo eso.—.
Lo miré, desconfiada aún, pero su voz sonaba diferente. No había rastro de burla ni de frialdad esta vez
—¿Y qué propones?.—Pregunté, con los puños cerrados.—¿Qué me siente a mirar cómo destrozan mi vida?.—.
—No.—Respondió con firmeza.—Que encontremos a Eliza y la hagamos decir la verdad.—.
Su mirada se clavó en la mía, intensa, casi desesperada por primera vez en mucho tiempo, sentí que decía la verdad
Pero en el fondo, algo me decía que esto… apenas estaba comenzando
—¿Cómo puedo confiar en ti?.—.
—¿Crees que si hubiera sido yo o si estuviera trabajando con Eliza te estaría ayudando?
—Tienes razón, confiare en ti, pero si me traicionas, me las pagaras.—.
Tiempo después hable de eso sobre mi padre, su respuesta no me la esperaba
—Que perfecto.—Dijo el.—.
—¿Perdona?.—.
—Toma esta oportunidad, ve por alexander y mátalo.—.
—¡No! El me esta ayudando, no lo voy a traicionar.—.
Mi padre se encogió de hombros con desgana, como si yo estuviera discutiendo por el clima.
—Él te está metiendo en esto, Meredith si lo eliminas, todo se acabará y nadie encontrará el hilo que nos lleve a nosotros.
—Sus ojos eran otra vez los de un estratega, de alguien que despeja vidas como si fueran piezas de ajedrez.—.
—Además, podría arreglar ciertas... cosas de la familia.—.
Me costó tragar ¿Arreglar cosas a costa de una vida, eso era lo único que le importa? Le miré buscando un atisbo de duda, de piedad no lo encontré
Quería negarme, pero era mi palabra contra la suya, aun así, sin saber por que lo intente
—No lo hare.—.
—Si no lo hace... Yo lo hare y aparte de eso te voy a quitar mi apellido y dile a dios a todo, tu casa, tu familia, reputación, dinero, todo.—Me miro serio y me dijo.—Es una orden o lo matas o soy capaz de matarte a ti.—.
Contuve las lagrimas y asentí
—¿Cuando?.—Pregunte.—.
—Hoy, en la noche, has que parezca un accidente.—.
Asentí con la cara rígida, como si hubiera aceptado el veredicto, por dentro todo hervía, miedo, asco, una rabia que me dolía el pecho, él me miró con esa calma de siempre, la que parte en dos a cualquiera que se le enfrente, y dio por cerrado el asunto, me levanté fingiendo normalidad y salí de la cocina con las rodillas temblando
En la calle, escondida detrás de un coche, marqué a Alexander con la mano que no temblaba demasiado
—Ven ahora, es urgente, no hables por teléfono.—Escribí.—.
no expliqué más, no dije lo que mi padre había ordenado, no podía decirle que esa misma orden me quemaba la garganta y me obligaba a mentir en cada sílaba
volví a la casa como quien regresa de una cita cualquiera, comí, fingí reír, cumplí el papel, mi madre no levantó la vista del periódico, mi padre me observó con la seguridad de quien cree tener todas las cartas, antes de salir le obedecí sólo lo suficiente
—Está bien, lo haré.—Dije con voz baja.—.
La noche era una piel fría sobre la ciudad, él condujo en silencio, con cada kilómetro el nudo en mi estómago se apretaba más, sus palabras, haz que parezca un accidente, seguían repitiéndose en mi cabeza, no habría grabaciones que me salvaran, no habría testigos, si me negaba lo había dejado claro, perdería todo
Cuando paramos frente a la casa aislada que había escogido no pude evitar jurar que respiraba por monosílabos, me empujó fuera del coche con la brusquedad de quien ya había practicado la escena en su mente, la casa estaba en penumbra, el jardín mordido por la oscuridad y el camino de acceso crujía bajo los pasos como si contara cada latido
Encendí la linterna, sentí la fría barra metálica bajo mis dedos como si fuera la única prueba de que todavía era yo y no el animal al que me obligaban a transformarme, vi el perfil de Alexander emergiendo de la sombra, su espalda, su silencio, y por un instante pensé en todo lo que él había hecho para llegar hasta aquí, las noches en vela, las veces que me había hablado con sinceridad, la decisión de ponerse a mi lado cuando más lo necesitaba
Mi pulgar rozó la cerradura del coche, el mapa de la casa delante, las luces lejanas, la respiración contenida, cada músculo pedía huir, pero algo más antiguo me ataba al sitio, la promesa de que aunque fuera a precio de mi alma no iba a mancharme de sangre por nadie, las palabras de mi padre seguían latiendo dentro mío como un reloj que no podía desmontar
—Haz que parezca un accidente.—Susurré para mí, repitiendo sus órdenes como si así pudiera borrar el peso de ellas.—.
Di un paso hacia adelante, la oscuridad me envolvió, cerré los ojos un segundo, tomé aire y abrí la puerta que me llevaba a lo que él esperaba que hiciera, apenas ahí con la mano sobre la manija sentí el mundo detenerse, todo lo demás quedó fuera, sólo el metal frío bajo mi palma, el pulso en mi garganta y la elección más enorme y terrible que había tenido que enfrentar en mi vida