Capítulo 1 – El tributo de jade
La luna colgaba como un sello de plata sobre los tejados del Palacio Carmesí. El aire olía a sándalo y miedo. En la explanada central, un cortejo avanzaba lentamente: sacerdotes, soldados, eunucos, y en medio de todos ellos, un carruaje cubierto de seda blanca. Dentro, Yu Han mantenía los ojos cerrados, no por devoción sino para no mirar el destino que se abría ante él.
Había nacido en un reino que ya no existía. Su casa ardió la noche en que los estandartes del Dragón Dorado cruzaron las montañas, y su belleza —esa desgracia que todos admiraban— fue el precio del tratado. En el papel firmado con tinta y sangre, su nombre figuraba no como prisionero, sino como tributo.
El tributo de jade: así lo llamaban los enviados imperiales.
Cuando las puertas del palacio se abrieron, Yu Han sintió el peso del incienso que ascendía como una plegaria. Las lámparas de aceite bañaban los muros de oro y laca, y cada paso resonaba como un latido prohibido. Los eunucos lo guiaron hasta el pabellón del Loto, donde aguardaba el Emperador Lián Zhao.
Dicen que el soberano era un hombre tallado por los dioses con la dureza del hierro y la mirada del halcón. Sus ojos, dorados como el vino viejo, no conocían la compasión. Cuando Yu Han se inclinó ante él, el silencio pareció doblarse; ni siquiera el viento osó rozar los cerezos del patio.
—Levanta el rostro —ordenó Lián Zhao.
Yu Han obedeció. El brillo de las antorchas jugó en su piel como en el mármol pulido. El Emperador lo observó largo rato, y en ese examen había más peligro que en mil espadas.
—Así que tú eres el tributo que me ofrece un reino muerto —murmuró.
—Sí, Majestad. —La voz del joven era un hilo, pero firme.
Lián Zhao dio un paso, otro, hasta quedar frente a él. Su perfume —almizcle y loto— lo envolvió como un juramento. Posó un dedo bajo su mentón y lo obligó a mirarlo.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Para servir a su trono.
—¿Y sabes qué significa servir?
Yu Han quiso hablar, pero las palabras se negaron a salir.
El Emperador sonrió apenas, una línea de hielo en sus labios.
—Significa no mentirle al dragón —susurró.
Aquella noche Yu Han fue llevado al pabellón de jade. El sonido de las flautas lejanas acompañó su soledad. Se despojó del velo blanco y contempló su reflejo en el agua del estanque interior: un rostro joven, demasiado sereno para el miedo que lo habitaba.
“Mentiré”, pensó. “Diré que no temo. Diré que soy digno. Diré que el fuego no me quema.”
El murmullo de las puertas anunció la llegada de Lián Zhao. Vestía una túnica negra bordada con dragones de hilo carmesí.
—¿Sabes por qué los lotos crecen en el fango? —preguntó sin preámbulo.
—Porque la pureza solo puede nacer del dolor —respondió Yu Han, sin saber de dónde le venían las palabras.
El Emperador lo observó en silencio, y algo, un destello apenas, pasó por sus ojos. No era ternura, quizá curiosidad. O el reflejo de una pasión que aún no comprendía.
El viento agitó las cortinas. La llama de la lámpara tembló. Entre ambos, el aire se volvió espeso, dorado, irrespirable.
Yu Han bajó la mirada.
—No temo a su cercanía, mi señor —dijo, mintiendo.
Lián Zhao se inclinó apenas, lo suficiente para que su voz rozara la piel del joven.
—Entonces mira, y recuerda que en este palacio cada palabra tiene un precio.
Y así, bajo la luna partida, nació la primera mentira.
🌸 Nota del autor
Las mentiras en este palacio no se dicen por engaño, sino por necesidad. Yu Han inicia su destino como quien pisa un espejo: con miedo de romperlo y de cortarse con su reflejo.
El loto aún duerme en el fango, pero el agua empieza a temblar.
Próximo capítulo: “El perfume del dragón”
Lián Zhao descubre que las mentiras del tributo de jade huelen a verdad.
— LEHF —