Capítulo I
“La perfección no respira, pero ya la escuché hablarme.”Bajo las sombras de una gran ciudad como lo es Seúl, hay un artista incomprendido, uno que gusta de plasmar su arte en el dolor.
Ahí estaba Seok, trazando los detalles de su nueva obra maestra sobre el cuerpo inerte, pero aún bello, de una joven. A sus ojos, resultaba elegante. Se sentía satisfecho, porque con cada hora de trabajo, su obra reflejaba la belleza de Afrodita, y dejaba claro que había elegido a la candidata indicada para representar el encanto de la diosa.
Cubría con yeso y resina el cuerpo sin vida con tal dedicación que resultaba fascinante. Su único testigo era la oscuridad.
Cuando se detuvo a ver su obra, sonrió con orgullo. Por fin, una persona había logrado alcanzar la divinidad de una diosa. La simetría, la postura tan elegante... finalmente lo había conseguido: había logrado reflejarla de una forma tan glamorosa.
Jay solo miraba, desde dentro, la nueva creación de Seok. Percibía la perfección que el otro tanto deseaba conseguir cada vez que salía, mientras Hoseok dormía profundamente en el interior. Era tan común... Lástima que no apreciara lo que eran capaces de hacer. No lo comprendería, por eso debía dormir.
Mientras tanto, Hobi solo podía percibir la escena con dolor y horror, acurrucado en un rincón de aquella mente tan compleja.
Cada uno mantenía una meta propia. Cada uno era una identidad distinta. Todos se complementaban en aquel ser tan complicado. Habían aprendido a coexistir.
Agregó una inscripción final en su obra:
Ἔρως καὶ κάλλος ἐντὸς ἐμοί.
╺𝐸𝑙 𝑎𝑚𝑜𝑟 𝑦 𝑙𝑎 𝑏𝑒𝑙𝑙𝑒𝑧𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑑𝑒𝑛𝑡𝑟𝑜 𝑑𝑒 𝑚𝑖╸
Mientras Seok se alejaba del cuerpo, cubierto de polvo blanco y con restos de resina en las manos, sonreía. Colocó su abrigo negro y se miró al espejo colgado en la pared. Esa imagen reflejada no era él.
—Jay… —susurró con un deje de fastidio.
—Ya lo sé —respondió el reflejo con una sonrisa encantadora—. ¿Ya terminaste? Es hora de que vuelva.
Seok cerró los ojos. Cuando los abrió, sus pupilas se suavizaron y su postura cambió. El Seok perfeccionista se desvanecía, dando paso a un nuevo rostro: uno más sereno, más encantador. Jay había tomado el control.
Observó la escena a su alrededor, asintió con satisfacción y limpió con delicadeza cualquier resto que delatara la presencia del escultor. Él era quien sabía cubrir los rastros, limpiar la escena, incluso dejar pistas falsas si era necesario. Jay era el estratega, el encantador, el que hablaba con los oficiales sin pestañear.
Después de todo, la mente de Hoseok era un rompecabezas. Seok era el artista; Jay, el manipulador; Hobi, el niño roto que solo quería proteger lo poco que quedaba de inocencia; y Hoseok… Hoseok era la carcasa, el nombre que el mundo conocía.
Pero Hoseok ya no tenía el control. No desde hacía mucho.
Y esta noche, una nueva obra de arte había sido completada.
Cuando el sol finalmente se asomaba en el horizonte, Hoseok logró despertar. Estaba tan confundido. En su ropa había restos de yeso y resina que aún olían frescos. Le dolía ligeramente la cabeza. Tenía nuevamente esas lagunas mentales… no recordaba qué había hecho.
Se levantó del sofá donde había despertado, con un poco de dolor muscular, pensando que no había dormido en una buena posición, aunque eso estaba más alejado de la realidad.
Tomó una ducha y se preparó para ir a la Universidad Nacional de Artes de Seúl, donde impartía clases.
Mientras terminaba todo lo necesario para salir de casa, un dolor fuerte en la cabeza lo hizo doblarse un poco. Fragmentos de una escultura venían a su mente, pero no lograba descifrar el nombre de aquella obra. Decidió ignorarlo, tal vez la había visto en alguna de las restauraciones de arte a las que había asistido.
Cuando se empezó a sentir un poco mejor, tomó sus cosas nuevamente y se marchó. Subió a su auto, emprendiendo su camino. Pero entre el tráfico infernal de Seúl, chocó ligeramente con otro auto.
Se bajó asustado a verificar el estado de su coche y a pedir disculpas por su error al dueño del otro vehículo. Pero cuando lo vio bajar, sus labios no lograron articular palabra alguna.
Frente a él estaba un chico, bastante guapo, digno de admirar. Seok, en su interior, lo miraba con fascinación, estudiando cada parte del contrario. Todo esto sin notar que el otro ya había empezado a hablarle.
—Al parecer el daño no fue grave. ¿Usted está bien? —mencionó aquel chico de voz dulce.
Lo cual remueve algo en su interior, sin saber que Seok ya estaba planeando su próxima obra.
—Sí, lamento el incidente. Puedo pagar por los daños, fue mi culpa… fui imprudente —menciona avergonzado por la situación, algo apresurado, balbuceando algunas palabras. Sin embargo, se detiene al escuchar una pequeña risa del contrario.
—Tranquilo, no hubo un daño importante. Pero si de verdad quieres reponer el incidente, puedes darme tu número y podríamos ir a cenar uno de estos días —dice mientras le extiende su celular.
Él lo toma algo nervioso, colocando su número telefónico.
—Es este —dice aún avergonzado, aunque con una sonrisa.
—Bien, mi nombre es Jungkook. Jeon Jungkook. ¿Y el tuyo? —pregunta, mirando la sonrisa del contrario, quien se queda unos segundos sin palabras.
—Mi nombre es Jung Hoseok —responde con una ligera reverencia.
—Bueno, Hoseok, te llamaré pronto para que podamos tener esa cena de compensación —fue lo último que mencionó antes de subir a su auto e irse, haciendo que Hoseok también subiera al suyo. Entonces se da cuenta de que está llegando tarde a la reunión previa a su primera clase, un poco preocupado ya que el director era muy disciplinado en ese aspecto.
Toma algunos atajos y logra llegar justo a tiempo.
El director comienza con su charla matutina, hablando de cómo aquella era una gran institución y que debían esforzarse siempre por mantener un alto estatus. Hasta que finalmente menciona algo que llama su atención.
—También los cité porque quería presentarles al nuevo maestro de música. Por favor, entra y preséntate —dice, mirando hacia la puerta.
Al verlo entrar, se sorprendió bastante. Era aquel chico con el que había chocado hacía un rato.
Cuando sus miradas se encontraron, él solo le sonrió, y después de presentarse ante todos, se acercó directamente a Hoseok.
—Es bueno verte de nuevo, Hoseok —le dijo con un guiño—. Así será más fácil salir juntos.
No respondió de inmediato; solo asintió, algo confundido por la coincidencia... o destino.
Pero Seok, en su interior, estaba extasiado. Deseaba marcharse con él en ese instante y convertirlo en su nueva obra. Su mente ya comenzaba a bosquejar la figura perfecta que había imaginado en ese breve encuentro.
Sin embargo, Hobi lo detuvo. No con palabras, sino con esa calma que a veces lograba imponerse en el caos de su mente. Un presentimiento lo invadió, uno extraño pero firme: aquel hombre podía ser más especial de lo que aparentaba. Tal vez no debía dañarlo. Tal vez... debía conocerlo.