El delirio de la Fe #3

Summary

Park Jimin fue entregado a Dios como castigo. Kim Namjoon lo recibió como una promesa. En una iglesia donde el amor se confunde con penitencia, la redención se mancha de sangre y el deseo se disfraza de salvación. Una historia de fe rota, obsesión divina y sacrificios que nunca debieron hacerse. ✟#3 Delirio (Saga) ✟Shipp NamJim ✟Mención de otros Shipps

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

“Entre la multitud devota, no fue a Dios a quien entregó su mirada, sino al ángel que acababa de descubrir.”¿Tal belleza acaso era real?

¿Cómo podía un chico irradiar una divinidad tan pura y vibrante?

Ese manojo de pensamientos lo consumía mientras sus ojos se clavaban a lo lejos, entre los pasillos abiertos de la iglesia. Solo había sido un vistazo fugaz hacia la multitud de feligreses, un mar de rostros anónimos… hasta que lo vio.

Allí estaba, inmóvil entre la gente, como si la luz de las velas lo reclamara únicamente a él. Su piel parecía beberse los destellos dorados que danzaban sobre los vitrales; su postura frágil, casi ajena al bullicio, lo volvía distinto, separado, como si no perteneciera a este mundo.

Lo observó. Lo estudió apenas unos segundos… pero en ese mínimo lapso su corazón pareció dictar sentencia: aquel joven era suyo.

Un roce suave en su hombro quebró el hechizo.

—Padre, ya es hora de entrar. La misa dará comienzo —susurró la monja con calma, como quien trae al presente a un distraído.

Namjoon desvió la mirada con esfuerzo, obligando a sus pensamientos a regresar a la solemnidad de su papel. Acomodó la sotana con la serenidad de un hombre que nunca debería titubear, y dio un paso hacia el altar. Sin embargo, en lo más íntimo de su mente, la imagen de aquel chico se había grabado con fuego. Y ya sabía, con una certeza tan peligrosa como sagrada, que volvería a buscarlo con la mirada.

Estando en el altar debía olvidar todo.

El deber exigía que su mirada se posara únicamente en el crucifijo, que sus pensamientos se elevaran hacia su Señor y que su voz guiara a los fieles en la devoción. Así debía ser. Así siempre había sido.

Pero esa mañana nada resultó igual.

Entre las filas de feligreses volvió a percibirlo: aquel muchacho de rostro dulce, casi angelical, pero con una mirada vacía que parecía gritar silenciosamente su abandono.

Namjoon intentó distraerse, repetir en su mente las oraciones, aferrarse a la solemnidad de los salmos. Sin embargo, fue inútil. Sus ojos, por más que quisiera negarlo, siempre regresaban a él. Algo en ese ser lo llamaba con fuerza inquebrantable, como si hubiese nacido únicamente para estar allí, frente a él, bajo la luz quebrada de los vitrales.

La misa avanzó como en un trance. Su voz entonaba las plegarias, pero su mente se anclaba a la presencia de aquel joven, que parecía ignorar el efecto devastador que provocaba en su interior.

Y entonces llegó el momento de la comunión.

El instante en que todos los feligreses, uno por uno, se acercaban para recibir en sus labios el cuerpo y la sangre de Cristo. Namjoon debía entregarse al rito con la misma devoción de siempre, pero en cuanto el muchacho avanzó por el pasillo central, cada fibra de su ser se tensó.

Finalmente lo tuvo frente a sí.

El joven inclinó la cabeza con reverencia, su dulzura casi infantil se mezclaba con una vulnerabilidad desconcertante. Namjoon, en cambio, lo contemplaba fascinado, hipnotizado, incapaz de ocultar la intensidad con que lo devoraban sus ojos.

Con movimientos medidos, casi ceremoniales, tomó la hostia entre sus dedos. Su voz salió firme, solemne, aunque temblaba de un ardor distinto al espiritual:

—El Cuerpo de Cristo.

El menor lo miró apenas un instante. Sus ojos se cruzaron con los suyos, como un rayo que partió en dos la solemnidad del momento, y luego bajó la mirada por respeto.

—Amén —susurró, aceptando la hostia.

Fue en ese instante, cuando los labios del muchacho rozaron de manera imperceptible sus dedos, que Namjoon sintió algo quebrarse en su interior. Una chispa prohibida, delirante, atravesó la barrera entre lo sagrado y lo humano.

Él lo observó con una intensidad peligrosa, tan marcada que el otro alcanzó a notarla. Sin embargo, Jimin lo descartó de inmediato, atribuyéndolo a una ilusión momentánea.

Namjoon, en cambio, supo que nada había sido un error. Ese roce, esa mirada, esa presencia… habían sellado algo irrevocable.

Cuando finalmente la misa terminó y los feligreses comenzaron a dispersarse, Namjoon descendió del altar con la compostura de siempre. Su mirada recorría la nave principal, atenta a los saludos rutinarios, a las manos extendidas, a los gestos de respeto. Pero entonces, entre la multitud, distinguió una pequeña familia que avanzaba hacia él.

Reconoció al instante a la mujer que encabezaba el grupo: la señora Park, líder del Comité de Caridad, una de las más devotas y generosas benefactoras de la parroquia. Su presencia siempre estaba rodeada de halagos, deferencias y sonrisas. Sin embargo, en cuanto Namjoon reparó en el joven que la acompañaba, toda su atención se desvió irremediablemente hacia él.

Era el mismo muchacho de mirada vacía y rostro dulce que había perturbado su concentración durante la misa. Ahora lo veía más cerca, más nítido, más real. La luz del atrio resaltaba la suavidad de su piel, la curva delicada de su cuello, y esa reverencia tímida que parecía ocultar un peso invisible. Namjoon sintió, por un instante, que el aire mismo se espesaba alrededor de ellos.

La voz de la señora Park lo sacó del ensimismamiento.

—Buenos días, padre. Me gustaría hablar con usted… si no está muy ocupado, claro.

Él se aclaró la garganta con un leve carraspeo, esforzándose por recomponer su expresión. Forzó una sonrisa piadosa, de esas que la gente esperaba ver en su rostro.

—Claro que sí, hija mía. Dime, ¿qué se te ofrece? —respondió con tono cordial, aunque su mirada volvía, inevitable, a aquel joven.

La mujer sonrió con orgullo y, posando una mano sobre el hombro de su hijo, lo presentó con una voz cargada de afecto:

—Primero quiero presentarle a mi hijo, Park Jimin.

El muchacho inclinó la cabeza en una breve reverencia. Sus ojos se cruzaron con los del sacerdote apenas un par de segundos, antes de huir hacia el suelo, como si no se atreviera a sostener aquella intensidad.

Namjoon lo observó con detenimiento, sin poder ocultar del todo el brillo extraño que encendía su mirada.

—Un gusto, pequeño —murmuró, las palabras impregnadas de una dulzura que pretendía ser paternal, pero que ocultaba un latido más profundo, más sombrío.

Luego volvió a dirigir su atención a la madre, que parecía no haber percibido nada.

—Bueno, hija mía, ¿qué es lo que me vas a pedir?

La mujer entrelazó las manos con fervor.

—Quiero su consejo, padre. Deseo que mi hijo entre al seminario. Quiero que él sea sacerdote, igual que usted.

Hablaba con un semblante radiante, como si ofreciera un regalo a Dios, incapaz de notar cómo el muchacho se encogía ligeramente, cómo sus hombros se tensaban y su mirada se volvía aún más apagada con cada palabra pronunciada.

Ese detalle, sin embargo, no escapó a los ojos de Namjoon. Al contrario: lo percibió como una revelación. Había dolor escondido bajo aquella obediencia. Había un vacío que clamaba por alguien que lo llenara.

—Está bien —dijo al fin, con un tono reflexivo—. Pero antes de darles orientación… me gustaría hablar con él. Esta es una decisión importante, y sería bueno escucharlo primero.

Se inclinó apenas hacia Jimin y, en un gesto que parecía protector pero que en realidad era posesivo, pasó un brazo por encima de sus hombros. Lo apartó suavemente de su madre, guiándolo hacia un rincón más apartado del atrio. La mujer, confiada y satisfecha, sonrió con alivio, creyendo que el sacerdote se haría cargo del destino de su hijo.

Jimin no dijo nada. Su cuerpo, bajo la firmeza de aquella mano en su hombro, se tensó como si una red invisible lo atrapara. Namjoon, en cambio, lo sintió temblar bajo su toque y supo, con la certeza de un predador, que aquel joven estaba hecho para refugiarse en él… aunque aún no lo supiera