el viaje - de Buenos Aires a Seúl
Belén respiró hondo mientras sostenía su bastón blanco y ajustaba los lentes oscuros sobre su rostro. No era la primera vez que viajaba en avión, pero sí era la primera vez que lo hacía tan lejos de su tierra natal, Argentina. A sus trece años, estaba a punto de comenzar una nueva etapa en su vida: la secundaria, pero en un país completamente distinto, Corea del Sur.
El aeropuerto de Ezeiza estaba lleno de murmullos, valijas rodando y voces anunciando vuelos. Para Belén, que tenía una discapacidad visual por su albinismo, esos sonidos eran más que ruido: eran coordenadas para orientarse. Su madre le apretó suavemente la mano.
—¿Lista, Belu? —preguntó con esa mezcla de orgullo y preocupación.
—Más lista imposible —respondió ella con una sonrisa.
La diferencia comenzó incluso antes de despegar. En Argentina, la gente en el aeropuerto suele hablar fuerte, reírse, abrazarse sin vergüenza. En el check-in, los empleados la trataron con amabilidad, pero de manera relajada, con ese tono característico del porteño: “Tranqui, che, tenés tiempo, no te preocupes”.
Horas después, cuando aterrizaron en Incheon, el aeropuerto internacional de Seúl, Belén sintió un contraste inmediato. El silencio era mayor, los movimientos parecían calculados, y la tecnología estaba en cada rincón: pantallas táctiles, señales luminosas, indicaciones en coreano, inglés y hasta en braille. Allí nadie levantaba demasiado la voz, y el ambiente transmitía una disciplina desconocida para ella.
El cambio cultural se volvió aún más claro al dirigirse a la ciudad. En Buenos Aires, Belén estaba acostumbrada a colectivos repletos, calles caóticas, bocinazos y vendedores ambulantes. En Seúl, en cambio, el metro era silencioso, limpio y puntual. Los pasajeros evitaban hablar fuerte, muchos estaban sumergidos en sus celulares. Para ella fue extraño que nadie se mirara demasiado a los ojos; en Argentina, la mirada directa y la conversación espontánea eran casi inevitables.
Mientras el tren avanzaba hacia el centro, Belén observaba la ciudad a través de la ventana. Los edificios altos se alineaban como si hubieran sido colocados por regla. Los carteles en hangul (el alfabeto coreano) parecían códigos secretos que aún no sabía descifrar. Sin embargo, había algo en esa organización que le transmitía seguridad: todo estaba diseñado para funcionar.
Por un instante, recordó las calles de su barrio en Buenos Aires, con sus veredas rotas, los perros callejeros y los vecinos saludando en la esquina. Allí, aunque todo era un poco desordenado, había calidez y cercanía. En Seúl, en cambio, la perfección urbana imponía distancia.
Cuando llegaron al departamento donde vivirían, Belén dejó su bastón sobre la mesa y recorrió el lugar con las manos. Cada objeto tenía un sitio específico. Sus padres habían elegido un apartamento adaptado, con buena iluminación y pasillos amplios para facilitar su movilidad. Ella sabía que adaptarse no sería fácil, pero también intuía que cada diferencia sería una oportunidad para crecer.
Antes de dormir, escribió en un pequeño cuaderno que había traído de Argentina:
"Hoy comenzó mi viaje. Entre Buenos Aires y Seúl hay más que catorce horas de vuelo: hay un mundo de diferencias que todavía me espera descubrir."
Se acomodó en la cama y pensó que, al día siguiente, empezaría su nueva vida como estudiante en Corea del Sur.
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📌 Glosario del capítulo
Vocabulario argentino:
Che: forma coloquial para llamar a alguien o captar su atención.
Tranqui: abreviación de “tranquilo”, usado para calmar o decir que no hay problema.
Bondi: colectivo o bus.
Vocabulario coreano:
Hangul (한글): alfabeto coreano.
Noraebang (노래방): sala de karaoke.
Annyeong (안녕): hola/adiós informal.