La mirada que pedía amor.
Qué intrigante,
y qué doloroso,
puede ser amar
a alguien
que nunca fue amado.
Así me sentí
la primera vez que te vi:
no eras tan malo
como todos decían.
Me pregunté por qué.
¿Qué te hizo el mundo,
o qué le hiciste vos?
No lo sabía,
pero tus ojos…
ay, tus ojos,
eran un pozo callado,
una voz que gritaba amor
sin decir palabra.
Yo, que del amor
nada sabía,
te amé.
Algo en vos me dijo:
“hacelo”.
Y así empezó mi historia contigo.
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Cuando me amabas,
el amor era de película.
Cuando me fallabas,
dolía como un puñal en el pecho,
robándome el aire.
Aun así, me quedaba.
Porque seguía viendo
esa mirada tuya:
profunda,
silenciosa,
rogando amor.
Olvidaba el dolor
para volver a sentir
tu amor de película.
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El tiempo pasó.
Las peleas se volvieron un reto:
quién resistiría más
sin el otro.
Pero ahí seguíamos,
rotos,
aferrados.
Hasta que dijiste:
—¿Y si lo intentamos
viviendo juntos?—
Y yo,
con ansias y fe,
dije que sí.
Entonces todo cambió.
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Lo inesperado sucedió:
un bebé crecía en mí,
mitad tuyo,
mitad mío.
Tu mirada se iluminó,
y creí
que el destino
tenía este plan.
Pero no fue así.
Tu adicción
te ganó la batalla.
Y esa noche,
al borde del colapso,
miré a mi hija,
la envolví en su manta
y me fui.
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Fui al hogar
donde papá me esperaba
con los brazos abiertos.
Pero nada era igual.
Todo se quebró más.
Nunca imaginé ver
esa oscuridad en tus ojos,
ni oír de tu boca
esas palabras.
Me fui.
Y lo logré.
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Pero algo
seguía tirando de mí.
Volviste distinto:
flores, mensajes, promesas,
un amor nuevo.
Y caí.
Sí, caí.
Pensé que ahora sí.
Pero no.
Nunca pudimos ser.
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Eras la llama de mi alma
que poco a poco
se fue apagando
hasta quedar humo,
silencio,
nada.
Y aun así,
yo seguía sosteniendo el hilo,
con las manos heridas,
ensangrentadas.
Hasta que miré hacia arriba…
y lo sentí.
Era Dios.
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Me abrazó y susurró:
“No temas, hija mía,
deja tus cargas en mis manos.”
Un escalofrío
recorrió mi cuerpo.
Era paz.
Era hogar.
Entonces entendí:
el amor no lo es todo.
No lo fue para vos.
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Tu mirada sigue perdida,
tu mente en guerra,
tus sombras ganando.
Yo quise darte aire,
familia,
hogar.
Pero elegiste el polvo,
la ilusión,
la nada.
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Este fue mi último intento,
la última herida
a mi amor propio.
Ojalá ganes tus batallas
antes de que te ganen.
Yo no volveré al laberinto
donde tantas veces
perdí la salida.
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Ahora veo una luz.
Quizás sea mi salida.
Por tu odio,
mi amor se apagó.
Todo es más frío.
La llama se consumió.
Y aun así,
cuando miro tu mirada,
veo al niño que pedía amor,
y al hombre que mintió llorando.
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Que se ilumine tu camino,
y que tus ojos
dejen de ser tan oscuros.
—Yani.