Capítulo 1 - La llave
La familia Villanueva estaba formada por Alonso y Clara, que llevaban ya unos cuantos años juntos como pareja, y su pequeña hija, Laura. Vivían felices y estaban muy unidos, pero, como todo lo pasajero, viene y va. Los cambios en la vida son como el fluir de un río.
El primer cambio importante fue la muerte del abuelito Nacho; fue una noticia triste para todos, pero que la abuelita Antonia se fuese a vivir con ellos no le hizo ninguna gracia a Alonso:
—¿Por qué tiene que venirse tu madre a vivir con nosotros?
—Ya te lo he dicho, está sola y con su enfermedad es muy arriesgado. Es mejor así.
La pequeña Laura, sin embargo, estaba encantada de tener a la yaya en casa. Podía jugar con ella todas las tardes después del colegio. Aunque eso tampoco duró mucho.
Un año después vino otro gran cambio, un hermanito pequeño que Laura no había pedido. Clara daba a luz a un pequeño y renacuajo, Ángel.
Pero Laura sabía que de “ángel” tenía muy poquito. La abuela ya casi no jugaba con ella y papá y mamá estaban muy ocupados siempre. Así que, cuando podía, buscaba a su hermanito para jugar y hacerle un poquito de rabiar, pero el muy villano era listo y lloraba bien alto, consiguiendo que regañasen a Laura.
Con el tiempo aprendieron a convivir y la familia Villanueva ahora era más numerosa, sin embargo, cuando ya todo parecía tranquilo, llegó el cambio que lo cambiaría todo.
Una tarde primaveral de mayo Alonso regresaba a casa del trabajo con una gran noticia, al menos para él.
—¡Me han ascendido en el trabajo! —dijo Alonso.
—¡Eso es fantástico! —le respondió Clara.
—Lo que pasa es que es en otra ciudad y tendríamos que mudarnos —añadió.
Aquella noticia cayó como un jarro de agua fría.
—¿Qué pasa con la casa? —dijo Clara.
—¿Y mi colegio y mis amigas? —dijo Laura.
—¿Y mi café de los jueves? —dijo Antonia, la yaya.
—¿Gu gu gu? —balbuceó Ángel, que no iba a ser menos.
Alonso intentó calmar las aguas.
—Tranquilas, tranquilas, tenemos tiempo. Buscaremos una solución juntos.
Para entonces la familia Villanueva aún estaba unida, pero ya nadie estaba tan feliz como tiempo atrás.
Llegó el verano, Laura terminó el curso y con ello la última noche que pasarían allí. Habían buscado una nueva casa a la que mudarse a toda prisa y, con su presupuesto, tenían pocas opciones.
—Ya veréis cómo va a estar genial, el mejor verano de nuestra vida —dijo Alonso.
A la mañana siguiente, el camión de mudanza que habían contratado ya estaba puntualmente cargado con todo. Se despidieron de su hogar entre lágrimas y refunfuños e iniciaron el largo viaje a su nueva vida.
Al atardecer llegaban a lo alto de una colina, allí les esperaba su nueva casa. Cuando se bajaron del vehículo y la vieron con sus ojos, hubo miradas de sorpresa, bocas abiertas y algún llanto.
—Bueno, no es perfecta, necesitará algún arreglillo, pero ya veréis cómo quedará genial —dijo Alonso, intentando mantener el ánimo.
Cuando pasaron por la puerta, les recibió el polvo, el olor a algo rancio y los crujidos del suelo de madera. Era una casa lo bastante grande como para que cada uno tuviese su espacio. Fueron habitación por habitación y vieron que quedaban muebles y objetos de quien fuese que hubiera vivido antes allí.
—El vendedor dijo que podíamos quedarnos todos estos muebles, venderlos, tirarlos o lo que sea —dijo Alonso.
—¿¡Tirarlos!? ¿Has visto esta figurita de cerámica? ¡Es preciosa! —dijo la yaya mientras sujetaba entre sus manos la figura.
—Bueno, mamá, ya iremos viendo —añadió Clara.
Al menos alguien parecía entusiasmada con la nueva casa después de todo, pensó Alonso.
Tras la primera semana viviendo allí, la casa parecía otra. Había ganado limpieza, iluminación, el olor a rancio comenzaba a desaparecer después de haberse deshecho de la mayoría de los muebles. Los objetos eran otro tema, porque había muchísimas cosas y los iban mirando uno a uno. La yaya se estaba encaprichando de muchos de ellos, así que habían tenido que comenzar a revisarlos en momentos en los que ella no estaba o si no, no iban a poder quitarse ninguno de encima.
También habían descubierto que las cañerías de un baño estaban en mal estado y tendrían que cambiarlas, o que los muebles de la cocina eran de auténtica madera, pero estaban podridos por dentro, así que también tendrían que cambiarlos. Pero lo más singular había sido descubrir que en el dormitorio donde se había instalado la jovencita Laura había una puerta que no se abría. Parecía un viejo armario donde guardar cosas, quizás estaría lleno de más cosas antiguas.
Laura decía que a veces por las noches se oían ruidos dentro de la puerta. Otra vez juraría haber visto una luz por debajo de la puerta, pero su mayor susto fue hace dos noches cuando se despertó en mitad de la noche, o quizás lo soñó, estaba un poco confuso su recuerdo. Al abrir los ojos dice que recuerda verse a ella misma mirándose, pero no parecía igual del todo, tenía el pelo un poco más largo, aunque al estar oscuro, quién sabe.
Una mañana calurosa de julio Laura estaba con su mamá terminando la intensa búsqueda de objetos que había por todas partes. La mayoría eran para tirar, aunque algunos tenían cierto valor y los pusieron a la venta en internet. Iban a probar suerte durante un tiempo y, si no se vendían, ya habría tiempo de tirarlos o buscarles otro final.
Entrada la tarde, Clara encontró una pequeña caja de música con dibujos y detalles muy bonitos y llamativos, aunque al abrirla no sonó ninguna música. La muñeca no se levantaba ni giraba. Al intentar levantar la muñeca, se levantó todo el fondo de la caja y dejó al descubierto una llave.
—¡Guau, mira Laura! —dijo Clara sorprendida a su hija mostrándole la llave.
Desde luego era para sorprenderse, pues no era una llave cualquiera. Era la llave más rara que habían visto en su vida.