Un nuevo comienzo
Mio Takamiya salió lentamente del cuerpo de Kurumi, sus ojos llenos de tristeza y gratitud.
—Gracias, Kurumi Tokisaki… —susurró Mio—. Fuiste una gran amiga hasta el final.
Kurumi yacía sobre su pecho, cubierta de partículas rojas, exhausta. Con un esfuerzo casi sobrenatural, levantó su pistola, sus ojos brillando con determinación y dolor:
—No… me… —intentó decir, pero la voz le falló.
Dejó caer la pistola y, con un suspiro, susurró:
—Shido… corre…
El vacío a su alrededor tembló. Kurumi cayó hacia el suelo de un vasto valle montañoso, viendo por última vez a Mio Takamiya, quien se desvanecía en un mar de partículas brillantes. Su propio cuerpo comenzó a fragmentarse también, cuando un portal de luz se abrió bajo ella, arrastrándola hacia un mundo desconocido.
-unirveso de dragón ball-.
En lo alto de las montañas, Goku entrenaba solo, saltando entre los picos y sintiendo la energía del viento. De pronto, percibió algo extraño descendiendo desde el cielo.
—¿Eh? —dijo, frunciendo el ceño—. ¡Alguien está cayendo!
Antes de que Kurumi tocara las rocas del valle, Goku se lanzó con velocidad increíble y la atrapó en el aire. La sostuvo firmemente, observando la extraña energía que emanaba de ella.
—Esta chica es… muy extraña —murmuró—. Su energía es diferente. Puedo sentir bondad, pero también maldad al mismo tiempo… Hmm, será mejor preguntarle cuando despierte.
Goku miró el paisaje montañoso a su alrededor, asegurándose de que estuvieran en un lugar seguro, y sonrió:
—Bueno, mientras tanto, me la llevo a mi casa. Así estará a salvo.
Kurumi permanecía inconsciente, su respiración tranquila mientras Goku descendía lentamente hacia un valle más abierto entre las montañas, pensando:
"Quizá esta chica tenga un destino interesante… y será divertido conocerla mejor."
El viento acariciaba los picos y valles, como si el mundo mismo diera la bienvenida a Kurumi a su nueva oportunidad, un nuevo comienzo donde podía decidir la vida que realmente deseaba
Kurumi abrió los ojos lentamente. La luz del sol filtrándose entre los picos de las montañas iluminaba su rostro. El aire era fresco y limpio, tan distinto al vacío y la oscuridad que había conocido antes. Por un instante, pensó que todo había sido un sueño.
—¿Dónde… estoy? —susurró, su voz débil y ronca.
Intentó incorporarse, pero un par de brazos firmes la sostuvieron suavemente. Goku, sentado sobre una roca cercana, la miraba con curiosidad y cuidado.
—¡Eh! Tranquila, no te vas a lastimar —dijo, sonriendo—. Me llamo Goku.
Kurumi parpadeó, evaluando al extraño joven frente a ella. No sentía hostilidad en él; al contrario, había algo tranquilizador en su presencia. Sin embargo, su corazón aún estaba cargado de dolor y recuerdos de su pasado.
—Yo… Kurumi —respondió finalmente, con voz baja—. No sé… cómo llegué aquí.
Goku inclinó la cabeza, curioso y pensativo.
—Hmm… tu energía es diferente a la de cualquiera que haya conocido. Tiene algo extraño… bondad, y al mismo tiempo algo de… maldad. Pero no te preocupes. Primero debes descansar.
Kurumi miró las montañas a su alrededor: picos escarpados, valles verdes y un cielo despejado. Por primera vez en mucho tiempo, no había amenaza inmediata ni desesperación. Solo paz… y la sensación de que podría empezar de nuevo.
Sus pensamientos la hicieron sonreír débilmente.
"Tal vez… esta sea la vida que siempre quise. Un lugar donde pueda decidir mi propio destino… donde pueda ser yo misma…"
Goku notó su silencio y se rió suavemente:
—¡Vaya, parece que te gusta el lugar! Bueno, vamos, te llevaré a un sitio más cómodo para que descanses un poco.
Kurumi asintió, sintiendo un extraño calor en su pecho. Aunque no conocía a Goku y no entendía este mundo, por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo.
Mientras Goku la cargaba entre los brazos, las montañas se extendían ante ellos como un lienzo en blanco, y Kurumi supo que, aunque su pasado había sido doloroso, ahora tenía una nueva oportunidad para vivir, sentir y quizás, amar.
El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados. Goku había llevado a Kurumi a una pequeña cabaña cerca de un río, un lugar sencillo pero acogedor. El sonido del agua fluyendo era relajante, y el aroma de la comida recién hecha llenaba el aire.
Kurumi observaba en silencio mientras Goku colocaba algunos platos sobre la mesa.
—No sabía qué te gustaba, así que hice un poco de todo —dijo él con una sonrisa—. ¡Come lo que quieras!
Ella lo miró, algo sorprendida por su amabilidad. En su mundo, nadie había sido así con ella sin tener un motivo oculto.
—Gracias… —respondió con voz baja, tomando un bocado con cuidado.
Goku se sentó frente a ella, cruzando los brazos sobre la mesa, observándola con esa expresión curiosa que no podía ocultar.
—Oye, Kurumi… —dijo de pronto, inclinándose un poco—. Desde que te encontré, he estado notando algo raro en ti. Tu energía… no se parece a nada que haya sentido antes.
Kurumi se tensó ligeramente, bajando la mirada.
—¿Mi energía…? —repitió, fingiendo indiferencia.
—Sí —continuó Goku, rascándose la cabeza—. Es poderosa, pero también se siente… rota, como si tuviera partes buenas y malas mezcladas. ¿Qué eres exactamente?
Kurumi guardó silencio por unos segundos. Sus dedos se cerraron con suavidad sobre la cuchara que sostenía.
—No lo sé… o tal vez no quiero saberlo —susurró—. Solo sé que… donde estaba antes, la gente me temía. Decían que era un monstruo.
Goku la observó sin perder la calma.
—¿Un monstruo? No lo creo. Yo he peleado con verdaderos monstruos, y tú no te pareces a ellos —dijo sonriendo—. Además, alguien que puede sonreír así no puede ser mala persona.
Kurumi lo miró sorprendida. Su ojo dorado brilló tenuemente bajo la luz del atardecer.
—Tú… no tienes miedo de mí.
—¿Miedo? —Goku se rió—. ¡Claro que no! He peleado con dioses, villanos, y hasta he muerto un par de veces, jeje. Pero tú no me das miedo, Kurumi. Tienes algo diferente… como si llevaras una gran tristeza dentro.
Kurumi se quedó en silencio. Esa pureza en las palabras de Goku la desarmaba. Nadie la había mirado con tanta sinceridad desde hacía siglos.
—Y tú —dijo al fin, desviando la mirada hacia el fuego—, tu energía tampoco es normal. Es… cálida, pero tan intensa que parece capaz de destruir mundos. ¿Qué eres tú, Goku?
Él sonrió con su típica inocencia.
—Soy un Saiyajin, una raza de guerreros del espacio. Me gusta pelear, pero sobre todo, proteger a mis amigos.
Kurumi lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a admiración.
—Proteger… —repitió en voz baja—. Qué palabra tan simple… y tan lejana para mí.
Goku se levantó, mirando el cielo estrellado que comenzaba a asomarse.
—Entonces quédate aquí un tiempo. Tal vez este mundo pueda darte algo nuevo, Kurumi. Un nuevo comienzo.
Kurumi cerró los ojos, sintiendo la brisa nocturna rozar su piel.
—Un nuevo comienzo… —susurró—. Quizás… eso sea lo que el destino quiere de mí.
La noche había caído por completo, y las estrellas brillaban como diminutas luces dispersas sobre el cielo oscuro. Kurumi se levantó silenciosamente de la mesa, dejando los platos sin tocar.
El sonido del río la llamaba; su flujo constante parecía limpiar los pensamientos que durante siglos la habían atormentado. Caminó descalza sobre la hierba húmeda, sintiendo la frescura de la noche acariciar su piel.
Se detuvo en la orilla, observando cómo el agua reflejaba el cielo estrellado. Por un instante, todo parecía tranquilo, tan distinto de los mundos rotos que conocía. Cerró los ojos y permitió que el murmullo del río la envolviera.
Y entonces, los recuerdos comenzaron a filtrarse.
Vio destellos de su pasado: risas apagadas, la sombra de Mio, la soledad que la consumía, y las miradas de miedo que siempre la rodeaban. Cada imagen la hacía estremecerse, pero también la conectaba con la persona que había sido antes de convertirse en un monstruo a los ojos de los demás.
—Siempre… sola —susurró para sí misma, con un hilo de voz quebrado.
El recuerdo más reciente fue el de Shido, y la traición que la había llevado a actuar como lo hizo. Su corazón palpitaba con una mezcla de dolor y arrepentimiento, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentir algo más que frialdad.
Un ligero sonido la hizo abrir los ojos: la brisa movía las hojas de los árboles, y la luna iluminaba tenuemente su rostro. Era un contraste tan simple y hermoso que la hizo preguntarse si, después de tanto tiempo, todavía podía encontrar paz.
Kurumi se inclinó hacia el río, observando su reflejo en el agua. Sus ojos, uno dorado y otro rojo como la sangre, brillaban bajo la luz de la luna.
—Tal vez… —murmuró suavemente—, tal vez Goku tiene razón. Tal vez aún puedo… empezar de nuevo.
El murmullo del río se mezcló con el silencio de la noche, como si el mundo mismo le susurrara que todavía había esperanza. Y por primera vez, Kurumi sintió que no estaba completamente sola.
El sonido de hojas crujientes anunció su presencia antes de que se le viera. Kurumi levantó la vista y, a unos metros de distancia, vio a Goku acercarse con paso tranquilo, su rostro iluminado por la luz de la luna.
—Kurumi… —dijo con suavidad, deteniéndose cerca de la orilla—. Te busqué por todas partes. ¿Estás bien?
Kurumi lo miró, sin apartar la vista del reflejo en el agua. No estaba segura de cómo responder; su corazón aún latía con una mezcla de cautela y curiosidad.
—Sí… estoy bien —susurró, casi para ella misma—. Solo… necesitaba pensar.
Goku se inclinó un poco, observándola con una sonrisa tranquila, intentando transmitir confianza sin palabras. Su presencia parecía calentar el aire alrededor, un contraste con el frío de los recuerdos que Kurumi había estado reviviendo.
—Puedo sentir tu energía… —dijo él finalmente, su tono curioso pero amable—. Es diferente, única. Pero… ¿por qué hay tanta tristeza en ella?
Kurumi bajó la mirada, sus dedos rozando la superficie del agua. La tentación de cerrar su corazón era fuerte; no quería que la juzgaran por lo que había hecho, por lo que había sido.
—No es… nada —murmuró con voz temblorosa—. Solo… recuerdos.
Goku se sentó a su lado, dejando un espacio respetuoso, sin presionarla. El silencio se llenó del sonido del río y del viento entre los árboles.
—Si quieres… puedes contarme —dijo con suavidad—. No te juzgaré. Solo quiero entenderte.
Kurumi dudó, pero algo en su forma tranquila y abierta le hacía querer confiar, aunque fuera solo un poco. Sus ojos se encontraron, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba sola en su silencio.
—Mi pasado… —comenzó lentamente, —estuvo lleno de… soledad y errores. Personas que… no entendían quién era. —Hizo una pausa, respirando hondo—. He hecho cosas… que no puedo deshacer.
Goku asintió, sin prisa, sin sorpresa, como si aceptar la realidad de alguien fuera lo más natural del mundo.
—Todos tenemos errores —dijo simplemente—. Lo importante es lo que hacemos ahora. Lo que elegimos hacer después.
Kurumi permaneció en silencio un momento, dejando que sus palabras calaran hondo. Por primera vez, la posibilidad de un “nuevo comienzo” no le parecía tan inalcanzable.
El murmullo del río y la brisa de la noche parecían acompañar aquel entendimiento silencioso entre ambos, un puente entre su doloroso pasado y la esperanza que comenzaba a asomar.
Kurumi permaneció un momento en silencio, observando la forma en que la luz de la luna brillaba sobre el río. Luego, con una mezcla de curiosidad y cautela, se atrevió a hablar.
—Tu energía… —comenzó, sus dedos jugueteando con el agua—. No es como la mía. Es… cálida. Y… no duele.
Goku sonrió suavemente, siguiendo su mirada hacia el reflejo de la luna en el agua.
—Sí —dijo—. Es diferente. La entreno para proteger y ayudar, no para dañar. Aunque, claro, también tiene su fuerza cuando la necesito.
Kurumi inclinó la cabeza, intrigada.
—¿Y ese mundo… del que vienes? —preguntó con voz baja—. Tu energía… parece tan… libre. No se siente atrapada por… nada.
Goku se rió suavemente, un sonido que llenó de calidez la noche.
—Es un mundo lleno de retos, sí, pero también de posibilidades. Cada uno puede elegir cómo usar su energía. Hay quienes luchan, otros entrenan, y algunos simplemente buscan vivir en paz. —Se encogió de hombros—. Creo que todos tenemos que encontrar nuestro propio camino.
Kurumi lo observó con atención, sus ojos dorado y rojo reflejando un atisbo de asombro.
—Siempre he vivido en… sombras y límites —admitió—. Pero… si pudiera aprender algo de tu mundo… tal vez podría cambiar.
Goku la miró directamente, con esa calma que parecía capaz de atravesar cualquier barrera.
—Nunca es tarde para intentarlo, Kurumi. La fuerza no solo está en el poder que tienes, sino en la decisión de usarla para algo bueno. Y tú… todavía tienes esa elección.
Por un momento, Kurumi se permitió imaginarlo: un futuro donde su energía no fuera una carga ni una condena, sino una oportunidad. La idea era extraña, pero no por ello menos tentadora.
El viento movió suavemente su cabello, y el sonido del río se mezcló con la risa ligera de Goku, formando un puente invisible entre sus mundos, entre su dolor y la posibilidad de un nuevo comienzo.
Kurumi se recostó sobre la hierba, mirando el cielo estrellado.
—Nunca pensé que pudiera… sentirme así —dijo, con un tono apenas audible—. Tan tranquila.
Goku se sentó a su lado, apoyando las manos detrás de la espalda.
—Es porque ahora estás en un lugar seguro —dijo él con calma—. No hay peligro aquí.
Kurumi ladeó la cabeza, observándolo.
—¿Siempre eres así de… confiado? —preguntó, con un toque de curiosidad—. Tu energía… es tan… tranquila. No siento que escondas nada.
Goku rió suavemente.
—Supongo que sí. No tiene sentido ocultarse cuando puedes enfrentar lo que venga. Además, trato de ver lo bueno en la gente.
—¿Lo bueno en la gente? —repitió Kurumi, entrecerrando los ojos—. Incluso en alguien como yo…
—Incluso en alguien como tú —aseguró él con una sonrisa—. Todos podemos cambiar, Kurumi. Todos tenemos algo que mejorar o aprender.
Kurumi miró sus manos, jugueteando con la hierba.
—No es fácil… —susurró—. He hecho cosas… cosas de las que no me siento orgullosa.
—Lo sé —dijo Goku, con paciencia—. Pero eso no te define. Lo que defines es lo que haces ahora, lo que eliges hacer a partir de este momento.
Hubo un silencio breve, solo el sonido de las hojas moviéndose con la brisa. Kurumi finalmente levantó la mirada hacia él.
—¿Y tú? —preguntó—. Siempre hablas de cambio y superación… ¿alguna vez fallaste?
Goku se rió, recordando.
—Claro que sí. Muchas veces. Pero cada caída me enseñó algo. Y cada vez que me levanté, me volví un poco más fuerte, y un poco más… yo mismo.
Kurumi sonrió levemente, algo tímida.
—Tal vez… yo también podría intentarlo. Empezar por algo pequeño.
—Eso suena bien —dijo Goku—. Empiezas con un paso a la vez, y no estás sola. Yo estaré aquí.
Kurumi asintió, dejando que la sensación de seguridad se asentara en su pecho. Por primera vez en mucho tiempo, sentir curiosidad y esperanza no la asustaba.
—Gracias… Goku —murmuró, con sinceridad.
—De nada, Kurumi —respondió él con suavidad—. Ahora, vamos a descansar un poco. Mañana será otro día para aprender y mejorar.
El cielo empezaba a clarear cuando Goku llevó a Kurumi a su casa, un lugar sencillo pero acogedor. La luz de la mañana se filtraba por las ventanas, iluminando la habitación con tonos cálidos.
—Bien… aquí estamos —dijo Goku, sonriendo mientras abría la puerta—. Puedes descansar cuanto quieras.
Kurumi lo miró alrededor, sus ojos reflejando una mezcla de curiosidad y cautela.
—Tu casa… es diferente —murmuró—. No es… intimidante.
—Me alegra que lo digas —respondió Goku, encogiéndose de hombros—. Siempre trato de mantenerla simple y cómoda.
Kurumi suspiró suavemente, relajándose un poco más.
—Gracias por llevarme… —dijo, bajando la mirada—. No estoy acostumbrada a sentirme… protegida.
—No hay problema —contestó él, con naturalidad—. Tú descansa. Yo me acomodaré en el sillón.
Kurumi lo observó un instante, sorprendida por su gesto, y luego asintió.
—Está bien —dijo—. No quiero causar problemas.
Goku se acomodó en el sillón de la sala, dejando que Kurumi se dirigiera a la cama. La habitación estaba en silencio, solo interrumpida por el sonido leve de la respiración de ambos mientras se acomodaban.
—Es… extraño —dijo Kurumi desde la cama, cubriéndose con la manta—. Sentirme tan… normal, por un momento.
—Sí —respondió Goku desde el sillón, sonriendo—. Incluso los más inusuales necesitan descansar.
Kurumi cerró los ojos, dejando que la calma llenara su mente. Por primera vez en mucho tiempo, podía dormir sin miedo ni recuerdos dolorosos que la acosaran.
—Buenas noches, Goku —susurró, con un hilo de voz.
—Buenas noches, Kurumi —respondió él—. Duerme bien.
El silencio de la casa se volvió acogedor, y la sensación de seguridad permitió que ambos encontraran un descanso verdadero, cada uno a su manera: Kurumi en la cama, por fin cómoda y protegida, y Goku en el sillón, vigilante pero relajado, disfrutando del momento de paz compartida.
Al día siguiente.
La luz del sol entraba tímidamente por la ventana, iluminando la habitación con un brillo cálido. Kurumi abrió lentamente los ojos, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una sensación de tranquilidad que no sabía que podía existir.
Se incorporó un poco, mirando alrededor. La casa era sencilla, pero acogedora, llena de detalles que reflejaban la vida de Goku: fotos, pequeños objetos de entrenamiento y utensilios cotidianos.
—Vaya… —susurró, admirada—. Todo aquí es tan… sencillo, pero se siente vivo.
Goku, aún medio dormido en el sillón, la miró y se rió suavemente.
—Me alegra que te guste —dijo—. No necesito mucho para sentirme cómodo.
Kurumi se acercó al ventanal, observando el jardín bañado por la luz de la mañana.
—Y… tú vives así todos los días —preguntó con curiosidad—. Tan tranquilo… sin preocuparte por nada.
—Bueno… no siempre —admitió Goku—. Hay momentos de pelea y entrenamiento, claro. Pero sí, trato de disfrutar lo que tengo y de ayudar cuando puedo.
Kurumi lo miró, inclinando un poco la cabeza.
—Debe ser… liberador —dijo—. Sentir que no todo es dolor o peligro.
—Sí —respondió él, sonriendo—. Pero eso no significa que no valore lo que es importante. La fuerza sirve para proteger, no solo para pelear.
Kurumi permaneció en silencio un momento, pensando en sus propias experiencias.
—Tal vez… algún día —susurró——podría aprender eso. A no sentir miedo todo el tiempo.
Goku la observó con paciencia y calidez.
—Claro que sí —dijo—. Y mientras lo intentes, no estarás sola.
Kurumi sonrió levemente, un gesto que parecía casi nuevo en ella.
—Gracias… Goku. Por esto… por dejarme sentir algo diferente —dijo, sus ojos reflejando un atisbo de esperanza.
—De nada, Kurumi —respondió él—. Ahora, ¿quieres que preparemos algo para desayunar? Nada como un buen desayuno para empezar bien el día.
Kurumi asintió, caminando hacia la cocina junto a él, sintiéndose… ligera. Por primera vez en mucho tiempo, parecía que un futuro diferente era posible, aunque fuera solo por hoy.
En la cocina.
Kurumi y Goku entraron a la cocina. El aroma del pan recién hecho y el té caliente llenaba el aire.
—¿Quieres ayudarte con algo? —preguntó Goku, mientras tomaba unos utensilios para preparar el desayuno.
—No… no hace falta —respondió Kurumi, un poco tímida, observándolo trabajar—. Solo… mirar está bien.
Goku se rió suavemente, sonriendo hacia ella.
—Está bien, entonces. Pero te advierto… soy un desastre cocinando cosas complicadas.
Kurumi arqueó una ceja, conteniendo una pequeña sonrisa.
—Hmm… eso lo creo —murmuró, con un tono que no era completamente serio.
Mientras Goku revolvía los huevos en la sartén, se inclinó hacia ella para revisar algo de cerca, y su brazo rozó accidentalmente el de Kurumi. Por un instante, ella sintió un calor inesperado subir por su cuello y bajando hasta sus mejillas.
Que opinan si les gusta me lo hacen saber así para continuar la historia 😅