El ángel del infierno

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Summary

Tomas, es un corredor de bolsa, cuya vida se resumía en una palabra "Paz" sin embargo, muy en el fondo de su ser albergaba el caos y una necesidad urgente de conocer a quien lo provocaba, Aquella chica de Pelo negro y ojos oscuros, siempre con el pero nunca presente. Tomas deberá tomar una difícil decisión, vivir con la paz que tanto lo caracterizaba o ayudar al ángel que tanto lo cautivaba.

Genre
Romance
Author
Estaban
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo

Todo pasó demasiado rápido, apenas recuerdo qué es lo que pasó. Para el momento en el que reaccioné ya era demasiado tarde: el cuerpo sin vida de aquel hombre yacía encima de mí, junto a la penetrante mirada de la mujer que soñaba todos los días sin cesar. Solo puedo recordar sus dulces, pero extrañamente frías palabras:

-Ahora no me puedes abandonar, no después de haber matado a alguien por ti.

Todas las noches sueño con alguien. Una persona cuyo rostro no logro entender bien, ni mucho menos comprender.

Tomás yacía dentro de aquel cuarto, frío y callado, tembloroso. No de un temblor que da miedo, sino de uno cálido, como si de un ser querido lo hubiese recibido. Tomás siempre mantenía una rutina, así como las manecillas de un reloj: preciso, constante.

Cada mañana se sentía tranquilo de manera diferente. A pesar del aire frío y del poco espacio, dentro de esa rutina Tomás hallaba tranquilidad. Tranquilidad que era arrebatada cada noche.

Todas las mañanas Tomás se preparaba un café simple: una cucharada de azúcar y un cuarto de leche. Revisaba cada correo, cada mensaje en un orden específico: trabajo, familia, amistades. En cuanto revisaba todo, se cambiaba y se dirigía a la misma cafetería de siempre.

-Buenos días, Tomás -expresó la cajera con una ligera sonrisa. -Buen día, ayúdame con lo de siempre, Paz -expresó él. -Lo siento, en serio se nos acabó, pero encantada te sirvo otro -respondió ella con algo de temblor en su rostro. -¿En serio? Lo sabes bien, no tolero otro tipo de café. Solo dame el pan de siempre. -Enseguida, lo siento por los inconvenientes. Tu pan estará enseguida.

A lo largo del día, Tomás tomaba el mismo café y pan frente a la televisión, para mantenerse informado. Ese día fue diferente: la tensión alrededor de Tomás se sentía. Sin embargo, no pasó mucho hasta que la sonrisa de Paz y un oportuno último café sellaron la primera parte de la mañana.

En cuanto terminó el último sorbo de café, se levantó, acomodó su silla y se retiró.

Todos los días tenía un camino fijo: pasar por el gran puente de la Paz. El ruido y estruendo eran invisibles a los sentidos de Tomás, pues su fría y profunda mirada se centraba solo en aquel maravilloso paisaje. Un océano cuya pureza resaltaba entre tan estruendosa ciudad.

A ojos de Tomás, aquel simple pero profundo momento representaba a la perfección su vida: tranquila y sencilla.

Apenas llegaba a su trabajo a las 8:15 de la mañana. No daba tiempo al ocio. Su manera tan pulida, así como su comunicación con todos, eran dignas de admirar. No miraba a nadie ni arriba ni abajo: solo veía un todo.

Almorzaba siempre a las 12:30. Comía con todos, no excluía a nadie. Al tocar las 6:30 pasaba puesto por puesto, deseando una linda noche.

En la noche recibía una llamada de su madre.

-Buenas noches, hijo. ¿Sí tomaste las pastillas que te regalé? -expresó la mamá. -Mamá, ya te dije que no es nada. Simplemente a veces sueño -dijo Tomás. -Porfa, hijo, entiende. No es normal siempre soñar lo mismo. Te despiertas agitado, te desorientas. Busca ayuda psicológica, no hagas más grande este problema. -Madre, te dije que no es nada. Si te lo conté fue porque confiaba en ti. No puedes controlarme. Te dije que estoy bien. Lo siento, tengo que irme, mañana tengo trabajo temprano. -Porfa, hijo, entiende, hazme ca...

Las últimas palabras de su madre resonaban en tan pequeño cuarto. No había ruido, pero su mente se sentía como si estuviera en el auge de una fiesta.

Aquella noche no se bañó ni merendó. Simplemente se acostó, cerrando los ojos poco a poco mientras aquella chica iba apareciendo entre sus párpados. El sueño de siempre estaba de vuelta: la chica de tez blanca, ojos oscuros y cabello castaño. +

-Tú eres mío. Solamente mío.

Al siguiente día, Tomás realizó lo mismo de costumbre: café, correos, cafetería. Aunque esta vez, en la televisión apareció la frase que le cambió la vida:

“...A continuación, la joven empresaria, dueña de la empresa encargada de distribuir comercio a todas partes del mundo, pionera en el avance del libre comercio y con apenas 27 años, Emma...”

No se requirieron más palabras para que la piel de Tomás se erizara, su cuerpo temblara y sus ojos sollozaran de alegría. Por fin, aquella vida que seguía al compás de un reloj giraba en un nuevo sentido: Emma.