El Juego de un Dios

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Summary

Algunos lo sentirán, otros le temerán, pero casi nadie sabrá quién es. Elyrion, el único Dios verdadero, baja a su mundo por curiosidad y aburrimiento. Entre monstruos temibles, dioses menores arrogantes y mortales que desconocen la magnitud de su poder, su presencia altera todo... aunque él solo busca entender qué se siente vivir en la realidad que creó. P:D: Esta historia comencé a hacerla hace relativamente poco tiempo, es completamente original y espero que a quien le interese leerlo le guste.

Genre
Fantasy
Author
Alleen59
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El universo entero guardaba silencio. No era el silencio de la paz, sino el del vacío absoluto, ese que no espera respuesta porque ya lo contiene todo. En medio de esa vastedad sin tiempo, Elyrion descansaba en su trono divino, una creación suya, como todo lo demás. Un trono de luz líquida y oscuridad sólida, hecho de conceptos más que de materia. Bello, majestuoso... e increíblemente aburrido.

Había pasado eones contemplando su obra. Galaxias que nacían y morían en un parpadeo, mundos que florecían y se consumían, civilizaciones que lo adoraban, lo olvidaban y luego lo reemplazaban con otros nombres más “modernos”. La eternidad, para cualquiera, sonaría como un regalo. Para él, era un castigo con un envoltorio hermoso.

—He visto cada chispa... cada sueño... cada intento de ser más de lo que se es —murmuró Elyrion, su voz resonando en la nada como un eco que no necesitaba aire para existir—. Y, sin embargo, ninguno ha logrado sorprenderme.

Cruzó una pierna sobre la otra. Era un gesto humano, aunque él no tenía cuerpo. Un pensamiento fugaz cruzó su mente infinita, una idea tan simple que rozaba la locura: ¿Y si bajo?

Ni siquiera lo razonó. No pesó consecuencias, ni pensó en el orden cósmico, ni en los incontables seres que dependían de su equilibrio. Solo lo hizo. Por algo tan simple como el aburrimiento.

El trono tembló. La nada se contrajo. La divinidad se fragmentó. Elyrion, el creador de toda existencia, cayó.

**

Cuando abrió los ojos, lo primero que sintió fue... frío. Una ráfaga de viento lo envolvió, llevándose consigo hojas, tierra y una cantidad alarmante de sonidos desconocidos. Pájaros, insectos, el crujido del bosque... Era ruido, y sin embargo, a sus oídos divinos sonaba como una sinfonía de imperfección.

—Así que... esto es “temperatura”—dijo, con una sonrisa leve. Su voz sonaba extrañamente más baja, más humana—. No lo recordaba tan... irritante.

Miró hacia abajo. Estaba completamente desnudo. Su piel —una mezcla de luz y carne— brillaba sutilmente bajo el sol que él mismo había diseñado milenios atrás.—Ah... qué ironía. El creador del universo, sin ropa. Debí preverlo —murmuró, tocándose el pecho con curiosidad—. Esto... late. Interesante.

Dio un paso. Luego otro. Y tropezó con una raíz. Cayó de bruces al suelo, levantando polvo. Permaneció unos segundos quieto, mirando la tierra bajo su nariz.—Entonces así se siente la gravedad... —susurró, ladeando la cabeza—. Fascinante. Estúpida, pero fascinante.

Se incorporó y observó el bosque. Los árboles eran gigantescos, y su aura divina le permitía ver más allá del espectro mortal. Cada hoja tenía una historia, cada insecto seguía un patrón que él mismo había dictado al principio de los tiempos. Pero ahora, al estar allí, todo se sentía nuevo. Increíblemente nuevo.

A lo lejos, algo rugió. No era un animal común. Su energía era densa, casi tangible. Elyrion ladeó la cabeza, curioso.—¿Un depredador? —dijo, con una sonrisa casi infantil—. Oh, espero que sea uno grande.

Del otro lado del claro, un enorme lobo emergió entre los árboles. Su pelaje era negro como la noche, sus ojos dorados, y cada paso hacía temblar el suelo.Un Fenrir, clase SSS según las categorizaciones humanas.Un monstruo tan poderoso que incluso los reyes evitaban sus dominios.

El lobo lo olfateó, gruñó, y luego se abalanzó. Elyrion no se movió. Lo miró venir con el mismo interés que un niño observa la lluvia. El zarpazo que lanzó fue brutal. Un humano habría sido despedazado, pero la garra se detuvo a centímetros de su rostro, como si una barrera invisible la hubiera frenado.

Elyrion suspiró.—No, no, no... no tan rápido. Aún no entiendo qué eres del todo.

El Fenrir retrocedió, confuso. El aire vibró y en un instante, el poder del Dios se filtró por la tierra, las hojas, y las raíces. Todo se detuvo. Incluso el viento pareció contener la respiración. Y entonces, Elyrion sonrió.

—Ah... esto es lo que llaman miedo?. —Su tono fue casi amable—. No te preocupes, no te destruiré. No sería... divertido, solo te enviaré lejos.

Con un chasquido de dedos, el monstruo se desvaneció, dejando una ligera brisa. Elyrion giró sobre sí mismo, observando el paisaje con una alegría infantil.—Vivo. Estoy vivo —dijo, casi riendo—. Y aburrido otra vez.

Se encogió de hombros y comenzó a caminar, sin rumbo. Cada paso levantaba una leve onda de energía que hacía florecer el suelo por donde pasaba, aunque él no se diera cuenta. En cuestión de minutos, un sendero de flores imposibles lo seguía entre los árboles.

Por primera vez en milenios, el Dios creador estaba jugando.