Prólogo.
Cuando me encontraron, tenía quizás menos de cinco años, y la noche metida en los ojos.
Mi ropa era polvo, mi piel, un trozo de guerra.
Dicen que caminaba entre los cuerpos sin llorar, sin buscar a nadie.
No recordaba el nombre de mi madre, ni el rostro de mi padre.
Solo el humo, los gritos, y los cuervos.
Los cuervos peleando
Por lo que quedaba del mundo.
Fue un soldado del norte quien me miró y dijo:
—Mírenlo, parece un cuervo entre las ruinas.
Y así fue.
Draven.
Un nombre oscuro, como si al decirlo me volviera sombra.
Así me nombraron.
Y el nombre me quedó pegado al alma como la sombra a la tarde.
Venía del reino de Karasu, aunque a veces dudo que ese lugar haya existido.
La heredera desapareció y todo ardió.
La guerra se tragó la tierra, el río, el nombre de los muertos.
Yo fui solo lo que quedó flotando, un trozo de memoria que nadie pidió.
Los hombres de Cygnara me encontraron vagando. Reino de luz, de estandartes blancos, de hombres que no sabían mirar la oscuridad sin temerla.
Entre ellos estaba Hokutōriki, un caballero de rostro severo, con la voz hecha de piedra y viento.
Me miró sin decir nada, me tomó del brazo, y me llevó.
Un hombre tan rígido que parecía esculpido en la soledad.
Me dio techo, me dio arroz, me dio su apellido, Hokutōriki.
Nunca lo usé. Era demasiado blanco para mi sangre ennegrecida.
A veces creo que me adoptó por lástima, otras, porque necesitaba un ruido que no fuera el de sus pensamientos.
Me enseñó el peso de la espada y la obediencia como si fuera una oración.
No hubo ternura, solo disciplina.
Y yo la amé.
Porque era lo único que me hacía existir.
Fue él quien me llevó ante Masamori Akahoshi, un caballero de alto rango que gobernaba su palacio como si el silencio fuera una ley.
Akahoshi me observó sin hablar durante largo rato.
Al final, asintió.
Dijo que mi temple le recordaba al acero antes de ser forjado.
Fui admitido como su aprendiz.
Ahí conocí a su hija, Cerise.
Cerise era luz y filo al mismo tiempo.
Una flor inaccesible entre los muros del palacio, pero con una mirada que podía cortar el aire.
De niños peleábamos por cualquier cosa, por un gesto, por un juego, por un suspiro que duraba más de lo permitido.
A veces, sin embargo, nos uníamos.
Con el tiempo, Akahoshi permitió que mi maestro y yo durmiéramos bajo su techo.
Y una noche, mientras los grillos callaban y la luna colgaba sobre los tejados, me dió una orden.
—Draven, protegerás a Cerise. Con lealtad y fidelidad.
Era un mandato sencillo, pero yo lo tomé como un juego.
Le respondí con la inocencia del que aún cree que el mundo se puede reparar con promesas.
—Voy a ser el hombre más fuerte del mundo —dije—. Y la protegeré con mi vida.
No sabía entonces lo que significaban esas palabras.
No sabía que jurar proteger a alguien es también condenarse a morir un poco cada día.
Desde esa noche, Cerise se convirtió en mi deber. Mi razón.
Yo no tenía clan ni hogar. Solo tenía una orden.
Y cuando uno ha nacido del vacío, una orden se convierte en el único lazo que lo mantiene en pie.
Ella creció como crecen las flores que nadie toca: envuelta en perfumes, secretos y sombras.
Yo aprendí a caminar tras ella, a mantener distancia, a convertirme en su sombra.
No necesitábamos hablar; nuestras miradas decían lo que el deber prohibía.
Su presencia me mantenía con vida.
Su ausencia, me volvía un espectro.
Con los años, comprendí que no era amado, solo necesario.
Las personas te buscan mientras sirves a su propósito. Te olvidan cuando dejas de hacerlo.
Quizá por eso entreno hasta que mis huesos crujen.
Porque mientras mi espada conserve filo, mi existencia tiene sentido.
El día que mi brazo flaquee, seré tan prescindible como el viento que borra las huellas del campo de batalla.
El amanecer cae sobre el dojo como un presagio.
La madera fría bajo mis pies desnudos, el aire cargado de humedad y hojas húmedas, el eco del bambú que se parte en dos.
El padre de Cerise, ahora mi maestro, camina frente a nosotros.
Su voz es grave, sin inflexión.
Cada palabra suya corta más que la espada que empuñamos.
Alrededor, los otros aprendices repiten los movimientos.
Yo sigo el ritmo, pero en mi mente solo existe una imagen: la de Cerise, asomada tras las cortinas del pabellón, observando nuestro entrenamiento.
Mi cuerpo se mueve, pero mi alma está fija en ella.
El filo silba al atravesar el aire.
La disciplina se mezcla con el deseo, el deber con la condena.
Y cuando el maestro se detiene a corregir mi postura, pienso en lo absurdo que es todo esto:
vivir solo para proteger a alguien que jamás me verá como otra cosa que un guardián invisible.
Aun así, no me quejo.
¿Quién soy yo para desear algo más?
Soy el niño del cuervo, el huérfano de las ruinas, el aprendiz sin nombre que vive del reflejo ajeno.
Mi vida pertenece al deber, mi alma al silencio..
Siento que la promesa que hice aún me sostiene.
No sé si solo amo tener un propósito que me mantenga respirando.
Dicen que el apego y la lealtad son caminos distintos.
Pero yo camino por ambos, descalzo, sangrando, sin mirar atrás.
Porque protegerla es lo único que me queda. Y cuando ya no quede nada más que proteger, entonces, quizá, por fin pueda descansar.
