Capítulo 1
Capítulo 1:
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La oscuridad de la noche inundaba el lugar, las primeras gotas de la tormenta caían con fuerza sobre el camino, llenándolo de barro mientras los cielos rugían con fuerza, acallando el galopar de los caballos. Sobre el camino, un carruaje se movía con rapidez por el camino de tierra. Aquel camino apartado se adentraba en los bosques, sin duda era algo peligroso más para un noble que contaba con sirvientes no debía ser un problema.
—El objetivo a la vista— habló una voz masculina mientras el camino era iluminado por un rayo. El carruaje se aproximaba a su posición.
Seis ladrones muy conocidos tiraron de las riendas de los caballos y comenzaron a avanzar, aprovechando de la fuerza del viento y las gotas al chocar con el camino. Aquellos seis ladrones poco a poco se habían labrado un nombre en el reino, por sus incontables robos a nobles y aristócratas importantes. Todos sabían que aquellos ladrones de poca monta eran peligrosos, al final muchas damas de la corte o capitanes habían sido asaltadas con violencia.
En cuanto se posicionaron cerca del carruaje, los escoltas de aquella mujer a la que esperaban robar pararon en seco. Los caballos relinchaban mientras el carruaje de aquella mujer paraba.
—La duquesa no se lo espera— agregó el líder de los ladrones mientras se acercaba.
De un momento a otro se sembró el caos en el camino. Los seis encapuchados vestían de negro, cubrían sus rostros a la perfección mientras apuntaban con sus espadas y flechas a los presentes, en busca de causar temor.
El líder de aquellos ladrones bajó de su caballo y de un solo golpe abrió la puerta del carruaje, para adentrarse en él. Esperando ver a una duquesa aterrada, temblorosa e indignada, y lista para entregar sus joyas y monedas que llevase consigo, pero en cambio se encontró algo que no creía posible.
Era una trampa.
—Sabía que vendríais— agregó el hombre sentado sobre los asientos de terciopelo rojo.
—Majestad— habló una voz burlona, no había ni un solo rastro de temor— no esperaba verlo aquí.
Frente a él, el mismo rey.
—Yo sí— agregó la enorme figura mientras tiraba de aquella sombra.
La figura oscura esquivó con agilidad algunos golpes mientras sacaban de sus ropas un par de dagas que se estrellaron contra la espada del rey, ocasionando un destello metálico.
El interior del carruaje se volvió un campo de batalla feroz. Los golpes, jadeos, la respiración contenida de ambos inundaban el ambiente en el interior.
Fuera la cosa estaba reñida. Aquellos que creían que eran simples escoltas en realidad eran habilidosos caballeros con años de entrenamiento que no se lo ponían nada fácil a los ladrones que se encontraban en el exterior.
—¡Jefe! — gritó una voz desde fuera llamando la atención del líder de los ladrones.
Aquel hombre encapuchado estaba por salir y ayudar a sus compañeros, pero aquel rey lo sujetó con fuerza sobrehumana del brazo hasta empujarlo contra la puerta cerrada. Ante aquello la figura oscura aprovechó el momento y abrió la puerta para salir, sabía que no había mucho que hacer más que huir, era lo más inteligente.
—¡Retirada! — anuncio con fuerza.
Los otros jinetes del ladrón subieron a sus caballos, a poco de ser sujetados por la guardia real, y se adentraron en los bosques. Desaparecieron sin dejar rastro, cual espectros. Conocían a la perfección el lugar,
Katsuki Bakugou, el rey al que se enfrentaban salió del carruaje con espada en manos y sin dudarlo se abalanzó sobre aquel desconocido.
—Id tras ellos— ordenó mientras su golpe era detenido por una de las dagas de aquel hombre.
El líder de los ladrones lo golpeó con fuerza y corrió en sentido contrario a sus compañeros.
—¡Suelten a Polar! — ordenó el rey mientras la tormenta lo empapaba.
Un enorme lobo blanco fue soltado para seguir a aquel hombre.
El enorme lobo corrió entre la maleza, siguiendo el rastro inconfundible del ladrón, seguido por el rey — quien sin miedo— montaba su caballo por la zona boscosa, desconocida.
Un grito le dio a entender que su fiel compañero había dado caza al indecible.
Al llegar a la zona donde se encontraba el lobo vio la figura en el suelo, atrapado bajo el peso del animal, quien gruñía de forma amenazadora.
Katsuki descendió de su caballo y se acercó con pasos lentos, victoriosos, al hombre que ya se encontraba en el suelo.
Ahora la capucha, con la que aquel hombre cometía sus crímenes y mantenía su identidad oculta, se encontraba desgarrada. El rostro del ladrón, apenas visible, se iluminó con un destello del cielo.
Los ojos del rey alfa se detuvieron en los labios temblorosos, la mirada cargada de rabia de aquellos enormes ojos, y el hilo de sangre que caía de la frente de aquel hombre.
Un omega.
Lentamente el rey bajó su espada, desconcertado por las acciones de un omega. Aquella trampa en la que llevaba trabajando meses, la que muchas veces parecía haber sido esquivada, no fue bajo la mente brillante de un alfa sino bajo la inteligencia de un pequeño omega.
Ahora a su disposición tenía a un omega herido, que lo veía con rabia y asco.
—Un omega...
...
Izuku Midoriya — un joven omega de veintidós años— era el hijo de una duquesa del reino de fuego y un ladrón de poca monta. No poseía un título nobiliario ni mucho menos el cariño de alguno de sus progenitores. Aquellos solo habían marcado su vida para mal, lastimándolo y haciéndole sentir inservible.
La duquesa Inko, su madre, lo rechazó ya que no aceptaba perder su título por un hombre — que no deseaba cambiar— y un hijo — al que jamás podría amar. Con mucha crueldad abandonó a su hijo bajo el cuidado de aquel cruel hombre, cuando este tenía tan solo cuatro años, cansada de la precariedad en la que vivía.
Su padre, del que jamás supo su nombre, lo crió con dureza a la espera de que se convirtiese en el dueño de su legado, un próximo líder de su banda. No había cariño, abrazos o dulces palabras por parte de aquel hombre, solo órdenes y golpes que lo hicieron volverse fuerte y aprender a defenderse.
Al cumplir catorce años— cuando por fin se dio a conocer que sería un omega— Izuku fue botado a su suerte por su padre. Aquel alfa no deseaba hacerse cargo de un omega incompetente. Según él los omegas eran inútiles si no contaban con un título nobiliario, tierras o dinero. Lo único que le esperaba a su hijo era venderse a cambio de unas monedas, por lo que, en un momento de bondad, decidió abandonar al joven omega en un convento apartado en los bosques, cerca de un diminuto pueblo.
Aquel lugar, un convento lleno de monjas beta y omega, fue el refugio del joven omega. Un hogar tranquilo, que, pese a sus carencias, le dio la oportunidad de conocer lo que era el amor. Lo alimentaron y lo instruyeron en aquello que podían, con la esperanza de que algún día tomase los hábitos y permaneciera protegido bajo la atenta mirada de Dios.
La pobreza. La injusticia de los nobles. El exceso de poder de los burgueses. El hambre. Había muchas causas por las que aquel pequeño omega volvió a delinquir, pero había una que pesaba sobre todas ellas. Los niños.
Las monjas de aquel pequeño convento cuidaban a pequeños niños abandonados a su suerte, como él, niños sin padres o con enfermedades.
Izuku no podía permitir verlos sufrir por lo que armó su grupo de omegas y betas listos para hacer justicia. No robarían por hacerse ricos, sino para traer paz a aquel lugar que era su hogar.
Tenían sumo cuidado cuando se trataba de delinquir. Cubrían sus rostros y cuerpos, montaban a caballo y usaban las espadas con habilidad, tal y como lo haría un caballero. Pero en el pueblo vestían hábitos oscuros, como el de una monja cualquiera.
Nadie sospechaba de ellos. Nadie sabría de su secreto.
—Hermana Izu— dijo el panadero mientras le entregaba algunos panes para los niños— esto es para los niños. Sea cuidadosa, se habla de unos rufianes que podrían poner ojos en vuestro convento.
—No se preocupe— agregó una joven novicia— Dios cuida de nosotros.
...
La lluvia empapaba a los presentes, las gotas caían como agujas sobre el frondoso bosque.
Con paso rápido, el alfa iba a tomar a su lobo al ver como aquel omega empuñaba sus dagas. Temía que su fiel amigo saliese herido.
El joven ladrón omega, apartó al lobo sin hacerle ni un solo rasguño. Lo había empujado con delicadeza, solo apartándolo de él. Sus dagas brillaban aun sobre sus manos, mas no las uso contra el animal.
El ceño del alfa se frunció, completamente extrañado. Aquello no era algo que podría esperar de un ladrón acostumbrado a saquear a nobles.
Aprovechando el momento, el omega se puso en pie, empapado hasta los huesos, su cuerpo lleno de barro y empapado, los mechones de cabello verdoso pegado a su rostro bajo aquellos tirones que previamente eran una capucha oscura
—No lastimo animales, majestad— agregó con seguridad— solo a la nobleza desagradable como vos.
Aquella era una clara provocación a su persona. Desafió cruel, envuelto en ironía.
Katsuki empuño con fuerza de nuevo su espada y dio un paso al frente.
—Veamos que tienes para mí, omega.
Continuará...
Siento la redacción y las faltas ortográficas.