Prólogo
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“𝚀𝚞𝚎 𝚎𝚕 𝚕𝚊𝚝𝚒𝚍𝚘 𝚍𝚎 𝚝𝚞 𝚙𝚒𝚎𝚕 𝚊𝚗𝚑𝚎𝚕𝚎 𝚞𝚗 𝚙𝚕𝚊𝚌𝚎𝚛 𝚝𝚊𝚗 𝚙𝚛𝚘𝚏𝚞𝚗𝚍𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚝𝚎 𝚙𝚒𝚎𝚛𝚍𝚊𝚜 𝚎𝚗 𝚎́𝚕, 𝚙𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚞𝚒𝚍𝚊𝚍𝚘, 𝚙𝚞𝚎𝚜 𝚎𝚜𝚎 𝚍𝚎𝚕𝚒𝚛𝚒𝚘 𝚊𝚛𝚍𝚒𝚎𝚗𝚝𝚎 𝚙𝚘𝚍𝚛𝚒́𝚊 𝚎𝚗𝚌𝚊𝚍𝚎𝚗𝚊𝚛𝚝𝚎 𝚊 𝚞𝚗 𝚊𝚋𝚒𝚜𝚖𝚘 𝚍𝚎 𝚕𝚞𝚓𝚞𝚛𝚒𝚊 𝚜𝚒𝚗 𝚛𝚎𝚝𝚘𝚛𝚗𝚘.”
Empujé la puerta de la casa y solté un suspiro que parecía arrastrar todo el peso de mi alma agotada.
El aire tibio me golpeó la cara cuando entré, como si la casa misma estuviera intentando darme una bienvenida, sabiendo que afuera empezaba a ponerse frío por el clima otoñal. Entré en la sala, cerré la puerta tras de mí pero antes de que pudiera procesar la tranquilidad, un maullido agudo, casi indignado, cortó el silencio, sacándome de mis pensamientos.
—Leon, ¿en serio? —murmuré, con una sonrisa que se me escapó a pesar del cansancio.
Ahí estaba, el rey del pasillo, plantado en el centro como si fuera el dueño de la casa y yo un simple inquilino atrasado con el alquiler. Leon, con su panza descomunal colgando como un trofeo de glotonería, me fulminó con esos ojos grandes que parecían decir: “¿Dónde diablos estabas, humano inútil?” Su cola se movía con la elegancia de un metrónomo, marcando mi tardanza.
Dejé caer el maletín junto a la puerta —ese maletín de oficinista promedio que odiaba con toda mi alma— y me agaché para cargarlo. Leon era un saco de papas cálido y peludo, unos buenos diez kilos de puro gato con pelaje marrón que se quejaba con un bufido cuando lo levanté. Lo apreté contra mi pecho, hundiendo la cara en su pelaje suave, y por un segundo el mundo dejó de ser una patada en el culo. Le di un par de besos entre las orejas, ignorando su mirada asesina.
—¿Qué, glotón? ¿Ya vas a empezar con el drama de la comida? —le dije, como si él entendiera mi tono sarcástico.
Leon respondió con un ronroneo profundo que vibraba contra mi pecho, pero en cuanto lo llevé a la cocina, empezó a retorcerse como si yo fuera el peor Uber de su vida. Lo bajé al suelo con un suspiro teatral, y él se plantó frente a su plato vacío con la pose de un dictador esperando su banquete. “Sírveme, plebeyo”, parecía gritar su mirada.
—Tranquilo, Su Majestad, aquí viene tu gourmet —dije, rodando los ojos mientras vertía croquetas en su tazón.
El sonido de las croquetas chocando contra el metal era como música para Leon, que movió la cola de lado a lado. Se lanzó a comer con la devoción de un gato hambriento como si no hubiese sido alimentado en días, y yo me quedé mirándolo, apoyado en la encimera, sintiendo cómo la casa se volvía un poco menos vacía. Por más que el día hubiera sido una mierda, con jefes que parecían disfrutar haciéndome la vida imposible, volver a casa y encontrarme con este gato gordo y descarado era lo mejor de estar en casa.
Justo cuando empezaba a relajarme, un ping agudo rompió mi burbuja de paz. Mi móvil vibró sobre la mesa de la entrada como un recordatorio de que el universo me odiaba. No necesitaba mirarlo para saber qué era. Suspiré tan fuerte que Leon levantó la cabeza de su plato, molesto por la interrupción.
—Ni me mires, esto no es mi culpa —le dije, mientras arrastraba los pies hasta el móvil.
Efectivamente, un correo del trabajo. Asunto: URGENTE - Revisión de documentos. ¿Urgente? Claro, porque mis ocho horas de esclavitud diaria no eran suficientes. Abrí el mensaje con el entusiasmo de quien lee una multa de tráfico. Era otro encargo de última hora, como si mis jefes tuvieran un radar para detectar el exacto momento en que intentaba desconectarme.
«Solo será temporal», me repetí, como si ese mantra fuera a salvarme de la realidad de un trabajo que me estaba chupando el alma. Algún día iba a dejar de contestar correos corporativos y lo iba a mandar todo al carajo para dedicarme al diseño gráfico, a crear cosas que de verdad me hicieran sentir vivo, no este ciclo interminable de Excel y reuniones inútiles. No iba a dejar que mi título universitario estuviera colgado en la pared como decoración acumulando polvo.
Dejé el móvil con un gruñido y me arrastré a la cocina. Preparé un café frío con hielo, mi truco barato para engañarme y pensar que tenía energía para seguir existiendo. El vaso sudaba en mi mano mientras me desplomaba en el sofá, donde Leon ya había reclamado su trono en un rincón, con la panza al aire como si fuera una obra de arte contemporánea.
—¿Cómo lo haces, eh? —le dije, mirándolo con envidia—. Comes, duermes, y el mundo te vale. Enséñame tu secreto, gordo.
Leon abrió un ojo, me miró con desdén y volvió a dormirse. Clásico.
Encendí la tele, y como era octubre, lo primero que apareció fue una maratón de películas de terror. La pantalla se llenó de destellos rojos y sombras espeluznantes, y sentí que por fin algo valía la pena. Me acomodé mejor, di un sorbo al café frío —que sabía más a decepción que a café— y dejé que Scream me envolviera. Esa película era como un viejo amigo que nunca me fallaba, aunque ya me supiera los diálogos de memoria.
Estaba tan metido en la escena del garaje que apenas noté el móvil vibrando otra vez. Lo tomé con un bufido, listo para maldecir a otro correo del trabajo, pero cuando vi el nombre en la pantalla, mi corazón dio un salto.
—¿Mamá? —contesté, intentando no sonar como si acabara de pelearme mentalmente con mi jefe.
—¿Tennie? ¡Ay, hijo, qué alegría escucharte! —Su voz era un rayo de sol en medio de mi día gris—. ¿Cómo estás? ¿Ya comiste? ¿Leon no ha roto nada, verdad?
Solté una risita.
—Tranquila, mamá, todo bajo control. Leon solo ha roto mi dignidad, pero eso es normal. ¿Cómo está el viaje?
Ella se lanzó a contarme todo con ese entusiasmo que hacía que cualquier cosa sonara como una aventura épica. Habló de las montañas de Colorado, de cómo el cielo parecía un cuadro que nunca terminaba, de los bosques que olían a pino y libertad. Podía imaginarla en el asiento del copiloto, gesticulando como loca mientras papá conducía y asentía sin escuchar del todo.
Mis padres se habían retirado hace poco y decidieron que querían viajar y disfrutar de su retiro, así que iba a estar solo en casa por aproximadamente un mes y un par de semanas.
—Es como si estuviéramos en otro mundo, Tennie. ¡Tienes que venir con nosotros la próxima! —dijo, y luego añadió, con ese tono de madre que no acepta negociaciones—: Y no te olvides de regar las plantas, ¿eh? Y vigila a Leon, que ese gato es un demonio con patas.
Miré de reojo a Leon, que roncaba en el sofá con las patas al aire, como si estuviera posando para una sesión de fotos de gatos desvergonzados.
—Sí, mamá, todo controlado. Leon está... siendo Leon.
La llamada terminó con las despedidas de siempre: un “te queremos” que me hizo sentir como si tuviera diez años otra vez, y una promesa de enviarme fotos de cada árbol que vieran. Colgué y me hundí en el sofá, con el café ahora aguado en la mano y Scream en su mejor momento. Ghostface estaba a punto de hacer de las suyas, y yo estaba listo para perderme en la nostalgia.
__
No sé en qué momento me quedé dormido, pero cuando desperté, el vaso vacío estaba a punto de caerse de mi mano, y la tele escupía un ruido estático que me erizó hasta el último pelo.
La sala estaba sumida en una oscuridad densa, solo rota por la luz grisácea y parpadeante de la pantalla, que hacía que las sombras en las paredes parecieran bailar con malas intenciones.
—Esto es una maldita película de terror —mascullé, con un escalofrío recorriéndome la espalda.
Agarré el móvil a toda prisa y encendí la linterna, cortando la oscuridad con un haz de luz blanca. No ayudó mucho; la casa seguía sintiéndose como el set de una película de bajo presupuesto. Miré a Leon, que seguía durmiendo en el sofá como si el apocalipsis pudiera llegar y él simplemente lo ignoraría.
—Gracias por el apoyo, gordo —le dije, sarcástico, mientras lo levantaba con cuidado, lo abracé contra mi pecho como si fuese un escudo. Él abrió un ojo, soltó un maullido de protesta y volvió a acomodarse en mis brazos.
Subí las escaleras lo más rápido que pude, cada crujido de la madera haciéndome imaginar a un asesino en serie escondido en el pasillo listo para atacar. Llegué a mi habitación, encendí la luz como si mi vida dependiera de ello y cerré la puerta con un golpe. Dejé a Leon en la cama, donde se estiró con la gracia y buscó el mejor lugar para volver a echarse, ocupando el centro del colchón como si yo no existiera.
—Eres el peor compañero de cuarto —le dije, pero él solo me ignoró, roncando suavemente.
Me acerqué a la ventana, aparté la cortina y eché un vistazo al vecindario. Las decoraciones de Halloween ya empezaban a tomar las calles: calabazas de plástico, telarañas falsas que no engañarían ni a una mosca, y un par de esqueletos inflables que parecían juzgar a todo el que pasaba.
Octubre siempre traía esa vibra rara, como si el mundo entero estuviera jugando a ser un set de terror.
Entonces, caminé hacia la otra ventana. La que daba directo a la casa de él. Y como si el universo estuviera dirigiéndome en una comedia romántica subidita de tono, mi corazón dio un vuelco que casi me hace tropezar.
No pude evitar la sonrisa culpable que se me escapó, como si acabara de pillar una escena sub-18 en mi propia cabeza. Mi vecino, Johnny, había sido mi obsesión desde que era un adolescente hormonal espiándolo detrás de las cortinas como un pervertido de barrio. La primera vez que lo vi fue una epifanía: él llegaba de un partido de básquetbol, sudado, con esa camiseta pegada al cuerpo como si fuera una segunda piel, y cuando se la quitó frente a su ventana, juro que mi cerebro hizo un cortocircuito. Ese fue el momento en que descubrí que mi tipo eran los hombres altos, tatuados y con una confianza que hacía que quisiera arrodillarme y rezarles... y otras cosas.
Johnny era... joder. Casi dos metros de puro pecado, con un cuerpo que parecía esculpido por un dios con un fetiche por los músculos. Los tatuajes en sus brazos eran como un mapa que quería recorrer con los dedos —o con la lengua, no voy a mentir—. Sabía, porque lo había visto más veces de las que un juez aprobaría, que también tenía tinta en la espalda y las costillas, cada línea dibujada como si fuera una invitación a pecar.
Me mordí el labio, perdido en el recuerdo de todas las veces que lo había visto mover ese cuerpo como si supiera que alguien lo estaba mirando. Durante años, Johnny había sido mi estándar imposible. Lo veía jugar básquetbol en la calle, corriendo con esa energía que hacía que el asfalto pareciera su escenario personal, y yo me quedaba en las escaleras de mi casa, fingiendo leer mientras mi cerebro imaginaba una porno completa con nosotros dos de protagonistas.
Y entonces, como si mis pensamientos fueran una invocación, la lámpara del cuarto de Johnny se encendió. La cortina traslúcida de su ventana era una burla del destino, porque no escondía nada. Ahí estaba él, en todo su maldito esplendor.
Se pasó una mano por el pelo húmedo, probablemente recién llegado de un entrenamiento, y sin previo aviso, se quitó la camiseta, y la tiró en un cesto, la luz cálida de la lámpara delineó cada músculo de sus hombros, cada tatuaje que subía por sus brazos y se perdía en su piel como una promesa. Era una escena que no debería estar viendo, pero mis ojos se negaron a moverse. Mi corazón latía tan fuerte que temí que Leon lo oyera desde la cama.
«Joder, Johnny, ¿es necesario que seas TAN ardiente?» pensé, escondiéndome un poco más detrás de la cortina, como si él pudiera pillarme en plena fantasía.
No podía describir lo mucho que me ponía, era tan grande, tan fuerte que me hizo pensar que él moldeó mi libido, que mi tipo era exactamente los hombres como él: altos, musculosos, un hombre que me pudiera levantar con un brazo y partirme con el otro. Estaba seguro que si él me daba una sola oportunidad de complacerlo iba a meterme su polla en la boca y le iba a hacer la mamada de su vida, le iba a mostrar mi talento con la lengua, dejándole las piernas temblando. Luego iba a dejar que él me pusiera en todas las posiciones que quisiera. Lo que ese hombre me excitaba no era ni medio normal. Sin conocerlo a veces me tocaba pensado en sus manos recorriendo mi cuerpo entero y lamiéndome en lugares específicos. Johnny tenía pinta de ser un atrevido y un buen amante y quería con todas mis ganas probar esa teoría, bajo sus sábanas.
—Leon, ¿has visto esto? —le dije al gato, como si él fuera mi cómplice en este delito de voyeurismo doméstico—. Ese hombre es un delito contra mi salud mental. Deberían encerrarlo por provocar taquicardias.
Leon no respondió, solo estiró una pata en la cama y siguió durmiendo como si mi crisis existencial fuera irrelevante. Cabrón ingrato.
Me quedé ahí, pegado a la ventana, atrapado entre la culpa y una lujuria que no me atrevía a admitir en voz alta. Johnny se movía por su cuarto con esa confianza que me hacía pensar «Por favor, hazme lo que quieras». Nunca habíamos pasado de un “hola” incómodo o un “qué tal” en la calle, pero para mí, él era más que el vecino sexy. Era el hombre que, sin saberlo, había encendido cada rincón de mi imaginación desde que era un adolescente con las hormonas en guerra.
Pero sabía que eso no iba a pasar nada. Johnny era un sueño húmedo inalcanzable, y yo era solo el tipo de al lado, con un gato gordo, un trabajo que odiaba y muchas fantasías en la cabeza. Suspiré, dejé caer la cortina y me tiré en la cama junto a Leon, que me dio un maullido de queja por interrumpir su sueño.
—Tranquilo, gordo, no te estoy pidiendo que me hagas terapia —le dije, con una risita sarcástica—. Pero si alguna vez quieres ayudarme a seducir a Johnny, avísame. Aunque, con mi suerte, terminaría tropezándome y cayendo en su regazo... lo cual, pensándolo bien, no suena tan mal.
Leon respondió con un ronquido. Vaya flojo.
Tomé el móvil y empecé a scrollear en Twitter, quería despejar mi cabeza de la calentura que sentía por ese hombre un momento.
Me dejé caer de espaldas sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso, las sábanas frías rozando mi piel como un susurro que no lograba calmar el calor que me quemaba por dentro. Leon, con esa arrogancia de gato que parecía reclamar cada rincón del mundo, se acomodó a mi lado, su cuerpo cálido rozándome lo justo para hacerme consciente de cada centímetro de mi propia piel. Suspiré, tratando de apagar el fuego que la imagen de Johnny —su mandíbula afilada, sus manos fuertes, esa mirada que siempre parecía desvestirme sin tocarme— había encendido en mi cabeza. Agarré el móvil con dedos inquietos, buscando cualquier cosa que me arrancara de esa corriente de deseo que amenazaba con consumirme.
Abrí Twitter, dejando que el torbellino digital me tragara. Memes, videos de gatos, chistes malos que apenas me sacaron una mueca. Estaba a punto de tirar el móvil, aburrido, cuando un video irrumpió en mi timeline como un puñetazo al pecho, deteniendo mi respiración.
Un tipo sentado en una silla, bañado en una luz roja que cubría su piel. Una máscara de Ghostface cubría su rostro, dándole un aire de peligro que me hizo apretar el móvil con más fuerza. No llevaba camiseta, solo unos pantalones negros que se ceñían a sus muslos como si estuvieran pintados sobre él, marcando cada músculo, cada curva, hasta el bulto evidente que me robó un jadeo.
Un cinturón le apretaba la cintura, y en su pecho, vetas de sangre falsa goteaban, brillantes, resbalando lentas por su piel. Sostenía un cuchillo de utilería, deslizándolo por su abdomen con una lentitud torturante, el filo brillando bajo la luz, como si estuviera invitándome a imaginar cómo se sentiría ese metal frío contra mi propia piel. El cuchillo bajaba hasta la cintura, dejando mucho a la imaginación. El movimiento era lento y seductor, joder era lo más perturbador y sensual que había visto.
Me quedé inmóvil, el pulso retumbándome en los oídos, la polla empezando a despertarse contra la tela de mi bóxer. Su cuerpo era exactamente mi tipo: duro, esculpido, con tatuajes que asomaban en su piel como promesas susurradas en una habitación a oscuras. La música de suspenso que acompañaba el video era un latido grave, vibrando en mi pecho, sincronizándose con el calor que se acumulaba en mi entrepierna. Era jodidamente perturbador y a la vez tan excitante que mi cuerpo no sabía si correr o rendirse. La máscara, bañada en ese rojo infernal, parecía mirarme directamente, como si él supiera que estaba ahí, atrapado, con la boca seca y el deseo apretándome las entrañas.
Tragué saliva, el sonido resonando en mi garganta como un eco culpable. No podía despegar los ojos. Cada movimiento suyo —la forma en que sus músculos se tensaban, cómo la sangre falsa se deslizaba por su piel, el cuchillo rozando su cuerpo como una caricia peligrosa— me tenía al borde de un precipicio. Mis dedos temblaban, mi respiración se volvía pesada, y sentía el calor subiendo por mi cuello, acumulándose en mi cara.
Toqué el nombre del usuario sin pensar: RedMask.exe. Sonaba como el alias de un actor porno de película donde el hacker se folla a la o el protagonista, y eso solo hizo que mi imaginación se disparara aún más, pensando en lo que escondía esa máscara, en cómo sonaría su voz gruñendo mi nombre.
El perfil me golpeó como una ráfaga. Creado en septiembre, ya tenía cuarenta y cinco mil seguidores. La bio era un anzuelo cruel: “Un chico raro al que le gusta el terror”. Ni una foto sin máscara, ni un nombre, solo ese vacío que me hacía querer llenarlo con fantasías sucias. Un enlace solitario brillaba al final. Mi dedo actuó solo, y la pantalla cambió a VelvetTripleX.com. El diseño era oscuro, elegante, con un logo que prácticamente gritaba sexo. Era una página de contenido adulto de pago, de esas que te hacen sentir que has cruzado una línea que no tiene vuelta atrás. Donde muchos desesperados pagan cantidades absurdas de dinero para ver a otras personas auto complacerse en videos.
Mi corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en la punta de la polla, cada pulso enviando una corriente de calor que me hacía apretar los muslos. La habitación se sentía pequeña, el aire denso, cargado de una electricidad que me envolvía como una mano invisible. Leon se movió, su cola rozando mi pierna, pero ni siquiera eso pudo arrancarme de la pantalla. Estaba atrapado, con el cuerpo tenso, el deseo palpitando en cada rincón de mí, como si hubiera abierto una puerta hacia un abismo de lujuria que no podía —y no quería— cerrar.
Me quedé hipnotizado mirando la bio de RedMask.exe, ese maldito enlace parpadeando en la pantalla como una invitación al pecado, un botón rojo que prácticamente gritaba tócalo y jódete la vida. Mi dedo tembló sobre él, pero en lugar de ceder al impulso, deslicé hacia abajo, ansioso por más de ese veneno que ya me tenía atrapado. Los comentarios bajo el video eran un puto espectáculo, un desfile de lujuria descarada que me hizo arquear una ceja y apretar las piernas.
—“Este cabrón con la máscara de Ghostface es el hombre más sexy que he visto. Arrástrame a un callejón, papi, y hazme lo que quieras con ese cuchillo.”
—“No sé si quiero que me apuñale o que me folle contra la pared hasta que no pueda caminar.” —“Joder, ese cuerpo debería estar en un museo. Si me muero, que sea con él encima, sudando y gimiendo.”
Me tapé la boca, conteniendo una risa que salió sin aviso, el sonido vibrando en mi pecho. Leon, tirado a mi lado, abrió un ojo y me lanzó una mirada de ¿qué mierda te pasa?, como si mi calentura estuviera interrumpiendo su sagrada siesta. Pero no podía parar. Era absurdo, ridículo... y jodidamente real. Cada comentario era como un eco de las imágenes sucias que ya se arremolinaban en mi cabeza: ese tipo sin camisa, la sangre falsa goteando por su pecho duro, los pantalones tan ajustados que podía imaginarme el contorno de su bulto, pesado y listo, mientras deslizaba ese cuchillo por su piel como si estuviera provocándome a mí.
—Joder, yo también escribiría eso —mascullé, riendo entre dientes, aunque el calor que me subía por el cuello no tenía nada de divertido. Mi bóxer empezaba a sentirse demasiado apretado, la tela rozándome de una forma que me hacía querer ajustar algo más que mi postura.
Seguí bajando. Los comentarios se ponían más explícitos, cada uno más descarado que el anterior. Una tipa escribió con todo detalle cómo dejaría que RedMask la atara, la máscara mirándola mientras le arrancaba la ropa y la follaba hasta hacerla gritar. Otro hablaba de arrodillarse frente a él, rogándole que lo usara mientras la sangre falsa goteaba sobre su cara. Mi respiración se volvió pesada, el pulso martilleándome en las sienes y en la entrepierna. Me mordí el labio, intentando calmar el cosquilleo que me trepaba por el estómago, pero era inútil. Mi polla estaba dura, palpitando, y cada palabra en esa pantalla era como una mano fantasma acariciándome sin piedad.
Apagué la pantalla de golpe, como si eso pudiera apagar también el fuego que me consumía. Me quedé mirando el techo, la sonrisa todavía pegada en mi cara, pero ahora era más nerviosa que divertida. Mi pecho subía y bajaba rápido, el aire de la habitación sintiéndose espeso, cargado de un deseo que me tenía al borde. Un tipo enmascarado en internet, un puto desconocido con una máscara de Ghostface y un cuerpo que parecía diseñado para hacerme perder el control, había logrado lo que ninguna película de terror o cita había conseguido: ponerme tan nervioso, tan cachondo, que podía sentir el calor de mi propia piel traicionándome.
Quería volver a abrir la app, volver a ese video, imaginarme arrancándole esa máscara y dejando que me destrozara de todas las formas que esos comentarios prometían. Pero me quedé ahí, inmóvil, con el corazón latiéndome en la polla y una sola certeza: en lugar de distraerme de mis pensamientos lujuriosos sobre el vecino terminé más duro que antes.
No me suscribí a su perfil en la página de pago, pero estaba a punto de hacerlo, quería más de esos videos. Sabía muy bien que era cuestión de tiempo para que hiciera una estupidez