Prólogo
Georgetown, Colorado Abril de 1890
A Lauren Jauregui le dio un vuelco el estómago al ver que se acercaba un jinete. Al instante, dejó la herramienta con la que estaba arreglando la valla de alambre, agarró el sombrero que había dejado sobre un poste y se lo colocó.
La única persona que se presentaba en Stone Creek sin avisar era su hermano pero, aunque hacía meses que no lo veía, tenía muy claro que el hombre que se acercaba no era Clay.
El jinete hizo reducir el paso al caballo y Lauren alargó un brazo con la palma de la mano en alto.
—Quédese ahí.
— ¡Tengo un telegrama para usted! —gritó el joven jinete.
—Déjelo en la valla y lárguese.
—El sheriff me ha dicho que es importante que lo lea cuanto antes porque, es posible que quiera darme una contestación.
—Muy bien. Entonces, déjelo sobre la valla y márchese.
El joven bajó a regañadientes de su caballo, sacó el telegrama del bolsillo, buscó un trozo de alambre con el que clavarlo en el poste de madera pues hacía viento y esperó nervioso.
Lauren lo observaba en silencio.
El chico tomó las riendas de su animal y se apartó hasta una distancia considerable. Lauren se acercó lentamente, agarró el telegrama, dirigido al sheriff Harland, y lo leyó.
Cadáver de un hombre de casi treinta años, pelo castaño y ojos azules. Asesinado a tiros. Reloj de bolsillo con inscripción «Con todo mi amor, Maybelle». Los dueños del Salón dicen que es de Georgetown. ¿Qué hacemos?
Harland había añadido una nota final.
Creo que deberías ir a ver el cadáver. Si quieres, hablo yo con Corinne.
Lauren se quedó mirando el telegrama fijamente hasta que se le nubló la vista y sintió un nudo en la boca del estómago.
El reloj de bolsillo no le decía nada. Clay tenía varios, y seguro que muchos de ellos eran obsequios de alguna mujer, pues su hermano tenía una en cada puerto.
Sin embargo, el que lo hubieran matado a tiros era algo que no se podía sacar de la cabeza. La descripción del cadáver encajaba con la de su hermano, pero probablemente también con la de cientos de hombres de las Montañas Rocosas.
El hecho de que el cadáver tuviera el pelo rubio y los ojos azules no quería decir que el muerto fuera su hermano.
Por otra parte, podía ser su hermano fácilmente. Lauren llevaba mucho tiempo temiendo que a Clay le sucediera algo así pues su hermano era un hombre temerario que siempre andaba metido en problemas de faldas.
Aunque Lauren no se llevaba bien con su madrastra, no quería que fuera el sheriff el que le diera a Corinne semejante noticia. Tal vez el cadáver no fuera el de su hijo, pero, si lo era, la madre de Clay merecía más consideración.
Lauren levantó la mirada.
—Dile al sheriff que yo hablaré con la señora Jauregui —comentó—. Y que mañana mismo a primera ahora iré a Ironville.
—Así lo haré —contestó el joven, despidiéndose con la mano.
A continuación, montó en su caballo, miró a Lauren con curiosidad y se alejó.
Mientras observaba cómo se perdía en el horizonte, Lauren rezó para que el cadáver no fuera su hermano, pues perder a Clay sería tan doloroso como perder un brazo, como que le arrancaran un miembro de su cuerpo.
«Por favor, que no sea Clay. Por favor, que no sea Clay».








