Capítulo 1 — Camino a casa
El sol de la tarde/noche de un viernes bañaba las calles con un brillo dorado cuando Kaneko regresaba de la escuela. Caminaba despacio, balanceando la mochila y pateando piedritas por el camino.
Kaneko va a clases de tardes asi que siempre cena en casa.
El aire olía a tierra y hojas secas; el sonido de los autos le llegaba lejano, mezclado con el canto de los pájaros.
Tenía el cabello castaño, algo revuelto por el viento, y los ojos marrones llenos de una curiosidad tranquila. Su expresión era relajada, soñadora. Vestía el uniforme escolar sin demasiado esmero: la chaqueta abierta, la corbata floja y el cabello suelto, con algunos mechones cayendo sobre su rostro.
Era una chica alegre y despistada, imaginativa hasta el cansancio, a veces perezosa pero con un corazón lleno de ideas imposibles. Le encantaban las historias de magia y fantasía, aunque sabía que no existían… o al menos eso decía su madre.
Cuando dobló la esquina, su casa apareció al final de la calle: una vivienda de dos pisos, sencilla, con paredes claras y un pequeño jardín algo descuidado. En la entrada, las flores crecían sin mucho orden, como si se negaran a obedecer la tijera de podar.
Abrió la reja que chirrió suavemente.
—Ya llegué —anunció al entrar, quitándose los zapatos.
—Bienvenida, cariño —respondió su madre desde la cocina con su voz dulce—. ¿Cómo te fue hoy?
—Igual que siempre —respondió Kaneko, dejando caer la mochila en el pasillo—. Lleno de tareas y profesores que creen que no tenemos vida.
Su madre soltó una risita suave.
—Ay, Kaneko… siempre tan dramática. Ven, que te preparé té.
—¿Té verde? —preguntó mientras entraba a la cocina.
—El de siempre, con un poquito de miel —dijo su madre, sirviendo una taza—. Te ayudará a relajarte.
Kaneko sonrió y se sentó a la mesa.
—Gracias, mamá. Eres un sol.
—Lo sé —bromeó ella, dándole un golpecito cariñoso en el hombro antes de volver al fuego de la cocina.
La cocina era cálida, llena de luz. Sobre la mesa había pan recién tostado y el olor a comida recién hecha llenaba el aire.
Durante un rato, hablaron de cosas sin importancia: de la escuela, de una vecina nueva, de lo caro que estaba todo últimamente. Era una rutina tranquila, de esas que se sienten seguras y familiares.
Hasta que Kaneko preguntó, casi sin pensarlo:
—Oye, mamá… ¿por qué nunca puedo bajar al sótano?
Su madre se quedó quieta por un segundo, sosteniendo la cuchara en el aire. Luego sonrió con suavidad.
—Porque no hay nada interesante ahí, amor. Solo cosas viejas, cajas con libros de tu abuela y trastos polvorientos.
—¿De la abuela? —preguntó Kaneko, sorprendida—. Nunca me hablas mucho de ella.
Su madre suspiró, mirándola con ternura.
—Era una mujer especial. Muy inteligente… pero también un poco complicada.
—Complicada cómo.
—De esas personas que creen demasiado en cosas que no se pueden ver —dijo su madre, sonriendo apenas—. Pero eso es historia antigua, no te preocupes.
Kaneko jugueteó con su taza.
—Yo también creo en cosas que no se pueden ver.
Su madre se rió y le acarició el cabello.
—Lo sé. Por eso eres tan encantadora. Pero prométeme que no bajarás al sótano, ¿sí? No quiero que te lastimes.
Kaneko la miró de reojo y asintió, aunque su curiosidad no desapareció.
—Prometido —dijo, aunque no muy convencida.
Esa noche, después de cenar, subió a su habitación. Miró por la ventana, pensando en Mikan, su viejo gato naranja que había desaparecido cuando ella era niña. A veces aún creía escucharlo maullar, como si estuviera en algún rincón esperándola.
Se acostó en la cama, pero el sueño no llegó enseguida.
Desde el pasillo, creyó escuchar un leve ruido: un crujido, como el de una puerta moviéndose despacio.
Se incorporó y miró hacia la oscuridad.
La casa estaba en silencio, pero el sonido volvió a repetirse… justo desde la puerta del sótano.
—¿Mamá? —llamó en voz baja.
Nada.
Se acercó despacio al pasillo. La luz de la luna entraba por la ventana, dibujando sombras en el suelo.
La puerta del sótano seguía cerrada, pero por debajo de ella, Kaneko juró ver una luz débil, como el reflejo de una vela o una linterna.
—Debe ser mi imaginación —murmuró, aunque su voz sonó temblorosa.
Cuando dio un paso atrás, algo rozó su tobillo.
Se sobresaltó, girando de golpe.
Nada.
Pero lo escuchó de nuevo.
Un leve, suave miau desde el otro lado de la puerta.
Kaneko sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Mikan…? —susurró.
Silencio.
Y luego, otra vez, el mismo sonido.
Su madre la llamó desde la cocina, rompiendo el hechizo del momento.
—Kaneko, ¿estás bien, cielo?
Ella dio un respingo.
—¡Sí, mamá! Solo… creí escuchar algo.
—Debe ser el viento, cariño. Ven a dormir, ¿sí?
Kaneko asintió, aunque sabía que su madre no podía verla.
Miró una última vez la puerta del sótano. La luz había desaparecido.
Subió las escaleras en silencio, pero mientras se acostaba, no pudo dejar de pensar que, quizá, no había sido el viento.
Y que algo —o alguien— la estaba llamando desde ahí abajo.
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Fin del capitulo dejen comentarios 🩵









Te amo mi bella escritora