Prefacio
Crizi siempre había soñado con las deslumbrantes fiestas de quince años que veía en la televisión. Aquellas en las que la cumpleañera bajaba elegantemente las escaleras, envuelta en un vestido de princesa, bordado con pedrería. Al pie de la escalera, un joven apuesto la esperaba para dar inicio a la gran entrada. Juntos recorrían el espacioso salón, iluminado por un candelabro resplandeciente, y terminaban con un vals suave, bailado con su padre.
¿Qué adolescente no desearía esto? se preguntaba Crizi, tendida en su cama. Un mechón de su cabello castaño caía sobre su rostro, y lo apartó distraídamente, como si el gesto pudiera despejar también sus pensamientos. Su fiesta de cumpleaños era un tema delicado, casi prohibido, en casa. Su madre, la señora Lilian Locker, evitaba mencionar la palabra “fiesta”, como si se tratara de un mal augurio. Y aunque su padre, Christopher William Banisovi, trabajaba en el extranjero y enviaba una generosa suma de dinero cada mes, no entendía por qué él y su madre no podían hacer que su sueño se hiciera realidad. El dinero no era un problema. Además, Crizi siempre había sido una excelente estudiante, hermana mayor e hija ejemplar ¿Por qué no podía tener la fiesta que deseaba?
Esas preguntas daban vueltas en su cabeza, atrapadas en un ciclo de frustración. A veces se preguntaba si la respuesta estaba oculta en la mirada de su madre, en la manera en que evitaba hablar de esos temas. ¿Sería que la fiesta significaba algo más para su madre? Algo que Crizi aún no entendía.
Mientras sus pensamientos se dispersaban, la habitación a su alrededor parecía un reflejo de su esencia: ordenada, casi perfecta. Las paredes blancas y el mobiliario minimalista daban una sensación de calma, pero también de orden. Crizi siempre había mantenido su entorno impecable, incluso cuando vestía ropa cómoda, como ahora. La perfección era su refugio, su manera de mantener el control.
Katty y Bobby, sus hermanos, solían jugarle bromas sobre lo perfecta que era. Bobby, su hermano del medio, siempre con la nariz metida en libros de tecnología o cómics, se burlaba diciendo que tenía que ser un robot para ser tan organizada. Katty, su hermana pequeña, la más traviesa de todos, la llamaba “la señorita perfección” con tono burlón, pero Crizi se lo tomaba a risa. A veces, se encontraba deseando poder ser más como Katty: espontánea y relajada.
Bobby, de tez clara y cabello marrón ensortijado, con sus ojos verdes tan característicos de los Banisovi, era el típico niño cerebrito que no sabía cómo relacionarse con los demás. Sin embargo, siempre estaba ahí cuando Crizi lo necesitaba, sobre todo cuando Katty lo arrastraba a alguna de sus travesuras. Aunque Bobby rara vez sonreía, sus ojos brillaban con la misma intensidad que el amor que sentía por sus dos hermanas.
Katty, en cambio, era una niña curiosa, llena de energía. A sus seis años, había vivido una anécdota que la familia siempre contaba entre risas. Durante una excursión a un restaurante campestre, se había quedado fascinada al ver a un pollo romper el cascarón. Regresó a casa con todos los huevos de la nevera, decidida a empollarlos como si fuera una gallina. Pero, claro, se sentó sobre ellos y los rompió. La madre de Crizi no dejó de reír al ver el llanto de Katty, confundida entre el asombro y la culpa.
Katty tenía el cabello rubio y rizado, que caía salvajemente sobre su rostro, enmarcando unos enormes y redondos ojos verdes. Muchos decían que era una mezcla perfecta entre Crizi y su madre. Con su perfil travieso y su risa contagiosa, siempre lograba iluminar el hogar.
Crizi, en cambio, parecía tener el peso del mundo sobre sus hombros, aunque solo tenía catorce años. Era madura para su edad, como si tuviera la sabiduría de una adulta atrapada en un cuerpo joven. Se hacía cargo de la casa cuando su madre no estaba y, aunque su vida era aparentemente maravillosa, había algo en su mirada que siempre parecía distante. Su habitación reflejaba esa madurez: ordenada, en tonos blancos, pero con una calidez que contrastaba con la frialdad de sus pensamientos.
En la escuela, Crizi no era la más popular, pero era conocida y apreciada por todos. Mantenía buenas calificaciones porque disfrutaba aprender, pero también se tomaba el tiempo para compartir con sus amigos. Entre ellos, Sofía Grados era su amiga más cercana. Sofía, con su energía vibrante y su risa contagiosa, era lo opuesta a Crizi. Mientras Crizi se tomaba la vida con calma, Sofía vivía cada momento con intensidad. Con su cabello negro, lacio y largo hasta la cintura, y su piel de tono capulí, siempre lucía a la moda, con su estilo deportivo y fresco. Crizi admiraba su entusiasmo por la vida, y Sofía a menudo la sorprendía con nuevos peinados que le hacía durante los recesos.
Los martes y jueves, Sofía se quedaba en su casa después de clases para repasar juntas. Entre libros y risas, pasaban las horas hasta que la madre de Sofía venía a recogerla al atardecer. Fue en una de esas tardes que Sofía le contó a Crizi sobre la fiesta de quince años de su prima, a la que había asistido dos años atrás. Sofía la describió como la más impresionante que había visto, con su prima vestida como una reina. Lo que más sorprendió a Crizi fue la tradición del cambio de zapatos: los padres de la cumpleañera, después de un emotivo discurso, simbolizaron el paso de la niñez a la adultez al quitarle los zapatos y ponerle tacones.
Aunque impresionada por la fiesta de la prima de Sofía, el deseo de Crizi no era solo tener una celebración espectacular. Lo que realmente anhelaba era encontrarse con su padre. Él había trabajado toda su vida en los Estados Unidos, enviando dinero, pero nunca había estado realmente presente. A través de las llamadas telefónicas, Crizi había llegado a conocerlo a través de su voz grave y pausada. Esa voz, aunque distante, era la única conexión que tenía con él.
En sus momentos de soledad, Crizi se refugiaba en su diario. Ahí plasmaba todo lo que no podía decir en voz alta: sus deseos, sus frustraciones, sus sueños de que su padre estuviera a su lado en su fiesta de quince años.