Mi Dulce Lirio

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Es mejor amar con el corazon que forzar una accion. Amor, superacion, apredizaje y recuerdos de un ser amado, en memoria a K.V.

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MI Dulce Lirio

MI Dulce Lirio

PROLOGO

¿El amor perfecto existe o solo es una teoría? Todos tenemos una versión de lo que significa amar: para algunos es algo efímero, para otros es la eternidad misma; unos lo conciben como algo propio y único. El amor es vasto, inabarcable, pero de algo estoy seguro: no hay mejor sensación que haberlo vivido, que experimentar esa alegría inmensa que invade el alma. Y cuando termina, llega ese desgarro que va destruyendo poco a poco todo lo que llevamos dentro. Al final, lo más valiente que uno puede hacer en esta vida es amar sin importar las consecuencias.

No hay peor amor que el amor incondicional, pero de algo sabemos que el único límite de amar incondicionalmente es el amor propio.

PRIMAVERA

Todos empezamos desde un inicio, y en el camino a veces nos derrumbamos. Somos frágiles, fáciles de caer y de no levantarnos. Pero las metas y los sueños que llevamos dentro son como una llama que enciende nuestro corazón, y esa luz nos impulsa a levantarnos una vez más, a comenzar de nuevo desde otro punto, con más experiencia y un poco más de sabiduría.

Somos tan efímeros que no aprendemos a apreciar lo que tenemos hasta que lo perdemos. Solo entonces descubrimos cuánto cariño merecía ese objeto, ese amor o ese sueño sin cumplir. Creemos que podemos controlar todo lo que poseemos, pero nunca ha sido así. Con el tiempo dejamos de esforzarnos y nos acomodamos, olvidando que la vida nunca nos da nada fácil. Es cuando perdemos lo que amamos que comprendemos el verdadero valor de las cosas y aprendemos, quizá tarde, a cuidarlas con más dedicación.

Así como la canción Iris, es también una declaración de un amor puro, un amor que deja de ser efímero para volverse eterno. Eso fue lo que yo pude vivir en muchas ocasiones con un tulipán, mi querida Lirio. Porque el amor no es solo un sentimiento: es poder, es comunicación, es alegría, es paz. El amor siempre te mostrará lo vulnerable que eres, pero también lo fuerte que puedes llegar a ser. Yo lo viví varias veces, pero sin duda alguna, solo una vez me sentí insuperable, único… me sentí verdaderamente vivo.

Uno no nace amando; es el amor quien nos va construyendo. De él aprendemos a ser mejores personas, a cuidar, a proteger, a atender. El amor no puede alimentarse sin comunicación, sin conexión. No se fuerza, se crea. El amor no se da a medias: o entregas todo, o no entregas nada. También es aprender a cuidarse a uno mismo, porque sin amor propio es imposible amar de verdad a otra alma. El amor puede ser condena o puede ser liberación; todo depende de cómo lo vivamos.

Nunca debemos temer a un nuevo inicio, ya sea un nuevo amor, un nuevo trabajo o una nueva ciudad. Estamos tan acostumbrados a idealizar el pasado que olvidamos vivir el presente. Y lo mejor de la vida está en el ahora, en ese instante que no se repite.

No hay que tener miedo al futuro ni a lo que pueda suceder; simplemente debemos aprender a fluir, como una hoja que se deja llevar por la brisa del viento, sin temer a dónde caerá ni hasta dónde podría volar.

No tengamos miedo de dar el primer paso, porque ese pequeño movimiento puede abrirnos las puertas de todo un nuevo universo.

La primavera es maravillosa porque nos recuerda que, tras tres estaciones, siempre regresa… y cuando lo hace, ya no somos los mismos. No pensamos igual, no deseamos lo mismo; hemos cambiado sin darnos cuenta. El tiempo nos enseña que siempre es posible volver a empezar, en cualquier momento y en cualquier lugar, porque nada ni nadie nos espera. Ni siquiera la primavera. La que vivo hoy no es la misma de un año atrás, y yo tampoco soy el mismo que la contempla.

“Lo más importante que puedes hacer por ti mismo es encender tu corazón y dejar que arda con fuerza. Haz lo que tu corazón te guíe, aunque enfrentes derrotas, aunque caigas, aunque lo pierdas todo. Si diste lo mejor de ti, aun en la derrota habrás ganado, porque lo que realmente importa es que, al final de todo, puedas sentirte en paz y orgulloso de lo que hiciste.”

ETERNO

Empieza la primavera la estación donde me recuerdo lo feliz que fui…

Soy un hombre ordinario que se enamoró de una mujer extraordinaria. Ella tenía un talento innato para todo lo que se propusiera y un aura increíble —y yo solo tenía ojos para ella—

No soy tan bueno para expresarme, pero desde que la vi, supe que ella era lo que más deseaba, ella no solo robaba miradas, sino que también resplandecía con intensidad, aún recuerdo la primera vez que la vi, y desde que me vio mi destino cambio.

Verla reír, siempre será lo más gratificante que podre sentir, ella era capaz de descontrolarme con una mirada, era capaz de hacer que mis miedos desaparecieran, que mis demonios se calmaran, y que mi paz creciera, ella no era una simple mujer, ella era lo más cercano a una diosa.

No soy tan bueno para recordar, pero de algo estoy seguro que, hay una fecha de cumpleaños que jamás olvidare, una sonrisa, un sabor de pastel, un color, una banda, un deseo, un sueño, una promesa que queda en el aire, unas travesías, unas aventuras, y una fecha que marco mi vida.

Lo que se ama nunca se olvida, y de algo estoy seguro: amé tan intensamente a un ser, que hoy puedo decir lo increíble que se siente ser un simple mortal admirando a una diosa.

Como dijo Gustavo Cerati, “los ojos besan mucho antes que la boca”, y no es por afán ni por atracción, sino porque en ese instante comienza una conexión que será difícil de romper.

Amar siempre será el acto más grande que uno puede hacer en esta vida.

Aunque tengamos miedo, nos arriesgamos; aunque las posibilidades sean bajas, aun así enfrentamos el desafío de expresar lo que sentimos.

Podemos ganar mucho, pero también perder. Sin embargo, al final, incluso en la pérdida, seguimos ganando, porque ganamos sabiduría, y poco a poco nos volvemos expertos en el amor.

Yo no me considero un gran experto, pero de lo que he aprendido sé que nadie muere por amor.

Aun así, cuando uno entrega su amor a otro, debe ser recíproco, y sobre todo, libre de recuerdos o temores del pasado.

Destinado a perder, pero obligado a ganar.

No importa cuántas veces me enamore, ni cuántas veces me rompan el corazón, porque al final lo que realmente importa es dejar mi huella en las personas que logran tocar mi alma.

Intentar darle el mundo entero a esa persona de la que nos enamoramos, sin importar cuán difícil sea, porque la felicidad es efímera, y lo mejor que podemos hacer es volver cada recuerdo feliz en eternidad.

¿Y cómo se logra eso?

Siendo nosotros mismos, recordando esos momentos de paz con una gran sonrisa, agradeciendo incluso por las despedidas.

Porque, aunque perdamos a esa persona que un día nos entregó la mitad de su mundo, debemos recordarla con alegría, por el privilegio de haber compartido algo tan puro, tan humano, tan real.

Al final, el mundo quizá no nos recuerde, pero sí lo harán las personas a quienes les entregamos lo más increíble de nosotros: nuestro amor y nuestra esencia.

VERANO

Tenemos la posibilidad de vivir cien veranos, pero yo tuve la dicha de disfrutar dos por los cuales daría los otros noventa y ocho a cambio.

El verano siempre será mi estación favorita, porque es en ella donde mi vida ha dado los cambios más profundos. El verano me llena de felicidad, pero también de nostalgia; por eso, siempre tendrá un lugar irremplazable en mi corazón.

No es solo una estación: es un instante eterno disfrazado de calor y luz. Es la época donde los días parecen no terminar, donde las risas suenan más libres, donde los recuerdos se graban con más fuerza. El verano es intensidad: en él uno arde, se transforma, se arriesga, y descubre que la vida no se hizo para vivirse a medias.

En mis veranos más preciados aprendí que la felicidad no es promesa, sino regalo; que los atardeceres no se cuentan, se sienten; que las despedidas no siempre duelen, porque a veces lo vivido es tan grande que basta para iluminar toda una vida. El verano me enseñó que no se trata de cuántas estaciones tengamos, sino de cómo decidimos vivir cada una de ellas.

Aunque no todos los veranos fueron felices, todos estuvieron llenos de cambios, y quizá esa es su verdadera magia: mientras el sol quema la piel, también enciende el alma, y en ese fuego comprendemos que crecer duele, pero también libera.

El verano es el punto de partida. Es la estación donde más he reído, donde más he amado, donde más me he perdido y también donde más me encontré. Cada verano me recordó que somos efímeros, que todo se puede desvanecer, pero también que todo puede renacer con más fuerza.

Si la primavera es el inicio y la esperanza, el verano es el clímax: el momento donde se siente con todo el corazón, donde se ama sin miedo, donde uno entiende que vivir intensamente puede doler, pero nunca será un error. Porque lo peor no es quemarse bajo el sol, sino nunca haber sentido su calor.

Gracias a estos veranos he aprendido que vale más hacer todo con el corazón que actuar por obligación. Lo que nace del alma siempre será mil veces más auténtico que lo impuesto por rutina.

Un amor en verano es como esa chispa que enciende la motivación para alcanzar una meta: el corazón late a mil revoluciones, y cada instante compartido con la persona amada se convierte en un incendio de emociones.

Amar en verano es arder sin miedo, es dejar que el corazón se desborde, es atreverse a hacer locuras que solo el amor puede justificar.

ALEGRIA

momentos y de maneras diversas. Tal vez nunca nos hemos detenido a reflexionar sobre ello, o quizá creemos que la felicidad se reduce únicamente a breves instantes de alegría. Sin embargo, la realidad es que la felicidad siempre ha estado presente en nosotros, esperando a ser reconocida.

El ser humano, por naturaleza, suele pensar que la verdadera felicidad proviene de algo externo: un objeto, un logro, o la compañía de alguien a quien amamos. En parte, esto es cierto, ya que esos vínculos y experiencias enriquecen nuestra vida. Pero también es verdad que la capacidad de crear nuestra propia felicidad está dentro de nosotros mismos. No necesitamos depender de alguien más para encontrar sentido o plenitud; cada persona puede generar, a partir de sus pensamientos, acciones y hábitos, un estado de bienestar auténtico.

Ahora bien, cuando creamos lazos profundos con alguien, esa felicidad deja de ser exclusivamente nuestra. Comenzamos a compartirla, a vivirla en conjunto, y en cierto modo, nuestra alegría también depende de esa otra persona. Eso no significa que perdamos independencia emocional, sino que aprendemos que la felicidad se multiplica cuando se comparte. Los momentos con quienes queremos —ya sea una pareja, un amigo o un ser querido— se convierten en recuerdos imborrables que dan forma a nuestro bienestar.

La felicidad, al final, es un sentimiento poderoso y transformador. Puede cambiar nuestro estado de ánimo en cuestión de segundos. Surge en un instante: al escuchar una canción que nos gusta, al practicar un hábito que amamos, o al pasar tiempo con alguien especial. Es fugaz, sí, pero también infinita en la forma en que marca nuestras vidas.

Por eso, la verdadera felicidad no está en lo que poseemos, ni siquiera únicamente en lo que compartimos; está en aprender a reconocer esos momentos, a disfrutarlos de corazón y a no dejarlos pasar desapercibidos.

A pesar de todo, yo fui feliz. Fui feliz con un ser que llenaba mis días de alegría, que lograba que mis miedos se desvanecieran como sombras al amanecer. Ella no era solamente mi fuente de sonrisas, era mi inspiración, mi refugio en medio del caos, la razón por la cual no me rendí cuando la vida se volvió difícil. Gracias a ella descubrí que era capaz de superar obstáculos que antes parecían imposibles.

Su despedida, sin embargo, fue tan dolorosa que me quedé sin rumbo. No sabía qué hacer con ese vacío que me dejaba. Pero en el fondo de mi corazón sabía que ella jamás hubiera querido verme derrotado, hundido en la tristeza. Por eso decidí continuar, seguir luchando, seguir avanzando. Poco a poco encontré una mejor versión de mí mismo. Y aunque me hubiera encantado que me conociera así, con la fortaleza y madurez que hoy tengo, tal vez para admirarme más o tal vez no, lo cierto es que ella sigue siendo mi eterna fuente de inspiración.

Hoy comprendo que muchas de las cosas que hago, de los sueños que persigo y de los versos que escribo, existen gracias a ella. Soy un poeta enamorado, y ella es la musa que habita en cada palabra, la chispa que enciende mis pensamientos y la razón de que cada línea cobre vida. Nunca había sido tan feliz, pero gracias a ella mis días de oscuridad desaparecieron. Mis noches se volvieron más tranquilas, mis demonios se calmaron, mis miedos se desvanecieron. Ella no solo trajo felicidad a mi mundo, también trajo luz y magia; una magia que, hasta hoy, sigo afirmando que ha sido lo más maravilloso que he podido ver y sentir.

La esencia que emanaba era tan pura que podía cambiar vidas con solo una sonrisa. Lo sé, porque lo hizo conmigo. No necesitaba conocer su nombre, ni saber cuál era su color favorito; ella ya me había llevado a su mundo sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

OTOÑO

La soledad no es mala; es inevitable. Existen soledades que resultan necesarias, porque en este mundo donde perdemos a cada instante, debemos aprender que solo estamos de paso, transitando la vida.

Sin embargo, también es cierto que podemos compartir ese tránsito con alguien especial, alguien a quien podamos entregarle nuestro tiempo. Y ese tiempo jamás debe considerarse un desperdicio, pues dedicar tiempo a otra persona es uno de los regalos más valiosos que podemos dar, sobre todo en una época donde parece que nadie tiene tiempo para nada.

El amor no se encuentra por casualidad; se construye. Con el paso de los días somos capaces de tejer lazos con una persona que, al principio, puede parecernos indiferente, pero poco a poco empieza a tener un valor cada vez más profundo en nuestras vidas. Llega un momento en que esa persona deja de ser una presencia pasajera para convertirse en alguien indispensable.

A veces basta un instante, un gesto, una conversación o un beso, para descubrir que podemos enamorarnos. Y aunque eso pueda parecer un problema, en realidad es un hermoso desafío. Porque a mí me bastó un solo gesto de ella para que mi guardia cayera y quedara anonadado, agradeciendo que ese “problema” haya sido tan grande que cambió mi manera de sentir y de vivir.

El amor y el sufrimiento son, en esencia, sinónimos. Nadie sufre verdaderamente si no ha amado primero, porque solo el amor tiene la capacidad de herir y de sanar al mismo tiempo. Es un intercambio justo: quien ama se expone, arriesga y entrega, pero en esa entrega también obtiene la posibilidad de encontrar felicidad y sentido.

Al final, no podemos arriesgar nada sin esperar también algo a cambio. Así como no se cosecha sin sembrar, tampoco se ama sin dolor. El sufrimiento es el precio inevitable de haber amado de verdad.

Un ejemplo claro lo encontramos en las despedidas: si no somos capaces de decir adiós, jamás tendremos la posibilidad de recibir un nuevo hola. Amar implica perder, cerrar capítulos, aceptar ausencias; pero también significa abrir puertas a lo inesperado, a los nuevos encuentros que dan luz a la vida.

Aun así, sé con certeza que la vida era mucho más hermosa cuando compartía mi tiempo con ella. Mi felicidad alcanzaba una inmensidad indescriptible; ¿quién no desearía pasar sus días junto a la persona amada?

Yo amé demasiado a esa mujer, al punto de sentirme embriagado por su presencia, colmado de una felicidad tan intensa que incluso mis peores temores se desvanecían. Ella era refugio, calma y esperanza.

El tiempo que me regaló fue, sin duda, el mayor tesoro que la vida me ha permitido recibir. Porque cada instante a su lado tenía un valor infinito: cada minuto compartido con ella equivalía a una vida entera, y en ese tiempo encontré la razón de mi propia alegría.

No necesitaba encontrar a alguien más, porque cada vez que la veía sabía que tenía todo lo que quería o incluso más de lo que merecía…

CALIDEZ

Lo único más cercano que tenemos a un milagro es el amor.

Era una mañana cualquiera, aparentemente normal, pero ahí estaba ella: tan hermosa, tan llena de magia, tan perfectamente imperfecta. Qué dicha la mía poder contemplarla. Su fragancia era un vicio dulce, adictivo, imposible de ignorar. Cada gesto suyo, tan provocador y sutil, parecía jugar con mis sentidos; su voz tenía el tono suave de una melodía que se queda grabada en el alma.

¡Qué mujer! Verla era lo más cercano a lo perfecto. Sus miradas eran pasajes secretos que me llevaban a mundos distintos, donde todo cobraba sentido. Su rostro, tan delicadamente esculpido, parecía obra de los mismos dioses. Y yo, simple espectador, no me cansaba de admirarla.

Sé que los vicios son malos, pero este… este vicio de verla, de perderme en ella, me resulta espléndido, porque lejos de destruirme, me da vida.

—¡Qué mujer, por dios! —

No existe sensación más grandiosa que amar. Ese instante en que el corazón late con fuerza, cuando un nerviosismo inexplicable recorre el cuerpo y el pecho se siente apretado como si guardara un secreto inmenso. Esa sonrisa que brota sin pedir permiso, esa mezcla de felicidad y ternura que nos desborda, nos recuerda que estamos vivos.

El amor debe vivirse de manera única, como un regalo irrepetible. Amar nunca será un signo de debilidad, al contrario, es lo que nos fortalece. Porque, aunque enfrentemos desilusiones, traiciones o malas decisiones, el amor tiene el poder de reconstruirnos. Es el remedio más profundo que existe, la cura que sana lo invisible, la luz que disipa cualquier sombra.

Al final, todo se cura con amor.

Ella hacia que yo fuera único, ella encendía una chispa en mí que ni yo mismo me la creía, ella me hacía tan decente, tan único tan especial, guardo con amor cada recuerdo que viví con ella, cada sonrisa que me regalo, cada gesto, cada regaño, cada abrazo, y cada beso, todo lo que viví con ella, siempre será un tesoro para mí, por un breve momento en mi vida pude lograr encajar, pude ser tan feliz, viví una felicidad que es inexplicable, y la culpable de todo esto fue ella esa jovencita de cabello de león.

Quería que ella fuera todo para mí, pero la vida no es tan sencilla, y lamentablemente, por mi inmadurez la perdí, pero también no me culpo, soy humano, cometo errores, pero gracias a estos errores he mejorado mucho, pero su ausencia ha dejado un gran vacío en mí, pero aun así con este vacío sigo aquí, porque, aunque ella ya no esté a mi lado ella sigue siendo ese sol que me guía he ilumina mi peor oscuridad.

Algún día espero que el destino nos vulva a juntar para enseñarle lo mucho que he crecido, porque amar no significa que esa persona este eternamente con uno, amar también es aprender a decir adiós, aprender a soltar, pero, aun así, saber que en mi corazón siempre tendrá un lugar especial, uno que nadie podrá tener, compartir el tiempo con ella va ser una de mis mejores etapas de mi vida, ella dejo una huella en mí, —ella me marco de por vida. —

—¡Que bendición es ser un mortal! —

INVIERNO

Siempre tendremos que decir adiós, aunque nos cueste aceptarlo. Sin embargo, decir adiós no es señal de debilidad, es un acto de trascendencia, un paso necesario para seguir avanzando. Aprender a despedirse es más sano que aferrarse, porque lo que se aferra hasta enfermarnos no nos deja crecer. El dolor de soltar existe, pero ese mismo dolor nos recuerda que aquello que dejamos atrás lo disfrutamos y nos marcó.

La vida cobra sentido porque muchas cosas no tienen segundas oportunidades. Y ahí surge la pregunta: ¿decir adiós nos hace crecer, o no decir adiós, no nos hace crecer?

Decir adiós, por sí solo, no nos convierte en seres más fuertes; lo que realmente nos hace crecer es el proceso de duelo, el reconocer la pérdida y, aun así, levantarnos. Perdemos amores, perdemos sueños, perdemos momentos… y aun así sanamos. Lo que no soltamos se convierte en cadenas que nos atan, impidiéndonos abrir las manos para recibir lo nuevo.

Decir adiós no nos endurece, pero sí nos vuelve más sabios. Nos enseña que el futuro es incierto, que quizá un día volvamos a encontrar a ese amor o a revivir esa ilusión desde otro punto de partida. El adiós no es el final: es una pausa en el camino, una invitación a reinventarnos.

Tomos somos un relato o un cuanto porque cuando conocemos a alguien todos contamos nuestra historia nuestra cuanto de nuestra vida, y solo de nosotros depende como marcar nuestro cuanto, para que la persona que lo haya escuchado lo guarde con cariño.

¡No podemos volver al pasado, pero si aprender de, el!

Los momentos compartidos con un ser amado siempre serán de los tesoros más hermosos de nuestra existencia. Sin embargo, depende de nosotros decidir si esos recuerdos se convierten en heridas que odiamos o en memorias que atesoramos con gratitud. El final de una relación rara vez es como lo imaginamos: a veces llega envuelto en traiciones, en silencios dolorosos, en palabras mal dichas o, simplemente, en el desgaste del amor que un día parecía eterno.

Cada persona reacciona de manera distinta ante ese final. Hay quienes, con frialdad, cortan de raíz lo que alguna vez fue un jardín; y hay quienes, aun sabiendo la verdad, actúan con el corazón, aunque eso implique sangrar más de la cuenta. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿insistir es molestar o es demostrar amor?

Quizá la respuesta dependa de la intención. Cuando se insiste con amor genuino, aun en la pérdida se gana, porque se entrega lo mejor de uno mismo. Al final, algunos mueren de pie con la verdad en los labios, y otros se marchan con más peso en el alma que en el cuerpo.

Lo más heroico, sin embargo, es tener el valor de decir de frente —con el corazón en la mano— que esa persona ya no ocupa el lugar especial que un día tuvo en nuestra vida. No se dice con rencor, sino con respeto, para que ella pueda ser libre, aunque nos duela verla partir.

Porque amar no siempre es retener; a veces amar es dejar que esa persona siga su camino. Y aunque deje de ser protagonista, nunca dejará de existir en nuestra historia. Los recuerdos, incluso en la ausencia, seguirán siendo únicos y eternos, porque nadie puede arrebatarnos lo que un día nos hizo felices.

Y de repente me doy cuenta de que todo ha terminado, que ya no hay vuelta atrás, que nada volverá a ser como antes. Es aquí donde la vida muestra su magia junto al destino, porque por más que intente engañarme, no puedo cambiar nada.

Pero de algo estoy seguro: el tiempo que viví con esa maravillosa mujer marcó mi vida para siempre. Nada volverá a ser igual, porque con ella me sentí vivo, increíble, único… casi perfecto. Y entonces comprendo que, por un momento, lo efímero pude hacerlo eterno.

La pérdida es difícil, pero la adversidad nos da la oportunidad de ser heroicos. Si no somos capaces de salvarnos a nosotros mismos, ¿cómo podríamos salvar otra alma? Antes de amar a alguien, debemos aprender a amarnos, porque si nos lanzamos al mar sin saber nadar, ahogarnos será inevitable.

Todos hemos perdido en el amor. Son pocos los que ganan, y aun esos, tarde o temprano, también pierden. Pero el amor verdadero existe: es el que una madre siente por su hijo, o una abuela por su nieto. Ese amor es incondicional, puro, inexplicable. Porque, aunque le demos la espalda a una madre, siempre regresamos a ella.

Ese tipo de amor —el de esa maravillosa mujer— no se mendiga; se entrega sin condiciones, una y otra vez, con los brazos abiertos.

ERES MI LUZ

¡Nadie que haya conocido el amor merece terminar odiándose!

Podría no verla en un año, o no coincidir con ella dentro de cinco, y, aun así, si la volviera a ver, mi corazón latiría tan rápido como la primera vez. Porque el amor no consiste en encontrar a alguien con quien vivir, sino en construir con alguien una historia que haga que su compañía valga más la pena que vivirla en soledad.

La vida es un poco mejor, y mucho más bonita, cuando se vive acompañado.

No suelo creer mucho en los deseos, pero ojalá este deseo sí se cumpla: que ella sea muy feliz.

Porque al final, no solo se merece la felicidad… se merece un mundo donde pueda estar tranquila, en paz y rodeada de amor.

Todos cambiamos por alguien, incluso cuando esa persona ya no está.

Hay personas que son un milagro, porque llegan a nuestra vida para enseñarnos a amar o para ayudarnos a ser mejores. Pero, aunque nos acostumbremos a su presencia, siempre llega el día en que deben irse.

Y aunque duela, aunque sintamos que el alma se desgarra con furia, las enseñanzas que nos dejan y el amor que nos dieron nos hacen más valiosos.

Porque un corazón que nunca ha sentido dolor es un corazón débil, incapaz de saber amar de verdad.

¿Hasta dónde te quiero?

Te quiero como la primavera espera al verano,

te quiero como una madre espera nueve meses para verte llegar al mundo.

Te quiero como el día espera a la noche,

como un niño espera con ilusión el día de su cumpleaños.

Podría decir un millón de cosas,

y aun cuando se me acaben las palabras,

no podría expresar cuánto te quiero.

Es un honor amar.

Es un honor sentirse vivo.

Háganse esta pregunta:

¿Cuántas veces nos vamos a enamorar?

¿Cuántas veces vamos a amar?

¿Cuántas veces volveremos a sentirnos únicos?

Aunque conozcamos al amor de nuestra vida y no podamos quedarnos con él, eso no nos impide volver a enamorarnos.

El amor de nuestra vida no siempre es el primero ni el último, sino aquella persona que ocupa nuestro presente, la que nos enseña, nos transforma y nos deja huellas.

Cada historia de amor es distinta; ninguna se repite. Habrá una que amemos más, otra que extrañemos más, pero todas —sin excepción— son únicas y especiales.

Cada historia nos marca de una forma diferente, y gracias a ellas nos convertimos en la persona que estamos destinados a ser.

¡Nadie llega tarde al amor!

Lo más arriesgado que hecho por amor, es abrir las puertas de mi alma a una mujer tan maravillosa, que cambo mi vida.

Si ella supiera lo que vale en mi vida, lo especial que es ante mis ojos, sabría porque aun con su ausencia la sigo amando a cada instante. No necesito tener su físico para amarla, no necesito sus mensajes para saber de ella, porque donde quiera que ella est5e yo siempre orare por su felicidad.

Hay personas que dan alegrías, pero también hay personas que van más allá de ello… y ella siempre será mi hogar. Será como una luz que alumbre mi camino.

Ella como siempre resplandor en donde quiera que vaya, siempre va iluminados vidas, no necesita llamar la atención porque solo basta con su presencia para que todos se fijen ella.

¡No la amen menos que yo, porque yo me quede con ganas de amarla más!

ANHELO

¿Cómo no recordarla, si con solo pensarla me nace una sonrisa?

Soñarla es un privilegio, porque solo ahí tengo la oportunidad de volver a verla.

Y aunque sé que nunca más la volveré a ver en este mundo, mis ojos le tomaron tantas fotografías, que cada vez que los cierro me siento un viajero en el tiempo, retrocediendo los días y recreando cada momento que viví junto a ella.

No todo el mundo se queda, y no todos los finales son justos.

Pero cada adiós nos reconstruye, cada duelo nos hace crecer, y cada recuerdo nos recuerda lo valioso que es el presente.

Cambiamos a cada instante, así como podemos mejorar con cada derrota.

Cuánto daría por volver a verla.

Cuánto daría por volver a abrazarla.

Cuánto daría por decirle lo mucho que la extraño y la amo.

Pero sé que ella ahora es feliz, tan feliz, que ya no es necesario volver a involucrarme en su vida.

¡Si algún día el mundo entero le da la espalda, recuerda que aquí estoy yo dispuesto a darle la espalda al mundo para verla a usted!

¡Todo lo que nace con amor, vale vas que hacerlo por amor!

Ella siempre será ese desastre de imperfecciones que la hacen tan perfecta.

Solo recuerda: no todos se quedarán a tu lado, no todos se preocuparán por ti, no todos te preguntarán cómo estás. Pero, a pesar de eso, tú no eres como ellos. Si deseas ayudar, hazlo, aunque no recibas nada a cambio, porque vale más tener el corazón en paz y lleno de satisfacción que vivir con arrepentimiento.

Verla feliz siempre será mi mayor intención. Espero que, donde quiera que esté hoy, esté sonriendo.

Nadie debería ser solo una opción en esta vida: o eres una elección, o no eres nada. Nadie tiene que ser una opción para otra persona.

Hay lugares que recordaré con nostalgia, momentos que extrañaré, pero si fui feliz, vale la pena atesorarlos en cada instante.

Aún recuerdo el primer beso que le di, los días en que me ponía nervioso ante ella, las primeras flores que le regalé. Recuerdo cada tarde, cada caricia, cada “te amo” que ella merecía.

Esto me hace sentir tan vivo, porque puedo decir que amé sin máscaras, amé con intensidad y locura. Esa mujer me hacía ser otra persona, alguien dispuesto a apostar mi vida por ella.

Ella era mi fuente de felicidad, mi lugar seguro. Siempre será el regalo más grande que la vida me ha dado. Ella fue todo para mí.

Lo más sano que puedes hacer por amor es marcharte de un lugar donde ya no eres especial. Aunque por dentro duela, es mejor irte con dignidad y respeto hacia ti mismo.

Incluso si amas con el alma, es mejor mantener distancia de ese amor, porque lamentablemente ya no eres único para esa persona.

Pero recuerda: darle espacio a alguien no es lo mismo que abandonarlo. Si algún día el destino los vuelve a unir y tú ya has sanado, esa segunda oportunidad puede ser un nuevo comienzo… y quizá mucho mejor que el primero.

LIRIO

¿Cuántas veces te han regalado flores? ¿O cuántas veces has tenido la dicha de regalarlas?

Aunque no todos tenemos la fortuna de recibir flores, puedo decir que para mí, regalarlas es una de las sensaciones más hermosas que se pueden experimentar.

Ver a la persona que amas sonreír al recibirlas es algo indescriptible; en ese instante, el mundo se detiene y solo existe su felicidad.

Regalarle flores fue un privilegio, un gesto pequeño que contenía todo lo que sentía por ella.

Y si tuviera que definir el significado de un lirio, diría que es:

“Atrévete a amarme.”

Ella es mi querido lirio.

Es capaz de darle esperanza hasta al corazón más triste,

de devolverle la alegría al alma más apagada.

Ella es delicadeza y pureza.

No es solo un verso: es un relato vivido.

Danza al son del tiempo, sin prisa y sin miedo.

Es el faro en medio del mar que guía a los barcos a seguir su rumbo.

Es la luz después de la tormenta,

la abundancia y la lealtad.

Ella... es maravillosa.

Como dijo Gabriel Rolón, amar a una persona es otorgarle un poder enorme sobre nosotros.

Amar significa permitir que esa persona conozca nuestras debilidades, abrirle las puertas a lo más frágil de nuestro ser.

Su voz adquiere un peso inmenso, porque con una sola palabra puede levantarnos… o destruirnos.

Pero la verdadera persona que nos ama es aquella que renuncia a usar el poder que le hemos entregado, para no herirnos, para protegernos incluso de su propia fuerza.

“Hagamos lo posible por no lastimar el alma de una persona a la que amamos, porque se siente feo temblar, sin tener frio”

La vida es un hermoso viaje, y lo mejor que podemos hacer es disfrutar del trayecto:

de las aventuras, los misterios, las personas que encontramos y los amores que vivimos.

Que nuestra mente se llene de recuerdos gratos, porque en cada estación donde el tren se detiene nace una nueva historia, un nuevo comienzo.

La vida es hermosa, aunque a veces puede ser siniestra.

Pero depende de nosotros decidir cómo vivirla, cómo disfrutar cada momento.

La vida nunca será fácil ni justa,

pero aun así, nos aferramos a ella…

porque, a pesar de todo, vale la pena seguir viajando.

Y yo me bajé en la estación 13.

Ese día, para mí, era un día cualquiera: hacer mi rutina de siempre, vivir un día más.

Pero todo cambió cuando llegó otro tren.

Y cuando ambos trenes partieron, mientras observaba las vías, levanté la mirada… y ahí estaba ella.

Esa mujer que irradiaba luz.

Desde ese momento supe que mi vida tomaría un rumbo diferente.

Luego de tantos años, volví a sentir calidez.

Gracias a su presencia, mi vida mejoró.

Gracias a esa increíble mujer supe qué es ser feliz, qué es amar sin miedo, y entendí el valor de entregar el alma y el corazón sin esperar nada a cambio.

Aunque el destino y la vida nos llevaron por caminos distintos, y ella tuvo que tomar otro tren, el tiempo que pasé con ella fue un regalo invaluable.

Me siento honrado de que haya bajado en aquella estación,

de que se haya quedado un poco más,

esperando su nuevo tren.

Deseo que su aventura sea tan grandiosa como la mía,

porque las almas que se aman con intensidad… ni la distancia es capaz de separarlas.

Me siento feliz de haberla amado y de haber sido amado por ella.

Es posible que haya sido la primera persona que realmente me amó.

Y para mí, siempre tendrá un lugar especial en mi alma y en mi corazón.

Los lazos pueden romperse,

pero la historia jamás se borra.

Ella siempre será esa luz que me llena de felicidad y esperanza en este vasto universo.

Y aunque el tiempo siga su curso, aún tengo la esperanza de volver a encontrarme con ella en otra estación…

tal vez con algunos años más encima,

pero con la misma emoción de aquel primer encuentro.

Porque al final, amar a alguien no significa permanecer a su lado eternamente.

Amar es desear su felicidad, aunque no sea contigo.

Porque lo que se ama de verdad,

jamás se olvida.

—No te olvidare nunca querida mía—

.

EPÍLOGO

El amor nos destruye, pero también es el mismo amor el que nos sana.

Los seres humanos tememos al sufrimiento, y sin embargo, amar implica sufrir: tocar fondo, romperse y volver a levantarse. Porque el amor, con toda su dulzura y su dolor, siempre será nuestro mejor maestro.

Es inexplicable: nos enamoramos sin buscarlo, sin elegirlo, simplemente porque en el otro nos reconocemos. Y aunque la soledad puede ser refugio, vivir acompañado —sentir y compartir— siempre será más valioso que una vida vacía.

Madurar es comprender que no podemos obligar a nadie a quedarse, que cada uno tiene su propio camino. Somos los directores de nuestra propia orquesta, y aunque duela ver partir a ciertos músicos, debemos darles la libertad de irse.

Al final, amar también es aprender a dejar ir con gratitud.


Jose Chavarria