Más Allá Del Título by Adelina at Inkitt
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Más allá del título

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Summary

"Aceptable." Una sola palabra. Fría. Indiferente. Y en ese instante, Eloise Whitmore decidió que odiaba a su nuevo huésped. Lord Stanford la crió como la hija que nunca puedo tener; desde que nació. Le dio educación de dama, amor de padre, un hogar. Todo excepto su apellido. Cuando su madre murió, Eloise tenía 14 años. Necesitaba un título que el mundo pudiera aceptar. Se convirtió en ama de llaves-aunque ambos sabían que era mucho más que eso. Ahora tiene 19 años y Stanford quiere presentarla en sociedad. Para prepararla, invita a los hijos de su mejor amigo a pasar la temporada. ¿Puede una chica sin título encontrar su lugar en un mundo que nunca la aceptará completamente? Inglaterra, 1811.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 01

Aún recuerdo el día que me nombraron ama de llaves.

Horas antes había enterrado a mi madre. La enfermedad se la llevó rápido, ni sus propios remedios pudieron salvarla. Mientras la tierra caía sobre el ataúd, jamás imaginé que antes del anochecer sería la mano derecha de Lord Stanford.

Tenía catorce años.

El vestido negro aún olía a tierra húmeda cuando crucé el umbral de la mansión. Mis manos temblaban. Lord Stanford me esperaba en su despacho, erguido tras el escritorio.

—Eloise— su voz grave resonó en la habitación, pero había algo más suave en ella. Esa calidez que siempre tuvo conmigo desde que tengo memoria.

Se acercó y me abrazó antes de decir cualquier cosa más. Como lo había hecho toda mi vida cuando caía y me raspaba las rodillas, cuando aprendí mi primera canción en el piano, cuando cumplí cada año más. No como un Lord abraza a la hija de su empleada. Como un padre abraza a su hija.

—Lo siento tanto, pequeña—murmuró contra mi cabello—. Anne era... todo para mí también.

Me permitió llorar contra su pecho hasta que no quedaron más lágrimas. Luego me apartó suavemente y me miró a los ojos.

—Escúchame bien. De hoy en adelante, serás mi ama de llaves oficialmente—hizo una pausa—. Pero tú y yo sabemos que eso es solo un título. Eres mi hija, Eloise. Siempre lo has sido, aunque el mundo no pueda saberlo de esa manera.

No era la primera vez que lo decía. Desde niña me llamaba "pequeña", me sentaba en su regazo mientras trabajaba, me enseñaba a leer en su biblioteca. Mi madre solía sonreír cuando me encontraba dormida en el sillón de su despacho, sabiendo que él me había arropado con su propia chaqueta.

Depositó un manojo de llaves en mis palmas. Tan frías que quemaban.

—Esta casa siempre fue tu hogar—dijo con firmeza—. Ahora es momento de que todos lo sepan. Tu habitación ya está lista en el ala principal, donde debió estar desde siempre.

Se le quebró la voz.

—Anne nunca quiso que te mudaran allí mientras ella viviera. Decía que no estaba bien, que la gente hablaría. Pero yo... yo siempre quise tenerte cerca como la hija que eres.

Las lágrimas volvieron a caer. Recordé todas esas veces que George aparecía en la pequeña casa donde vivíamos con mamá. Siempre con algún regalo "innecesario": libros, vestidos, juguetes. Mamá protestaba, pero él insistía.

"Déjame malcriar a mi niña", decía con esa sonrisa que solo usaba conmigo.

—No te estoy dando un trabajo—continuó—. Te estoy dando lo que siempre te perteneció. Cenarás conmigo todas las noches, como siempre quisimos. Y si alguien—cualquiera—se atreve a tratarte con menos respeto del que mereces, responderá ante mí.

Asentí, incapaz de hablar.

Eso fue hace cinco años.

Ahora tengo diecinueve y sigo siendo su ama de llaves, su mano derecha, su hija no reconocida oficialmente pero amada en secreto.

Desde aquel día todo cambió de forma oficial: revisar habitaciones, dirigir al servicio, inventariar provisiones, custodiar la plata. Pero las clases de francés, lecciones de etiqueta, educación de dama, todo eso ya lo había recibido. George se había encargado personalmente desde que tenía seis años.

—Una hija mía debe estar preparada para cualquier cosa—decía cada vez que mamá protestaba por tanto gasto.

Al caer la tarde, cuando la casa se aquietaba, me refugiaba en el salón principal. Ante el piano de cola buscaba consuelo. El mismo piano donde George me había enseñado mis primeras notas, donde pasaba horas sentado a mi lado corrigiendo mi postura con paciencia infinita.

—Tu talento es extraordinario, pequeña—decía siempre—. Como todo en ti.

Casi nunca me permito pensar en el pasado, pero a veces los recuerdos me asaltan. Cada nota parecía cobrar vida: George cargándome en hombros por los jardines cuando era niña, enseñándome los nombres de las flores. Las tardes de té donde me dejaba robar sus galletas favoritas. La vez que un comerciante me trató con desprecio y George lo echó de su casa sin contemplaciones.

"Nadie falta al respeto a mi hija", había dicho con frialdad.

En la penumbra del salón me permitía derrumbarme por unos instantes. Para el servicio era la señorita a cargo—y todos sabían desde siempre que tocarme era como desafiar al Lord mismo. Lo había dejado claro desde que yo era una niña. Para la alta sociedad que visitaba la mansión era "la pupila de Stanford", título que él usaba con orgullo cada vez que me presentaba, aunque sus ojos decían otra cosa: "mi hija".

Pero para mí misma... seguía siendo una muchacha huérfana de diecinueve años, agradecida por el único padre que había conocido.

Cuando las últimas notas se disolvían en el aire, guardaba mis lágrimas. Me incorporaba, enderezaba los hombros, y volvía a ser la impecable ama de llaves.

Fue en una de esas noches que percibí una presencia en el umbral. George permanecía allí en silencio, observándome con esa mirada de padre preocupado que conocía tan bien.

—Eloise...— su voz se suavizó. Nunca usaba títulos formales conmigo cuando estábamos solos. Solo mi nombre, como lo había hecho desde mi primer día de vida.

Cerré la tapa del piano con cuidado.

Él se aproximó despacio, cojeando apenas, hasta detenerse junto al instrumento. Sus ojos grises me estudiaron con preocupación.

—¿Otra vez sin dormir? —suspiró—. Hija, me preocupas.

La palabra "hija" ya no me tomaba por sorpresa. Era natural entre nosotros desde siempre, aunque solo la usara cuando nadie más escuchaba.

—Debes descansar— continuó—. Mañana será un día arduo.

Asentí, aunque ambos sabíamos que el sueño sería esquivo. Cerré las partituras—John Field, siempre Field—y me puse en pie. George me ofreció el brazo, como había hecho desde que era lo suficientemente alta para tomarlo.

Caminamos juntos hasta el comedor principal. Las velas aún parpadeaban sobre la mesa. No había criados a la vista—él se había asegurado de eso. Estos momentos eran solo nuestros.

Se acomodó en la cabecera y señaló la silla a su derecha. Mi lugar desde que mamá falleció, aunque había comido en esta mesa desde niña en ocasiones especiales.

—He tomado una decisión— dijo mientras los sirvientes traían la cena—. Voy a presentarte en sociedad esta temporada. Como mi pupila oficialmente.

El tenedor casi se me cae de las manos.

—¿Qué? Lord George, yo no puedo... la alta sociedad jamás me aceptará. Saben quién era mi madre, saben que yo—

—Eres la hija de mi corazón—me interrumpió con firmeza—. Siempre lo has sido. Y es hora de que dejes de esconderte. Mereces más que administrar esta casa en las sombras.

Me miró con intensidad, con ese amor paternal que nunca ocultó realmente.

—Mereces ser feliz, Eloise. Mereces un futuro brillante. Y voy a asegurarme de que lo tengas.

No supe qué responder. Asentí en silencio mientras terminábamos de cenar. La conversación derivó hacia temas más ligeros: los nuevos rosales del jardín, el pedido de té que llegaría de Londres, las reparaciones necesarias en el ala este.

Pero sus palabras sobre la temporada social quedaron flotando en el aire como una promesa.

O una amenaza.

Cuando terminamos, George me besó la frente.

—Descansa, pequeña. Todo saldrá bien, ya lo verás.

Subí las escaleras hacia mi habitación en el ala principal. Cinco años después, aún me maravillaba de este espacio. La habitación era enorme: una cama con dosel, cortinas de terciopelo, un tocador de caoba con espejo ovalado.

Me quité el vestido con manos temblorosas. Clara — La doncella se había ofrecido a ayudarme, pero preferí estar sola. Siempre prefería estar sola al final del día.

Me senté frente al tocador y comencé a soltarme el cabello. Mi reflejo me devolvió la mirada: ojos cansados, ojeras que el maquillaje ya no ocultaba. Diecinueve años y el peso del mundo sobre los hombros.

¿La alta sociedad? ¿Yo?

La idea era absurda. Aterradora.

Me metí bajo las sábanas de seda y apagué la vela de la mesita de noche. La oscuridad me envolvió como un manto pesado.

Cerré los ojos, pero el sueño no llegó. Nunca llegaba fácilmente.

En cambio, vinieron los recuerdos: mamá riendo en la cocina, George enseñándome a montar a caballo, las tardes interminables leyendo en la biblioteca.

Y ahora... la temporada social. Un mundo para el que había sido educada pero al que nunca pertenecería realmente.

Me acurruqué de lado, abrazando la almohada.

Mañana sería otro día. Otro día fingiendo que todo estaba bien.

Otro día siendo la hija que George merecía.

Finalmente, el agotamiento venció. Caí en un sueño inquieto, sin saber que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Chapters
1. Capítulo 01
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