INERCIA

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Summary

Un túnel interminable y un camino que parece no tener fin. Carmelo y Héctor conducen hacia adelante, como siempre, pero esta vez algo es distinto. El tiempo se deforma, la carretera se repite y la salida nunca llega. Entre el frío, el miedo y los silencios cargados de reproches, ambos descubrirán que lo más aterrador no está en la carretera, sino en su propia inercia.

Genre
Lgbtq
Author
Kai Rivers
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

INERCIA

Pasado el túnel, comenzó la niebla. No era compacta. Aparecía y desaparecía constantemente, lo que hacía aún más difícil conducir de noche el viejo Ford Fiesta.

La calefacción estaba estropeada. Hacía frío y el viento chocaba violentamente contra el parabrisas. Muy de vez en cuando, otro coche se cruzaba por el carril contrario, deslumbrándolo con los faros durante un periodo de tiempo demasiado largo, demasiado incómodo.

Carmelo permanecía atento a la autopista de cuatro carriles. Un camino recto y sin sorpresas cuya única guía, cuando la niebla impedía la visión, eran las líneas discontinuas que aparecían acompasadamente cada pocos metros sobre el asfalto.

Una cadencia monótona.

Hipnótica.

Que le adormecía.

Que le obligaba a hacer un sobreesfuerzo para mantenerse despierto.


Para ello, imaginaba furtivos y tórridos encuentros sexuales en una playa bajo un sol abrasador o en medio de un parque a plena luz del día; se dejaba llevar, mientras sentía la erección en sus pantalones. Era un camino conocido que podría haber hecho con los ojos cerrados. Manejaba el coche igual que respiraba. Había dejado de ser algo voluntario.

Héctor seguía acurrucado en el asiento del copiloto y tenía una pesadilla. Soñaba que estaba encerrado en un oscuro congelador industrial rodeado de cadáveres abiertos en canal y colgados de enormes garfios que les desgarraban la aorta, atravesándoles el cuello. La sangre formaba estalactitas de un rojo intenso.


Gritaba, pero nadie le oía. Golpeaba la puerta metálica y sus manos se quedaban pegadas a ella. Al intentar liberarse, sentía con gran dolor que su piel se separaba de la carne y quedaba adherida a aquella superficie helada. Héctor se despertó sobresaltado en el coche, muerto de frío y con un desagradable dolor en el cuello.

—¿Queda mucho para llegar? —preguntó Héctor.

—No —respondió Carmelo, escueto, impreciso, irritablemente seguro, como siempre.

Héctor se quitó el cinturón y se volvió hacia el asiento trasero buscando algo con lo que abrigarse. Estaba seguro de que había dejado su chaqueta de lana fuera de la maleta, pero entre la oscuridad y la niebla era incapaz de encontrarla. Tanteando, encontró el anorak de Carmelo.

—¿Tienes frío? Es que no encuentro mi chaqueta y tu plumas...

—Póntelo.

Cortante, protector, bueno, irritablemente generoso, como siempre.

Héctor cogió el anorak y, mientras se lo estaba poniendo, vio cruzar a un animal frente al coche. Quizás era un perro.

Sin dudarlo, agarró el volante y lo giró, provocando que el coche se saliera de la carretera. Carmelo pisó con todas sus fuerzas el freno y el coche dio varios trompos hasta detenerse por completo. Héctor se golpeó contra el parabrisas, abriéndose una pequeña brecha en la frente. Carmelo se inclinó hacia él al ver la sangre y se la limpió con la manga de la camisa.

—¿Estás bien?

—Sí, no es nada.

—¿Qué coño has hecho, joder?

—¿No le has visto?

—¿Qué cojones tenía que ver?

—Era un perro, se cruzó en la carretera. Casi le atropellamos. Estaba...

—¿Casi nos matas por no atropellar a un puto perro? —gritó mientras golpeaba el volante.

—Lo siento, yo...

—¡Eres un gilipollas!

Agresivo, ofensivo, irritablemente viril, como siempre.

Cuando se recuperó del impacto, Carmelo volvió a poner el coche en marcha sin decir nada. Encendió la radio pero no conseguía sintonizar ninguna emisora.

Héctor, intentando entrar en calor y limpiándose la sangre con un kleenex, no sabía cómo romper aquel silencio que helaba. Sentía que hacía su amor escueto, ofensivo, impreciso...

—Mierda, se me ha olvidado sacar la carne del congelador —murmuró Héctor.

—Pediremos otra vez pizza.

Y ninguno dijo nada más.

Carmelo condujo sin apartar la vista de la carretera. Héctor apoyó la cabeza contra el frío cristal de la ventana del coche. Mirando aquella oscuridad que les rodeaba, intentó volver a dormirse para huir de allí. Quería soñar algo agradable, pero las palabras de su pareja retumbaban en su cabeza y le mantenían despierto.

¿Cuánto iba a durar aquello?

Carmelo frenó en seco frente a la entrada del túnel.

—¿Qué pasa? ¿Por qué has parado? —preguntó Héctor.

—No es posible.

—¿El qué?

—El túnel. Ya lo hemos pasado.

—¿Estás seguro?

Carmelo se quitó el cinturón y se bajó del coche. Miró la carretera a un lado y al otro, como si esperara encontrar una señal que lo desmintiera. Juraría que ya habían pasado por allí, pero era imposible que estuvieran de nuevo frente al túnel. Estaba seguro de no haber cogido ningún desvío ni ningún cambio de sentido. Había continuado recto por la carretera, siempre hacia adelante.

A lo mejor la mente le estaba jugando una mala pasada. Había hecho tantas veces ese camino que era posible que recordara lo de ayer como si hubiera pasado hace sólo unas horas. ¿Eso podía ser?

Héctor se bajó del coche, arropándose con el anorak.

—Me estás asustando.

—Sube al coche.

—¿Qué vas a hacer?

—Me habré despistado. ¡Sube al coche!

—¿Y si damos la vuelta y volvemos atrás?

—¿Para qué? Eso no tiene puto sentido.

—Al menos esperemos a que se vaya la niebla.

—¡Que subas al coche, joder!

Carmelo subió al coche dando un portazo. Héctor miró atemorizado hacia aquel túnel levemente iluminado antes de volver a subir. De repente, el frío se había vuelto insoportable.

Carmelo conducía apretando tanto el volante que los nudillos se le quedaron blancos. Intentaba justificar con la lógica aquello que para él no tenía ninguna explicación.


Por más que avanzaban, nunca llegaban al final, a la salida. Héctor lo miraba atemorizado, descubriendo a un Carmelo nuevo que hasta entonces había permanecido oculto. O quizá siempre había estado ahí y él había preferido no verlo. Se sintió débil y desprotegido.

Carmelo comenzó a temblar. Héctor se quitó el anorak y se lo puso sobre los hombros. Siguieron avanzando sin que ningún otro coche se les cruzara por el carril contrario.

La niebla se estaba espesando. Las líneas del suelo se iban desdibujando y las luces del túnel eran cada vez más tenues. Carmelo agarró la palanca de cambios.

—¿Qué hacemos?

Héctor, asustado, puso su mano sobre la de él. Se miraron a los ojos por primera vez después de mucho tiempo.

Carmelo metió la cuarta y aceleró.

Irremediablemente hacia delante, como siempre.

Aunque ambos sabían que eso no les iba a llevar a ninguna parte.