Chapter 1 Zahranya
Dicen que en Zahranya, cada deseo tiene un precio.
“Sahira no olvida. Sahira paga.”
El sol teñía las torres y murallas de dorado intenso, mientras las dunas que rodeaban la ciudad parecían un mar de fuego que ondulaba con el viento del desierto.
En los bazares, los aromas se mezclaban: especias que picaban la nariz, incienso dulce y pan recién horneado,
junto al perfume sutil de las mujeres que cruzaban con pasos medidos. Los comerciantes gritaban ofertas, los nobles paseaban con semblante altivo, y los rumores sobre alianzas secretas, traiciones y escándalos políticos fluían como un río invisible entre las callejuelas.
Cada rincón tenía su doble cara: la belleza de los tapices y las sedas brillantes, y la amenaza de callejones donde un error podía costar la vida.
Desde los patios de los palacios hasta los talleres en penumbra, la ciudad estaba viva, cargada de tensión, deseo y secretos que podían explotar en cualquier momento.
Zahranya no perdonaba, pero tampoco ocultaba su encanto: incluso en la oscuridad, en la mezcla de luz y sombra, la ciudad parecía susurrar promesas imposibles y peligros irresistibles.
Pero detrás de todo esto, en sus humildes cimientos, se alzaba una mujer marcada por un pasado feroz, con cicatrices al rojo vivo.
Bajo vistosos vestuarios en rojo escarlata y dorados brillantes,
enfrentaba el deseo más oscuro de hombres de tentaciones cuestionables. Les abrió las puertas de su lugar secreto y comenzó a tejer historias acompañadas de música, bailes, cantos, risas e instintos pecaminosos.
Así nació la gran Sahira, quien se abrió paso entre las dobles morales de un pueblo de apariencias y logró convertirse en la madama de la taberna El Sol, siempre acompañada de sus hermosas banati.
La taberna El Sol estaba en un pasadizo eterno, y al fondo se alzaban lámparas de un azul profundo. Su puerta principal se vestía con cortinas doradas, collares de perlas negras, plumajes vistosos y un espejo que reflejaba la imagen del hombre y su lujuria al pasar.
CAPITULO 2 LA RATA DE CALLEJON .
10 AÑOS ANTES .
El sol caía sobre Buhanda . con un brillo dorado que acariciaba los tejados y tapices de los bazares. Sahira caminaba tomada de la mano de su madre, 18 años apenas ,sus ojos se abrían como espejos ante la explosión de colores y aromas: canela y cardamomo, incienso dulce, telas de seda que se mecían al compás del viento. Su madre le mostraba cómo tocar la textura de los paños, cómo escoger los tonos que combinaban con su piel bronceada, y Sahira escuchaba con atención, absorbiendo cada consejo como un tesoro.
El bullicio de los comerciantes, los gritos de ofertas y las risas de los niños que corrían entre los puestos le hacían cosquillas al corazón. Su padre, mercader respetado, avanzaba unos pasos más adelante, saludando con cortesía a los conocidos, pero detrás de su sonrisa había una sombra que Sahira aún no comprendía: deudas que crecían con cada partida de juego y tensiones con familias poderosas que esperaban su caída.
Aun así, en esos días, la vida de Sahira parecía perfecta. Al regresar a casa, los patios del hogar olían a jazmín y a pan recién horneado, y la familia compartía cenas donde la risa llenaba cada rincón. Su padre la tomaba de la mano y le contaba historias de viajes, de caravanas por el desierto y de ciudades lejanas llenas de secretos y tesoros. Su madre, con su voz suave y segura, le enseñaba a reconocer los peligros de la ciudad y las virtudes del mundo.
Sahira crecía entre cuidado y enseñanzas, con la certeza de que nada podía romper la armonía de su hogar… pero el destino, siempre paciente, aguardaba en las sombras.
El aroma del pan recién horneado y las especias llenaba la cocina mientras Sahira ayudaba a su madre a preparar los pequeños banquetes del día. Entre risas, cortaban hierbas y amasaban masas, los rayos del sol entrando por las ventanas de madera tallada iluminaban la estancia.
—Mira, Sahira —dijo su madre, mientras vertía aceite sobre los pimientos—, debes moverlos con cuidado, que se doren sin quemarse. El secreto está en la paciencia.
—Como tú, mamá —respondió Sahira, sonriendo y tratando de imitar la delicadeza de su madre.
Su madre rió suavemente y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Y tú también debes aprender a escuchar, pequeña. La cocina, como la vida, tiene sus secretos. Si no aprendes a esperar, todo se arruina.
Sahira tomó un trozo de masa y lo amaso con cuidado, observando los movimientos de su madre.
—Mamá, ¿alguna vez has visto algo tan hermoso como el mercado? —preguntó, con los ojos brillantes—. Cada día hay algo nuevo, colores y aromas que me hacen sentir que todo es posible. Me encanta !!
Su madre la miró con ternura y un dejo de preocupación.
— jajaja Sí, querida, el mundo es hermoso, pero también tiene sus cosaa . Debes aprender a reconocerlas antes de que te alcancen. Y recuerda siempre quién eres y de dónde vienes.
_ cuando me case con un mercader hermoso nunca tendre de que preocuparme .
- asi sera eres la mas hermosa hija tendras un hombre que dara la vida por ti y te haga la mujer mas feliz de todo oriente . Dijo la mama tomandola por la cara.
— “—¡Ala te oiga! —exclamó a su madre; rieron juntas y se abrazaron.”
En la cocina, entre el humo de las especias y el chisporroteo del aceite, Sahira sintió que cada enseñanza, cada gesto, era un abrazo que la preparaba para lo que aún no conocía:
Cuando cayo la quietud de la noche, unos gatos merodeando alertaron a Sahira: pasos extraños resonaban por los pasillos traseros de la casa. El corazón le latía con fuerza mientras corría hacia la ventana. Afuera, sombras encapuchadas avanzaban con cuidado, batas blancas que relucían bajo la luz de la luna, bocas cubiertas con telas, intentando entrar.
Dentro, se escucharon los pasos firmes de sus padres levantándose para encender las lámparas de aceite. Una voz retumbó:
—¡Devuelvan lo que nos pertenece! Ladron
El padre de Sahira, firme y desafiante, sostuvo la puerta mientras su madre, con voz temblorosa, preguntaba qué ocurría. Los intrusos irrumpieron en la casa, empujando muebles y esparciendo monedas de zahrani, brillantes bajo la luz vacilante de las lámparas. Sahira sintió el impacto de los golpes contra la madera del suelo y las paredes mientras los hombres tomaban lo que buscaban.
Se oyeron gritos de frustración y el ruido de cadenas y cofres abiertos. Los intrusos, con movimientos bruscos, separaron a Sahira y su madre, sujetándolas con fuerza mientras buscaban el dinero y objetos de valor. Su padre fue arrastrado hacia la salida trasera, mientras las monedas de zahrani caían al suelo, rodando y tintineando, un sonido que quedó grabado en la memoria de Sahira. Las amarraron a las maderas de la cocina y entre lagrimas y gritos de las mujeres iban desapareciendo con el padre de sahira amordazado .
Cuando los pasos se alejaron, dejando la casa en un silencio tembloroso, Sahira y su madre quedaron temblando, con la respiración entrecortada y los ojos llenos de lágrimas. La sensación de vulnerabilidad y miedo absoluto se apoderó de ellas. La noche, que hasta hace un momento parecía tranquila, ahora estaba impregnada de sombras que prometían que nada volvería a ser igual.
Sahira no se quedo quieta. Con manos temblorosas, desató las cuerdas que mantenían a su madre inmóvil. El olor a humo de las lámparas y el frío del suelo la hacían sentir como si todo su mundo se hubiera reducido a aquel pequeño espacio de cocina.
—Mamá… Vamos a salir —susurró, apenas conteniendo el temblor en su voz—. Tenemos que encontrar encontrar a papá.
Su madre asintió débilmente, todavía temblando, mientras ella la ayudaba a ponerse de pie. Descalza, con la piel rozando el frío del suelo de tierra , corrió hacia la puerta trasera. Afuera, la oscuridad del pasillo se mezclaba con la luz de la luna que se filtraba entre las nubes. No había señales de los hombres, pero el silencio era absoluto, inquietante.
—¡Papá! ¡No se lo lleven! —gritó otra vez, pero solo obtuvo un silencio que la hizo tragar su miedo. Corria como loca Gritando .
En cada esquina, cada sombra parecía más amenazante. Los pasos de los hombres se habían desvanecido, pero la urgencia de alcanzarlos la empujaba a seguir. Cada moneda de zahrani que había caído al suelo aquella noche parecía un recuerdo cruel del peligro que ahora acechaba su hogar.
Sahira avanzaba a tientas por los pasillos, las piedras del suelo golpeando sus pies descalzos, el frío mordiéndole la piel. Cada sombra parecía moverse con vida propia; cada rincón podía ocultar un enemigo. Los pasos que seguía eran ligeros, pero seguros: el eco de los hombres que se llevaban a su padre todavía vibraba en sus oídos.
El corredor se bifurcaba en dos, y ella dudó apenas un instante antes de tomar el de la derecha. Allí, entre la penumbra, distinguió una figura que avanzaba con pasos medidos: uno de los hombres con la bata blanca. Sahira contuvo la respiración y se escondio tras una columna, observando cómo sujetaba a su padre por los hombros.
—¡Maldita sea! —susurró el hombre con voz áspera, y Sahira sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No había tiempo para esperar. Corrió de nuevo, saltando sobre un pequeño charco de aceite derramado en el suelo, y alcanzó la pierna del hombre antes de que girara la esquina.
—¡Suéltelo! —gritó, la furia y el miedo mezclándose en un solo rugido.
El hombre se giró, sorprendido, y la soltó de un empujón brutal. Sahira cayó de rodillas, raspándose las manos, pero logró mirar hacia atrás: su padre estaba de pie, tambaleante, con las manos atadas y la respiración agitada.
—¡Rápido, papá! —jadeó—. Tenemos que salir de aquí antes de que vuelvan.
No!! Dijo su padre , dejame y huye tu hija huye .. _ no voy a dejarte papa nos vamos juntos . Y lo tomo del brazo .
Pero antes de que pudieran avanzar, un sonido metálico resonó detrás de ellas: el tintineo de monedas de zahrani cayendo de un saco que se había abierto, y un grupo de sombras más se acercaba, bloqueando la salida. Sahira tragó saliva; el pasillo se había convertido en una trampa.
La tensión era tan densa que parecía materializarse en el aire. Cada respiración era un riesgo, cada movimiento podía ser el último. La pequeña chispa de esperanza que había encendido en su corazón estaba a punto de extinguirse…
—Papá, estas bien ? —susurró, apretando los dientes, mientras la oscuridad cerraba su cerco.
Y en ese instante, un grito desgarrador se oyó desde la puerta trasera: algo estaba por cambiarlo todo, y Sahira supo que nada volvería a ser como antes.
El aire de la noche se rompió en un segundo.
Una sombra alta, de ojos oscuros como pozos sin fondo, surgió entre las calles estrechas. Su mano áspera se enredó en el cabello de Sahira y la jaló con una fuerza brutal. El mundo giró. Su cuerpo golpeó el suelo y quedó tendida, indefensa, mientras el sabor metálico del polvo le llenaba la boca.
Los brazos que la sujetaban eran firmes, de piel canela, músculos tensos como hierro. Frente a ella, otros hombres acorralaban a su padre. El grito que brotó de su garganta fue desgarrador, un sonido que le abrió la piel desde dentro. Intentó levantarse, pero la mano en su melena volvió a hundirla contra la arena.
—¡Ella es mi caza! —rugió la figura, su voz tronando como tormenta en los muros del desierto—. Llévense al hombre. Yo me encargo de la rata.
Sahira forcejeó, quiso hablar, pero su voz era un nudo seco en la garganta. El dolor en el cuero cabelludo la cegaba, cada tirón era un incendio. Entre sollozos apenas entendía que los pasos de su padre se alejaban, arrastrados como un animal sin valor.
La sombra oscura la alzó con violencia, y su cuerpo quedó suspendido, arrastrado por un pasillo de arena angosto. Las paredes parecían cerrarse, mientras el eco de su propio jadeo se mezclaba con el latido furioso en sus oídos.
Llegaron a una tienda de cortinas naranja, enormes y pesadas, que temblaban como llamas en la penumbra. Fue empujada hacia dentro. Su espalda chocó contra el suelo duro, un gemido ahogado escapó de sus labios y, entre lágrimas, logró suplicar:
—Por favor... no le hagan daño a mi padre... él es inocente.
La carcajada del hombre retumbó como un golpe seco. Oscura, hiriente, cruel.
—¿Inocente? —escupió, inclinándose sobre ella—. Ese que llamas padre no es más que un ladrón de poca monta, un estafador.
Sahira gritó, con la poca fuerza que le quedaba:
—¡Están equivocados! Mi padre es un hombre de bien...
—¡Cállate! —su mano se cerró en su cuello, cortándole el aire—. Me molesta tu voz. No supliques. Ni su destino ni el tuyo cambiarán.
Los ojos oscuros la devoraron en silencio. El peso de sus palabras cayó como sentencia:
—Tu suerte ya está marcada, pequeña ratita de callejón. Ahora tengo tu vida... y la de él... en mis manos.
🙊🖐💥👇
<>Si te intriga la oscuridad de Sahira, comenta ‘ Deseo o prisión necesito saber con quién sigo esta historia.”
R.B.
