El reencuentro
El sonido del tren llenaba el aire con ese ruido distante que parecía venir de otra vida. Caminaba despacio entre la gente, sosteniendo el teléfono contra mi oído. La voz de Lei se mezclaba con los anuncios del metro y los pasos apresurados.
—Asi que volvió... —murmuré intentando sonar tranquila. —Sí, hace una semana —respondio él —. Creí que ya lo sabías.
Guardé silencio un momento. Podía escuchar su respiración al otro lado de la línea, como si esperara que dijera algo más. .
—No lo sabía —susurré al fin —. .
—Lian... —dijo él con tono preocupado —. Ten cuidado, ¿Sí?
Sonreí débilmente aunque él no podía verme.
—Siempre lo tengo.
Colgué. El sonido del tren se apagó en mis oídos y solo quedó mi respiración, agitada. Sentí el corazón latir con una fuerza absurda, como si el cuerpo recordara algo que yo había intentado olvidar.
El aire olía a metal, a lluvia vieja, a promesas que se oxidan con el tiempo. Mire a mi alrededor; la estación estaba llena, pero en medio de todas esas caras, una figura destaco como una herida abierta.
Una silueta que reconocería incluso con los ojos cerrados. Mi mente se negó a creerlo, pero mi corazón lo supo antes de que pudiera pensarlo.
Era él.
Por un instante, el tiempo se detuvo. La gente siguió caminando, los trenes siguieron llegando, pero yo solo podía mirarlo. Todavía tiene esa sonrisa que me ilumina, pensé, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía y renacía al mismo tiempo.
Sin pensarlo,corrí. Cada paso era una mezcla de miedo y esperanza. Cuando llegué a su lado, lo abracé por la espalda con una sonrisa temblorosa, casi infantil.
—Tian... —susurré, aferrándome a ese instante.
Él se giró de golpe, el ceño fruncido, los ojos vacíos de reconocimiento. ¿Perdón? —preguntó, desconcertado —. ¿Nos conocemos?
Mi sonrisa se deshizo lentamente.Traté de encontrar en sus ojos alguna chispa del pasado, pero solo ví confusión. Entonces note una mano entrelazando con la suya. Una chica de cabello oscuro y mirada serena con una mezcla de sorpresa y distancia.
Bajé la vista, sintiendo que todo el aire se escapaba de mis pulmones.
—Disculpa... Me confundí —dije apenas.
Él asintió amablemente, sin entender nada, y se alejó con ella entre la multitud. Sus voces se perdieron, y el murmullo del metro volvió a ocuparlo todo.
Me quedé allí, inmóvil, con las manos frías, el corazón ardiendo y la garganta seca. Su sonrisa es la misma... Pero ya no brilla para mí o tal vez eso cambié.
El tren llegó y se fue. La estación volvió a su rutina, pero yo seguía en el mismo lugar, como si el tiempo no quisiera avanzar. Y mientras los trenes seguían avanzando, comprendí que los recuerdos nunca desaparecen. Solo esperan a que uno lo mire otra vez, eso hizo que recordara nuevamente lo que pasó.