Pesadillas y apariciones
Chris despertaba jadeando. El dormitorio del internado estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano de la lluvia golpeando las ventanas. Se incorporó y miró alrededor, con el corazón acelerado. La habitación parecía normal, pero entonces, en la esquina, distinguió una silueta.
El chico muerto.
Los ojos del fantasma no tenían odio, ni ternura: solo un vacío profundo que lo hacía sentir más culpable que cualquier grito. Chris parpadeó y la figura se desvaneció, pero el eco de la voz seguía en su mente: “Tú me hiciste esto”.
A la mañana siguiente, Chris no mencionó nada. Caminaba entre los pasillos como un sonámbulo. El reflejo de los vidrios mostraba rostros que no estaban allí. El fantasma lo seguía, aunque nadie más lo veía.