LAS HIJAS DE ATLXIA

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Summary

📚✨ Descubre "Las hijas de Atlxia" – una crónica fascinante que te transporta al siglo XIX, donde la Dra. Evelyn Winslow desafía las convenciones de su tiempo. Acompáñala en un viaje al corazón de una civilización oculta, donde la ciencia se entrelaza con la magia y las mujeres son las verdaderas guardianas del conocimiento. ¿Te atreves a explorar secretos olvidados y a unirte a una lucha por el poder y la verdad? 🌍💖 No te pierdas esta historia de valentía, descubrimiento y empoderamiento. ¡Lee ahora y sumérgete en un mundo como nunca antes!

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1
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n/a
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16+

CapĂ­tulo 1

Una crĂłnica rescatada de entre los diarios no publicados de la Dra. Evelyn Winslow.

A finales del siglo XIX, en los días dorados de los imperios y la ciencia aún joven, una mujer caminaba entre hombres con paso firme y mirada serena. La Dra. Evelyn Winslow no usaba bastón, ni exigía deferencias; no se permitía flaquezas entre geógrafos, soldados y naturalistas. Su saber era su escudo, su lengua el puente entre mundos. Viajaba con Sir Edmund Braithwaite y otros al corazón olvidado del continente africano. Con ellos iba también el joven Thomas Finch y el curtido guía Jack Carlisle. Evelyn no sólo recogía especímenes botánicos, sino que clasificaba dialectos; su oído era el primero en captar los acentos del miedo y del asombro. Una noche, tras una tormenta que borró caminos y quebró árboles, hallaron a dos niños de piel pálida, vestidos con una tela que relucía como la niebla bajo la luna. Ayla y Taro. Hablaron un idioma imposible… excepto para Evelyn, que reconoció raíces de un dialecto extinto a cientos de millas de donde había surgido.

Ella fue la primera en notar que los niños no eran simples extraviados. Y también fue la única a quien el anciano Kao —un sabio reverenciado por su tribu— se dirigió directamente. Con voz como tambores lejanos, le habló de Atlxia, un reino enterrado en leyendas, invisible para el mundo moderno. Pero no alguien como ella. La marcha hacia Atlxia no fue decisión de un solo hombre, aunque la historia así lo contaría. Sir Edmund era el rostro visible de la expedición, pero era Evelyn quien tejía sentido entre símbolos, ruinas y ecos. Su formación en lenguas y ciencias naturales era su linterna en la oscuridad de la selva. Más allá del último poblado conocido, hallaron signos de una civilización dormida: muros de roca pulida que vibraban al tacto, caminos que respondían a la luz. Todo sugería una inteligencia que había decidido permanecer oculta.

Y finalmente, en un valle custodiado por montañas impasables, la encontraron.

Atlxia no era una ciudad en ruinas, sino una civilización viva, soterrada, sostenida por tecnología que parecía magia y gobernada por un consejo de ancianos. No todos eran hombres. Evelyn notó enseguida la presencia silenciosa pero central de mujeres: ingenieras, médicas, educadoras. No eran reinas, ni concubinas, ni siquiera asistentes. Eran nodos en una red intelectual que sostenía toda la estructura social. Entre ellas, conoció a Lionora, una científica cuya mirada era un espejo de la suya: contenía siglos de preguntas hechas. Lionora hablaba de su mundo con una serenidad inquietante. Atlxia había tenido guerras internas, y una de esas revueltas había intentado compartir su saber con el exterior. Ayla y Taro eran su herencia.

Mientras Sir Edmund y los demás observaban artefactos y tomaban notas, Evelyn comprendía el sistema. Las mujeres de Atlxia no eran marginadas: eran mediadoras de poder. Lo habían sido también durante la guerra civil, aunque el general Kaenar —un militar aún en funciones— buscara ahora reducirlas a esclavas. Kaenar no toleraba la fragilidad o compasión, inherente aun en las cualidades de una mujer. Veía la llegada de los forasteros como una excusa para iniciar el conflicto y reclamar la hegemonía de su visión: una Atlxia armada y conquistadora. Mucho menos, temía a Sir Edmund. Pero sí desconfiaba profundamente de Evelyn y Lionora. Ellas veían la tecnología no como arma, sino como un puente o una promesa. Cuando la rebelión de Kaenar finalmente estalló, Evelyn y Lionora se convirtieron en el centro de la resistencia pacífica. No empuñaron armas; construyeron redes. Conectaron sistemas, liberaron registros ocultos, difundieron ideas en los nodos de información. Inspiraron a los jóvenes y a las mujeres, a las voces subterráneas de Atlxia.

Y fueron Ayla y Taro, con sus recuerdos confusos, quienes pronunciaron las palabras que sellarían la decisión del consejo: “El mundo necesita quienes escuchen, no quienes ordenen”…

El golpe de Kaenar fracasĂł. El veterano Jack Carlisle cayĂł en la lucha, sabiendo que protegĂ­a no sĂłlo vidas. Kaenar, tras un juicio realizado por el consejo de ancianos, fue exiliado al silencio del subsuelo. Atlxia, en un gesto sin precedentes, decidiĂł abrir sus fronteras por primera vez en su historia. Sir Edmund regresĂł a Inglaterra, presentando los descubrimientos hechos y recibiendo honores de la reina. Thomas publicĂł sus memorias. Pero fue Evelyn quien guardĂł los verdaderos mapas. En su despacho, bajo una tapa falsa, descansaban los cuadernos de Lionora y los dibujos de Ayla.

A veces, al anochecer, Evelyn hablaba a jovencitas curiosas de un mundo donde la ciencia no era dominio exclusivo de los hombres y donde la mujer podĂ­a gobernar sin pedir permiso.

—“No fuimos nosotras quienes encontramos Atlxia” —decía, sonriendo—. “Fue Atlxia quien decidió que ya estábamos listas para verla”.

Una noche en Atlxia no era oscuridad; era silencio. Un silencio denso, casi líquido, para la audición del hombre moderno habituado al ruino de pasos de personas en el asfalto de las calles de la ciudad o el timbre del tranvía. Solo era quebrado por el pulso débil de los cristales lumínicos que decoraban las torres en espiral. Desde lo alto del observatorio de la Torre Helicoidal, la ciudad parecía una mina de diamantes su perplejidad de luces contenidas, joyas enterradas bajo la tierra que respiraba en armonía con su propio latido.

Evelyn, que había vuelto a la ciudad de Atlxia respiró hondo. El aire era más puro de lo que jamás había experimentado en la superficie, pero contenía una tensión que no podía disimularse. En sus manos sostenía una tabla de lectura atlxiana, cargada con los esquemas de los generadores de energía que Kaenar iba a sabotear durante su revuelta. A su lado, Lionora analizaba en silencio las rutas de acceso al núcleo del arsenal. No se habían dirigido la palabra en varios minutos, pero no era necesario. La comprensión entre ambas, no necesitaba mayores traducciones.

En un momento, Evelyn pregunto “¿Estás segura de esto?“, rompiendo la quietud. Sus dedos temblaban ligeramente. Lionora alzó la vista. Sus ojos, de un verde líquido y profundo, brillaban con una tristeza contenida.

“Si no lo hacemos ahora, mañana será demasiado tarde”, respondió con voz baja. “Kaenar ya ha movilizado unidades centinela. El consejo no durará mucho más”.

Desde abajo, el eco distante de una alarma invisible retumbó a través del cristal. Evelyn sintió cómo su corazón se aceleraba. No era una alarma humana, era un canto vibrante, metálico, como si la ciudad misma advirtiera de lo que estaba por venir.

“Entonces vamos”, dijo Evelyn, con una determinación que sorprendió incluso a Lionora.

Descendieron por el eje interior de la torre. Atravesaron pasillos translúcidos por donde corrían haces de energía, como venas llenas de luz. No se cruzaron con nadie: la ciudad se encontraba paralizada, contenida en una calma precaria. En el nivel subterráneo 7, se detuvieron. La entrada al núcleo estaba sellada. Evelyn, siguiendo las indicaciones del plano, buscó el punto de inserción del cristal de código que Lionora le había entregado. Lo introdujo. Durante unos segundos, nada ocurrió.

Y entonces, la puerta se abriĂł.

No era una compuerta, sino un velo. Una membrana que se deshizo en partĂ­culas de plata ante sus ojos. El interior era vasto y vivo. Paneles que flotaban en el aire, engranajes que giraban sin contacto alguno, y en el centro, suspendido en una columna de antimateria estabilizada, latĂ­a un artefacto oscuro: el nĂşcleo de armamento de Kaenar.

Evelyn sintiĂł la garganta cerrarse. Nunca habĂ­a visto algo tan hermoso... pero tampoco tan aterrador.

“Ese es el corazón de sus armas. Si lo desconectamos, no podrá activarlas. Pero si lo hacemos mal...”, murmuró Lionora.

Evelyn asintió, respirando profundo. Su mente, entrenada en la lógica, luchaba contra la intuición. Pero había algo más. Algo... presente. Como si alguien, o algo, las estuviera observando.

Fue entonces cuando la membrana tras ellas volviĂł a formarse de golpe.

Y una figura emergiĂł de la sombra.

General Kaenar.

Su armadura era un ente en sĂ­ misma. Viva, ondulante, como si la oscuridad misma lo envolviera y lo protegiera. En sus ojos, no habĂ­a furia. SĂłlo certeza. Una certeza frĂ­a y absoluta.

“Sabía que vendrías aquí, Evelyn Winslow”, dijo, pronunciando su nombre con una familiaridad escalofriante.

Lionora se interpuso de inmediato entre él y Evelyn. “No dejaré que lo actives.”

“No vine a activarlo. Vine a presenciar la prueba final”, replicó Kaenar. Levantó una mano. Detrás de él, varios centinelas se materializaron, deslizándose como espectros.

“Tu error, Lionora, fue creer que ella no era como nosotros. Pero mírala bien. Mírala ahora.”

Evelyn no comprendía. “¿De qué estás hablando?”, preguntó.

Kaenar la observó, sonriendo levemente. “¿Nunca te has preguntado por qué puedes leer nuestros códigos?, ¿Por qué comprendes una lengua muerta, hablada sólo por los linajes más antiguos?. Evelyn Winslow... no eres solo una visitante.”

Lionora se giró, sorprendida. “¿Qué está diciendo?”

“Ella desciende del exilio”, respondió Kaenar. “Sus antepasados no llegaron en barcos. Vinieron desde las grietas del cielo. Huyeron, como cobardes, pero su memoria fue enterrada. Hasta hoy”.

Evelyn sintió un vértigo recorrerla. Recordó los sueños que tenía desde niña: luces azules, una ciudad sumergida, nombres que nunca aprendió pero que siempre supo pronunciar. El rostro de su madre en penumbra, susurrándole algo en una lengua desconocida. ¿Había sido siempre parte de Atlxia... sin saberlo?.

Kaenar avanzó un paso más.

“Tu destino no es detenernos. Es liderarnos.”

La energĂ­a del nĂşcleo vibrĂł, resonando con cada palabra. Evelyn lo sintiĂł. Una parte de ella... respondĂ­a.

“No”, murmuró. “Eso no es cierto”.

Lionora la miró, pero su rostro ya no era de duda, sino de algo más profundo: temor.

“Evelyn… ¿qué estás sintiendo?”

Antes de que pudiera responder, un grito metálico retumbó en la sala. Uno de los centinelas se lanzó hacia ellas.

Lionora empujĂł a Evelyn fuera del camino, justo a tiempo. El impacto lanzĂł a la cientĂ­fica atlxiana contra una columna, donde cayĂł sin moverse.

Evelyn se incorporó, temblando. El núcleo parpadeaba con violencia, como si la presencia de su sangre lo alterara. Kaenar se acercó, extendiéndole la mano.

“Vuelve a casa”.

Evelyn miró el rostro inerte de Lionora. Luego, el núcleo. Luego, su propia palma, que brillaba con una tenue marca... una espiral idéntica a la que había visto en los códices atlxianos. Siempre estuvo ahí, bajo la piel.

Y entonces, escuchĂł una voz. No humana. Una voz ancestral que le susurraba desde el centro del artefacto.

“Despierta, hija del exilio. El ciclo ha comenzado”.

Un destello blanco envolviĂł la sala.

Y todo se oscureciĂł.