Fritters para Watbuff

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Summary

Entre actas policiales, informes médicos y formularios existenciales, una mujer reconstruye su vida a través de los márgenes del papeleo. Fritters para WattBuff convierte la burocracia en territorio poético: un relato sobre cómo el humoǰr puede transformar el trauma y cómo la risa se convierte en una forma de supervivencia.

Genre
Humor
Author
Nerea
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Fritters para Watbuff


Nota teoreográfica:

Fritters para WattBuff

Una comedia administrativa de resistencia

Nerea Cañizo Lekue

[Leioa], 2025






Para quienes aprendieron a reír del archivo.



PRÓLOGO


Nota teoreográfica: Fritters para WattBuff


No sé quién era Fritters para WattBuff.

Lo digo sin dramatismos, aunque tiene gracia: empiezo mi reconstrucción de vida sin tener claro quién protagoniza el título.


Quizás Fritters sea mi versión teórica, la que escribía papers mentales en medio de crisis prácticas.

O tal vez WattBuff sea un sistema operativo emocional que ya no arranca.

No lo sé.

Pero estoy aquí, y eso ya es bastante para empezar.

Sobre la mesa tengo un documento oficial: el acta de consentimiento de la Policía Local de Leioa.

Fondo blanco, sello gris, tipografía institucional.

El papel es tan frío que parece haber pasado por aire acondicionado emocional.

En cambio, mis manos sudaban cuando lo firmé.


Lo curioso es que el documento dice que presto mi consentimiento.

Y yo pienso: ¿qué clase de consentimiento es ese, cuando una firma solo para sobrevivir?


La escena vuelve en presente.

Estoy allí, sentada en una silla dura, bajo un fluorescente que zumba como si se burlara de mí.

El agente recita la información sobre protección de datos con una solemnidad tan teatral que casi parece un monólogo de Kafka.

Yo asiento, aunque lo único que entiendo es el sonido de mi propio corazón intentando no hacer ruido.


Y de pronto, lo absurdo: me ofrecen una copia del acta, como si fuera un recuerdo de vacaciones.

“Guárdela bien, por si la necesita”, me dicen.

Yo sonrío. Por dentro me río.


¿Quién necesita guardar una copia de su propio miedo?

Pero claro, ahí está: todo clasificado, todo en orden, incluso el caos.


Lo mejor de la burocracia es que no tiene emociones,

y lo peor es que tampoco tiene humor.

Por eso decido añadirle yo uno.


Cuando llego a casa, leo el documento otra vez.

Subrayo “víctima de VD” y le dibujo al lado una carita feliz con bolígrafo azul.

No sé si fue una venganza simbólica o un intento de equilibrar la energía.

Lo cierto es que funcionó: por primera vez en días, me reí de verdad.


Ahora miro el papel y pienso que quizá eso sea Fritters:

la parte de mí que encuentra comedia en la catástrofe.

Y WattBuff… quién sabe, quizá sea la carpeta donde se archivan todos mis sustos.


El caso es que este es mi punto de partida:

un archivo policial convertido en literatura doméstica,

una tragedia que se traviste de sátira para poder respirar.


Y aquí estoy, firmando otra vez,

pero con tinta invisible.

Firmando que existo.

Que sigo.

Que me río.




CAPÍTULO 1 - EL INFORME POLICIAL

Revisé mis carpetas buscando un comienzo y, como siempre, los comienzos estaban perforados por grapas oxidadas.

Nadie te advierte que la vida también se encuaderna con alambres. En la pestaña “PERSONAL / URGENTE / ARCHIVADO” encontré el documento policial: Acta de Consentimiento para… (los puntos suspensivos son míos; el papel prefiere palabras que no entiendo). Al pie, una constelación de sellos: redondos, cuadrados, uno alargado con un escudo que parece un gallo soberbio o un pez triste.

Firmas: la mía, la de una mujer que estampó su rúbrica como si fuese una ola, y la de un hombre que dibuja iniciales con la agresividad de quien corta jamón. Debajo, la nota que nunca recordé haber escrito: Fritters para WattBuff.


Mi letra sin mí misma: pequeña, apretada, inclinada como si estuviera escapando del renglón. La sostuve a contraluz, esperando que revelara un mapa secreto, un teléfono, un destino. Nada. Solo la tinta acumulando la forma de un chiste que todavía no entiendo.


—¿Quién es WattBuff? —pregunté en voz alta, por si la sala sabía algo de electricistas o nombres de usuario. El ventilador se ofendió. Puso un zumbido de oficina estatal y movió un par de papeles como un funcionario que te devuelve lo tuyo sin mirar. El resto del archivo respondió con un silencio celulósico, lleno de polvo y una dignidad que no merecen las carpetas azules.


Acta de Consentimiento, leo, como si por fin me explicaran en qué consisto. Párrafos que apuntan al cuerpo en tercera persona: la susodicha, la compareciente, la que dice llamarse. A veces sospecho que el lenguaje jurídico se inventó para no decir nuestros nombres y, si es inevitable, que al menos duela. Estoy clasificada, protegida, archivada. Soy una muñeca rusa: la persona dentro del expediente dentro del folio dentro de la caja dentro de mi propia casa. En la esquina inferior derecha, un recuadro con la palabra Observaciones.

Allí, la nota: Fritters para WattBuff.

Si fuera una película, ahora sonarían violines tensos o una cumbia muy triste. En cambio, suena mi nevera, que vibra como si tragara secretos.


Me pregunto si Fritters es una persona o un postre. Si WattBuff es un apellido o una clave de Wi-Fi. Si yo escribí eso en un momento de lucidez, delirio o hambre.

He aprendido que el absurdo es el punto fijo cuando todo lo demás se mueve: así que comienzo por ahí. Anoto hipótesis en el reverso de una multa vieja (otra reliquia de mi museo íntimo):

1. Fritters: buñuelos, frituras, promesa de aceite y azúcar.

2. WattBuff: medida de energía y músculo. O alguien que hace ejercicio iluminado.

3. Fritters para WattBuff: ofrenda calórica para un dios del gimnasio.

4. Alternativa: dos palabras que unieron su soledad por casualidad y ahora reclaman sentido.


Río sola. No por la brillantez de mis teorías, sino por su pobreza deliciosa. El humor, dicen, es una prótesis para caminar sobre pisos rotos. La mía tiene rueditas y hace ruido, pero me deja avanzar.


Vuelvo al acta. Me reconozco en los huecos. La compareciente consiente (¿cómo no?), la autoridad certifica que yo era yo, que yo dije sí, que yo estampé. Nadie pregunta a qué ritmo latía mi corazón durante la firma. Nadie registra que me tembló la mano izquierda. Nadie archiva el silencio que puse para no llorar en público. La burocracia es una comedia sin risas enlatadas: uno aprende a marcar casillas como quien aprende a respirar sin hacer ruido.


Hay fechas, sellos horarios, una tinta que se desparrama al final como si el lapicero hubiera sudado. Un detalle: un pelo atrapado entre las hojas, finísimo, casi transparente. ¿Será mío? ¿Será de la mujer de la ola? ¿Del pez triste del escudo? Lo ubico en una bolsita y escribo: Testigo 1. Me invento un juicio que me pertenece: el de la supervivencia.


La palabra consentimiento me cansa. La giro como un trompo. ¿Qué quiere decir “yo consiento” si lo digo frente a una mesa, bajo una luz fría, con una lapicera prestada que patina como un patín roto? ¿Qué quiere decir “sí” cuando ya no hay “no” disponible? El papel no contempla esas preguntas. El papel es un animal herbívoro: todo lo come y nada digiere.


Entonces me asalta un flash. No una imagen completa, apenas una esquina iluminada de memoria: la mesa metálica, la silla con goma mordida, el olor a desinfectante barato y café viejo. Una risa. Alguien rio, o tal vez fui yo. El sonido rebotó en los azulejos y tuvo vergüenza de seguir. Fritters para WattBuff. ¿Lo dije o lo pensé? No sé. Lo que sí sé es que a veces la mente guarda recuerdos como el depósito de una tienda de segunda: por colores, por tallas, por caprichos. Y cuando uno pide algo exacto, te ofrecen un abrigo con tres botones menos. Igual abriga.


Me preparo un té. No por calmarme, sino por tener una taza entre las manos, que es una manera discreta de sostenerse. Mientras el agua hierve, observo el acta en la mesa como a un animal que podría escapar si dejo de mirarlo. En la sección Finalidad leo una frase con verbos infinitivos, impecables, como empleados puntuales: registrar, constatar, custodiar. Palabras que no se despeinan. Yo sí.


Vuelvo a la nota. Es mía, lo sé. Esa inclinación hacia la derecha, esa necesidad de abreviar, ese final que se hunde. Yo. Pero ¿para quién escribí? Si era un recordatorio, ¿por qué no usé mi lenguaje de recordatorios, que incluye flechas, asteriscos y la palabra mañana repetida como un conjuro? ¿A quién le debo Fritters? ¿A quién se los prometí?

La primera carcajada me asalta entre sorbos: imagino a WattBuff como un inspector que solo acepta sobornos en forma de buñuelos. Un Atlas sudoroso con apetito por la pastelería. “El sistema consume energía”, me digo, “que alguien le lleve azúcar”. Me río y toso. La risa escasea; cuando aparece, prende la luz de emergencia. A veces ilumina más lo que no quiero ver. Decido inventariar aquello que sí sé, como si enumerar fuese un hechizo de cordura:

Tengo un acta con mi firma.


La nota Fritters para WattBuff escrita en el margen de Observaciones. Un recuerdo incompleto de azulejos, desinfectante y risa. Una mano que tembló y otra que sostuvo. Una nevera con pretensiones narrativas. Un pelo translúcido, testigo o souvenir.


El té se enfría. Lo bebo igual, para no agregar otro pendiente a la lista. Busco la fecha: 13/04, un abril con su impaciencia de lluvia. Me pregunto cuántos 13 archivados sostienen mi esqueleto: cumpleaños de gente que ya no veo, avisos de corte de luz, diagnósticos en hojas sin márgenes. Si mi vulnerabilidad tuviera un archivo —y lo tiene— estaría ordenado por el sistema decimal del llanto: de cero a diez, cuánto dolió, cuánto tardó en secarse, cuánto dejó marca en la cara. Imposible. Uno llora en unidades que no se pueden convertir.


El acto de leer mi nombre impreso me produce una extraña ajenidad. Compareciente: [mi nombre]. Lo pronuncio en silencio, como si practicara la voz de otra. Pienso en todas las veces que dije “presente” en lista, “sí” en ventanilla, “de acuerdo” en mostrador. Cada afirmación es un ladrillo en la pared de esta persona que soy y que, de vez en cuando, se queda mirando los huecos entre ladrillos buscando aire.


Me distrae un sello mal aplicado, como la huella de un planeta torcido. Se lee al revés: COPIA NO VÁLIDA. Qué ironía. Todo esto es válido y a la vez no lo es. Válido para el archivo, inválido para dormir. Válido para el procedimiento, inválido para la ternura. Tal vez por eso escribí la nota: un saboteo mínimo, una risita marginal, un Easter egg para mí del futuro. “Si te ríes, bienvenida”, me digo. “Si te duele, bienvenida también”.

Voy a la computadora. Tecleo WattBuff en la barra de búsqueda, no por confianza sino por deporte. Los resultados son anémicos, se parecen lo suficiente como para confundirme y no lo suficiente como para salvarme. Watt Buff, What buff?, Water buffal… (búfalo de agua). Cierro. La realidad insiste en la literalidad cuando una solo quiere un mito.

A falta de dioses, prendo la lámpara. La luz cae sobre la mesa y el acta parece un escenario. Entra mi dedo índice, actor secundario. Señala la línea donde dice que “la compareciente manifiesta comprender…” y se detiene ahí, como a mitad de una escalera. ¿Comprendí? Sí, lo suficiente para firmar. No, lo suficiente para vivir tranquila. A veces la comprensión es un vale de descuento: sirve en caja y se vence rápido.

Me pongo seria —o intento— y copio la nota en una hoja nueva, grande, limpia. La escribo despacio, como si la caligrafía pudiera convocar significado:

FRITTERS PARA WATTBUFF

La miro. Me mira. Repito en voz baja, modulando cada sílaba como si practicara un idioma que desconozco de mí. No pasan cosas extraordinarias: el techo no se abre, nadie me llama por teléfono, no aparece un manual. Pero noto un efecto raro: al escribirlo grande, la frase deja de ser un mensaje secreto y se vuelve título. ¿Título de qué? No lo sé, pero me siento menos perdida cuando una frase se hincha y me cede una esquina.

Regreso al acta. Leo otra vez y a distinta velocidad, como si cambiar el tempo pudiera revelar la trampa: registrar, constatar, custodiar… Elijo una palabra que no está: reconciliar. Nadie te reconcilia con lo que firmaste. A lo sumo te facilitan una copia. Lo demás corre por cuenta de una: raspar, reescribir, hacer chistes internos para no morder a nadie.

El segundo flash llega tarde, como un autobús nocturno: recuerdo el bolígrafo. Era de plástico translúcido, con una bolita que bailaba adentro. Cuando lo tomé, la bolita sonó: clac. Al firmar, escuché el clac como un ritmo. Fui marcando mi nombre por sílabas, cla-c, cla-c, y de pronto me di cuenta de que, si me concentraba, podía llevar la respiración a juego. Ridículo y útil. Como casi todo lo que me ha salvado.

Tal vez Fritters para WattBuff fue eso: la clave rítmica para sobrevivir la escena. Un mantra absurdo. Una contraseña para un candado sin puerta. Un guiño a la parte de mí que baila con lo que queda.

Yo misma me concedo el beneficio de la duda. También me concedo el derecho de no resolverlo hoy. Guardo el acta en un sobre nuevo —los milagros domésticos existen— y escribo por fuera: CAPÍTULO 1. Es un gesto ridículo, sí, pero útil: si la vida se obstina en archivar por duplicado, yo también puedo hacerlo. Doblo el papel con cuidado, como se dobla un mapa hacia un lugar que todavía no existe.

Antes de cerrar la carpeta, recorto la esquina donde está la nota original. Un pequeño rectángulo con mi letra minúscula: Fritters para WattBuff. Lo pego en la pared, al costado de la lámpara, al alcance de mis ojos cansados. Quiero que me mire mientras trabajo, como un santo pagano que no pide ofrendas y, sin embargo, vive de buñuelos.

Apago la lámpara. La nevera suspira. El ventilador, magnánimo, deja de juzgar. En la oscuridad, la frase sigue ahí, fosforescente por pura terquedad mental. No sé si esto es una historia, una autopsia o una risa tardía. Pero tengo un título, una pared y un té frío. A veces con eso alcanza para empezar.

Mañana —que es la manera cobarde de decir después— revisaré las otras carpetas: Correspondencia, Médico, No Abrir (abrir). Buscaré huellas, repetiré mi nombre, volveré a reír a destiempo. Haré inventario de mis sombras con la misma paciencia con que se hace fila en una oficina pública: sabiendo que, tarde o temprano, alguien dirá “siguiente” y me tocará pasar.

Por hoy, guardo el expediente. Me quedo con la frase adherida a la pared y una certeza provisional: la vulnerabilidad tiene su propio archivo… y su chiste interno. Y si mañana no encuentro nada, siempre puedo amasar buñuelos. Quién sabe: tal vez WattBuff solo tenía hambre. Y tal vez yo, también.




CAPÍTULO 2- EL CUERPO Y EL FORMULARIO

A la mañana siguiente, el acta me miraba desde la mesa con el mismo aire de alguien que ya ha sido perdonado,

pero igual disfruta de tu incomodidad.


La luz entraba a ráfagas, como si el sol también fichara por turnos.

Tomé café sin azúcar, para sentir que al menos algo podía decidir.

Y volví al papel.


El encabezado decía: “Descripción de la compareciente”,

y ahí empezó el desliz.


Altura: 1,64 m

Peso: 58 kg

Color de ojos: castaños

Cabello: oscuro

Señas particulares: ninguna.


Ninguna.


Siempre me fascina ese plural: señas particulares.

Como si la identidad dependiera de un inventario de rarezas.


Me dieron ganas de corregirlo con bolígrafo rojo:


> Señas particulares:

— Tiembla ante los sellos oficiales.

— Ríe cuando no debe.

— Guarda papeles como si fueran reliquias.

— Tiene la mala costumbre de sobrevivir.


Pero los formularios no contemplan ironías.

A la burocracia no le gustan los matices:

solo las casillas completas, los cuerpos mensurables, los centímetros exactos.


La verdad, en mayúsculas y tinta negra.


Apoyé los dedos sobre la palabra “cuerpo”.

Era la primera vez que la veía como verbo: cuerpear, ser cuerpo, presentarse con él.

No había instrucción sobre cómo comportarse con el propio cuerpo en un contexto administrativo.

Uno entrega el documento, no la piel.

Pero el papel insiste: el cuerpo debe estar presente.


Presente.

Como en la escuela, cuando uno levantaba la mano con miedo de que el nombre sonara mal pronunciado.

Presente, decíamos, sin saber que significaba estar vivo, aunque sea por trámite.


En ese formulario, mi cuerpo era un requisito.

No una presencia, sino una evidencia.

Un trozo de prueba que alguien debía constatar.


No recuerdo quién me midió la altura ni quién escribió el peso.

Quizá lo adivinaron.

Quizá redondearon para que cupiera mejor.

Quizá el número “58” fue un cumplido.


De todos modos, nunca confíes en un documento que no suda.


Doblé el acta por la mitad,

dejé que el papel hiciera ese crujido seco de piel vieja,

y me quedé escuchando.

Hay sonidos que se parecen al perdón, y este era uno de ellos.


Abrí una nueva carpeta: Formulario de revisión médica.

No recordaba haberlo guardado, pero ahí estaba.

La portada decía: APTO PARA FIRMA / EVALUACIÓN CORPORAL.

En el margen, un sello ligeramente torcido:

un corazón anatómico dibujado con líneas de oficina.

El humor involuntario de las instituciones.


Leí los campos uno por uno, como quien desarma un cadáver:


Presión arterial: dentro del rango normal.

Frecuencia cardíaca: estable.

Observaciones: “Refiere mareos ocasionales.”


Refiere.

Qué verbo tan sospechoso.

No dice siente, ni padece, ni se desmaya.

Dice refiere, como si una narradora invisible tradujera mi dolor a lenguaje administrativo.


Yo refiero.

Yo cuento algo que alguien anota.

Y así el cuerpo se convierte en relato de tercera mano.


Me imaginé a mi presión arterial explicando su rutina ante un jurado.

A mi corazón haciendo fila para ser declarado estable.

A mis mareos presentando formulario en mesa de entrada:


> “Buenas tardes, vengo a ver si me corresponden los síntomas.”


Tuve que reírme.

La risa me llegó como un hipo elegante.

En la burocracia de la carne, hasta el pulso necesita sello.


El médico firmó con decisión:

una línea firme, serpenteante, que termina en un punto final agresivo, casi un disparo.

Pensé que, si algún día tuviera que fingir cordura, usaría una firma así.


Debajo, en lápiz, una nota discreta:

“Recomendar descanso.”


Descanso.

Qué palabra peligrosa.

El descanso tiene mala reputación cuando llega sin receta.

¿Descansar de qué? ¿Del cuerpo, del papeleo, de mí?

Y si descanso, ¿quién continúa el trámite de seguir viva?


A veces pienso que la vida es un expediente que nunca se cierra del todo,

solo se traspapela.


Fui al espejo.

Me observé como si tuviera que completar mi propia ficha:

Ojos: todavía castaños.

Cabello: aún oscuro.

Señas particulares: una mancha nueva en el hombro izquierdo,

un par de pensamientos indómitos,

una nostalgia que no cabe en los márgenes.


Si algún día me pierdo,

no me busquen por mi descripción física.

Búsquenme en el ruido del bolígrafo que no arranca.

En las carcajadas que dejo pegadas a los formularios.

En la frase absurda que nadie entiende del todo:

Fritters para WattBuff.


Ahí estoy yo.

Mi código interno.

Mi risa archivada.

Mi contraseña corporal.


Cerré el formulario médico y lo guardé en una caja que antes contenía zapatos.

Le pegué una etiqueta nueva: “Cuerpo (pendiente de revisión)”.


Por primera vez, sentí que el archivo también respiraba.


Quizá mañana revise otra carpeta.

Quizá encuentre un hueso entre los sellos,

un pulso entre los márgenes,

una nota que diga: “Apta para reír.”


Si la encuentro, prometo firmar sin leer.

A veces la fe empieza en el margen de un formulario.




Capítulo 3 — Hoy el papel dice que estoy bien

Hoy el papel dice que estoy bien.

Lo miro con una mezcla de respeto y sarcasmo,

como si fuera un oráculo administrativo.


En la esquina superior izquierda pone “Osakidetza”,

en letras firmes y limpias.

Debajo, mi nombre completo,

mi fecha de nacimiento,

mi número de historia clínica:

toda una identidad comprimida en siglas y códigos.


No hay espacio para lo que no cabe en un formulario:

los días que no dormí, las risas rotas,

el olor a desinfectante emocional.


El papel dice que ingreso “de forma voluntaria.”

Qué gracioso.

Nadie habla de la parte en la que el cuerpo va,

pero la mente va a rastras, protestando.


Que si “trastorno psicótico inducido por tóxicos,”

que si “inestabilidad emocional,”

que si “consumo perjudicial.”


Todo eso junto suena a maldición medieval

o a canción de punk terapéutico.


Yo solo recuerdo una noche en que el mundo giraba demasiado rápido

y alguien decidió que había que frenar.


En la lista de medicamentos hay nombres que parecen constelaciones químicas:

Olanzapina, Fluoxetina, Lorazepam, Antabus, Aripiprazol…

Un pequeño ejército para estabilizar planetas internos.


Los tomo uno a uno,

como si cada pastilla fuera un intento de mantenerme en órbita.

Y, de alguna manera, funciona.


El papel lo confirma:


> “Se retira de forma progresiva el tratamiento, con buena tolerancia.”


Qué alivio saber que al menos algo tolero bien.


Lo curioso es cómo el informe habla de mí en pasado.

“Se muestra inquieta.”

“Refiere ideación.”

“Reconoce consumo.”


Es como leer el obituario de una versión mía que murió hace dos semanas.

Pero sigo aquí.

Y eso es lo más raro.


No hay diagnóstico para eso:

para sobrevivir a la propia estadística.


Tampoco hay receta para el momento en que sales del hospital

con una bolsa de plástico llena de informes

y una sensación de que el mundo es un supermercado

en el que todo cuesta demasiado.


Cuando llego a casa, dejo el papel encima de la mesa y pienso:

quizá este sea mi diploma en resistencia involuntaria.


El Estado certifica que ya estoy bien.

Yo, en cambio, sospecho que “estar bien”

es solo un nombre comercial de algo que aún no entiendo.


Me río.

Me río porque, en el fondo, hay algo cómico

en que la cordura venga sellada y grapada.


Y porque, por primera vez en mucho tiempo,

puedo leer la palabra “alta”

sin pensar en alturas peligrosas.




Capítulo 4 — Fritters y WattBuff


He decidido investigar.

No por esperanza, sino por costumbre: cuando no entiendo algo, lo estudio, lo clasifico y le invento una teoría que me consuele.

Así que abro el portátil, escribo “Fritters WattBuff” y me preparo para el misterio.

Google, ese dios moderno de las causas perdidas, me devuelve lo de siempre: recetas de buñuelos y tutoriales de gimnasio.

Nada.

Ni una pista sobre por qué esas dos palabras estaban en mi acta policial.

Fritters.

Buñuelos.

Pedazos de masa que se lanzan al aceite caliente y, por algún milagro físico, sobreviven dorados.

La metáfora se escribe sola.

Pienso:

quizá Fritters soy yo, flotando entre burbujas de grasa emocional, intentando salir crujiente de cada incendio.

Quizá ese sea mi verbo secreto: frittearme para sobrevivir.

WattBuff, en cambio, me intriga más.

Watt como energía.

Buff como refuerzo.

Una especie de suplemento emocional, una proteína de luz.

Suena a nombre de aplicación espiritual o a gurú digital que promete mejorar tu aura en 10 pasos y con envío gratis.


Decido hacer un experimento:

cierro los ojos y digo la frase en voz alta, despacio, como si invocara algo:

“Fritters para WattBuff.”

Nada se mueve.

Ni el aire.

Ni los muebles.

Ni el gato invisible que a veces creo tener.

Pero hay algo.

Un leve cosquilleo detrás de los ojos, como si la mente reconociera un archivo oculto.

Abro mi cuaderno y empiezo una lista de posibles significados,

sin compromiso con la realidad:

1. Un menú cósmico: buñuelos para una deidad eléctrica.

2. Una nota de rescate que dejé para mí misma en clave.

3. Un juego de palabras inventado bajo efectos del cansancio.

4. Un recordatorio de que lo absurdo también puede ser una forma de fe.

Me quedo con el cuarto.

Porque sí, tal vez Fritters para WattBuff sea una oración.

Una plegaria burocrática.

La forma en que mi subconsciente pidió ayuda al universo usando su propio lenguaje administrativo.

***

Vuelvo a mirar los documentos sobre la mesa: el acta policial, el informe médico, el alta hospitalaria.

Todos hablan de mí como si yo fuera una paciente temporal, una nota al pie del sistema.

Pero entre todos esos papeles hay algo que no pueden archivar:

mi letra en el margen, mi gesto absurdo, mi chiste interno.

Quizá la cordura sea eso:

la capacidad de escribir notas en los márgenes del desastre.

***

Más tarde abro otra pestaña.

Busco “etimología de fritter.”

Viene del francés frire, “freír.”

Me río.

Por supuesto.

Llevo años friéndome en mis propios pensamientos.

Luego escribo “buff definition.”

Entre resultados, uno me llama la atención:

“To polish, to make shine.”

Pulir. Hacer brillar.

Fritters para WattBuff:

freír para brillar.

Ahí está.

El absurdo con sentido.

El eslogan perfecto para mi biografía involuntaria.

***

De pronto me descubro sonriendo frente a la pantalla.

No porque haya resuelto el misterio,

sino porque encontré una manera de hacerlo mío.

Cada una de esas palabras, tan ridículas, tan fuera de lugar,

me devuelven algo que el papel oficial nunca mencionó:

mi voz.

Esa que tiembla, ironiza, se defiende a carcajadas.

Apago el ordenador.

El ventilador gira con solemnidad, como un funcionario satisfecho.

Pienso que tal vez Fritters y WattBuff no sean personajes,

sino etapas:

la parte que se fríe

y la que, milagrosamente, sigue brillando.

Y me quedo con eso.

Con la idea de que sobrevivir también puede ser una receta.

***

Horas después, no puedo dormir.

La mente sigue zumbando con esas dos palabras.

Decido abrir un nuevo archivo en el portátil: Fritters_WattBuff.docx.

Por puro impulso, escribo en la primera línea:


“Manual interno para emergencias metafísicas.”

Empiezo a redactar como si trabajara para una agencia celestial:

Artículo 1: Toda crisis emocional puede freírse a fuego lento hasta dorar los bordes del sentido.

Artículo 2: Todo archivo necesita un descanso.

Artículo 3: En caso de duda existencial, aplicar humor moderado y reposar.

Me río sola.

El cursor parpadea con la paciencia de un funcionario amable.

Pienso que, si el alma tuviera ventanilla única, esta sería su guía de usuario.

***

Me levanto a por un té, y en la cocina me sorprende un reflejo:

la nota original pegada en la pared.

Fritters para WattBuff.

Parece un recordatorio divino o una contraseña universal.

Por un instante, imagino a un dios rellenando su propio formulario:

“Nombre de la divinidad: WattBuff.

Necesidades actuales: ración de fritters, preferiblemente caseros.

Observaciones: enviar humor a domicilio.”

Río tanto que casi derramo el té.

La risa, últimamente, se ha vuelto mi modo de oración.

***

Por la mañana, decido seguir con el experimento.

Abro una nueva cuenta de correo: [email protected].

Le envío un mensaje en blanco, asunto: Seguimos vivos.

El sistema responde con un aviso automático:

“No se puede entregar el mensaje.

Dirección inexistente.”

Claro, pienso.

Hasta los milagros tienen filtros de spam.

Aun así, me siento mejor.

Como si al enviarlo, el universo hubiera recibido copia oculta.

***

Al medio día me entra curiosidad y busco “WattBuff Instagram.”

Encuentro un perfil de un culturista con bíceps del tamaño de mis traumas.

Publica frases motivacionales tipo:


“El dolor es el impuesto de la grandeza.”

“Entrena hasta que tus excusas te pidan perdón.”


Me río con ternura.

Quizá ese también sea WattBuff, en otra línea temporal.

El que levanta pesas mientras yo levanto mis pensamientos.

Ambos, al fin y al cabo, entrenamos para sobrevivir al peso.

***

A la tarde me llega un correo del ayuntamiento:

“Actualización de datos personales.”

Lo abro.

Reviso mis datos.

Todo igual.

Nombre, dirección, documento, edad.

Nada indica que anoche hablé con el universo.

Ninguna casilla para marcar “ha comprendido algo esencial mientras freía su mente.”

Me pregunto si los sistemas de registro deberían incluir campos emocionales:

“¿Cuántas veces ha reído desde su último trámite?”

“¿Desea archivar esta esperanza o mantenerla en curso?”

Yo marcaría: en curso.

***

Por la noche, antes de dormir, vuelvo a leer mi “manual interno.”

Agrego un nuevo artículo:

Artículo 4:

Las cosas absurdas no necesitan explicación, solo compañía.

Y abajo, una posdata:

“Gracias, Fritters, por freírme a tiempo.

Gracias, WattBuff, por recordarme que sigo brillando aunque no haya enchufe.”

Apago la luz.

El ventilador suspira.

Y por primera vez en mucho tiempo, siento que mis pensamientos huelen a hogar, no a trámite.

***

Al día siguiente, mientras desayuno, pienso que Fritters para WattBuff podría ser un nombre de cafetería.

Imagino el cartel luminoso:

FRITTERS PARA WATTBUFF — Café, ironía y supervivencia emocional.

El menú tendría opciones como:

- Espresso con trauma disuelto.

- Té con observaciones marginales.

- Croissant de resiliencia.

Y por supuesto, buñuelos con luz.

Me río sola, pero ya no me sorprende.

La risa me sale fácil, como un reflejo bien entrenado.

Quizá ese sea el milagro: que el humor haya ocupado el lugar exacto donde antes dolía.

***

A veces pienso que la frase fue un accidente divino.

Un error de tipeo del destino.

Pero cada vez que la repito, me acomoda el alma.

Y eso basta.

Hoy, si alguien me pidiera definición de Fritters y WattBuff, diría:

“Fritters: la que se ríe mientras se dora.

WattBuff: el que ilumina mientras observa.”

Y entre los dos, una historia improbable, una especie de comedia teológica de andar por casa.

***

Cierro el portátil.

El día avanza con calma doméstica.

No hay revelaciones místicas ni respuestas épicas,

solo un sentimiento tibio: la vida sigue friéndose,

y mientras chispea, brilla.

Porque sí —sobrevivir, al final, también es una receta.

Capítulo 5 — Risa administrativa


He descubierto que la administración pública tiene su propio sentido del humor.

Lo descubrí esta mañana, al abrir el buzón y encontrar una carta del ayuntamiento con el asunto:

“Actualización de datos personales.”


Me reí.

Porque si alguien necesita una actualización, soy yo.

No mis datos.


Abrí el sobre con la solemnidad de quien recibe una profecía.

Dentro, una hoja tamaño A4 con mi nombre, mi dirección y una advertencia en negrita:

“Compruebe que la información es correcta.”


La leí despacio.

Mi nombre seguía siendo el mismo.

Mi dirección, la misma.

Mi código postal, intacto.

Lo único que había cambiado era yo.

Y eso, por lo visto, no se notifica.


Me pregunto si existe un formulario para declarar una mutación interior.


Algo como:


> “He cambiado de piel emocional.”

“Ya no respondo al nombre que usaban mis miedos.”

“Me he reído del expediente y sigo viva.”


Imagino el sello: un tampón con una carcajada fosforescente.


La risa administrativa es un fenómeno curioso.

No se ríe fuerte.

No se ríe hacia afuera.

Es una risa burocrática: discreta, silenciosa, homologada.

Una risa que cabe en un expediente.


Desde que empecé a usarla, me va mejor.

Cuando un funcionario me pide el DNI con tono de ultraje, sonrío como si compartiéramos un secreto.

Cuando me dicen “firme aquí”, hago una rúbrica que parece un relámpago doméstico.

Y cuando me preguntan “¿entiende lo que firma?”, respondo:


> “Depende del día, pero siempre firmo con esperanza.”


Creo que el humor es el único trámite que realmente humaniza.

No necesita cita previa ni código QR.

Solo ganas de sobrevivir con elegancia y un poco de ironía.


Hoy, por ejemplo, fui al ambulatorio a recoger una receta.

La enfermera me saludó con un “¿cómo estás?” que sonó más a protocolo que a interés.

Respondí:


> “Administrativamente, mejorando.”


Ella sonrió sin entender por qué,

pero yo sí.

Porque aprendí que el humor no siempre es para que te entiendan;

a veces es solo una contraseña para no desmoronarse.


Mientras espero mi turno, pienso en Fritters y WattBuff.

Quizá también eran eso:

mi primer intento de humor frente al abismo.

Una especie de chiste de supervivencia que el universo archivó por error.


Ahora sé que reír no niega el dolor.

Solo lo tramita.

Con copia compulsada, sello húmedo y una nota al margen que dice:


> “La interesada conserva su derecho a la ironía.”


Cuando llego a casa, encuentro sobre la mesa una carpeta vieja, la del primer acta policial.

Por instinto, le pego una pegatina amarilla y escribo:

“Pendiente de risa.”


No sé si eso cuenta como cierre del caso,

pero por primera vez me siento en paz con mis papeles.

Cada documento, cada sello, cada diagnóstico:

todo tiene ahora su contraparte cómica, su espejo absurdo, su alivio.


El archivo respira conmigo.

Y yo, por fin, me escucho reír sin miedo a que suene inadecuado.




Capítulo 6 — La nota final


Hoy decidí ordenar el archivo.

No por obligación, sino por cariño.

Por primera vez en mucho tiempo, no lo hago buscando pruebas ni explicaciones.

Lo hago para ver cuánto pesa realmente mi pasado cuando se lo sostiene con ambas manos.


Extiendo todo sobre la mesa como quien tiende ropa después de una tormenta.

El acta policial.

El informe médico.

El alta hospitalaria.

Las recetas con nombres impronunciables.

Las notas escritas al margen de cada documento: dibujos, sarcasmos, preguntas sin respuesta.


Los papeles parecen respirar entre sí, como si compartieran oxígeno.

Cada uno tiene su tono:

el administrativo, seco y metódico;

el médico, aséptico y piadosamente distante;

y el mío, el que se cuela en los márgenes, desobedeciendo la sintaxis oficial.


Me sorprende descubrir que ya no me duele leerlos.

Antes lo hacía con una mezcla de vergüenza y desconfianza, como quien revisa una autopsia en la que fue el cuerpo.

Ahora, en cambio, siento ternura.

Ternura por la que fui, por la que firmó sin entender, por la que hizo chistes cuando no quedaban palabras.


En el centro de la mesa, como siempre, la frase:

Fritters para WattBuff.

La recorto y la coloco sobre una hoja limpia, en medio de todo el caos, como un título que se ganó su lugar.

Ya no me interesa descifrarla.

Me gusta su rareza, su sonido casi infantil, su absurdo cargado de sentido personal.


Quizá sea eso lo que soy: una traducción imperfecta de mí misma.


Me levanto y preparo té.

El agua hierve con la misma paciencia con la que uno aprende a sobrevivir.

Mientras espero, pienso en todos los formularios que completé para seguir siendo persona:

de identidad, de ingreso, de consentimiento, de salida.

En todos ellos había una casilla para el nombre,

pero ninguna para la risa.


Si el sistema la incluyera, quizás el mundo sería un poco más amable.


Regreso a la mesa con la taza humeante y empiezo a hablar con los papeles.

Sí, hablo con ellos.

No contestan —o no con palabras—, pero me devuelven una calma inesperada.


Le digo al acta policial:


> “Gracias por recordarme que tuve miedo, pero también que lo firmé y seguí.”


Al informe médico:


> “Gracias por darme un diagnóstico que no me define, solo me tradujo al idioma del hospital.”


Y al alta hospitalaria:


> “Gracias por esa palabra: alta. Aprendí a leerla sin vértigo.”


Los tres guardan silencio, como buenos documentos.

Pero yo siento que me escuchan.


En un impulso, abro una carpeta vacía y le pongo por título “Risas Pendientes.”

Empiezo a llenarla con cosas pequeñas:

una entrada de cine que nunca usé,

un dibujo de un electrocardiograma hecho a lápiz,

una servilleta donde alguna vez escribí: “Estoy bien, pero en cursiva.”


Es un nuevo archivo, uno que no se presenta en ventanilla ni se firma con tinta.

Un archivo de cosas vivas.


Pienso en Fritters y WattBuff como dos entidades domésticas que ahora habitan mi cabeza sin hacer ruido.

A veces imagino a Fritters, redonda y dorada, riendo desde la sartén, y a WattBuff sosteniendo una linterna diminuta para que no olvide mi brillo.

Me consuela saber que los inventé.

Que nacieron del margen, del cansancio y del deseo de reírme del caos.


Cierro la última carpeta y le pongo una etiqueta nueva:

“Vida archivada. Versión revisada.”

El gesto es simple, pero se siente como una ceremonia.


Me quedo un momento en silencio, observando el orden que ahora ocupa mi mesa.

No es perfecto.

Nada lo es.

Pero ya no necesito que lo sea.

Solo necesito que respire conmigo.


Afuera cae una lluvia discreta, de esas que lavan sin prometer milagros.

El sonido me recuerda al bolígrafo cuando se desliza sobre un formulario: constante, obstinado, inevitable.


Apago la lámpara.

El cuarto queda en penumbra.

La caja con los documentos reposa a un lado, cerrada, tranquila.

Por primera vez, no siento que sea un cofre de traumas, sino una cápsula de tiempo donde guardé mi humor, mi resistencia y mi historia.


Antes de irme a dormir, tomo el marcador negro y escribo en la tapa de la caja:


> Nota teoreográfica:

La vulnerabilidad tiene su propio archivo.

Y su propio chiste interno.


Sonrío.

Porque me doy cuenta de que toda esta historia —la mía, la de los papeles, la de las risas tardías—

fue, en el fondo, una comedia de resistencia.

Un homenaje a todas las veces que creí que no iba a poder y aun así firmé, reí, respiré.


Apoyo la cabeza en la almohada y pienso que, si alguien encuentra esta caja algún día,

quizás no entienda nada.

Quizás se ría.

Y ambas cosas estarán bien.


Porque eso es lo que quise dejar:

una prueba de que sobrevivir no siempre se ve heroico.

A veces solo se archiva,

se numera,

se ríe,

y se sigue.


Mañana tal vez empiece un nuevo archivo.

Título provisional:

“Cómo seguir sin dramatismo (y con café).”


Por ahora, cierro los ojos.

Escucho el leve rumor de la lluvia,

y dejo que el silencio me firme.




CAPÍTULO 7 — EL INTERROGATORIO SOCRÁTICO


Hoy me llegó otro formulario.

Esta vez no del ayuntamiento ni del hospital, sino de mí misma.

Lo imprimí sin saber muy bien por qué, pero ahí está, con el título en negrita:

EVALUACIÓN DE VERACIDAD Y CONSISTENCIA EMOCIONAL.


Lo miro con una mezcla de respeto y desdén.

Parece diseñado por Sócrates con una acreditación del FBI.

Un cruce entre un filósofo griego y un agente con café frío y detector de mentiras portátil.


No sé cuándo empezó mi costumbre de tratarme como expediente.

Supongo que desde el día en que entendí que sobrevivir también requiere de burocracia.

Pero hoy, al leer este formulario inventado, siento algo diferente.

No cansancio, sino curiosidad.


Las instrucciones dicen: “Responda con sinceridad. El silencio también cuenta.”

Firmado: Departamento de Verdad Propia.

Por un momento pienso que debería existir de verdad una oficina así.

Una ventanilla donde uno pueda presentar su duda existencial en tres copias, con clip y sonrisa.


Empiezo a leer.

Tres preguntas.

Tres únicas preguntas.

Y reconozco en ellas una estructura familiar.

Sócrates, viejo amigo.

El FBI te debe regalías.


---


I. ¿ES VERDAD?


O, en jerga de interrogatorio: ¿Qué pasó realmente?


La primera pregunta siempre es una trampa.

Tanto para el sabio ateniense como para el agente norteamericano.

La verdad, al fin y al cabo, es un animal difícil de domesticar: cambia de color según la luz y de forma según quién mire.


Si Sócrates hubiera trabajado en la oficina de delitos menores, lo imagino inclinándose sobre una mesa de madera:


> —Dime, alma mía, ¿es verdad lo que afirmas?

Y el agente del FBI, al otro lado, con su carpeta de cuero y su voz de procedimiento:

—Señorita, ¿qué pasó realmente?


Ambos piden lo mismo: una narración limpia, sin adornos.

Y ambos ignoran que la limpieza absoluta es una forma de amputación.

Porque la verdad nunca viene sola; trae ruido, titubeos, olores, pausas.


A veces me pregunto cuántas veces he contado mi historia buscando una versión lo bastante ordenada para que parezca creíble.

Cada vez que la relato, omito un detalle, cambio una palabra, ajusto un tono.



CAPÍTULO 8 — LOS ECOS ADMINISTRATIVOS


Dicen que cuando estás a punto de convertirte en alguien nuevo, lo viejo vuelve.

No como castigo, sino como trámite.

Una auditoría del alma.

El universo —o lo que sea que firme tus destinos— quiere asegurarse de que realmente entendiste la lección, no que la memorizaste de oído.


En mi caso, el regreso no llegó en forma de persona, sino de formulario.

Una hoja amarilla, archivada hace meses, reapareció encima de la mesa como si tuviera piernas.

La misma tipografía institucional, el mismo sello pálido, y ese mismo encabezado que parece un eco malintencionado:

ACTUALIZACIÓN DE DATOS PERSONALES.


Me reí.

Otra vez.

Porque ya lo había llenado.

Ya había firmado.

Ya había dicho “sí, soy esta versión de mí misma”.

Pero el universo —muy eficiente en su burocracia interna— decidió que había que verificar.


No me molesta.

De hecho, me resulta familiar.

La mente también tiene su departamento de archivo.

Cada vez que intento avanzar, activa un protocolo de seguridad:

revisar los miedos, confirmar los traumas, cotejar los antecedentes emocionales.

Como si no pudiera evolucionar sin antes renovar mi pasaporte del dolor.


Sócrates lo habría llamado examen de conciencia.

El FBI, entrevista de verificación.

Yo, simple trámite de alma pendiente.


Los psicólogos le dicen “resistencia”.

Los poetas, “nostalgia”.

Yo prefiero decirle eco.

Porque no es el pasado volviendo; es mi propia voz que tarda en entender que ya no vive ahí.


El eco suena así:

esa persona que reaparece justo cuando ya no dolía,

ese pensamiento que dice “no vas a poder”,

esa manía de buscar explicaciones donde solo hay ruido.


Mi cerebro —ese funcionario incansable— cree que me protege.

Pero la protección y el sabotaje a veces usan el mismo uniforme.

La mente no busca tu expansión, busca tu seguridad.

Y la seguridad, a menudo, es solo una celda con buena iluminación.


Pienso en todas las veces que estuve a punto de dar un salto y apareció un obstáculo disfrazado de señal divina.

Un mensaje, una excusa, un recuerdo que parecía decir: “espera un poco más, no estás lista.”

Ahora sé que esas cosas no eran señales para volver atrás,

sino exámenes de control de calidad antes del siguiente nivel.


El problema es que nadie te avisa que el crecimiento también tiene su propia burocracia.

Que cada salto requiere sello, fecha y comprobante de autenticidad.

Que el alma, antes de renovarse, debe presentar los papeles del yo anterior para archivarlo correctamente.


A veces me gustaría ser menos consciente, no tener que rellenar tantos formularios internos.

Pero luego pienso que quizá este sea mi modo de ascender:

presentar una carpeta nueva con la documentación de mi risa, mi calma y mi cansancio.

Firmar, con tinta azul, que sigo aquí, procesando, mejorando, sobreviviendo con humor.


Leo mi propio eco una vez más.

Repite lo mismo, pero suena distinto.

No porque las palabras hayan cambiado, sino porque ya no respondo igual.


Antes, cuando algo viejo regresaba, lo tomaba como castigo.

Ahora lo veo como prueba.

Si respondo igual, repito la historia.

Si respondo diferente, creo un camino nuevo.

Es simple, pero no fácil.

Nada que valga la pena tiene un acceso directo.


Así que abro el cajón, saco un bolígrafo y lleno el formulario otra vez.

En “Motivo de la actualización” escribo:


> “Ha aprendido a no temerle a los ecos.”


Y en “Observaciones”, añado, casi con ternura:


> “Sigue riendo, incluso cuando el universo le hace auditorías.”


Doblo la hoja, la guardo en una carpeta que dice Nueva Versión en Proceso,

y sello mentalmente el documento con una sonrisa.


Porque esta vez, sí, estoy lista para la próxima revisión.

No porque no tema al pasado,

sino porque aprendí a responder con una versión más amable de mí misma.

CAPÍTULO 9 — SALIDA DE LA MATRIX


Esta mañana desperté con la sensación de que algo se había desconectado.

No el Wi-Fi, ni el ventilador, ni mi habitual lista de pensamientos redundantes.

Era otra cosa.

Una especie de silencio nuevo, como si alguien hubiera desenchufado la maquinaria invisible que hacía girar mi cabeza.


Me levanté con calma, sin revisar el móvil.

Abrí las ventanas.

El aire tenía un olor distinto, como a sistema reiniciado.

Por un segundo creí que había muerto y me había convertido en fondo de pantalla.

Luego me di cuenta: no había muerto.

Solo había salido de la Matrix.


No fue espectacular, no hubo píldoras rojas ni persecuciones entre cubículos.

Mi salida fue doméstica, casi burocrática.

Una mañana cualquiera en la que dejé de buscar la casilla correcta para ser aprobada.

No hubo oráculo, solo café.

Y en el fondo de la taza, la sonrisa aceitosa de Fritters.


Sí, Fritters.

Mi buñuelo interno, mi parte frita y brillante.

Ella me susurró algo que parecía una receta pero sonaba a iluminación:


> “La realidad no se arregla, se digiere.”


Y entendí que eso era todo.

Que había pasado años intentando entender el código, la fórmula, el algoritmo,

cuando en realidad la clave era más simple:

freír el miedo hasta que quede crujiente.


Ahí apareció WattBuff, con su linterna simbólica.

Iluminaba los rincones donde todavía archivaba viejas versiones de mí.

Me mostró los duplicados: “mujer con culpa”, “mujer que pide perdón por existir”, “mujer en observación administrativa”.

Todos esos archivos, obsoletos.

Los miré una última vez, como quien revisa una vieja carpeta antes de borrarla,

y los dejé ir.

Click.

Papelera de reciclaje emocional vaciada.


Así fue como me di cuenta de que la Matrix no es una red informática,

sino una red de costumbres mentales.

La rutina de creer que todo debe tener un número de registro.

El hábito de pensar que la vida solo vale si se archiva correctamente.

El miedo a equivocarse en el formulario de la existencia.


Pero ahora —gracias a Fritters y WattBuff— descubrí el glitch,

la grieta luminosa entre los procedimientos.

Ellos no son personajes; son conceptos con forma de consuelo.

Fritters representa la risa que sobrevive al aceite.

WattBuff, la energía que vuelve a encenderse después del colapso.

Juntos, me hackearon.


Ya no necesito pedir permiso para sentirme libre.

Ni firmar en triplicado cada decisión vital.

Ni justificar mis emociones ante una comisión invisible de almas administrativas.


Salí de la Matrix el día que entendí que todo el sistema se sostenía con mi miedo.

Y que, al soltarlo, se apagaba el monitor.


Ahora camino más despacio.

El mundo no es perfecto, pero al menos no parece un simulador.

Los papeles siguen ahí, claro: los informes, los diagnósticos, las actas.

Pero ya no son jaulas.

Son recuerdos: pruebas de que alguna vez estuve dentro y supe salir con humor.


A veces Fritters me visita en sueños.

Trae buñuelos y una libreta nueva.

Dice que ahora se dedica a archivar carcajadas.

WattBuff, por su parte, se ha vuelto minimalista: solo trabaja con luz natural.


Yo los dejo hacer.

Después de todo, fueron mis guías en la travesía burocrática del alma.

Y me enseñaron que la libertad no se tramita: se practica.


Cada vez que me río de un sello, cada vez que lleno un formulario con calma,

cada vez que firmo con tinta invisible,

vuelvo a salir de la Matrix un poco más.


Y si algún día vuelvo a entrar —porque todos volvemos, tarde o temprano—,

al menos sé que tengo dos cómplices en mi expediente mental:

Fritters, la que ríe cuando el aceite salpica,

y WattBuff, el que enciende la luz para que no me pierda.


Por ellos, por mí, por todas las almas que siguen haciendo cola para despertarse:

archivado queda.

Firmado: La que salió del sistema y aprendió a freírse con gracia.




CAPÍTULO 10 — CIERRE DE ARCHIVO


He llegado al final del expediente.

No hay más sellos, ni casillas, ni observaciones.

Solo un espacio en blanco, amplio, tibio, casi humano.


Por primera vez, no me da miedo el silencio del papel.

Durante mucho tiempo creí que si no escribía, desaparecía.

Que si no clasificaba mis emociones, se desbordarían.

Que si no tenía un archivo, no tenía historia.


Pero ahora lo entiendo: el archivo no era una prisión, era una forma de sostenerme hasta que aprendiera a caminar sin carpetas.


Hoy cierro la última.

Le pego una etiqueta pequeña que dice: Fritters para WattBuff — Caso resuelto.


No porque tenga todas las respuestas, sino porque ya no necesito seguir preguntando.

Las preguntas me sirvieron como barandillas, pero ahora puedo avanzar sin ellas.


Pienso en Fritters: esa risa dorada, ese absurdo que me sostuvo cuando todo olía a burocracia emocional.

Y en WattBuff: la luz constante, el pulso eléctrico que me recordaba que seguir viva también cuenta como mérito.


Gracias a ellos aprendí a ser mi propia funcionaria, mi propia testigo, mi propio sistema operativo.

A tramitar mi dolor con humor, a firmar mi cordura con tinta invisible.


Ahora no necesito presentar más documentos.

El alma ya tiene su comprobante: se llama paz.


Me doy cuenta de algo:

Todo este tiempo escribí para archivar,

Pero también para reír,

Y sin querer, terminé viviendo.


Fritters sigue ahí, flotando en aceite metafísico.

WattBuff sostiene la lámpara encendida.

Y yo, finalmente, dejo el escritorio.


No hay acto más radical que levantarse del trámite.


Camino hacia la ventana.

El día parece nuevo, pero en realidad soy yo la que lo es.

Respiro.

No hay firma.

No hay sello.

Solo aire.

Y el eco amable de una voz interna que susurra:


“Archivo cerrado.

Asunto: completado con risa.”


CAPÍTULO 11 — LA ACTUALIZACIÓN DEL SISTEMA


El sistema me pidió reiniciar.

No era una metáfora: el ordenador, literalmente, mostró una ventana azul con el mensaje clásico de Windows:


“Se han detectado cambios importantes. Reinicie para aplicar la actualización.”


Me reí.

Porque, por primera vez, el universo y el software parecían sincronizados.

Era cierto: había cambios importantes.

Solo que no se podían instalar con un clic.


Apagué la máquina y me quedé mirando el reflejo negro de la pantalla.

Ahí estaba mi cara, pixelada por la penumbra, como una versión beta de mí misma esperando validación.

Pensé en todos los documentos archivados, los informes, las actas, los diagnósticos.

Cada uno de ellos había sido un update emocional: lento, obligatorio, con reinicio incluido.


En la carpeta “Documentos personales” tengo más versiones de mí que en la vida real.

Cada nombre de archivo es una fecha:

“Yo_2018_def.docx”,

“Yo_2020_final.pdf”,

“Yo_2022_revisión.psd”.

Ninguno es definitivo.

Ninguno guarda lo que realmente importa: la risa que se coló entre paréntesis.


Quizá eso sea crecer: aceptar que la vida se ejecuta en segundo plano.

Que los procesos mentales tardan, fallan, se cuelgan, pero siguen corriendo aunque la pantalla diga “no responde”.


Hace unos años habría temido borrar versiones anteriores de mí.

Ahora, en cambio, hago limpieza digital con una sonrisa casi zen.

Selecciono carpetas enteras y presiono “Eliminar”.

El sistema pregunta:


“¿Desea enviar los elementos seleccionados a la papelera de reciclaje?”


Sí.

Deseo reciclarme.

Confirmar.

Aceptar.


El clic suena como un perdón.


En el fondo, todo archivo eliminado sigue existiendo en alguna nube.

Nada desaparece del todo: ni los documentos, ni los recuerdos, ni las risas que se quedaron colgadas entre dos párrafos.


Mientras la pantalla se apaga, siento una paz que no viene de los medicamentos ni de los sellos.

Es otra cosa.

Algo más parecido a un backup emocional.


Pienso en Fritters y WattBuff.

Ya no los veo como personajes o símbolos.

Son funciones del alma.

Fritters freía mis pensamientos hasta hacerlos comestibles;

WattBuff los pulía hasta que brillaran.

Entre los dos, me enseñaron la ingeniería inversa de la cordura.


Y ahora, cuando el sistema me pide reiniciar, ya no tengo miedo.

Sé que todo reinicio es una forma elegante de continuar.


Apago la pantalla.

El silencio hace clic.

CAPÍTULO 9.5 — SALIDA DE LA MATRIX (FRITTERS.EXE Y WATTBUFF.LOG)

Desperté sin ruido.


No hubo fanfarria ni destellos heroicos; solo un silencio que sonaba diferente, como si alguien hubiera apagado el zumbido constante del sistema.


Durante años pensé que el mundo hacía ese ruido por sí mismo, un rumor eléctrico que acompañaba mis días y mis papeles.


Pero no: el ruido era mío.


Era el fondo de pantalla de una mente saturada de formularios.


Me incorporé despacio, esperando la notificación que nunca llegó.


Nada vibró, nada parpadeó.


Era oficial: había salido de la Matrix.


No la de Hollywood, sino la otra:


La administrativa, la emocional, la afectiva.


Mi Matrix tenía olor a café recalentado y a tinta húmeda.


Estaba hecha de archivos PDF y carpetas rotuladas con nombres que ya no me pertenecían.


Una red invisible de rutinas, diagnósticos, roles y memorias interconectadas que habían definido la lógica de mi supervivencia.


Dentro de esa estructura, Fritters y WattBuff habían sido mis programas internos, mis líneas de defensa.


Fritters, el módulo de error que transformaba el pánico en chiste.


WattBuff, el sistema de energía que recargaba la fe cuando el alma se quedaba sin batería.


Yo era la usuaria y también el experimento.


Y ahora, al fin, el experimento se estaba desconectando.


El primer síntoma fue físico.


El aire parecía más denso, más real, con una temperatura que ya no obedecía a los sensores del miedo.


Las luces no zumbaban.


El cuerpo, por primera vez en mucho tiempo, no pedía permiso para existir.


Respiré.


Fue un sonido nuevo, una especie de clic respiratorio.


Un reinicio.


Pensé: quizá el alma también tenga teclas de función.


Abrí el ordenador por costumbre.


La pantalla tardó unos segundos en reaccionar, como si también dudara de mi regreso.


Y ahí estaban: las carpetas de siempre, ordenadas como si el pasado hubiera aprendido a archivar su propio caos.


En “Documentos personales” me encontré a mí misma dividida en versiones.


Yo_2017_borrador.doc


Yo_2019_revisada.pdf


Yo_2022_finalísimo.txt


Cada una era una versión incompleta, una simulación distinta del yo que intentaba corregirse.


El archivo más reciente, “Alta_Osakidetza.pdf”, seguía allí, inofensivo, con su sello gris y su tipografía gótica.


Lo abrí.


No me dolió.


El texto decía lo mismo que siempre: Se retira el tratamiento con buena tolerancia.


Cerré el documento y sonreí.


Esa frase ahora me parecía una metáfora involuntaria de la vida:


Retirar el tratamiento, tolerar la existencia.


Decidí renombrar los archivos.


“Acta_Consentimiento.pdf” pasó a llamarse Fritters_Inicio.log.


“Informe_Psiquiatría.doc” se convirtió en WattBuff_Core.sys.


“Alta_Osakidetza.pdf” ahora era Yo_v2.0.txt.


No los borré; aprendí que la memoria no se elimina, solo se reorganiza.


La risa es el mejor algoritmo de compresión que existe.


Mientras trabajaba, recordé una línea de Essendity:


“No hay salvación sin desensamblaje.”


Durante años no entendí esa frase.


Hoy la siento en los huesos.


Tuve que desmantelarme por completo: quitar las piezas oxidadas de la obediencia,


Desatornillar las placas del miedo,


Limpiar el polvo de la culpa con aire comprimido.


Descubrí que el alma también acumula archivos temporales.


Y que, si no los borras, el sistema se cuelga.


El proceso no fue romántico.


Fue quirúrgico, técnico, casi informático.


La espiritualidad, cuando es real, se parece más a una reparación que a una epifanía.


Y yo estaba harta de funcionar con errores de fábrica.


Pa Narcisista Yo fue mi primera prueba de sistema.


Allí identifiqué el virus del ego, esa necesidad de ser vista, aprobada, versionada por otros.


Aprendí a distinguir entre amor propio y autoprogramación.


La diferencia es sutil: uno te humaniza, el otro te ejecuta en bucle.


Luego vino Essendity, el modo desarrollador de mi conciencia.


Ahí empecé a reescribir código:


A cambiar “culpa = 1” por “culpa = 0”;


A sustituir “if dolor then silencio” por “if dolor then palabra”.


Fue mi entrenamiento para lo que ahora entiendo como la verdadera desinstalación.


Y finalmente, Nota Teoreográfica Fritters.


El archivo madre.


El documento donde mi mente decidió que ya era hora de burlarse del sistema.


El humor fue la contraseña que me permitió entrar en modo libre.


Porque sí: el sistema puede controlarlo todo menos la risa.


La risa es un bug divino.


Un error en la simulación que genera humanidad.


Ningún algoritmo sabe procesarla.


Y ese día, entre sellos y actas, yo lo comprobé: me reí tan fuerte que el sistema colapsó.


La simulación no supo qué hacer con mi carcajada y se apagó por exceso de realidad.


Desde entonces vivo en modo debug.


Analizo mis propios procesos, corrijo fallos, pruebo parches emocionales.


A veces vuelvo a caer en viejas rutinas: abrir correos que no llegan, llenar formularios de esperanza.


Pero ya no me asusta.


Sé que siempre puedo salir presionando Ctrl + Risa.


Salí de la Matrix el día que entendí que no había nada que demostrar.


Que los diagnósticos son subtítulos, no destinos.


Que la cordura no es ausencia de locura, sino capacidad de hacerle chistes.


Y sobre todo, que el sentido de la vida es un formulario que nunca se entrega, solo se garabatea.


Desde fuera, el mundo parece igual.


Las calles siguen llenas de gente conectada a sus pequeñas matrices portátiles.


Todos corren, todos cargan, todos actualizan.


A veces me dan ganas de advertirles: “No hace falta tanto reinicio, el sistema ya está roto.”


Pero me callo.


He aprendido que cada quien necesita su propio bug para despertar.


Cuando el silencio me asusta, repito un comando sencillo:


Ejecutar /presente


Iniciar /risa


Guardar /vida


Y funciona.


El sistema responde con una calma tan limpia que asusta.


A veces imagino que Fritters y WattBuff siguen dentro, observando desde algún subproceso oculto.


Fritters ríe cada vez que me tomo algo demasiado en serio.


WattBuff me recarga cuando el alma se pone en modo ahorro de energía.


Entre los dos, mantienen mi existencia corriendo en segundo plano, sin bloquearse.


Pienso que, si alguna vez vuelvo a escribir un libro, no será una historia sino un manual técnico de humanidad.


Un README.txt para quien todavía crea que la vida debe ser eficiente.


Incluirá instrucciones sencillas:


No firmes nada que no entiendas, ni siquiera contigo.


Guarda los errores: son parte del sistema operativo del alma.


Ríe antes de colapsar. Es la única actualización estable.


Y al final, una nota:


“Si llegaste hasta aquí, pulsa cualquier tecla.


La simulación ha terminado.”


El aire huele distinto desde que salí.


No es que el mundo haya cambiado; soy yo quien ya no está calibrada para obedecer.


Cada día es una versión nueva del mismo programa, pero ahora tengo acceso al código.


Antes de cerrar el portátil, escribo en una ventana negra —mi consola personal— las últimas líneas de este proceso:


Cd /memoria


Mkdir /esperanza


Echo “Fritters y WattBuff siguen activos.” > estado_actual.log


Guardo el archivo.


Por costumbre, le pongo fecha y hora, aunque sé que el tiempo ya no me pertenece.


Lo cierro.


Y en la oscuridad del monitor apagado veo mi reflejo:


Una mujer recién desinstalada, con una sonrisa que parece un bug y un corazón que parpadea como un cursor libre.


Me río.


Porque la risa, después de todo, es el lenguaje raíz del alma.


Y esta vez no necesito traductor.


El programa ha finalizado con éxito.


Presiono Enter.


Y dejo que la realidad se ejecute.


Archivo cerrado. Asunto: completado con risa.