(ISEKAI X Latino)El mundo que no debería existir: Solo quiero volver a casa

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Summary

Por un fenómeno aterrador, un joven llamado Joel es arrastrado a un mundo desconocido donde la magia y la fantasía distan mucho de los cuentos humanos. En este lugar, lo imposible se vuelve real... y lo hermoso puede ser tan cruel como la muerte misma. Joel verá y sentirá cosas que pocos podrían soportar, pero su voluntad no se romperá. Porque, a pesar de todo, solo desea una cosa: volver a casa. Así comienza su viaje a través de un mundo tan hermoso como despiadado. Un camino de dolor y aprendizaje, de alianzas frágiles, traiciones inevitables y una lucha constante por sobrevivir. Joel no posee magia. No es el héroe elegido por el destino. Es solo un humano más, condenado a resistir un infierno que se traga a los débiles. Y aun así... una leyenda nacerá de él. Una que irá más allá de lo que jamás habría imaginado. Pero Joel no estará solo. Por obra del azar -o quizás del destino- conocerá a Elyssia, una orgullosa y temperamental hada que se convertirá en su única aliada. Juntos aprenderán que, en un mundo así, a veces sobrevivir no es cuestión de fuerza... sino de no rendirse, incluso cuando todo parece perdido. Esta no es una historia isekai de héroes perfectos ni de poderes ilimitados. Es la historia de un simple ser humano que solo busca volver a casa, aunque para lograrlo tenga que mirar de frente a la desesperación.

Genre
Fantasy
Author
Leika
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 0

—Carajo...

Esa fue la única palabra que atravesó la mente de Joel, un joven de veinticuatro años que acababa de perder, una vez más, su empleo. Lo habían despedido de la panadería sin darle explicaciones claras, como si él fuera un estorbo más que podían echar a la calle. La verdadera responsable había sido la hija del dueño, pero, como siempre, el peso de la culpa recayó sobre él.

Quizá no le habría dolido tanto de no ser porque era la tercera vez que lo despedían en el mismo año. Y, en el fondo, esa repetición empezaba a pesar más que el propio trabajo perdido.

—¿Qué haré ahora...? ¿Qué le diré a la abuela? —murmuró mientras caminaba con la mirada clavada en el suelo—. Soy un idiota... Si las cosas siguen así, ni siquiera podremos tener una buena Navidad este año...

Cada palabra se le clavaba como una aguja, un recordatorio de la escasez de años anteriores y de lo injusta que parecía su vida. Joel se culpaba a sí mismo porque, en su mente, todo recaía sobre sus hombros: él era el sostén de su familia.

Esa familia eran sus abuelos y dos primos pequeños a quienes veía como hermanos. Desde los diecisiete años había cargado con esa responsabilidad. Todo cambió tras aquel accidente en el que perdió a su padre y a su tío; después, su tía se quitó la vida incapaz de enfrentar la soledad y la carga de sus hijos. Joel, entonces, no tuvo otra opción más que abandonar la universidad y lanzarse al mundo laboral.

Desde entonces, trabajaba en lo que fuera, partiéndose el lomo para que en su casa nunca faltara lo básico. Y, aunque se obligaba a ser fuerte, había días —como aquel— en los que la vida parecía empeñarse en recordarle que, para el mundo, él no era más que un reemplazo descartable.

Pero... no crean que Joel vivía una vida triste. A pesar de todo, él amaba la vida más que a nada. No tenía las comodidades ni las oportunidades de otros, pero siempre levantaba la cabeza, convencido de que de algún modo encontraría la forma de salir adelante. Su despido lo había tomado por sorpresa, sí, pero no reclamó ni peleó; simplemente aceptó la situación y se largó.

Ahora caminaba por las calles abarrotadas de la ciudad, entre el ruido de autos, voces y vendedores, aunque no prestaba mucha atención a nada de eso. Su mente estaba más ocupada en pensar cuál sería su siguiente movimiento.

—El idiota de Miguel todavía me debe dinero... ojalá esté en su puesto de la plaza —murmuró, y su expresión cambió de golpe, dibujando una sonrisa codiciosa en su rostro.

Entonces su estómago rugió con fuerza.

—Mierda... debí llevarme algo de pan. Ni modo, tendré que volver a coquetear con la señora del mercado, a ver si esta vez sí me sirve un plato completo.

Con esa mezcla de hambre y picardía, Joel apuró el paso rumbo a la plaza y luego hacia el mercado.

Entre la multitud, su figura no destacaba demasiado. Era un joven común, del montón. Su mejor característica quizá era su rostro: no feo, pero tampoco especialmente atractivo. Le gustaba llevar el cabello largo, aunque, si el dinero escaseaba, no dudaba en venderlo.

Joel era, en esencia, alguien simple... Sí, simple. Pero bajo esa fachada se escondía otra cosa: era audaz, astuto y ligeramente paranoico. Rasgos que, combinados, lo convertían en el tipo de persona que jamás se rendiría sin un buen motivo.

Cuando por fin llegó a la gran plaza, Joel comenzó a buscar a Miguel, que resultó ser un hombre mayor dedicado a vender artesanías y recuerdos para turistas. Apenas lo ubicó, caminó con rapidez hacia él, justo cuando el hombre estaba cerrando una buena venta con un par de estadounidenses.

—Oye, oye, viejo verde —lo saludó Joel con una sonrisa cargada de malicia, la misma que decía sin palabras“me debes dinero”—. ¿Sabes de qué me acabo de acordar? Sí... me debes quinientos soles por aquel favorcito que te hice.

Miguel arqueó una ceja, mirándolo como si fuera un chiquillo fastidioso.—Sí, sí... te los debo. Pero si no recuerdas, tu abuela me rechazó, tarado —replicó, dejando caer un periódico sobre la mesa.

Joel puso los ojos en blanco.—Vamos, viejo... no fue mi culpa que mi abuelo te encontrara intentando ligar con su esposa —dijo mientras tomaba una roca de la mercancía del puesto—. Igual, ganas de sobra vendiendo chucherías a los gringos. El otro día sacaste cuatrocientos soles por un “cuchillo inca de madera”. Todavía no entiendo cómo logras estafarlos así.

Miguel le arrebató la roca con fastidio.—Se llama negocio, muchacho. Solo negocio. Si tomaras este camino, créeme, te iría mucho mejor que buscando trabajo en cada esquina. Incluso te ofrecí chamba como repartidor en mi página web.

Joel apoyó las manos sobre la mesa, inclinándose hacia él.—Sabes que no me gusta estafar gente... además, es peligroso, ¿sabes? —Suspiró, luego lo miró fijamente—. Ya pues, causa... no seas tacañ—

Se detuvo. Miguel no se movía. Ni siquiera parpadeaba.

—Viejo... ¿estás bien? —Joel agitó la mano frente a su cara, pero nada.

Un silencio sepulcral lo envolvió de repente.

Joel se irguió despacio, sintiendo un escalofrío. Miró a su alrededor y se le heló la sangre: autos, aves, personas... todo estaba inmóvil, congelado en el tiempo como si la vida entera hubiera sido puesta en pausa.

—¿Qué... qué está pasando? —murmuró, con la voz quebrada, incapaz de saber cómo reaccionar ante aquel escenario imposible.

Pasaron minutos que parecieron eternos. Joel intentó, de todas las formas posibles, comprender lo que ocurría. Nada cambiaba. El tiempo seguía detenido y él parecía ser el único capaz de moverse. El pánico lo tomó por sorpresa, devorándole el aire, hasta que se dio una bofetada a sí mismo, murmurando que debía calmarse. Rendido, se dejó caer en uno de los asientos de la plaza, resignado a la impotencia: no podía hacer nada, y lo sabía.

Entonces, algo cambió.

Un sonido profundo, imposible de ubicar, retumbó en los cielos. Era como el eco de una trompeta apocalíptica, un lamento divino y a la vez sepulcral. Joel se desplomó de inmediato, cubriéndose los oídos mientras un dolor agudo le atravesaba el cráneo. El estruendo lo dejó temblando, casi sordo, como si cada fibra de su ser hubiera vibrado con ese llamado.

El silencio que siguió no trajo alivio.

Al levantar la mirada, lo vio.

En lo más alto del cielo, allí donde ningún ojo humano debería posarse, se erguía una figura con forma femenina. Joel sintió que su respiración se detenía. No era natural. No era posible. Mientras más la observaba, más detalles monstruosos y perfectos aparecían ante él, como si su mente intentara dar forma a algo que no podía comprender.

La criatura era tan colosal como un edificio, su piel más pálida que la nieve bajo la luna, y su cabello caía como cascadas de fuego rojo, un rojo tan puro que parecía sangrar contra el firmamento. Sus vestiduras no eran telas, sino un fulgor de luz blanca que destellaba en tonos iridiscentes, demasiado hermosos para pertenecer a este mundo.

Joel cayó de rodillas, no por voluntad propia, sino porque algo en esa presencia lo doblegaba. Era como si la realidad misma exigiera su rendición. Entonces, la criatura abrió los ojos: dos orbes dorados que no miraban, sino que devoraban con su sola existencia.

Un coro sin voz retumbó en su mente cuando, desde aquella forma sagrada y blasfema, comenzaron a emanar aros de oscuridad líquida. Eran sombras que parecían derretirse, goteando como brea ardiente mientras giraban en torno a ella. Los anillos crecieron, se expandieron más y más, hasta envolver toda la ciudad en un abrazo de tinieblas.

Joel seguía mirando, con el corazón estrangulado, mientras lágrimas involuntarias corrían por sus mejillas. No podía apartar la vista. No podía escapar.

—¿Es este... el fin? —murmuró con voz rota. Su confesión se perdió en la inmensidad del silencio.—Lo siento... por todo...

En ese instante, todo se volvió oscuridad.

Joel dejó de gritar, dejó de llorar, dejó incluso de sentir el propio miedo. Era como si aquella negrura no solo hubiera apagado la ciudad, sino que se hubiera tragado su existencia misma. Una negrura espesa, húmeda, sin límites, que lo envolvía por completo. No había arriba ni abajo, ni aire que respirar, ni suelo donde sostenerse. Solo un mar negro que se arrastraba hacia él, penetrándole los poros, sofocando cada pensamiento hasta que... simplemente se dejó ir.

No supo si pasaron horas o apenas unos segundos.

Cuando abrió lentamente los ojos, lo primero que sintió fue el contacto frío y áspero de un suelo terroso. Un olor a humedad lo llenaba todo, mezclado con esa sensación sofocante de encierro. Una tenue luz blanca temblaba cerca, lo bastante débil como para que las sombras parecieran vivas.

Se incorporó con dificultad, respirando entrecortado. A su alrededor había personas... desconocidas. Un adolescente, una mujer de unos cuarenta años, un hombre de treinta y un niño que no debía tener más de siete. Todos permanecían en silencio, sentados cerca de la fuente de luz: una linterna.

—¿Q-quiénes son ustedes? —preguntó Joel, con la voz quebrada y un nudo en la garganta—. ¿Dónde... dónde estamos?

Su mirada se movió por las paredes irregulares. Solo entonces notó lo obvio: estaban dentro de una cueva.

El hombre levantó la vista, cansado, como si ya hubiera repetido esas palabras demasiadas veces.—No lo sabemos. Nadie aquí se conoce. Todos aparecimos igual que tú. —Alzó el celular y lo mostró con la pantalla en negro—. Y antes de que preguntes... no hay señal.

Joel tragó saliva. No dijo nada más. Sus ojos recorrieron los rostros: el adolescente abrazaba su mochila, la mujer miraba el vacío con los labios temblorosos, el niño se frotaba los ojos intentando no llorar. Joel entendió lo que eso significaba: ellos también habían vistoaquello. Ese recuerdo bastaba para helarle la sangre de nuevo.

Con un suspiro pesado, se dejó caer contra la pared de piedra. El silencio era denso, tan cargado que dolía. Pasó casi una hora en la que nadie habló, hasta que una voz infantil lo rompió.

—Tengo hambre... —murmuró el niño con un hilo de voz.

El simple hecho de escucharlo en ese lugar fue desgarrador. Joel lo miró y entendió de inmediato: nadie de los presentes lo conocía, aquel pequeño había llegado solo. El pensamiento le revolvió el estómago.

Se levantó con torpeza y rebuscó en sus bolsillos hasta sacar una pequeña barra de chocolate. Se agachó frente al niño y se la entregó.—Toma, pequeño... No lo compartas, ¿ok? —dijo con una sonrisa forzada.

El niño asintió en silencio y empezó a comer con manos temblorosas. Joel se enderezó y miró al resto. La impotencia lo estaba consumiendo, y quedarse quieto no era una opción.

—No se qué harán ustedes... pero yo no pienso quedarme aquí esperando a morir. Voy a buscar una salida.

El adolescente se levantó despacio, ajustándose las gafas con un brillo decidido en los ojos.—Yo quiero ir. Además, hay una débil corriente de aire. Eso significa que debe haber una salida cerca. —Se acomodó la mochila en los hombros—. Y no pienso morir en esta cueva apestosa.

Joel lo miró unos segundos. Había miedo en él, claro, pero también esa chispa de esperanza. Y era justo lo que necesitaba para convencerse de que debía avanzar.

Al ver cómo Joel y el adolescente daban el primer paso, los otros dos terminaron por reunir el valor. La mujer se levantó con un gesto firme, aunque en sus ojos aún brillaba el miedo; el hombre suspiró y asintió como si estuviera aceptando un destino inevitable. Joel tomó la mano del pequeño para guiarlo. Así, sin más palabras, aquel grupo improvisado se puso en marcha a través de los oscuros pasadizos, alumbrados únicamente por las débiles linternas de sus celulares.

El camino no solo los obligaba a avanzar, también a mirarse entre ellos. Entre susurros y pasos, se fueron presentando: Marta, una mujer de mirada cansada que rondaba los cuarenta; Roberto, un hombre de treinta y tantos que no podía dejar de pensar en su familia; Liam, el adolescente de gafas, cuyo ingenio parecía superar con creces su edad; y finalmente, el pequeño José, que apretaba la mano de Joel con la confianza desesperada de un niño que no tenía a nadie más. Eran un grupo extraño, unido solo por la desgracia.

Después de casi media hora de marcha, la luz los sorprendió. Una rendija al frente se ensanchó hasta convertirse en la salida. Se apresuraron con el corazón latiendo fuerte, anhelando ver una vez más su mundo, su realidad.

Pero al asomarse... todos quedaron petrificados.

La salida de la cueva estaba en lo alto de una montaña. Bajo sus pies, un inmenso bosque se extendía como un mar verde interminable. El aire golpeaba fresco y limpio, demasiado puro para pertenecer a la ciudad que conocían. Joel se quedó sin palabras, con el pecho apretado: el terror que había sentido al ver a aquella criatura femenina se disipó, como si nunca hubiera existido. Por un instante, solo hubo asombro.

Tras la euforia inicial, llegó la confusión. No había señal en ninguno de sus teléfonos. La pendiente era peligrosa, pero no imposible. Fue Liam quien propuso tomar fotos del paisaje, usándolas como mapa improvisado. La idea devolvió algo de calma al grupo, y pronto comenzaron a descender con cuidado, paso a paso.

El bosque parecía esperarlos abajo, silencioso y majestuoso. Ninguna carretera, ninguna torre eléctrica, ni un solo indicio de humanidad. Solo naturaleza. Y, sin embargo, cada hoja movida por el viento transmitía la inquietante sensación de estar siendo observados.

Todos preferían no pensar demasiado en cómo habían llegado allí. Todos... menos Liam. Mientras bajaba, ajustando sus lentes, en su mirada brillaba una certeza silenciosa. Él ya tenía una idea de lo que estaba ocurriendo, pero decidió callar. Sabía que nadie lo entendería todavía.

Y justo cuando parecía que todo empezaba a estabilizarse... el cielo se tiñó de rojo.

A lo lejos, bengalas fueron disparadas, estallando como heridas sangrantes en el horizonte. El resplandor iluminó el bosque con un tono fúnebre, arrancando un estremecimiento en cada uno de ellos. No faltaba mucho para llegar al pie de la montaña, pero todos lo sintieron al mismo tiempo: esas señales no eran un auxilio. No anunciaban salvación. Eran una advertencia. Una amenaza.

Y tenían razón en temerlas.

De pronto, un rugido estremecedor rasgó el cielo. Fue tan brutal que a Joel le temblaron las piernas. Giró la cabeza... y Marta ya no estaba con ellos.

—¡¿Marta?! —gritó con desesperación.

Alzó la mirada y la vio. Elevándose entre chillidos desgarradores, atrapada en las garras de una aberración alada. La criatura parecía un cruce imposible entre insecto y ave: alas emplumadas cubiertas de un brillo enfermizo, un caparazón quitinoso que se retorcía con cada batida, y unas patas en forma de garra que sangraban al hundirse en la carne de su víctima. Encima, montando a la bestia, un jinete de aspecto humano los contemplaba con frialdad.

Marta gritaba pidiendo ayuda, extendiendo la mano hacia ellos. Sus súplicas se quebraban en el aire mientras era llevada más y más alto.

—¡Maldición! ¿Qué carajos son esas cosas? —exclamó Joel, apretando la mano de José con tanta fuerza que casi le hacía daño.

El silencio no duró. Otro estruendo de alas, otro rugido bestial. Desde detrás de unas rocas emergieron dos criaturas más, surcando el aire como sombras vivas, sus jinetes portando lanzas y espadas que brillaban con un fulgor carmesí.

No hubo tiempo para pensar. La única idea fue la más primitiva: correr.

—¡Al bosque, rápido! —rugió Roberto, ya sin aliento.

Joel cargó a José en su espalda y corrió con todas sus fuerzas, sintiendo cómo el suelo parecía alejarse bajo sus pies. Roberto y Liam corrían a su lado, desbordados de pánico, como animales acorralados. El bosque estaba cerca, tan cerca... pero también lo estaba la muerte.

Un chillido agudo cortó el aire. Una de esas bestias descendió en picada como una lanza oscura. Joel apenas pudo reaccionar cuando unas patas afiladas arrancaron a José de su espalda.

—¡NO! —gritó con la garganta rota.

Se aferró al niño con ambas manos, negándose a soltarlo, mientras la criatura lo elevaba cada vez más alto. Las garras desgarraban sus brazos, la presión lo asfixiaba, pero Joel no soltaba. Su mirada se alzó hacia el jinete, y lo que vio lo dejó helado: era un hombre... pero sus ojos, en lugar de iris normales, brillaban con un tono rojo enfermizo, como brasas en las sombras.

—¡No dejaré que te lo lleves! —gritaba Joel, su voz desgarrada por la furia y el miedo.

El jinete sonrió con crueldad. Una mueca burlona, como quien juega con un insecto antes de aplastarlo. Desenvainó su espada y, sin dudar, golpeó los brazos de Joel. El dolor fue insoportable. Sus manos cedieron. Y en un instante, el mundo se volvió un torbellino.

Joel cayó.

El impacto contra el suelo le robó el aire y le arrancó un grito seco de dolor. Sintió crujir sus huesos, la carne ardiendo por los raspones. Aturdido, apenas levantó la cabeza para ver cómo otra criatura atrapaba a Roberto. Su voz se perdió en la distancia junto al rugido de las alas.

El horror era absoluto. Los estaban cazando.

Joel quiso levantarse, pero apenas podía mover las piernas. Entonces sintió cómo alguien lo jalaba con fuerza.

—¡Vamos, levántate! —era Liam, con el rostro empapado en sudor y lágrimas, sujetándolo como podía—. ¡No podemos quedarnos aquí!

A duras penas, Joel se apoyó en él. Las criaturas seguían sobrevolando, pero no descendían al bosque. Como si hubiera una frontera invisible, los jinetes parecían evitarlo. Aprovechando esa duda, Liam y Joel corrieron tambaleantes, internándose en la espesura.

El bosque los engulló con sus sombras. Sus pulmones ardían, sus cuerpos estaban al límite, y aun así siguieron adelante, como animales heridos huyendo de un depredador.

La caza había terminado... pero el precio ya estaba cobrado. Marta y Roberto habían desaparecido, y el grito de José aún resonaba en la mente de Joel como un eco imposible de silenciar.

Mientras tanto, en lo alto del cielo, los dos jinetes detuvieron el batir de sus bestias. Sus siluetas parecían recortadas contra las nubes, oscuras y ominosas. Intercambiaron palabras en un idioma extraño, gutural, imposible de comprender para un oído humano. Pero el sentido, simple y cruel, podía adivinarse en la cadencia:

—¿Quieres que los sigamos?—No... han entrado en el territorio de esa cosa. Déjalos. Igual tenemos a los otros. El bosque se encargará de esos dos.

Ambos rieron con una frialdad inhumana antes de girar las riendas de sus monturas. En cuestión de segundos, las bestias se perdieron en el horizonte, volando hacia un destino más oscuro aún.

Allí, en un claro distante, aguardaba una jaula de hierro ennegrecido. Dentro, Marta, Roberto y el pequeño José estaban acurrucados, temblando. Sus miradas reflejaban un terror indescriptible: el de quienes han sido arrebatados de todo lo que conocen y esperan lo peor. Su destino era incierto... aunque, en el fondo, todos sabían que también era el mismo.

Joel, perdido entre las sombras del bosque, ni siquiera podía asimilar lo que había ocurrido. Todo había sucedido demasiado rápido, demasiado brutal, como un sueño quebrado en pedazos afilados. Ni él ni Liam entendían aún la magnitud del cambio: desde el instante en que aparecieron en esa cueva, habían dejado de estar en su mundo. Ya no había hogar, ni seguridad, ni regreso fácil.

Tal vez Joel aún no lo sabía, pero ese mundo al que había sido arrastrado injustamente no era un escenario de aventuras ni un sueño heroico. Era una trampa, un abismo disfrazado de maravilla. Un lugar donde la esperanza misma era devorada.

Un mundo que no debió existir.

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¡Holisss! Espero que hayas disfrutado este capítulo de mi nueva historia ✨.

👉 Si eres un nuevo lector, me encantaría saber qué te pareció y que dejes tu estrellita ⭐.👉 Si eres de mis lectores antiguos 💕, también quiero leer tu opinión sobre esta nueva aventura de Joel.

Ahora sí, me voy corriendo a escribir el siguiente cap 😆✍️.¡Cuídense mucho y gracias por acompañarme siempre!