El cocinero.
Héctor era un caballero sin caballo, sin castillo y sin vasallos. Tampoco tenía armadura ni escudo de armas y su espada era una vieja reliquia que había ganado en una apuesta. La única prueba de su título era el anillo de oro que usaba en la mano izquierda sobre el cual había un tallado de unos conejos saltando uno detrás de otro.
El dueño anterior había sido un viejo caballero famoso y se lo había dado con la condición de que se convirtiera en su heredero. La decisión no fue del agrado de los parientes de dicho caballero y Héctor se vio forzado a llevar una vida huyendo. Sin un lugar al que llamar hogar y sin un destino fijo recorrió los caminos del reino durante dos años. Hasta que en uno de esos caminos se cruzó con un hombre que estaba siendo víctima de un asalto.
—¡Tienes mi eterna gratitud, valiente guerrero!
El hombre dijo después de que Héctor hizo huir a los bandidos.
—¿Me harías el honor de decirme tu nombre?
El hombre le preguntó una vez que había terminado de recoger todas sus pertenencias que los asaltantes habían diseminado por todo el suelo durante el intento de robo.
—Héctor.
—Y bien, Héctor. ¿Hay algo que pueda hacer para devolverte este favor que acabas de hacerme?
Héctor hizo un gesto negativo con la cabeza y se despidió del hombre para seguir con su camino. Pero después de un par de pasos sintió dolor en el estómago y sus entrañas soltaron un gruñido feroz. Tenía hambre. Hacía un par de días que había tenido su última comida en forma.
—¡Déjame aliviar esa hambre!
El hombre exclamó y con una velocidad que a Héctor le pareció fuera de lo normal lo tomó del brazo.
—No es necesario, no me gustaría molestar…
—No es ninguna molestia. ¡Será mi manera de agradecerte!
El hombre hizo a un lado las objeciones de su salvador y lo llevó por un sendero estrecho hacia una pequeña y modesta casa en medio de un claro en el bosque apartado del camino por unos quinientos metros. Se trataba de un cuarto con un par de ventanas y con una chimenea a un lado y una cama y una mesa acompañada por un par de sillas al otro.
—Esta es mi humilde morada. Perdona el desorden, últimamente no suelo tener visitas.
En el piso había varios montones de libros y una multitud de hojas desperdigadas, frascos y objetos de todas formas extrañas ocupaban la mesa de manera caótica.
—Primero debo ordenar un poco.
El hombre dijo y momentos después un báculo apareció en su mano derecha. Hizo un movimiento circular en el aire y los libros y hojas se acomodaron en varias columnas contra la pared y los frascos y objetos en un mueble con varios cajones.
—Un hechicero.
Héctor dijo con algo de sorpresa.
—¿Por qué dejó que esos bandidos le robaran?
Le preguntó al hombre.
—No me gusta la violencia, siempre la evito cuando me es posible. Además de que no llevaba nada de valor para ellos.
Le respondió y después le indicó que se sentara en una de las sillas. Él por su parte se dirigió a la chimenea. Sobre el fuego había una cacerola. Le retiró la tapa y de su interior se levantó un hilo de vapor y el aroma de la carne de res mezclado con varías especias inundó la pequeña choza.
—¡Ya casi está!
El hechicero exclamó con alegría y volvió a tapar la cacerola antes de sentarse en la otra silla frente a Héctor.
—No me he presentado, soy Zacarías.
Dijo y después fijó su mirada en el anillo que Héctor llevaba en la mano izquierda.
—Ese es un anillo bastante peculiar.
Sus palabras provocaron que se pusiera tenso.
—¡Tranquilo! No te estoy acusando de nada. Pero me gustaría saber cómo terminó en tus manos. Porque no me parece que seas un caballero como los demás, al menos no como los que he tenido el disgusto de conocer.
En ese momento se dió cuenta de que su anfitrión no era un simple hechicero común y corriente, de esos que se dedican a ganarse la vida haciendo males de ojos y pociones para el cabello en pueblos de poco importancia. Soltó el mango de su espada, que había sujetado con fuerza segundos atrás, y le contó sobre el viejo caballero y el motivo de su andar sin destino. Durante ese tiempo no dejó de observarlo en ningún momento, siempre en guardia y anticipando cualquier movimiento sospechoso.
—Ya veo. Ese hombre debió de haber sido un excelente caballero, del tipo del que ya casi no quedan.
—No lo sé. No sé por qué me dio su anillo.
Entonces el hechicero lo miró a los ojos y ambos guardaron silencio por unos segundos que parecieron durar una pequeña eternidad. Al final el hechicero asintió con una expresión de satisfacción en el rostro.
—¿Qué piensas hacer?
Le preguntó.
—Seguir viajando, no puedo quedarme en ningún lugar de manera permanente.
Los familiares del viejo caballero estaban detrás de él. Querían recuperar el anillo que le acusaban de haber robado. Sin él no podían reclamar las tierras atadas al título nobiliario.
—Y si en esos viajes puedo cumplir con el deber del portador de este anillo aunque sea un poco, creo que estaría bien.
—¿Qué te parece si te acompaño? Seré… el cocinero de tu séquito. Todo caballero necesita un séquito.
El hechicero le propuso. Él se tomó unos segundos para pensar su respuesta.
—¿Por qué?
Terminó por preguntarle, inseguro de sus intenciones.
—¿Por qué? Porque me das buena espina. Solamente eso. ¡Ah! Me parece que ya está listo.
Se levantó y se dirigió hacia la chimenea y abrió la cacerola. Con un cucharón de madera revolvió el interior. Momentos después colocaba un par de tazones sobre la mesa.
—Adelante, espero que te guste. No está muy caliente, solo lo suficiente.
Héctor probó el caldo y se sorprendió, tenía un sabor exquisito y antes de que pudiera darse cuenta ya había dado el segundo bocado y el tercero.
—¿Quieres más?
El hechicero le preguntó después de que acabó con el contenido de su tazón.
—Por favor.
—¡Enseguida!
Al final Héctor terminó comiendo tres tazones de caldo. No recordaba cuándo había sido la última vez que comió algo tan rico.
—¿Y bien? ¿Aceptas mi propuesta?
El hechicero le preguntó.
—No estoy interesado en tener sirvientes.
—En ese caso, ¿qué tal compañeros de aventura? No sería útil en el campo de batalla, hace años que decidí no usar ese tipo de magia, pero una buena comida siempre hace falta.
Héctor reflexionó por unos momentos al cabo de los cuales aceptó la propuesta.
—¡Espléndido!