Capítulo 1
La pantalla parpadeó una última vez antes de apagarse. Clara Evans se quedó mirando su sombra oscura en el monitor, sintiendo que lo que había sido su mundo por años, desaparecía con un simple clic. Su escritorio estaba vacío, su vida también así sin más, un recorte, una crisis, una excusa envuelta en correos fríos. Después de ocho años como ingeniera de software en una de las empresas más reconocidas de tecnología, todo había terminado con una frase corta y sin alma:
—“Gracias por tus servicios”.
Esa noche, Clara llamó a sus dos mejores amigas. No para que la consolaran, sino porque necesitaba hablar, respirar, desahogarse.
Sofía, siempre tan precisa, trabajaba en un laboratorio farmacéutico, y traía consigo el olor a café fuerte.
Lucía, con su espíritu libre y su negocio de velas artesanales, llevaba el encanto de los colores, las piedras y los abrazos largos.
Las tres se sentaron en el sofá, con una copa de vino en la mano y música suave de fondo.
—No me siento bien, chicas —confesó Clara al cabo de unos sorbos—. No es solo perder el trabajo. Es como si… como si algo se hubiese roto en mí. Como si estuviera flotando sin dirección.
Sofía le tomó la mano.
—Tal vez es el momento de hacer algo distinto. Dejar que el universo te hable.
—O que por fin te escuche.
Clara sonrió agradecida, pero no convencida. Hasta que después de un rato su celular vibró sobre la mesa.
Número desconocido.
— ¿Aló?
— ¿Señorita Evans?
Mi nombre es Amanda Wells. Soy agente de bienes raíces. La llamo porque... hay algo que necesita saber.
Clara se incorporó un poco confundida, creía que se trataba de su apto, o de alguna broma.
— ¿De qué se trata?
—Una tía lejana suya, Margaret Evans, falleció hace dos años. En su testamento dejó una propiedad a su nombre.
— ¿Una qué?
—Una casa. Está ubicada en una zona remota, en el norte de Texas…
Clara recordando a su tía, sabía que había compartido muy poco con ella, que no eran tan cercanas. Aun así miraba a sus amigas un poco confundida a lo que estaba pasando.
— ¿Y por qué hasta ahora lo sé?
—La propiedad estaba en disputa legal. Pero ya todo se resolvió. Sin embargo, hay un plazo. Tiene una semana para tomar posesión formal o renunciar al derecho. Si no, pasará a manos del estado o será cedida a una fundación local.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
— ¿Una semana?
—Sí, señorita Evans. Quedo al pendiente de su llamada, o cualquier otra inquietud.
Clara colgó el teléfono con la mirada un poco perdida.
— ¿Qué pasó? Preguntó Sofía, curiosa.
Clara se pasó la mano por el cabello, todavía aturdida.
—Una agente inmobiliaria. Dice que una tía lejana, Margaret, me dejó una propiedad en el norte de Texas.
Lucía abrió los ojos, fascinada.
—Sí, pero… no entiendo. Apenas la recuerdo. Y ahora resulta que tengo una casa allá. Pero que tengo solo una semana para decidir si la quiero o no.
Sofía tomó un sorbo de vino, pensativa.
— ¿Y qué pasa si no la reclamas?
—Que pasa a manos del estado o de alguna fundación.
Lucía sonrió con esa expresión suya, como si presintiera cosas más allá de lo visible.
—Clara… tal vez esto no es solo una casa. Tal vez es una señal. El universo te ha escuchado. Tú decías que te sentías flotando, sin dirección… ¿y si esto fuera justamente eso? Una puerta que se abre.
Clara soltó una risa suave, medio incrédula.
— ¿Una puerta con casa abandonada incluida?
—Una nueva vida. Corrigió Lucía, sin dudar.
Sofía se encogió de hombros.
—Mira, si no te gusta, vuelves y ya. Pero si te soy sincera… esto suena a esas cosas que solo pasan una vez.
Clara miró su copa ya vacía, luego se imaginó la casa en la lejanía juntó con un cosquilleo en la piel, como si la decisión ya estuviera tomada… desde mucho antes.
Esa noche, Clara apenas durmió dio vueltas en la cama, mirando el techo como si este pudiera responderle.
Tres días después, con un poco de incertidumbre, Clara volvió a llamar a la agente inmobiliaria.
—Señora Wells… he decidido ir. ¿Qué debo de hacer?
—Perfecto, señorita Evans. ¿Podemos vernos mañana en el Café Briarwood? Le llevaré los documentos.
El lugar era pequeño, con mesas de madera envejecida, y olor a pan recién horneado. Clara llegó unos minutos antes, nerviosa, mirando por la ventana como si esperara que esto cambiara su vida por completo.
Amanda Wells apareció puntual. Una mujer elegante y con tacones de punta.
—Gracias por venir, Clara —le dijo, extendiéndole una carpeta de cuero.
Allí estaban los papeles: escrituras, testamento, registro de la propiedad. Todo parecía en orden. Clara los firmó, una hoja tras otra, como si sellara su entrada a algo más grande de lo que podía ver.
—Y esto… dijo Amanda, sacando un pequeño llavero metálico de su bolso
— Es suyo ahora.
La llave era antigua, con un diseño marcado, y tan pesada que parecía sacada de otro siglo. Clara la sostuvo en la palma de la mano. Y por un segundo, sintió un ligero hormigueo.
Esa noche, de vuelta en su apartamento, abrió su portátil y buscó: “Cañón de las Sombras, Texas.” era como se hacía llamar la ubicación de la casa.
Google Maps apenas arrojaba resultados. Un punto sin nombre, entre colinas áridas y zonas sin explorar. Pero ahí estaba. Alejado de todo. Cerca de una antigua reserva, donde tiempo atrás vivían los comanches.
Clara tragó saliva. Su pecho latía como si algo la llamara desde esa tierra olvidada. Cerró el portátil, se puso de pie… y comenzó a empacar.
Solo llevaría lo necesario. Algunas mudas de ropa, su cámara, una libreta, su computador. No pensaba quedarse mucho tiempo. Solo ir, ver qué había allí, cerrar el capítulo. Eso creía.
Al día siguiente en la entrada del edificio, Clara se estaba despidiendo de sus amigas.
—Prometo que no me desaparezco.
—Ajá, pero si ves fantasmas o te casas con un vaquero fantasma… ¡llama! Bromeó Lucía sonriendo.
—Tú sabes que si necesitas volver, aquí estamos. Le dijo Sofía, más seria pero con los ojos tristes.
—Gracias, de verdad son las mejores.
Subió a su auto, encendió el motor y mientras dejaba atrás la ciudad, las luces y los ruidos conocidos, supo que estaba cruzando una entrada. Una que no tenía retorno.