mi primer nocaut
Estábamos de vacaciones, justo antes de volver a clases en verano. Hacía muchísimo calor, o tal vez solo sudaba por el cansancio de la pelea. Me movía de un lado a otro y, de vez en cuando, lanzaba uno o dos puñetazos. Pero esta vez no sentía que pudiera hacerlo. El tipo era el doble de grande que yo, y además tenía el doble de tiempo practicando el deporte.
Habíamos llegado hasta este punto porque el entrenador juraba que yo estaba listo para el torneo. Eran los octavos de final, y la meta se veía distante. “Qué equivocado estaba el entrenador”, pensé, justo cuando me lancé hacia adelante, manteniendo la guardia, impulsado solo por la punta de mis pies. Mientras torcía la cintura, lancé un puñetazo con el brazo derecho, con todas mis fuerzas. En ese momento, el sujeto simplemente lo esquivó y, entrando por mi flanco izquierdo, conectó un golpe directo al rostro.
Todo se volvió borroso. El mundo pareció caer, y de pronto, todo iba en cámara lenta.
Estaba en la escuela, sentado en la parte de atrás, una fila antes del muro. En la última fila se encontraba ella: una chica preciosa, de cabello cenizo y ojos azules, casi blancos. Hablaba con ella como si fuera cualquier día... y lo hacía en ¿japonés? Aun así, ella no me entendía. Hablaba coreano. ¿Cómo lo sabía? No tengo idea. Su amiga nos ayudaba a traducir el mensaje.
Entonces, desesperado, le dije: -Por favor, anda conmigo.
Ella dudó por un momento. Me miró y, en silencio, pasó un cuaderno con algunas preguntas escritas en español. Al parecer, así nos comunicábamos en el sueño.
Solo pude leer una pregunta:
¿Has amado a alguien más?
Al leerla, sonó el despertador.
Estaba en mi cuarto, una pieza pequeña pero cómoda. Algunos pósters de peleas decoraban las paredes; en un buró estaban el despertador y mis artículos de uso diario. Un clóset contenía toda mi ropa... y aquella guitarra que no he vuelto a tocar.
Me levanté y me miré en el espejo. No había moretón del impacto de ayer, gracias al protector bucal.
-Tuve suerte de que no fuera en el ojo -murmuré, mientras tocaba suavemente la zona del golpe.
Después de bajar, bañarme y ponerme el uniforme -pantalón negro, camisa blanca y corbata roja-, me encontré con papá viendo uno de sus animes a todo volumen. Está retirado, así que se la pasa así día y noche.
-Ya me voy -dije, tomando las llaves del colgador y abriendo la puerta mientras salía.
Rumbo a la escuela no podía dejar de pensar en aquella chica y en ese sueño tan extraño, cuando una voz me habló desde atrás.
-¡Ey, despistado! Llevo como dos cuadras pidiéndote que me esperes -dijo alguien, alcanzándome de un salto y apoyando su brazo en mi hombro.
Era Miguel, amigo desde la infancia. Un poco más alto que yo y mucho más consciente de su día a día. Su cabello corto apenas dejaba ver sus rizos, y su brazo pesaba como el de otro peleador sobre mi hombro.
-Lo siento, estaba pensando en otra cosa -respondí, mientras retomábamos la caminata.
-Me enteré de que el gran Héctor te dio el golpe de tu vida. ¿Qué se siente ser noqueado? -preguntó con tono burlón, ajustándose la mochila.
-Horrible... Hablando de eso, tuve un sueño después de ese golpe. Se ha repetido constantemente... incluso hasta hoy -comenté, esperando encontrar algo de guía en mi amigo.
Así le conté el sueño con aquella chica, y también lo que había pasado el resto de las vacaciones tras aquel torneo.
-Mmm, ya veo... definitivamente una luz se apagó aquí adentro cuando te noquearon -rió, mientras me tocaba la cabeza.
-Hablaba en serio -respondí, alejándolo con ambas manos.
Llegamos al salón de segundo año. Al cruzar la puerta, entre empujones y risas, la vi.
Era ella. **La chica de mi sueño.** Estaba sentada justo en el mismo lugar que en el sueño, hablando con una compañera. Al verla, me quedé en blanco. **Ella existía.**
Antes de poder pensar más o decir algo, el maestro entró, indicándonos que nos sentáramos. Aquello me sacó del trance.
Me tocó sentarme a su lado. **Tenía que hablarle. Tenía que saber quién era.***“En el sueño ella hablaba coreano”*, pensé. Entonces, volteé hacia ella y levanté la mano en un saludo pequeño. Ella inclinó levemente el rostro y, con una sonrisa, me devolvió el gesto.
Con solo eso, mi corazón empezó a latir a mil por hora. Sentía que se me iba a salir del pecho.Ahí tomé una decisión. Le hablaría. Usaría la única frase en coreano que sabía, aprendida de tantas series con mi padre.
-**Annyeong haseyo** -dije, saludándola con la mano de nuevo, con la peor pronunciación y la mayor falta de confianza del mundo.
Al oírme, la chica abrió los ojos por completo. Volvió a sonreír. Me miró a los ojos.
**Habíamos conectado. Lo sabía.**
Entonces ella dijo...