El lado oscuro de la mafia

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Summary

La vida tiene diferentes matices, pero para muchos solo hay rojo y negro. Y muchos secretos que tratan de guardar. ¿Hay secretos buenos? Quien sabe... Pero lo que todos saben, es que los secretos son un árbol fertil que se marchita cuando cada hoja verde se vuelve casi marrón. Dónde antes habían verdades, ahora hay mentiras.

Genre
Mystery
Author
Vicky
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo I

Dante Alighieri

Rojo, miedo.

Frío, nieve. Blanco carmín. Solo un color tiñe el lugar, vacío con tanta soledad que solo mi presencia hace eco. Cada paso resuena, alterando a los pocos animales que hay. El bosque es oscuro por las copas de los árboles, pero solo un cristal me separa de tocarlos.

—¡Piedad! Por favor, señor —autoritario, un poco tosco para mi gusto—. Piedad.

Me río, bajo, seco. Sin ganas de seguir jugando, veo su reflejo por el cristal. Las manchas de sangre en su rostro se extienden más allá de su cuello; su ropa rasgada está llena de ese color carmín que tiñe gran parte de las paredes y el suelo.

—¿Sabes lo que significa piedad? —mi pregunta parece desconcertarlo.

Camino sin despegar mi vista del bosque. Una fisura, una ligera ruptura, casi acústica, como el eco que no se va de mi cabeza. Esa voz que me mantiene al filo, en el asiento, esperando.

—Sí...

Su voz tiembla, tal vez por el frío, el miedo o la incapacidad de hablar correctamente sin un pedazo de lengua. Dejo a un lado la fisura que se ha extendido, siendo visible por el color carmín que llena el lugar, persistiendo sobre el gris de las paredes. Paso mis dedos sobre ellas, regando un poco más con mis dedos, dejando en ella grabadas mis iniciales.

—Es lo que crees —inicio, alejándome un poco, evaluando el trazo—. Dime, ¿qué significa para ti?

No hay una respuesta inmediata, solo una respiración cargada de dificultad. Sigo caminando, limpiando mis dedos con la parte más limpia de la pared.

—Amor, compasión.

Sonrío. Toco la puerta de metal justo al pasar por su lado. Me alejo, acercándome al hombre en el suelo, arrodillado, alrededor de un gran charco de su propia sangre. El olor se hace más fuerte, más insoportable. Me agacho, estiro mi mano, agarro sus mejillas. Presiono mi pulgar y mi índice con fuerza, haciendo que abra su boca.

—Piedad... la piedad significa debilidad —pongo más fuerza en mis dedos, viéndolo abrir su boca—. Y la debilidad es el camino más rápido a la muerte.

El sonido de la puerta perturba, ahuyenta gran parte del silencio que se había posado, reclamando poder. Alejo mi mano, soltando con brutalidad su rostro. Sus gemidos lo delatan. Aunque no grite ni hable, está sufriendo. Más que físico, más que emocional. Más que un cordero a punto de ser asesinado por el lobo bajo una de las pieles de sus amigas. Está sufriendo por mi causa. Y eso... eso es suficiente para alimentar al monstruo que vive en mí.

—Señor... —el vilo en su voz me llama, me hace volver al lugar en que estaba, en el poder—. Voy a hablar. Ya, por favor, se lo ruego.

Pega su cara al suelo, impidiendo que vea más su rostro. Una punzada se instala en mi cabeza. Fuerte, atormentante, pero no me hace incapaz de reaccionar. Agarro el cuello de lo que queda de su camisa. Me levanto y lo jalo conmigo por la puerta que se mantiene abierta para mí. Un tanto insignificativo para muchos, pero para los pocos presos es lo suficientemente impactante para empezar a gritar.

—¡Voy a hablar, pero no me mate, señor! ¡Se lo imploro! —y ese grito le da cuerda a los demás.

Fuerte y en sintonía. Alta, con miedo, pero llena de gloria. Lo arrastro por el pasillo. Las luces tenues hacen ver su estado aún más deplorable. Congraciado, levanta la cabeza esperanzado, pero termina marchitándose tan rápido como llegó. Una celda, no tan especial como las demás, con agua goteando del techo, las paredes llenas de moho, el olor putrefacto de algo pudriéndose como si llevara días encerrado.

—¡Voy a hablar! —se remueve, buscando liberación, pero solo obtiene un agarre más fuerte—. Le juro que diré la verdad, no mentiré. Perdóneme la vida.

Silencio. Uno largo, antes de que mi risa llene el lugar. Lo lanzo al suelo, viéndolo moverse sin fuerzas, escasamente con voluntad propia. Cierro la puerta, haciendo retumbar un ruido vacío.

—Entonces —susurro, escuchando mi voz como un eco distante, una sinfonía sin terminar—. Empieza. No querrás seguir sufriendo. Te lo aseguro.

Y solo entonces, un suspiro resuena en su celda, como si fuera robado, suplicante. Solo se escuchan sus movimientos arrastrados, ásperos, sin una suavidad prudente para andar. Los hombres en las puertas se mueven, callando a los presos, entrando a sus celdas para apaciguar los gritos. El silencio inunda el bullicio luego de unos segundos. Los hombres vuelven a sus posiciones con las cabezas bajas.

Me quedo donde estoy, con la mente nublada. Y los ojos jugándome una mala pasada. Aunque la vista se me nubla, aún puedo distinguir ciertas figuras. No hay palabras, ni el más mínimo indicio de que de verdad vaya a hablar. La paciencia se va agotando y la descarga de adrenalina se va esfumando de mi sistema.

—Su padre —con tan solo dos palabras hace que todo a mi alrededor se desvanezca.

Mi mente divaga entre los recuerdos, algunos nublados por el tiempo, otros perdidos entre los años que mi mente se ha resguardado de recordar. Un escenario se abre paso, dejándome bajo la luz de los reflectores que me apuntan directamente.

Miro a mi alrededor, viendo entre los niños, la puerta de la celda. Bajo mi vista a mis manos, viendo que mis dedos se han recortado. Levanto mi rostro al frente, viendo los asientos reservados para mis padres vacíos. Mi respiración se acelera. Y en eso, sus palabras me devuelven al lugar. Con las paredes mohosas goteando agua, los suelos llenos de algunos animales muertos y la suciedad reluciendo.

—Su padre... él me obligó, me amenazó...

—¿Te obligó? —mis labios se mueven más rápido que mi mente, dejando escapar una burla sonora—. Escucha.

Me acerco a la puerta de nuevo, agarrándome de los barrotes oxidados, que dejan un hueco tan pequeño que solo se alcanza a ver su rostro insignificante, bañado en sangre.

—En mi mundo no hay obligaciones como en el tuyo. Traicionaste tus valores y tus creencias. Tú decidiste traicionarte a ti mismo. No hay nadie en estas celdas que haya sido obligado.

Me río, con una carcajada burbujeando en mi pecho. Con la nariz picando por el despreciable olor. No debería estar hablando con alguien tan insignificante, pero la sola mención de mi padre ha abierto algo que yacía cerrado hace tiempo.

—Nadie te obliga a hacer algo. Solo que tú pagas con intereses lo que hiciste a lo largo de tu vida. Y si alguien te obliga, ya no eres dueño de tu vida. Has hecho que alguien más lo sea. Le vendiste tu alma al diablo.

Me separo, escuchando sus gritos. Doy los primeros pasos, escuchando cómo resuenan en el silencio no tan vacío. Giro en una de las esquinas. Las luces del pasillo parpadean, dejándome unos cuantos segundos en la oscuridad. Pero ni así mis pasos se detienen. Solo me hace avanzar más rápido a la salida.

Empujo las puertas de roble que me abren paso al final de la travesía. Las astillas se sienten ásperas bajo mis palmas. Y ahora ya no hay un vidrio que me separe del bosque, del frío y de la nieve.

Los copos caen con una fuerza débil. Se pegan a mi rostro y cuerpo como si me dieran un abrazo frío. Como si quisieran que olvidara lo que sucedió. Bajo mi rostro, viendo los tres escalones que me separan del camino que se ha cubierto de nieve.

Me agarro con fuerza del barandal, con resignación y una extraña mezcla de sentimientos en mi pecho. Mi corazón no ha parado de latir con fuerza luego del nombramiento de aquel ser despreciable. Y de aquel único recuerdo no tan vacío de su presencia fugaz.

Los dedos de mis manos no están fríos por el clima. La circulación sanguínea se ha detenido de ir a las partes más importantes de mi cuerpo, que me mantienen de pie. Y a mi cabeza, que parece haberse quedado sin combustible. Los engranajes se han detenido y los pensamientos quedaron paralizados.

Deslizo mis manos por el frío metal, dejando a mi paso la sangre que aún quedaba en ellas. Al igual que en el metal, en la nieve dejo marcados mis pasos. Pasos que en mi vida volveré a repetir.

Me deshago del apoyo que transmitía la barandilla. Camino por la nieve con el eco de los árboles moviéndose rápido con la fuerza del viento helado de la temporada. Algunos hombres caminan bajo el ocaso del cielo y la nieve que cae, haciendo que la niebla de frío envuelva la mayor parte del lugar.

Un silbido doloroso espanta la tranquilidad que ofrecía el frío de la reserva. Busco entre los bolsillos internos del traje hasta que consigo al causante de la interrupción.

Contesto sin pensar mucho. Tras la línea hay silencio. Y una respiración que se eleva con cada uno de mis pasos hacia las rejas negras que esperan mi salida.

—Qué lindo te queda el blanco carmín. Ese tono sangre es digno de un rey caído.

Mantengo el silencio. Su risa es devastadora. No puedo describir el momento exacto en que mi corazón se detuvo al escuchar una risa antes. Pero ahora es diferente. Se ha detenido por el enemigo y no por el amigo. Se ha paralizado por la risa sin rostro que me ha perseguido durante más de un año.

Sostengo con fuerza el aparato entre mis dedos, empujando la reja que chirría tras el brusco movimiento.

—Un rey caído... eso es nuevo —la brusquedad en mis palabras sale natural, como si su declaración anterior fuera el sello de una guerra silenciosa—. ¿Y tú qué? ¿Eres el caballo de Troya? Hasta que no llegues a mi puerta, no te creeré.

—Qué lindo es escuchar que esperas mi llegada —afirma con un gemido bajo—. Eres la tentación, Dante. Te haré pecar comiendo la manzana que te daré. Di notte mi vedrai e nei tuoi sogni mi sentirai. Esaudirai i miei più grandi piaceri quando la campana suonerà le undici.

La llamada termina con el canto. Las líneas cortadas dejan un mensaje claro: en la noche, el caballo de Troya estará en la puerta. Querrá que cumpla sus deseos.

Dejo caer mi mano, apartando el aparato de mi oído. Escucho los gritos llamando a mi nombre. No volteo ni busco a la persona. Pues sé que, de ahora en adelante, si alguien busca un acercamiento, algo tendré que ofrecer.