La Última Cola Del Cielo

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Summary

Hace mil años, un zorro celestial fue condenado por un pecado prohibido: amar a una humana. Encerrado entre mundos, cada una de sus nueve colas desaparece al pronunciar su nombre verdadero… hasta que quede solo una, el última, que lo llevará a decidir entre el cielo y la tierra. En el presente, Lianhua Mei, una arqueóloga china-británica, descubre un templo olvidado. Entre sus escombros, un estatua de un zorro dorado herido despierta el último sello de una maldición ancestral. Cuando el zorro se transforma en un hombre de belleza imposible, ni los recuerdos ni los poderes olvidados pueden protegerlos de un amor destinado a desafiar la inmortalidad. Entre templos ocultos, fuegos fatuos y visiones de un pasado antiguo, deberán enfrentarse al precio de la redención y al destino que amenaza con separarlos para siempre. Todos Los Derechos Reservados

Status
Complete
Chapters
73
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n/a
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18+

Capítulo 1

El Descubrimiento Del Templo Maldito

El sol se hundía lentamente tras las dunas del desierto de Lop Nur, tiñendo el horizonte con un resplandor de cobre fundido. El viento arrastraba la arena con un silbido seco y los últimos rayos del día hacían brillar los restos de antiguas columnas que emergían del polvo como huesos de un titán olvidado.

Lianhua Mei observaba aquel paisaje con una mezcla de reverencia y fatiga. El desierto tenía una belleza cruel; nada sobrevivía allí sin pagar un precio. Ella, mitad británica, mitad china, lo sabía bien. Su madre había nacido en Shanghai; su padre, arqueólogo inglés, había desaparecido en una expedición en el Tíbet. Desde entonces, Mei había decidido continuar su legado, buscando las huellas de los mitos que él tanto amaba.

Aquel proyecto en el noroeste chino era el más ambicioso de su carrera: una excavación cerca de las ruinas de Loulan, donde las leyendas hablaban de un “Templo del Zorro Celestial”, un santuario que los antiguos sellaron para contener a un espíritu que había desafiado al Cielo. Nadie lo había encontrado jamás. Hasta hoy.

El aire se volvió más denso al acercarse a la entrada recién descubierta. La arena había sido removida con cuidado, revelando un arco tallado con símbolos serpentinos, figuras de zorros y llamas danzantes que parecían moverse cuando el sol cambiaba de ángulo. Una inscripción recorría la piedra en caracteres antiguos:

“Cuando el fuego duerma en la arena y el nombre sea pronunciado, el alma volverá con la última cola del cielo.”

Mei rozó los trazos con los dedos, sintiendo un leve hormigueo en la piel. “Electricidad estática”, se dijo, aunque su pulso se aceleró. Había leído sobre las antiguas leyendas de los Huli Jing, zorros celestiales capaces de asumir forma humana. Espíritus que seducían, engañaban… o amaban demasiado.

La mujer ajustó el pañuelo en su cabeza y descendió por la pendiente con paso firme, esquivando las cuerdas que delimitaban la excavación. Su silueta era una mezcla de fuerza y calma, y su sombra se proyectaba larga sobre la arena dorada.

Había crecido entre dos mundos: hija de madre china y padre británico, siempre escuchó que su destino era elegir uno. Pero ella nunca lo hizo. Su madre le enseñó a venerar los espíritus antiguos y la paciencia de los dioses invisibles; su padre, arqueólogo también, le inculcó el valor de las pruebas, la razón y la precisión de la historia.

Quizá por eso estaba allí, en el borde del mundo y del tiempo, buscando lo que nadie más podía ver.

El viento cambió. Traía consigo un olor que no pertenecía al desierto: incienso y metal. Lianhua alzó la linterna que colgaba de su cinturón. Frente a ella, la arena se hundía en una grieta profunda que no había notado antes. Dentro, algo brillaba con un destello tenue, como si una estrella hubiera caído y se resistiera a morir.

Descendió con cuidado, usando las cuerdas de seguridad. El aire se tornó más frío, más pesado.

A medida que la linterna iluminaba la cavidad, fue revelando columnas cubiertas de raíces, muros con grabados de zorros danzantes y constelaciones que parecían moverse bajo la luz temblorosa.

Los símbolos eran antiguos, previos incluso a la dinastía Han. Algunos parecían sellos de protección, de coerción y maldición; otros eran círculos concéntricos marcados por nueve colas finas que convergían en el centro.

Lianhua contuvo la respiración. Era un templo, oculto bajo las arenas, intacto. Pero luego recordó las tablas que había investigado. Este no era un templo de adoración, era de castigo. Un Templo maldito, creado para retener, apresar y castigar a quien desafió a los suyos.

- Increíble… - susurró en mandarín, con un asombro reverente.

Sus dedos recorrieron la piedra. Sentía una temperatura distinta bajo la palma, como si algo latiera dentro. El sonido del viento se transformó en un murmullo: no era humano, pero tampoco inofensivo.

Un escalofrío recorrió su nuca.

Entonces la vio.

En el centro del santuario, una estatua de un zorro de nueve colas se alzaba, agrietada, recubierta de polvo y fragmentos de oro. Algo en ella parecía… vivo.

Con la curiosidad a flor de piel, se acercó a ella y la tocó con los dedos. Un escalofrío la recorrió y luego un crujido seco la hizo dar un paso atrás. La tierra tembló bajo sus pies. La estatua se partió desde el pecho y un destello dorado llenó el aire. Mei retrocedió instintivamente, protegiéndose el rostro mientras un resplandor abrasador iluminaba todo el recinto. Cuando la luz se disipó, entre los escombros había un cuerpo.

Un zorro rojo con vetas doradas, de un tamaño imposible, yacía jadeante sobre la piedra donde había estado la estatua. Su pelaje parecía arder suavemente bajo la luz mortecina; el dorado y el fuego del amanecer se mezclaban en ondas que respiraban con cada movimiento. Sus ojos, dorados como metal fundido, la observaron con una inteligencia que no pertenecía al mundo animal.

- Dios mío… - susurró Mei, arrodillándose con el corazón desbocado.

- ¿Pasa algo, jefa? – preguntó alguien desde afuera y la joven temió que entraran y lo vieran. Algunos de sus ayudantes eran supersticiosos y podrían dañar a la criatura o algo peor, atraparla para investigarla.

- ¡No! – gritó – Todo está bien. Voy a salir en un momento… Esperen afuera. No hay nada aquí. Solo una grieta vacía.

Con cuidado se acercó al animal y bajó la mascarilla para verlo bien. Tenía una herida profunda en el costado y su respiración era débil. Mei no pensó demasiado; su instinto se impuso. Sacó su chaqueta, la envolvió con cuidado alrededor del animal y lo levantó como pudo. El contacto le heló la sangre: bajo el pelaje, el cuerpo emanaba un calor que parecía venir del fuego mismo.

- Shhh, por favor. No hagas ningún ruido. Te llevaré a un lugar donde estés a salvo. – le dijo besando su coronilla como si fuese un cachorro comun. La bestia alzó los ojos para mirarla, pero luego volvió a enrollarse en si mismo escondiendo la cabeza.

- Vayamos a casa. – ordenó a su equipo de excavadores y apoyo logístico en tanto caminaba hacia su auto apretando contra su pecho el bulto en su chaqueta – Ha sido un día duro. Que se queden los de seguridad. Volveremos al amanecer.

- ¡Yei! – se escucharon risas y gritos entes de la posibilidad de terminar más temprano.

Mientras lo llevaba hacia su camioneta, los fuegos fatuos tallados en las paredes comenzaron a brillar tenuemente, como si la siguieran con la mirada. Un murmullo sordo, casi un lamento, recorrió el templo y las arenas del desierto se agitaron, pero pareció que sólo ella pudo notarlo.

Cuando por fin cerró la puerta del vehículo y encendió el motor, Mei sintió un extraño alivio. El zorro respiraba con dificultad, pero estaba vivo en el asiento trasero. Aceleró hacia el poblado donde se estaba quedando la mayoría de los excavadores, deseando salir del desierto antes de que cayera la noche.

El horizonte se teñía de púrpura cuando el viento comenzó a soplar con más fuerza. La radio chispeó, distorsionando la señal. De pronto, el cuerpo del zorro se arqueó con un espasmo. Un resplandor dorado llenó la cabina. Mei frenó instintivamente, pero el vehículo derrapó sobre la arena.

El zorro gimió -no, rugió- y la luz estalló. Mei cubrió su rostro. Cuando al fin el vehículo se detuvo con un chirrido, la respiración se le atascó en el pecho.

Donde antes estaba el zorro, ahora un hombre desnudo yacía en el asiento acurrucado en dolor. Su piel tenía un brillo leve, como si aún conservara el resplandor del fuego y su cabello caía en mechones de cabello claro, casi blanco que le caía sobre los hombros con mechones rojos desde las sienes. Cuando levantó la cabeza, los mismos ojos dorados, idénticos a los del animal, se abrieron lentamente para mirarla.

"Wow, tiene hermosos ojos" - pensó Mei embobada.

Trató de hablar, pero solo salió un sonido gutural, bajo y roto, como si no recordara el acto de hablar.

Mei no pudo responder.

Todo eso era una locura.