Capítulo 1: la habitación 17
Eran casi las diez de la noche cuando Elias llegó al viejo hostal.
La lluvia golpeaba los vidrios, y el aire olía a madera húmeda y polvo antiguo.
Pidió una habitación para pasar la noche, y la casera —una mujer delgada, con voz áspera— le entregó la llave sin mirarlo.
—Solo queda la número 17 —dijo con un susurro.
Elias notó que la llave estaba fría, demasiado fría.
Subió las escaleras. Cada peldaño crujía como si se quejara de su peso.
Al abrir la puerta, una ráfaga de aire gélido lo envolvió.
El foco titilaba, y en la pared, justo frente a la cama, una grieta delgada parecía formar una sonrisa.
Mientras intentaba dormir, escuchó algo.
Un susurro, leve, casi humano, detrás del muro.
—…ayúdame…
Pensó que era su imaginación. Hasta que la voz volvió, más cerca:
—…no debiste entrar…
El reloj marcó 3:17 a.m., y la luz se apagó.
Capítulo 2: “Lo que hay detrás del muro”
Elias no durmió esa noche.
Se quedó sentado frente a la pared, observando la grieta.
El aire olía a humedad, a polvo… y a algo más metálico, como si la habitación respirara óxido.
Apenas amaneció, bajó las escaleras para buscar a la casera.
—Disculpe —dijo con voz tensa—, anoche escuché algo dentro de la pared.
La mujer levantó la vista lentamente, sin sorpresa.
—Eso no puede ser —respondió sirviendo café—. Esa pared es maciza.
—Entonces venga y escuche usted misma.
Ella lo miró fijo y murmuró:
—No, joven. Ya no entro a esa habitación desde hace años.
Elias se quedó helado.
—¿Por qué?
—Porque la última vez que lo hice —dijo ella con la voz quebrada—, no salí sola.
Esa noche, Elias decidió grabar lo que pasara.
Dejó su celular apuntando hacia la pared y fingió dormir.
A las 3:17 a.m., el frío volvió.
El aire se volvió pesado, y el silencio, tan denso que podía oír su propio corazón.
Entonces, la grabadora captó un susurro:
—…Ayúdame… por favor…
El joven se incorporó de golpe.
El sonido venía del muro.
Al acercarse, notó que la grieta era más ancha… y que algo se movía detrás.
Una sombra.
Una mano, huesuda y pálida, golpeando suavemente el yeso.
Elias temblaba.
—¿Quién eres? —preguntó.
La voz respondió, casi como un gemido:
—Soy la que no pudo salir…
La linterna tembló en su mano. La pared se hinchaba… se movía, como si algo respirara dentro.
El joven corrió hacia la puerta, pero el picaporte estaba helado, trabado.
Golpeó, gritó, pero el eco se ahogaba en el aire.
Cuando miró hacia atrás, la grieta ya no estaba.
Solo una pared lisa, intacta.
Y sobre ella, con letras oscuras, recién escritas, podía leerse:
“Bienvenido a la habitación 17.”
Capítulo 3: “La voz detrás del espejo”
Elias despertó con la luz del amanecer filtrándose por la cortina.
La pared seguía igual que siempre: intacta, silenciosa, como si nada hubiera pasado.
Pero en el suelo, su celular mostraba una grabación nueva.
Duraba exactamente 3 minutos y 17 segundos.
La reprodujo temblando.
Primero, solo se escuchaba el viento.
Luego, una respiración.
Y finalmente, una voz muy cerca del micrófono:
—…No mires el espejo…
Elias levantó la vista.
En la esquina de la habitación había un espejo viejo que no recordaba haber visto antes.
El marco era de metal oxidado, y el reflejo se veía… borroso, distorsionado.
Se acercó poco a poco.
Su reflejo no se movía igual que él.
Cuando parpadeó, la figura en el espejo no lo hizo.
Cuando retrocedió, su reflejo sonrió.
El joven se quedó congelado.
El reflejo levantó la mano, y con un dedo, escribió algo empañado en el cristal:
“No eres el primero.”
Elias dio un paso atrás, tropezando con la cama.
La voz volvió a sonar, esta vez fuera del espejo:
—…Tú abriste la pared… ahora debes quedarte…
El espejo comenzó a agrietarse desde el centro, y un líquido oscuro empezó a gotear del borde.
Elias corrió hacia la puerta, la abrió con todas sus fuerzas y salió al pasillo.
Pero el pasillo era distinto.
Las paredes estaban cubiertas de moho, las luces parpadeaban, y al fondo, en cada puerta, el mismo número: 17.
El sonido del reloj marcó la hora.
3:17 a.m.
Y detrás de todas las puertas, las voces comenzaron a susurrar al mismo tiempo:
—Bienvenido, Elias…
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Capítulo 4: “El huésped que nunca se fue”
Elias caminaba sin rumbo por el pasillo interminable.
Golpeaba las puertas, gritaba, pero cada una llevaba al mismo lugar: su habitación.
Hasta que una de ellas estaba entreabierta.
Adentro, una luz tenue iluminaba un escritorio cubierto de polvo y un libro de registros.
Abrió la libreta y leyó los nombres.
El último estaba escrito con tinta roja:
“Huésped #17 — Samuel Rivas — Entrada: 3 de marzo de 1998 — Salida: No registrada.”
Debajo, alguien había escrito a mano:
“Sigue aquí.”
Elias giró al oír un golpe seco.
En el espejo del cuarto, una figura lo observaba desde dentro: un hombre pálido, con los ojos hundidos, vestido como de otra época.
—¿Samuel? —preguntó con voz temblorosa.
La figura asintió lentamente y señaló el suelo.
Elias miró y vio una trampa de madera, medio abierta, que conducía a un sótano oscuro.
Antes de bajar, escuchó la voz de la casera, ahora distorsionada:
—No todos los huéspedes se van, Elias… algunos se quedan a cuidar el lugar.
Y luego, silencio.
Elias descendió con una linterna. Cada escalón crujía, y el aire se volvía más denso.
Abajo, algo respiraba.
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Capítulo 5: “Ecos del sótano”
El sótano olía a tierra húmeda y moho.
En las paredes colgaban retratos antiguos de huéspedes sonrientes… pero todos tenían los ojos arrancados.
Elias siguió avanzando hasta encontrar una fila de puertas pequeñas, numeradas del 1 al 17.
Solo la última estaba abierta.
Dentro, había una silla, una grabadora vieja y un montón de cintas.
Encendió la grabadora.
La voz que salió era la suya.
—“Si estás oyendo esto, significa que ya es tarde.”
Retrocedió, confundido.
—¿Qué…?
De repente, las otras puertas comenzaron a temblar. Golpes, gritos, susurros.
Manos blancas se asomaban por las rendijas.
Y todas las voces repetían el mismo número una y otra vez:
“Diecisiete… diecisiete… diecisiete…”
Elias subió corriendo por las escaleras, pero al llegar arriba, el hotel ya no existía.
Solo había oscuridad.
Y en medio de ella, una puerta iluminada con el número 17.
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Capítulo 6: “La verdad del número 17”
Elias abrió la puerta.
Dentro había un círculo de símbolos dibujados con sangre seca.
En el centro, una silla vacía… y un cuerpo encadenado al piso: el del huésped Samuel Rivas.
En las paredes, frases repetidas una y otra vez:
“Abrir el portal. Repetir el ciclo. Uno por cada siglo.”
Elias comprendió: cada cien años, el hotel elegía a un nuevo huésped para mantener abierto el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Y ahora, le tocaba a él.
La sombra del espejo apareció de nuevo, hablándole con su propia voz:
—Alguien debe quedarse… para que los demás salgan.
Elias gritó, intentando romper el círculo, pero las luces parpadearon y el suelo tembló.
La última cosa que vio fue su reflejo sonriendo desde la oscuridad.
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Capítulo 7: “La última puerta”
El amanecer llegó.
Una pareja entró al hotel abandonado.
Entre los escombros, encontraron una llave vieja con el número 17 grabado.
El joven la recogió.
—Mira, podríamos restaurar este lugar —dijo riendo.
La chica asintió.
Pero al fondo del pasillo, una puerta se cerró sola.
Y desde adentro, una voz conocida susurró:
—Bienvenidos al Hotel Rivas.
El reloj marcó la hora.
3:17 a.m.
Y todo volvió a comenzar.